296. Su primer destino

Cristina Manías Fraile

 

Diciembre 2010
Matilde observaba la calle desde la ventana. La helada nocturna había depositado una capa de blanca cencellada sobre las ramas de los árboles que le trajo recuerdos de aquellos inviernos tan fríos de su juventud.
Se dirigió a la cocina para prepararse un café con leche. Después se arreglaría y se pondría guapa. Hoy venía su hija a visitarla y ya hacía varias semanas que no se veían.
Tomó su taza con ambas manos en un gesto inconsciente, como si quisiera calentarlas. Pero no llegó a dar un sorbo de café, se quedó mirando el calendario que tenía enfrente y se dio cuenta de que hoy era el día. ¡Se le había pasado por completo! Últimamente no sabía dónde tenía la cabeza.
Pensó que, en cualquier caso, era muy oportuna la visita de su hija Celia. Eso sí, habría cambio de planes. En lugar de una velada tranquila paseando por el parque y tomando un chocolate con churros, iban a realizar un pequeño viaje. Pero a ver cómo lograba convencer a su hija, ¡eran más de 300 kilómetros! Lamentó no haberle dicho nada con anterioridad, pero igual era mejor así, pillarla por sorpresa y no darle tiempo a reaccionar, para que no pudiera poner ninguna objeción.
Cuando llegó Celia, Matilde ya estaba preparada. Hasta tenía puesto el abrigo, para no perder tiempo.
-¡Vamos, vamos, que llegaremos tarde! -le dijo a su hija mientras la empujaba hacia la escalera.
-¿Pero mamá, qué ocurre?
-Vamos al coche, que me tienes que llevar a Latedo.
-¿A Latedo? ¿Y eso qué es?
-Un pueblo de Zamora, el que fue mi primer destino. ¿No te acuerdas? Te he hablado de él. Nunca me prestas atención…
-Pues no me suena de nada. Además, ¿por qué tenemos que ir allí con tanta prisa? -protestó Celia.
-¡Te cuento por el camino! -zanjó Matilde.
Y las dos mujeres cogieron el coche, no sin protestas de Celia, que no entendía por qué tenían que ir con tanta prisa a un lugar tan lejano.
Mientras tomaban la carretera en dirección a Zamora, Matilde comenzó a contar a su hija los recuerdos de su primer destino como maestra, hacía ya sesenta años, y le habló de aquel día en que la pequeña Juanita no conseguía concentrarse en la lección.

Diciembre 1950
Para Juanita, aquella se estaba convirtiendo en la mañana más larga de la historia. Miraba por la ventana constantemente, incapaz de concentrarse en las clases. La maestra hablaba y hablaba, pero ella no le prestaba atención, esperaba con anhelo el momento de salir al recreo. Ya tenía el pan preparado. Y como ella, todos sus compañeros.
Matilde llevaba poco tiempo en el pueblo de Latedo. Había llegado un soleado día de septiembre y, cumpliendo con el tópico del que se dirige a su primer destino profesional, iba cargada con una pequeña maleta y con el corazón lleno de ilusiones. Por el camino había observado el paisaje, salpicado de olivos y de campos de labranza, y le había encantado la pequeña y humilde casa de piedra que le ofrecieron como vivienda. Sentía miedo, pero también estaba emocionada y lo miraba todo con sus grandes ojos, casi sin pestañear, como si viera el mundo por primera vez y quisiera grabar las imágenes en el fondo de su retina.
No sabía cuánto tiempo se quedaría. Tenía que sustituir a la antigua maestra que, aquejada de algún tipo de dolencia, no había podido siquiera comenzar el curso.
De inmediato, se puso a trabajar para intentar mejorar la escuela, que consistía en una pequeña sala con pupitres viejos y una pizarra que chirriaba al escribir con tiza. Los alumnos la ayudaron a pintar las paredes y decoraron el aula con motivos relacionados con la naturaleza, convirtiendo la sala en un lugar muy agradable.
