297. Réquiem por una arbequina
Las últimas cuatro arbequinas se miraban entre sí un tanto nerviosas. No era para menos. Habían sobrevivido al apetito de aquella pareja de turistas que, sentados en la terraza del Continental, disfrutaban de la brisa fresca que venía de la costa. Él, saltaba a la vista, era un inglés de porte elegante y modales educados. Ella parecía más bien local, o muy próxima. La tez morena, algo cobriza, cabello negro azabache, ensortijado hasta el capricho, y los ojos, un par de luceros celestes que revelaban una pizca de maliciosa altivez. Conversaban con ánimo distendido, ajenos al bullicio de la Calle Mayor surcada por legiones foráneas recién desembarcadas en el puerto.
De pronto, arrellanada en un extremo, una de las aceitunas le dijo a su compañera:
-Ya verás como yo soy la próxima. Puedes estar segura.
-Bah, nada de eso. Seguro me cogerán a mí.
El inglés tomó un sorbo de jerez entornando los ojos. Su piel blanca, levemente sonrojada por el sol de la playa, delataba su origen. Ella dibujó una sonrisa enigmática entre una mueca sardónica y el quiebre imperfecto de unos labios singulares, trazados a mano alzada por un capricho genético mediterráneo.
-Podría acostumbrarme a este lugar. Sentenció el inglés satisfecho, enarcando la ceja derecha como suelen hacer los exalumnos de Eton en aquellos escenarios propicios para poner de manifiesto su supuesta superioridad de clase.
-No lo creo, Briany-repuso ella sin perder la sonrisa-Es diferente cuando uno viene de vacaciones.
-Pero aquí todo es perfecto, my dear.
-¿Podrías definir qué es “perfección”? Cuestionó ella subrayando la última palabra.
-Oh, por supuesto, Clara. La luz. Sólo fíjate en la luz. Allá, en casa, no hay luz. Todo es oscuro y sombrío. Incluso la gente. Aquí todo el mundo está feliz. Prorrumpió exudando optimismo.
Clara Chirinos retorció la sonrisa frunciendo el labio superior. Luego, cogió un palillo.
-¿Ves? ¡Te lo dije!-Exclamó la aceituna que había anticipado su futuro-¡Hasta pronto, compañera!
No se había equivocado la arbequina que, lejos de oponer resistencia, deslizándose por la superficie del platillo de barro cocido, impelida por la necesidad de ganar unos segundos a la cruel predestinación, dejó que la punta del palillo perforase su piel verduzca, tiznada de pequeñas motas oscuras. Clara abrió la boca, justo allí donde se develaban los sueños eróticos de Briany Wogan, mientras la arbequina pronunciaba una oración arcana que evocaba los olivares milenarios, aquella agreste tierra cultivada por manos griegas, agrietadas por un trabajo desolador.
-¡No te lamentes! ¡Peor hubiera sido que acabaras siendo aceite! Le gritó su compañera convencida de que ella sería la siguiente. Ya había comprobado estupefacta cómo aquel hombre se había tragado dos arbequinas con carozo incluido demostrando su total desconocimiento en aquellos menesteres levantinos.
Clara saboreó la aceituna, dejando que su lengua la llevara al paladar, cavidad oculta de oscuridad insondable, únicamente avivada por el sabor penetrante del aliño de perejil, ajo y romero según la receta de la familia Badía, histórica propietaria de aquel pequeño y confortable hotel que dominaba el pueblo desde la colina que los lugareños denominaban El pezón de la Narcisa sin que nadie supiera, a ciencia cierta, el origen de tan sugerente apelativo.
-Tienes que hacer como yo-dijo Clara cogiendo el carozo entre los dedos índice y pulgar de su mano derecha con impostada delicadeza-Nadie se lo pasa, Briany.
El inglés se sonrojó aún más, abrumado por la notoria observación. Si bien podía considerarse un hombre de mundo y su profesión como corredor de bolsa en la City le había permitido visitar lugares remotos, se sentía indefenso frente al sentido común de Clara. En ella no existía cabida alguna para profundas disquisiciones sobre las variables del mercado de valores o los riesgos de la política arancelaria del gobierno de los Estados Unidos sobre los productos europeos. Tampoco trataba aspectos relacionados con los problemas migratorios en el Reino Unido y las movilizaciones nacionalistas para frenar el ingreso de cientos de extranjeros ilegales, algunos represaliados por regímenes autoritarios en sus países. Aquellos temas eran prescindibles cuando se trataba de acostarse con una mujer cuya fogosidad destruía los principios que fundamentaban su condición de miembro del Canary Club. Allí, precisamente, conoció a Clara.
Ella trabajaba detrás de la barra de la whiskería del club. Su figura torneada por el Siroco contrastaba con el resto de empleadas, soliviantando a los caballeros miembros y despertando justificadas envidias.
-¿Se le ofrece algo más, señor Wogan? Le preguntó Clara una lluviosa tarde de primavera londinense.
No era la primera vez que ella le dirigía una palabra, pero Briany sintió que su apacible y aburrido ritmo cardiaco se aceleraba abruptamente abriéndose paso entre un sistema circulatorio congestionado por un millar de desayunos escolares con un menú de tocino, morcilla y tomates fritos.
-Uh, oh-balbuceó Briany-Ginebra. Si es posible Bombay. Muchas gracias.
Clara cogió una copa de cóctel.
-¿Hielo?
-No, jamás.
