293. La experiencia rural

Clint Eastwood

 

Severo Gómez era un agricultor de toda la vida, de costumbres rígidas como una piedra de molino, pocas palabras, menos risas aun y más duro que la rodilla de una cabra. El aceite de oliva corría por sus venas. Su día comenzaba con un café y un coñac en el bar Callejas con la noche todavía despierta recordándole que era pobre. ‹‹Los ricos sólo ven el amanecer cuando madrugan para coger un avión››, proclamaba siempre que discutía sobre política. Echaba las mañanas trabajando duro en sus olivares ―músculos de acero, manos sarmentosas, piel renegrida― y a una velocidad tal que los miembros de su cuadrilla acababan con la lengua rebozada en tierra. ‹‹¡Vamos, vamos. Los he visto más rápidos en el cementerio!››. ‹‹¡Arrastrad con fuerza ese mantón, coño, que parecéis damas de honor llevando la cola de un vestido de novia!››. Si no estaba en campaña de recogida, finalizaba la jornada echando unas cañas antes de comer en El Álamo, de donde en vista de la parroquianos y sus conversaciones, cualquiera saldría perito en olivicultura tras dos semanas de acudir a diario. Por la tarde tocaba siesta y cuidado de los animales y la huerta.

Severo tenía una esposa, Carmen, y cinco hijos: Paco, Lucía y los olivares de La minilla, El arroyo del moro y Las lagunas. Los dos primeros le costaban el dinero y los tres últimos se lo proporcionaban. Lucía estudiaba psicología. ‹‹Dime tú qué necesidad tiene la niña de estudiar psicología de ésa para tratar con locos, cuando podría hacerse administrativa y ayudarme con las cuentas››. Paco era un moderno. Con esto quiero decir que no estudiaba, sólo trabajaba cuando no le quedaba otra y vestía de forma estrafalaria, ora enseñando los calzoncillos, ora dejando sus tobillos al descubierto en pleno invierno. En su armario no había camisas ni suéteres. Tenía un tatuaje tribal supraculero ―en la rabadilla― y un aro en la nariz, como el ganado vacuno. Sus amigos lo llamaban Frank.

―¡Que se llama Paco, coño! Como mi padre.

―No te lo tomes así, Seve. Son cosas de los chicos de ciudad.

La buena de Carmen defendía como podía a su hijo, que para eso era su hijo.

―Pues como venga alguno de esos vagos que tiene por amigos preguntando por Frank le calzo una hostia que lo visto de torero.

―No, eso no, que son antitaurinos.

―Y anticurrantes también. Si me los llevo a la aceituna, los despabilo, pero bien.

Sobre todo ese año, pues la campaña prometía. El cielo se había portado como Dios manda: lluvia abundante cuando convenía, muchas horas de sol y ninguna helada. Llevaba dos semanas contando los días que faltaban para que abriera el molino, nervioso y temeroso de que los amigos de lo ajeno visitaran sus olivares para aligerarlos de aceituna.

―Este año viene bueno, Carmen. El próximo verano nos vamos quince días a Roquetas.

―Eso dices todos los años, y al final nos quedamos aquí pasando más calor que las chicharras. Me conformo con que pongamos aire acondicionado.

―¡Ni hablar! Al precio que está la luz… Nos vamos a la playa, no se hable más. Nos sale más barato.

―Sí, sí, lo que tú digas.

Tres días restaban para el comienzo de la campaña y un año, día arriba, día abajo, había transcurrido desde la última vez que el matrimonio había mantenido esta misma conversación.

Al día siguiente informaron a Severo de que el grueso de su cuadrilla se iba a retrasar por causa de la burocracia.

―¡Me cago lo que se menea! Hasta el viernes no vienen los negrillos.

―¿Qué ocurre, Seve? ―preguntó su mujer alarmada.

―¡Yo qué sé! Que alguien ha metido la pata con algún papel.