Se adaptó muy bien al pueblo, a pesar de que no disponía de lugares de ocio ni de las comodidades a las que ella estaba acostumbrada en la ciudad. Pero se había encontrado con familias agradecidas que estaban deseando que sus hijos adquirieran cultura, y con niños respetuosos, con muchas ganas de aprender, con los que podía compartir todos sus conocimientos.
Pero ese día no comprendía por qué se mostraban tan impacientes y le preguntó qué ocurría a uno de sus alumnos de más edad.
-Es por las pingadas -le contestó el niño.
Matilde se quedó perpleja, sin entender nada. Pero decidió no preguntar más y adelantar el descanso, ya que de todos modos los niños aquel día apenas prestaban atención a las clases.
Cuando anunció el recreo, Juanita y el resto de sus compañeros gritaron de alegría y salieron corriendo de la escuela, todos en la misma dirección. La maestra, muerta de curiosidad, decidió ir tras ellos.
Los niños se habían dirigido a una edificación situada en el centro del pueblo, normalmente cerrada, pero cuya chimenea humeante anunciaba que hoy se encontraba en plena actividad.
Matilde entró con cierta timidez, no sabía si iba a molestar. Todos los niños ya estaban dentro, los pequeños mirando, los más mayores ayudando en algunas de las tareas, así que se unió a ellos.
Observó que la abuela de Juanita, la señora Marcelina, alimentaba una gran lumbre donde calentaba agua en un caldero.
-No se quede a la entrada -le dijo la mujer-, pase para adentro, que justo ahora Lorenzo va a comenzar una nueva molienda.
-Pero, ¿y qué muelen aquí? -preguntó Matilde.
-Pues las aceitunas, que terminamos ayer de recoger la cosecha. Vamos a elaborar el aceite.
-Así que esto es una almazara.
-Sí, aunque por esta zona le llamamos lagar. Pero es lo mismo. Y aquí en el pueblo oirá usted que todos le decimos la lagar, así, en femenino.
-La lagar… -repitió Matilde, pensando que era muy poético llamar en femenino a un molino que producía aceite.
Centró su atención en los trabajos que se estaban realizando y vio que Lorenzo, el marido de Marcelina, volcaba un cesto de aceitunas verdes en una pila circular. Dos de sus alumnos cogieron las riendas de un caballo que, con andar pausado y cierta mansedumbre, comenzó a girar en círculo en torno a la pila. Según avanzaba el caballo, la rueda de granito iba triturando el fruto del olivo. Era un molino de sangre, como los llamaban por estar accionados por fuerza humana o por animales.
-¡Ya va, ya muele, ya muele! -gritaban entusiasmados los niños.
Matilde sintió curiosidad y se acercó para observar de cerca cómo se iban triturando las aceitunas. Después, Lorenzo y uno de sus alumnos empezaron a recogerlas con unos celemines.
-Ahora voy a llevar a la prensa la pasta de aceitunas trituradas -dijo el hombre-. Usted esto no lo había visto nunca, ¿verdad?
-No, es la primera vez -reconoció Matilde, que miraba asombrada todo el proceso.
Lorenzo y otros dos hombres del pueblo rellenaron con la pasta unos cedazos de gran tamaño y los fueron colocando unos encima de otros. Marcelina llegó con un recipiente con agua caliente y, con ayuda de un cazo, fue vertiendo el agua por encima de la pasta de aceitunas.
Los hombres, con gran esfuerzo, empezaron a girar un torno de madera que hizo descender una gigantesca viga que prensaba los cedazos llenos con la pasta de las olivas, dejando escurrir un zumo que iba cayendo en unas pilas talladas en granito. Sudaban por el gran esfuerzo que tenían que realizar y Matilde, al verlos, se ofreció a ayudar.
-No se preocupe, señorita, que se va a manchar -protestaron ellos.
-No hay cuidado, quiero ayudar.
Y arremangándose, se unió a los hombres y ayudó a girar el torno, con toda la fuerza que pudo sacar de sus brazos. Le caían churretones de sudor por el rostro, pero estaba satisfecha con el trabajo que estaba realizando.
Después, Lorenzo añadió unos cazos de agua muy caliente en una de las pilas.
