295. Cenizas entre las raíces

Roi Palmás Cora

 

Su pesada maleta iba rebosar de ilusiones, cargada de recuerdos implantados a base de fotografías antiguas y viejas historias de su abuela y de su madre. Cuánto había tardado en juntar el valor y el tiempo para recorrer la tierra de sus ancestros y reescribirla en su diario. La primera vez que Olivia estuvo en tierras andaluzas fue en el octavo mes de gestación. Algo mágico, magnético, le atrapó sin remedio. Todo su mundo brillaba alrededor desde antes incluso de poder abrir los ojos. Su primer tatuaje fue un pequeño olivo, que hoy en día vive acompañado de otros dos, más robustos y frondosos bautizados como las otras dos mujeres de su vida.

El baño de bosque se haría realidad al alba. Durante dos largos días y dos calurosas noches se sincronizó como nunca con aquella tierra. Era un bebé de nuevo, con la experiencia de sus antepasadas y la ilusión de sus herederas. Ella, que fue ungida desde chica con AOVE, soñaba en tonos dorados de almazaras y ocasos.

Muchos años después, con los olivos ya arrugados en la piel, regresó para siempre. Hoy yace entre las raíces de dos imperiosos ejemplares donde llueven aceitunas doradas por Olivia.

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