―Pues empieza unos días más tarde, cuando lleguen.

―¡Ni hablar! Que están los árboles muy golosos.

―Pues contrata a otra gente.

―¿Qué gente? ―Seve gesticuló con los brazos queriendo decir: ¿Dónde están, tú los ves?―. Los que saben trabajar ya tienen amo y los que no saben, tampoco quieren, con tanta paguita y tanta hostia. Además, nuestros negrillos son gente trabajadora y de confianza, ya lo sabes. Por algo llevan años con nosotros.

―Pues ya me dirás cuál es la solución ―dijo Carmen en tono de reproche, a la vista de que ninguna de sus ideas le cuadraba a su marido.

―Empiezo yo con los dos moros nuevos y el Paco.

―Mañana llegan unos amigos suyos de Madrid. Van a pasar aquí unos días. Tiene que atenderlos.

―¿Modernos de esos?

Carmen asintió con la cabeza y suspiró con resignación de madre.

―Pues que los atienda por la tarde. No va a estar zanganeando por el pueblo mientras yo me muelo a trabajar. Es lo que hay.

Carmen volvió a suspirar.

―Ya tenemos el cirio montado.

Pero no se montó el cirio. Resulta que los amigos de Paco/Frank llegaron al pueblo hambrientos de nuevas experiencias. Cuando digo nuevas, quiero decir nuevas de verdad, experiencias rurales; es decir, que no visitaron ni uno sólo de los monumentos, ni la sierra de Cazorla, que estaba a mano; ni pisaron el Elles inklusiv pub, de reciente apertura, ni los gastrobares que se habían puesto de moda en los últimos años. En su lugar, echaron unos chatos en La Moncloa, bar que ya funcionaba cuando los nazaríes ―o casi― y tapearon en Pedrito y El gitano; jugaron a la petanca en la plaza del pueblo y, ¡Oh, sorpresa!, se apuntaron a ir a la aceituna.

Repito: se apuntaron a ir a la aceituna.

Para disgusto de Paco/Frank.

―¿Qué has dicho, hijo?

Severo había enarcado una de sus selváticas cejas.

―Que mis amigos quieren ir a la aceituna.

―¿Los modernos?

―Mis amigos, a secas.

―No, si secos están. Tela. Los he visto esta mañana arreando a las vacas del Genaro ―eso también lo hicieron, se me había pasado mencionarlo―. Como no comen más que hierba…

―No comen hierba, son vegetarianos. Bueno, Armonía es crudivegana.

―No comen jamón. Los moros nuevos tampoco comen jamón, pero trabajan como leones. Sin embargo tus amigos tienen el lomo virgen. ¿Crees que voy a pagar un jornal a unos merengues que no han dado un palo al agua en su vida?

―Ni a las olivas ―añadió Carmen por detrás, recién llegada de la peluquería.

―No quieren cobrar, el dinero no es importante para ellos. Buscan vivir una experiencia nueva y conectar con la madre naturaleza.

―¡Espera, espera! ―exclamó Severo alzando las manos―. ¿Me dices que quieren trabajar sin cobrar?

―Sí.

―Vale, vale… ―Severo meditó una miaja―. Si están dispuestos a conectar con la naturaleza hasta el jueves, de acuerdo.

―Por supuesto ―respondió Paco/Frank herido en sus sentimientos, en otras palabras, picado―. Luego por las tardes hemos pensado en elaborar algunos objetos artesanales con productos locales, esparto, madera de olivo y alguno más.

Severo pensó que podía aprovecharse de un sujétame el cubata de toda la vida. Si los ponía a arrastrar mantones y rebuscar del suelo, algo podrían ayudar sin hacer daño alguno.

―No se hable más. Diles que mañana aquí a las siete de la mañana.

Paco/Frank tragó saliva.

―¿A las siete?

―Sí, es una hora que existe. Mira, la de madrugar es otra experiencia que van a vivir tus amigos.