-¿Para qué le pone agua ahora? -preguntó Matilde.
-Es para escaldar el aceite, para reducirle un poco la acidez. Después le añadiré agua fría y empezará la decantación, ¡ya verá usted qué espectáculo!
La maestra observó perpleja cómo el líquido recorría distintos conductos y pilas, separándose al final, saliendo el aceite para una nueva pila, limpio y dorado, desde donde algunos de sus alumnos ayudaban a envasarlo. Se sintió muy afortunada, estaba siendo testigo de un sistema de molturación posiblemente muy similar al realizado en tiempos antiguos por griegos y romanos.
Además, ese día sus alumnos estaban aprendiendo más que en la escuela, ayudando a realizar el trabajo del lagar. Se dio cuenta de la conexión que se establecía entre niños y adultos, la transmisión del conocimiento a las nuevas generaciones para mantener una forma de vida y un método ancestral de extracción del aceite.
La señora Marcelina interrumpió sus pensamientos con una pregunta dirigida a los niños:
-Rapaces, ¿habéis traído pan?
-Sí, sí -contestaron entusiasmados.
-¡Pues a tostarlo, que ya os tengo preparadas las brasas!
Los niños cogieron las rebanadas de pan que habían traído de casa desde por la mañana y fueron a tostarlas en una gran parrilla colocada encima de las brasas. Matilde ayudó a Marcelina. Cogían los trozos de pan con cuidado, con ayuda de un tenedor largo y les daban la vuelta para que se tostaran por ambos lados. Después entregaron las tostadas a Lorenzo, quién las iba sumergiendo una a una en la pila del aceite, en ese aceite de oliva virgen, recién extraído de las aceitunas. El pan salía dorado, empapado en el preciado líquido y Matilde, siguiendo instrucciones de Marcelina, les añadía por encima una cucharada de miel.
Los niños comían con verdadero deleite. Estaban disfrutando de las pingadas, del pan con aceite y miel. ¡Qué apetecibles eran! Matilde lamentó no haberlo sabido con antelación, hubiera podido traer también ella un poco de pan.
En ese momento, la pequeña Juanita le tiró de la manga.
-Señorita, que tengo una pingada para usted, ¿no quiere probarla?
Matilde se emocionó. Su alumna más dulce se había acordado de ella. Tomó agradecida la pingada y la saboreó con placer, casi con gula, cerrando los ojos para disfrutar mejor del intenso sabor y de la armonía perfecta del ligero amargor del aceite y la dulzura de la miel.
Cuando terminó la época de la molienda del aceite, llegó la matanza, y más adelante se fueron sucediendo otras labores del campo. Matilde seguía con sus clases e iba descubriendo poco a poco todo el trabajo que se llevaba a cabo en el pueblo para obtener el fruto de la tierra. Había días en que algunos niños no podían asistir a clase porque tenían que ayudar a sus familias en las faenas, así que Matilde creó una escuela nocturna para que esos niños pudieran acudir a clase cuando terminaran de trabajar y que no perdieran la oportunidad de aprender.
También ofreció esas clases nocturnas a los adultos y se encontró con varios hombres y mujeres del pueblo que acudieron a las clases, un poco avergonzados los primeros días, pero interesados en aprender a leer y escribir porque cuando eran niños no habían tenido la oportunidad de ir a la escuela.
Matilde trabajó mucho, pero también descubrió un mundo diferente con aquellas gentes generosas y trabajadoras con las que pudo compartir tantos momentos.
Unos días antes de comenzar el siguiente curso, mientras estaba de vacaciones en el hogar de sus padres, Matilde recibió una notificación por escrito del Ministerio. La antigua maestra de Latedo se había recuperado de su enfermedad y se incorporaba a su puesto, así que ella era asignada para otra sustitución en otro pueblo diferente. Con la carta en las manos, derramó lágrimas al pensar que no podría despedirse de los niños. Ya no volvería a verlos.
Y, resignándose, preparó la maleta para dirigirse a su nuevo destino, sin saber que muchos años después, la vida la llevaría de nuevo a Latedo.