Clara siempre traía a colación aquel momento para divertirse. Recordaba el gesto contrito de Briany cuando tomó el primer sorbo. No toleraba la ginebra pero debía mostrarse como todo un seductor con aquella mujer joven y atractiva. El trago tuvo un efecto inmediato. Saltándose el protocolo, Briany Wogan comenzó a bromear y reír. Clara le siguió la corriente. Lo hizo hasta que llegó la hora de cerrar.
-Si lo desea, puedo acompañarla a su casa…
-No suelo aceptar ese tipo de propuestas, señor Wogan-expuso Clara elevándose de hombros despreocupada- Aunque, bien pensado, todavía llueve.
Subieron a un taxi con dirección a Parkview Hights, a las afueras de Londres, un lugar que Briany desconocía. Le pareció espantoso. Los edificios exhibían un tono grisáceo, empobrecido aún más por la llovizna y las luminarias que proyectaban sobre la calzada la monstruosa sombra de las construcciones diseñadas para albergar la vida monótona y predecible de la clase obrera. Qué diferente era el pueblo natal de Clara. Las casas, todas de una planta, serpenteaban desde El pezón de la Narcisa hasta el muelle. Briany estaba enamorado de aquel lugar. En cambio Clara siempre había querido huir de allí. Demasiados recuerdos se escondían detrás de las inocentes paredes pintadas con cal y las tejas de color rojo.
-Por cierto, darling pretty. ¿A qué hora es la comida en casa de tus padres? Me muero de ganas de conocerlos.
Por un instante, su mirada se tornó melancólica. Pero enseguida se endureció.
-Tenemos tiempo-dijo con severidad-Aquí se come a las tres.
Brainy se sintió en ridículo nuevamente; se estaba comportando como un estúpido turista que desconocía las costumbres locales.
-Anda, acábate esas aceitunas.
Las arbequinas compartieron una sensación de profunda inquietud.
-Lo que es yo, prefiero acabar en la boca de la mujer. Ese hombre tiene una dentadura espantosa. Alertó una de las tres.
-Vamos, amiga. Sabíamos que esto iba a pasar. Agregó la aceituna interpelada por el comentario.
-Así es. Desde que nos arrancaron del árbol. Afirmó una tercera, resignada.
Brainy esbozó lo que pretendía ser una sonrisa complaciente. El fuerte sabor del ajo había reventando sus papilas gustativas acentuando el rechazo cultural a aquello que trascendiera los límites geográficos de las islas. Pinchó una aceituna con desgana.
-¿Sucede algo?
-Oh, nada en particular.
-Lo digo por cómo te has quedado mirando esa aceituna.
-¿Mirando?
-Contemplado.
El corredor de bolsa sonrió nervioso. Clara advirtió gotitas de sudor perlando su frente. Su plan comenzaba a resultar.
La primera arbequina se remeció en la boca de Brainy resistiéndose a ser engullida. Éste quiso escupirla pero más pudo su exquisita educación. Clara se limitaba a escrutar a su amante ocasional. En realidad el Canary Club era un magnífico coto de caza, no siempre mayor, aunque las piezas no faltaban. Aquellos estirados caballeros eran fáciles de atrapar. Bastaba una blusa escotada que revelara una porción de piel para que cayeran irremediablemente. Brainy no era el primero, tampoco iba a ser el último.
La segunda aceituna pronunció las primeras palabras de una poesía que rezaba “Oh bondadoso Creador, que en tu infinita sabiduría sembraste los olivares de paz y esperanza, símbolos de fortaleza y vida eterna” y, rendida a su suerte, permitió un mordisco tan certero como letal.
“Sólo déjate ir”. Sangre gitana corría por las venas de Clara Chirinos pero jamás había revelado su origen. Tampoco había necesitado hacerlo. Poseía una exótica belleza resaltada por unos gráciles movimientos felinos. Era consciente de ello. Al menos hasta ese momento. Un tanto inquieta, ojeó el reloj del campanario de la ermita. Según su cálculo el sedante ya debería haber causado efecto. Se cuestionó sobre la dosis. Nunca le había fallado. Su anterior víctima, un banquero alemán que vacacionaba en Benalmádena, cayó a los dos minutos. Una vez dormido, Clara se dedicó a robarle las contraseñas de sus tarjetas de débito y crédito. Luego, hábil y precavida, dejó una nota manuscrita acompañada de una captura de pantalla lo bastante explícita para destruir treinta y dos años de matrimonio y, de paso, iniciar un largo y oneroso proceso de divorcio. Sin embargo…
-¿Te sucede algo, my lady?
La voz de Briany sonó distante en algún lugar del cerebro de Clara mientras perdía el equilibrio y sus movimientos se tornaban pesados. De un codazo hizo caer la copa de Martini que había pedido.
-¡Crash!
-¿Realmente estás bien?
Clara sólo atinó a leer los labios de Brainy.
Un camarero se acercó a la mesa dispuesto a limpiar el estropicio de vidrios rotos.
-Me temo que la señorita ha bebido demasiado. No se preocupe, mi buen muchacho. Creo que ella necesita una larga siesta. Justificó Brainy esbozando una sonrisa inocente, lo bastante creíble para que el mozo asintiera con la cabeza retirándose de la escena que mostraba a una mujer de singular belleza vencida al costado derecho de la silla, secuestrada por una placentera sensación de somnolencia.
En cuanto Clara perdió la consciencia, Brainy buscó un teléfono móvil en el bolsillo izquierdo de sus pantalones cortos, tecleó un número y, tras aclararse la voz, dijo con solemnidad:
-Soy el agente especial Wogan. Infórmele al comandante Harrisburg que el caso Canary Club está resuelto.
Y la última arbequina respiró hondo. Al menos de momento.