―Está bien, a esa hora estarán.

Pero no se presentaron a la hora convenida. No obstante, su tardanza no retrasó la expedición laboral. Veamos lo ocurrido la mañana de autos.

Los amigos modernos de Paco/Frank aparecieron a las siete y media en un estado somnoliento rayano en el cuelgue. Presentaban los siguientes síntomas: hinchazón de párpados y enrojecimiento de ojos, balbuceos constantes, flojera de remos y desorientación general. Describiré someramente a los integrantes de este distópico grupo para que el lector se haga una idea de su apariencia. Armonía, la crudivegana, era una joven cuya apariencia podría resumirse en un flequillo rojo cortado con hacha y una docena de zarcillos posmodernos. Lío, tres cuartos de lo mismo: era un espárrago de metro noventa de estatura coronado por una melena que parecía un estropajo sucio. Estaba tachonado de piercings, que llevaba incluso en las partes más insospechadas de su enjuta carcasa. Güili ―Willy escribía él― semejaba un adonis, o más bien un medio adonis, pues a la belleza de anuncio de perfume de su rostro no le acompañaba la estatura, por lo que no había podido ganarse la vida en el mundo modelaje. De haber ingresado en él, probablemente no habría desarrollado la aguda aversión al capitalismo que padecía. En cuanto a Attaroa, la última integrante del grupo, llevaba su largo cabello de color caoba recogido en dos trenzas, tenía el rostro enlucido con graciosas pecas y puede que también el resto de su cuerpo diez, que, por cierto, desaprovechaba vistiendo ropas holgadas.

El retraso acrecentó el ciclópeo enfado que había poseído a Severo debido a que el tractor no arrancaba. No voy a trascribir los exabruptos que pronunciaba cada dos por tres mientras hurgaba en el motor en busca del problema.

―Se nos han pegado las sábanas, ¿eh? ―reprochó al grupo cuando apareció en la nave de los aperos―. Menudas legañas, parecen almejas. Paco, escúchame: coge el Land Rover y bajáis a La Minilla. Ya conoces el olivar. Empezáis con las olivas que están a la derecha del camino. ¿Sabes las que te digo?

―Sí.

―Pues ale. Mohammed y Reda os siguen con la furgoneta. No conocen el lugar, pero tienen experiencia, han trabajado seis o siete años con Isicio. Ellos lo organizan todo, ya les he dado instrucciones. Yo bajo con el remolque en cuanto arregle el jodido tractor, creo que ya he localizado la avería.

―Nos podemos apañar con el remolquillo del Land Rover.

―Ni hablar, vamos a trabajar de verdad. Necesitamos el remolque grande.

―De acuerdo.

―Pues arreando. Y hazles caso a los moros, ellos distribuirán la faena. No quiero que me destrocéis las ramas.

Severo no era persona de mucho delegar. Es más, no delegaba ni a punta de pistola. Hasta tal punto estaba encima de sus trabajadores que parecía poseer el don de la bilocación, o incluso la multilocación. Esa mañana mandó por delante a su hijo porque estaba convencido de que no había de demorarse mucho en ir al tajo.

La finca La Minilla distaba del pueblo diez kilómetros. No tenía pérdida. El camino arrancaba a la derecha de la carretera, y tras medio kilómetro de baches, una fuente indicaba el arranque de la linde.

Paco/Frank y sus amigos bajaron del Land Rover sacudiéndose tierra de la ropa y quejándose de múltiples dolores musculares y óseos, sobrevenidos todos ellos como consecuencia de la concomitancia de cuatro circunstancias: el mal estado del camino, la exigua comodidad del vehículo, la pésima conducción de Paco y la delicadeza de sus propios cuerpos.

―¿Pero cómo vamos a trabajar, si todavía es de noche?

―¡Hace muchísimo frío, estamos por lo menos a veinte bajo cero!

En realidad comenzaba a clarear y la temperatura rondaba los cuatro grados.

