292. Una vida extra e inexplorada
Solo el primer paso cuesta, dicen. Pero no siempre. En mi caso ahora cada paso cuesta, y cuenta, sobre todo cuando avanzo a oscuras, sin un brazo —real o simbólico— al que aferrarme. El lunes, lo sé, será otra cosa, no un día cualquiera, aunque llevo todo el fin de semana forzándome a fingir que lo es. He aprendido que cuando entras en modo túnel atiendes demasiado a las salidas de emergencia, como si en cada paso existiera la opción de huir, de no seguir la línea marcada. Y, sin embargo, aquí estoy, obligándome a seguir, con la sensación de que cada bolsa de suero, cada cicatriz, cada alegría diminuta me ha traído hasta este campo de olivos, como si viniera a buscar en ellos una respuesta o, al menos, una tregua. Mariano cree que la espera se me hace más soportable si me concentro en lo concreto —el olor de la almazara, la textura de la corteza de un tronco viejo, el sabor amargo de una aceituna recién cogida—, y tal vez tenga razón. Pero mi cabeza se desliza, inevitable, hacia la idea de la sentencia. Me dicen: el resultado, así, en singular, como si hubiera una sola posibilidad. Y en cambio yo sé que son dos: la vida como la entiendo ahora, o la vida reducida a su mínima expresión, a una cuenta atrás. Me aferro a los olivos, a su obstinación milenaria en permanecer, a la fe de quienes supieron esperarlos durante décadas hasta que dieran fruto. Me gustaría pensar que también yo estoy en ese punto, que aún no he dado lo que tenía que dar; aunque, si algo he aprendido, es que incluso en esto conviene no precipitar conclusiones.
En la visita guiada de esta mañana, el olivarero habló de la poda con la naturalidad de quien lleva toda la vida cortando ramas sin piedad. «Lo que sobra se elimina, lo que estorba se corta, lo que resta fuerza se arranca». Y pensé —aunque no se lo dije a Mariano— en mis cicatrices, en mi pecho izquierdo ausente, en mi cuerpo reducido a una versión mutilada de sí mismo. La poda, dijo el guía, es un acto de fe: confías en que el árbol sobrevivirá al corte, y que lo que se pierda hoy dará fuerza a lo que brote mañana. A mí me cuesta ver en mi pérdida una forma de fortalecimiento, pero quizá sea así: arrancar, cortar, sobrevivir.
Lo cierto es que mi vida profesional nunca me permitió pensar demasiado en eso. Crecí convencida de que cada logro era un fruto inmediato: cerrabas un trato, subías de puesto, comprabas un billete de avión. Y así se iba llenando la agenda, un logro detrás de otro, sin espacio para que madurase nada de verdad. Ahora, en cambio, miro el horizonte verde y plateado de este campo y me digo que tal vez he estado equivocada, que quizá lo valioso no es la velocidad de la cosecha sino la espera. El aceite que más se aprecia es el que se decanta lentamente, el que se deja reposar sin prisas.
Mariano, con su torpeza práctica, me dijo ayer al cenar: «Tienes que pensar que eres como este olivo. Aunque te corten, aunque te hieran, sigues». Y no supe si abrazarlo o enfadarme, porque hay metáforas que pesan demasiado. Pero aquí estoy, oliendo la leña de olivo en la chimenea, con la sensación de que tal vez me esté sanando, de que el aire seco y amargo de este valle me limpie por dentro mejor que cualquier suero transparente. No sé si es superstición, placebo o la simple necesidad de creer. Lo cierto es que, por primera vez en años, no tengo prisa por volver a la oficina, ni por abrir el correo, ni de que llegue mañana y, mucho menos, planear «escapadas». Me rebelo contra esa palabra, pero tal vez la haya usado siempre como disfraz: no escapaba, huía. Huía del silencio, del vacío, de tener que preguntarme para qué servía todo lo que acumulaba. Ahora, aquí, entre ramas que llevan siglos torciéndose al viento, sé que no puedo escapar más que de mí misma. Y tal vez el lunes —con el sobre, con la frase del médico— tenga que decidir si vivo como hasta ahora, o si me permito, por fin, crecer despacio.
Esos olivos que ahora veo desde esta casa rural no son solo árboles: viven en nuestra literatura, respiran en nuestro simbolismo, iluminan nuestras oraciones y alimentan tanto nuestra cultura como nuestra mesa. Cada tronco retorcido es una línea escrita hace siglos; cada rama, un gesto ancestral. Mariano —tan brillante ahora, tan seguro en su papel de Aquiles doméstico— se ha ido a su siesta espiritual, esa costumbre que tiene de desaparecer justo cuando yo me quedo mirando al vacío. Desde tiempos inmemoriales, ungirse con aceite ha sido la forma preferida de acercarse al más allá. Me lo recuerdo para no sentirme ridícula cuando salgo del spa con el cuerpo aún resbaladizo de aceite de oliva virgen extra. Estando en un lugar lleno de referentes históricos, llamarlo “spa” me duele. Pienso en esas termas romanas donde, antes de entrar al caldarium o al frigidarium, te ungían con aceite de oliva y te daban el estrígil para eliminar el exceso. Limpieza, santidad y paz para ahuyentar los malos augurios.