Diciembre 2010
-Vale, muy bien, mamá, entonces no me dejas ni entrar en tu casa y me haces coger el coche aprisa y corriendo, que parecía que íbamos a apagar un fuego y todo es porque te ha dado un ataque de melancolía.
Matilde no contestó, se limitó a sonreír.
Celia añadió:
-¿Y por qué no vamos mejor en primavera o en verano? Estamos en diciembre y hace mucho frío.
-Tiene que ser hoy, es el mejor día -explicó Matilde-. ¿Recuerdas que me apunté a un curso de internet en el centro de mayores? Pues nos han enseñado ya un montón de cosas y he aprendido a buscar información. Resulta que puedes consultar lo que quieras, hay millones de páginas que te informan.
-Ya lo sé, mamá. Sé lo que es internet. Pero sigo sin ver la relación -dijo Celia, resoplando.
-Déjame que te siga contando y lo entenderás. Hace unos días se me ocurrió buscar información de los pueblos en los que estuve trabajando antes de que me destinaran a Madrid. Y resulta que encontré una noticia sobre Latedo, el pueblo del que te estoy hablando. Justo hoy van a hacer una jornada de puertas abiertas para enseñar cómo siguen moliendo las aceitunas y elaborando el aceite a la manera tradicional. ¡Y yo eso no me lo pierdo, quiero verlo de nuevo! Así que acelera, ¡que llegamos tarde!
Celia volvió a resoplar. No le apetecía nada hacer ese viaje, pero llevaba mucho tiempo sin ir a ver a su madre y se sentía un poco culpable, así que decidió hacerle caso. Le daría ese capricho. Además, no tenía ni idea de cómo se elaboraba el aceite, así que en el fondo podía ser un plan interesante.
Cuando el automóvil tomó el desvío que anunciaba el nombre del pueblo a siete kilómetros, Matilde se emocionó. Todavía reconocía el paisaje: la sinuosa carretera, el bosque de encinas y castaños, y cuando ya se aproximaban al pueblo, comenzó a divisar los campos de olivos.
Aparcaron el coche cerca de la iglesia y Matilde abrió la puerta con ansias y salió de un salto, sin poder aguantar las ganas de pisar otra vez el pueblo.
-Creo que es por aquí abajo -le dijo a su hija, y comenzaron a descender por una de las calles buscando la antigua almazara.
Allí estaba, una edificación de piedra de pizarra que por fuera en nada se distinguía de un antiguo corral. Pero sin duda era la lagar, como recordaba Matilde que la llamaban en el pueblo.
En su interior, varias personas mostraban a numerosos visitantes los distintos pasos del proceso de molienda y la gente se sorprendía al ver salir el aceite por uno de los conductos, para caer en una de las pozas labradas en granito.
-Es como hace sesenta años -dijo Matilde con emoción-. ¡Es igual que en mis recuerdos!
De repente, se acercó al grupo una mujer con un cesto lleno de rebanadas de pan recién tostado y se las entregó a un hombre que comenzó a sumergir las tostadas en el aceite recién extraído.
-Van a probar ustedes las pingadas, pan con aceite y miel, que es uno de los platos tradicionales de este pueblo. ¡Ya verán qué delicia!
Matilde estaba disfrutando. Las pingadas, ¡cuántos recuerdos venían a su mente!
En ese momento, la mujer que había llegado con los panes y que llevaba unos minutos observándola, le tiró de la manga y le habló.
-Señorita, que tengo una pingada para usted, ¿no quiere probarla?
Matilde la miró, no dando crédito ni a sus ojos ni a sus oídos.
-Juanita… Oh, Dios mío, ¿cómo me has reconocido? -dijo sorprendida.
-¿Cómo olvidar a la maestra que tanto quisimos y que enseñó a leer a los adultos del pueblo?
Y las dos mujeres se fusionaron ilusionadas en un inmenso abrazo ante la mirada curiosa de Celia y de los visitantes, que disfrutaban del delicioso sabor de las pingadas mientras el aceite seguía decantándose por los conductos y caía poco a poco en una pila de granito que se iba llenando con el preciado líquido dorado.

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