―¡No quejas, hay que trabajar! ―exclamó Mohammed.

―Pero, ¿no vamos a hacer el saludo al sol?

―Yo tengo que calentar, no puedo hacer esfuerzos en frío.

Ispañoles vagos, mucho rollo. ¡Vamos, sacar mantones! Paco, ¿cuáles olivas son? ¿Ésas?

―Sí, esas.

―¡Pues vamos! ¡Prisa, prisa!

Mohammed y Reda demostraron ser unos excelentes trabajadores y unos magníficos motivadores.

―¡Vamos, vamos. Ispañoles más flojos que un muelle de guita!

Aun así, la colocación de los mantones bajo la copa del primer olivo les llevó media hora.

―¡Joder, tirar fuerte, que no estáis haciendo la cama!

La cama era uno de los problemas, concretamente, que no la hacían. El otro, que los integrantes de la cuadrilla habían cotizado menos que el sastre de Tarzán.

Armonía se rompió dos uñas, Güili se torció un tobillo, Lío casi perdió un ojo por culpa de una rama y a Attaroa, debido al esfuerzo, se le escapó un gemido que sonó moderadamente sensual.

Una vez colocados los mantones, Mohammed, Reda y Paco/Frank varearon mientras que los chavales se encargaron de recuperar la aceituna que caía en la tierra, formar montones y echarla en las espuertas. Debido a la falta de mano de obra cualificada y al exceso de mano de obra no cualificada, los marroquíes decidieron que no emplearían la sopladora.

Las quejas y los quejidos no tardaron en brotar como los hongos en la fruta en descomposición: que si el suelo está frío y húmedo, que si el barro se me ha metido debajo de las uñas, que si a ver cómo quito yo las manchas de mis pantalones de comercio justo, que si yo no imaginaba la aceituna así… Los amigos de Paco/Frank tenían una imagen del trabajo en el campo más bien próxima a la que da un anuncio de mermeladas, de esos que muestran a un grupo de guapos trabajadores recolectando a mano hermosas frutas en sazón bajo un espléndido sol y cerca de un impoluto mantel de cuadros rojos y blancos extendido en el suelo, rebosante de botes de mermelada de la marca en cuestión y rebanadas de pan casero para el desayuno.

A las diez de la mañana la cuadrilla se tomó un descanso precisamente para desayunar, pero sin mantel. Habían recogido la aceituna de dos olivos. En el cielo azul no flotaba ni una sola nube, y menos de lluvia, para mayor disgusto de Paco/Frank, arrepentido de haber hecho caso a sus amigos.

Sacaron las capachas ―Paco/Frank había prevenido a sus amigos―. Carmen había preparado un bocadillo de lomo de orza y queso, una ensalada y una botella de una bebida energética para su hijo. Mohammed y Reda también comieron sendos bocadillos, pero sin productos derivados del cerdo, y bebieron refrescos de cola. El resto comieron de una suerte de desayuno común que habían echado en fiambreras: fideos de arroz con salteado de tofu y pimientos, ensalada de quinoa, tortilla de patatas vegana y revuelto vegano de tofu, y que habían preparado la noche anterior en la cocina del apartamento turístico en el que se hospedaban. Bebida no habían llevado, así que hubieron de acercarse a la cercana fuente a beber agua.

―¡Vamos a trabajar! Que jefe va a venir y echar la bronca ―ordenó Reda.

Mucho estaba tardando Severo.

‹‹Como si no viene ―pensó su hijo―, porque como aparezca por aquí, me revienta a estos››.

El esfuerzo de los jóvenes alcanzó cotas épicas esa mañana: arrastraron los mantones, se arrodillaron en el suelo, llenaron de aceitunas las espuertas y las descargaron en el remolquillo del Land Rover. Todo sin que se oyera ni una sola palabra de ánimo, felicidad o satisfacción por la experiencia rural que estaban viviendo. Por el contrario, las quejas y las expresiones malsonantes, inclusivas y políticamente correctas, compusieron la banda sonora de la jornada.