Babilonios, profetas, atletas griegos, mártires cristianos: todos confiaron en el aceite para preparar el cuerpo antes de la batalla. Tal vez yo sea un acebuche y no una Olea europaea; quizá he crecido demasiado lejos del mar, demasiado lejos de lo que era yo misma, y ahora me vuelvo incomestible, más áspera, más frágil al frío y al calor. Teofrasto decía —lo remachó el guía esta mañana— que los olivos nunca deben cultivarse a más de cincuenta y tres kilómetros del mar. Yo me he cultivado demasiado lejos pensando que valía la pena. Resulta evidente que, si hubiera valido la pena, no tendría que estar haciendo escapadas. Escapo en viajes que me devuelven a la rutina que me enferma. Entendí mal la ecuación, no se trata de desconectar sino saber conectar.
¡Qué ignorancia la mía! Anoche, al entrar en esta casita rural, me quejé de las ramas de olivo decorativas en cada mesa, insertadas en una botella a modo de jarrón. “Ya podrían poner flores coloridas y olorosas”, dije. Ahora llevo una rama sobre mi pecho enfermo, como un amuleto demasiado tardío. Escuchamos sin oír, miramos sin ver, y todo estaba ahí desde el principio: la paloma del Diluvio con su ramita de olivo que Noé supo reconocer como renacimiento vital. ¿Qué habría interpretado yo? Cuando gané mis primeros sueldos viajé con mis amigas a Ibiza y Mykonos; pasar por Creta nos parecía innecesariamente aburrido, con su Palacio de Cnosos y sus pithoi gigantes llenos de aceite. Íbamos de resaca, no de revelación, y sin embargo es ese recuerdo —las tablillas de arcilla marcando la procedencia del aceite— el que me ha perseguido hasta aquí. La memoria es caprichosa: solo se activa cuando algo excita el conjunto neuronal que guarda esas imágenes.
Media vida, digo, sin saber del aceite más que lo justo para elegir una botella en el súper. Y quizá decir “media vida” sea optimista. ¿Cómo se calcula cuánta vida llevamos? Ramsés II vivió más de cien años, cuando el resto de la población apenas superaba los treinta y sus compañeros faraones no pasaban de la media de cuarenta. Y, ahí lo tienes, embalsamando su eternidad con jarrones de aceite. En la tumba de Ramsés, el aceite de oliva estaba allí como provisión lujosa para el alma. Así me sentí yo hace una hora, ungida en mi masaje oleoterápico: como Odiseo, lavado y preparado para presentarse ante Nausícaa después del naufragio.
Al pasear a solas por este campo tengo la convicción de que me iré de aquí, pero volveré. Con mejor o peor ánimo. Pero volveré. Eso me digo mientras repongo la rama de olivo fresca sobre mi pecho. La masajista me aseguró que era capaz de distinguir el árbol silvestre del cultivado; yo no distingo ni el virgen extra del que no lo es si no lo pone la etiqueta. Miro a mi alrededor y me fascina pensar que el mismo Mediterráneo que hoy vemos arder en guerras y disputas fue el punto de partida de este tesoro común. Palestina domesticó el olivo y produjo aceite a niveles industriales; Tel Mique-Ekron tenía cien prensas hace tres mil años. Los fenicios lo llevaron en sus barcos veloces hasta nuestras costas. La leyenda de Atenea y Poseidón, que me contaron de niña y olvidé, me parece ahora una moraleja personal: el caballo blanco, el lago salado, el olivo en la colina. El pueblo eligió el olivo, símbolo de resistencia. Y cuando los persas lo quemaron, brotó de nuevo al día siguiente. Seguía vivo.
Eso quiero para mí: que, aunque el fuego me haya devastado, brote de nuevo algo. Una hoja pequeña, una señal de vida. Cambio la rama de mi pecho como quien cambia un vendaje, esperando que también anestesie, que me ayude a pensar menos, a rumiar menos, a no querer acelerar la llegada del lunes. Sé que no puedo. La historia, la religión, los datos arqueológicos —toda esa constelación de aceite— me hablan de otra cosa: de paciencia, de fe, de tiempo.
Paseando con este racimo de flores blanquiamarillas de olivo parezco una hippy. Nací en la contracultura: Beatles, Gandhi, Kennedy, Martin Luther King, Che Guevara, Madre Teresa liberaron una revolución de la conciencia. Era una niña, pero crecí entre vestidos cortos y cassettes de Bob Dylan en el coche de mi padre. Y ahora, sin Spotify, con Mariano durmiendo y el campo respirando, me descubro en silencio. La contracultura de los monasterios, hace mil años, salvó la dieta mediterránea del barbarismo de la manteca y la carne: ayunos, reglas, ritos, aceite protegido tras los muros cuando ya había sido olvidado y sustituido. Ahora practico, sin buscarlo, el ayuno intermitente de los cristianos medievales.
Entre estos olivos, alimento sagrado oculto tras muros invisibles, y por un instante me he sentido parte de un sacramento: la unción de los enfermos que predicaban los apóstoles, la oración de la fe que salvará al enfermo. Hacía tiempo que no rezaba, salvo en la Catedral antes y después de cada cita médica. Siendo agnóstica pensé que no puntuaba alto ir a la Iglesia más cercana. Así que caminaba, penitente sin auriculares, hasta la Catedral, ante la Patrona, que ese sería el sitio correcto para una pecadora inconfesa. Y no pensé que sería aquí, en esta ladera olorosa, donde encontraría un espacio para rezar de verdad. Pero quizá es lo más lógico. Pudiendo elegir cualquier sitio, el propio Hijo de Dios se retiró al Monte de los Olivos.
Yo, que vengo de la era del plástico y la comida a domicilio, apenas podía imaginar que un condimento pudiera sanar, o al menos hacerme creer que sano. Y a veces eso es lo único que importa: creer para sentirse mejor. Una puede sentirse mejor sabiendo que algo está mal. Están las que sabiendo que no se puede hacer nada, no se preocupan, y estamos nosotras, las que damos vueltas, las que rumiamos, las que alimentamos a los psicólogos, las que nos amargamos la vida pensando: Somos lo peor. Pero incluso un olivo silvestre, un acebuche duro y áspero, puede injertarse y dar fruto. Tal vez, pienso mientras oscurece, yo también pueda.
***
El lunes llegó sin quererlo. El trayecto hasta el hospital fue corto y largo a la vez. No hablamos casi nada; Mariano conducía con las manos firmes, como si al sujetar el volante pudiera sujetarme también a mí. Yo llevaba en el bolso la rama de olivo que había cambiado la noche anterior. No sé por qué, pero sentí la necesidad de guardarla conmigo, como si fuera un talismán.
La sala de espera era la misma de siempre: paredes blancas, un cuadro anodino, revistas que nadie toca. Pero esa mañana el silencio era distinto, menos opresivo. Quizá porque ya había decidido no luchar contra él. La noche anterior la pasé leyendo —ese placer que permite ir más allá del cuerpo, de las miserias, de los pensamientos repetitivos— y encontré una cita épica de Shakespeare, que adapté como si yo fuera Porcia: “Y mañana iré con una aceituna en mi mano: mi cuerpo abandonará el gris, la furia, el cansancio, el ruido y estará tan lleno de paz que parecerá que sonrío de mi propia suerte”. No llevaba una aceituna, pero llevaba la rama, y dentro de mí había algo parecido a esa sonrisa, aunque fuera tenue, frágil, a punto de quebrarse.
El médico tardó. Siempre tardan. Y yo, en lugar de desesperar, miré las manos de Mariano: las uñas mordidas, la piel seca, y pensé en la madera de olivo, resistente y agrietada, que sostiene siglos sin caer. Me miraba, me buscaba, él quería ser útil, pero se rendía a lo evidente: lo necesitaba más que yo.
Cuando al fin entramos, el despacho me pareció más pequeño que otras veces. El médico me saludó, buscó mi mirada, y antes de abrir la carpeta supe que sería un momento definitivo. No recuerdo con exactitud sus palabras; recuerdo frases sueltas, como ramas desprendidas: “responde bien al tratamiento”, “por ahora no hay rastro”, “seguimiento regular”. No había absolución ni promesa eterna, pero sí una tregua. Una prórroga de vida. Una vida extra, como el aceite, limpia, pura, virgen, lista para emprender.
Sentí que el aire me llenaba de golpe, como si hubiera estado meses respirando a medias. Mariano me apretó la mano con una fuerza torpe, casi dolorosa, pero era su manera de decirme que también él volvía a respirar.
Salimos del hospital y me detuve un momento en la puerta. El sol de septiembre caía oblicuo, y las hojas de un árbol cualquiera brillaban como si fueran de plata. Toqué la rama dentro del bolso, fría, áspera, y pensé que no era superstición, sino necesidad: creer que algo me sostiene.
No lloré. No reí. Solo sentí esa calma rara que se parece mucho a la paz. La paz de los olivos, de su paciencia milenaria. Y, mientras caminábamos hacia el coche, me descubrí sonriendo, no de felicidad —todavía no—, sino de pura gratitud por seguir en pie, como el olivo que brota de nuevo tras el fuego.