Hacia las dos de la tarde, dos marroquíes y cinco zombis estaban a pique de concluir la recolección del séptimo olivo. A Paco/Frank y sus amigos se les había pegado el sol, como se dice en Andalucía. Traducido: la piel de su rostro y sus rostros se había enrojecido. Aunque no llegaba al grado de rojez de la gamba de Garrucha, al que tan aficionados son los guiris en la playa. Tenían las manos sucias y doloridas, la mirada extraviada y la boca seca como un bocadillo de polvorones. Gemían y resoplaban, pero no rezongaban, ni se quejaban, ya no tenían fuerzas ni para eso.

Sin que mediara palabra entre ellos habían acordado un cambio de planes: no pensaban volver al campo al día siguiente. Ya habían vivido con la intensidad deseada la experiencia.

Según ha llegado a mis oídos, han prometido no volver a trabajar en el campo durante el resto de sus vidas.

Acabada la recolección del quinto olivo, Güili logró articular unas palabras:

―Ya no podemos más, Frank. Hemos trabajado muchísimo.

―¿Cómo mucho? ―dijo Mohammed, que había puesto el oído―. Si no han trabajado nada. El jefe se va a enfadar.

―Os habéis portado, amigos ―reconoció Paco/Frank.

En ese instante sonó el tono de llamada de su móvil, una melodía atropellada y tribal de bongos manifesteros.

―Dime.

―¿Dónde estáis?

―Aquí, a la derecha del camino, hilera abajo. Le hemos dado duro al tajo.

―¿Dónde, no os veo?

―Espera, salgo al camino.

Paco/Frank salió al camino, mas no alcanzó a ver a su padre, ni al tractor, ni a su padre montado en el tractor. Sus amigos lo siguieron arrastrando los pies y manteniendo un precario equilibrio.

―No te veo, papá.

―Ni, yo. Pero, ¿dónde estáis?

―Espera.

Caminó el muchacho hasta la fuente que marcaba la linde de la finca. Los modernos fueron tras él. Ninguno dio con su esqueleto en el suelo.

―¿Dónde estás, papá?

―Junto a la fuente.

―Junto a la fuente estoy yo, y no te veo. ¿En qué fuente estás?

―En la de siempre, una que tiene tres caños.

―¡Tú eres tonto! ¡Esa fuente está varios kilómetros más allá! ¡Te has saltado la buena!

―Pero, no puede ser…

―¡Claro que puede ser!

A todo esto, Armonía, Lío, Güili y Attaroa se habían arrimado a la fuente para saciar su indescriptible sed. Enseguida se percataron de que algo ocurría. El rostro Paco/Frank comenzaba exteriorizar cierta descomposición de cuerpo, había hundido la cabeza entre los hombros y separaba el teléfono de su oreja derecha.

―¡Eres un mastuerzo! ¡Habéis recogido la aceituna de otro! ¡Y además te has dejado las garrafas de agua en casa! ¡Gilipollas!

―Lo siento ―balbució Paco/Frank.

Sus amigos, ahítos de agua, se acercaron preocupados.

―¿Qué pasa, Frank?

―Recoged todo y volved a casa ―ordenaba Severo a su hijo.

―¿Qué hacemos con la aceituna que hemos recogido?

―Dejadla allí, que se la lleve su dueño. ¿Cuántas olivas habéis limpiado?

―Cinco.

―¿Cinco? Ya sabía yo que los vagos de tus amigos no iban a trabajar mucho. Venga, recoged y tirad para casa. Parad en la fuente ésta y llenad las garrafas que hay en la furgoneta. Así por lo menos hacéis algo útil.

―Podemos llenarlas aquí, así no tenemos que parar.

―El agua de allí no es potable. Da cagalera.

―¡Hostia!

 

 

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