291. Gemina
Recuerdo que era martes, y debían ser sobre las siete y media de la mañana. El sol septembrino, cada vez más perezoso, se dejaba atisbar con tonos anaranjados detrás de la suave colina. Mientras tanto, el levante mecía suavemente las copas de aquellos viejos olivos, y arriba, Venus era testigo del inicio de la jornada.
Parece que ya no había solución. Por desgracia, la protesta resultó infructuosa. Las máquinas se despertaron, haciendo valer su terrible rugido, y comenzaron a realizar su siniestra labor.
En pocos segundos un crujido quebró mi ánimo. Ya nada había que hacer, pues el vínculo que unía a la madre tierra con aquel árbol centenario era arrancado de cuajo. Ese olivo que mi abuelo, Juan Arco, consiguió arraigar en las postrimerías del siglo XIX.
Mis primos y yo sabíamos que legalmente no podíamos hacer nada, pues nuestros padres, queriéndonos dar una mejor vida, decidieron vender y entregar la propiedad a aquel constructor sin escrúpulos, que resurgía cual ave fénix cada vez que se arruinaba, no sin dejar cadáveres en el camino en forma de impagos a sus trabajadores.
Cada golpe de la pala en el suelo, era un desgarro en mi alma. Nuestra historia, nuestra esencia como familia se desplomaba al mismo tiempo que aquellos troncos nudosos se retorcían en su agonía.
En pocos meses, aquel paisaje vivo ondulado iba a ser engullido por un manto artificial de placas que, bajo la falsa promesa de producir energía limpia procedente del sol, lo que en realidad escondía era la avaricia y la especulación de unos pocos.
Dicen que los golpes de suerte muchas veces cambian la historia, y aquella mañana, algo tuvo que alinearse en el cosmos para que todo aquel panorama cambiara.
La pala comenzó a ahondar en uno de los socavones que momentos antes mantenía erguido otro olivo. Se oyó un fuerte impacto del metal con algo parecido a un trozo de piedra, incluso pudo verse como una fulgurante chispa salió de aquel agujero.
El operario, extrañado, paró la máquina y descendió de la cabina para averiguar qué estaba pasando.
-Parece una losa, habrá que sacarla -gritó el operario.
-Sácala y ponla a un lado, luego la partiremos -respondió el encargado.
El operario ascendió de nuevo a la cabina y comenzó la maniobra para extraer aquel trozo de piedra. En un par de minutos, un bloque de piedra caliza quedó engullida en el cazo de la máquina y posteriormente, fue depositada en la cuneta del camino.
Fruto de mi curiosidad, me acerqué y observé que era un bloque rectangular de aproximadamente un metro de largo, por medio metro de ancho. Pero lo que más me llamó la atención fue, que se intuían unos grabados entre el barro que la cubría. Comencé a limpiarla escarbando un poco el barro. En la parte superior, distinguí una especie de inscripción: G, E, M, I, N, A.
No sé si fue la intuición, pero algo me hizo pensar que aquello no era un simple fragmento de piedra. Miré al encargado de reojo y me fui para el coche. Cogí el móvil y marqué: 062.
-Buenos días, ¿Guardia Civil?
-Dígame -contestó el operador.
-Buenos días, mi nombre es Felipe Arco, quería poner en su conocimiento unos hechos… -respondí.
-No se preocupe, nos ponemos en marcha. En breve, unos compañeros se personarán en el lugar. -me respondió con amabilidad.
En aproximadamente media hora, un todoterreno de la Guardia Civil avanzó por el camino y llegó hasta donde estaba presenciando el arranque de los olivos.
-Buenos días, soy la sargento Amalia Gutiérrez, y mi compañero el cabo Sanz. Queremos hablar con el Sr. Felipe Arco.
-Sí, soy yo. Les he requerido porque quería poner en su conocimiento que se está realizando en esta finca un arranque de olivos para instalar una planta fotovoltaica y se ha extraído una losa con inscripciones en uno de los agujeros. Por favor, ¿me acompañan para verla?
Avanzamos unos treinta metros hacia la cuneta izquierda del camino, intuyendo a lo lejos un bloque de piedra en forma de paralelepípedo con la parte superior redondeada.
-Veamos. -contestó la sargento con cierto gesto de incredulidad, a la vez que, en cuclillas, limpiaba con la mano el resto de barro seco que cubría una de las letras.
-GEMINA, -murmuró la sargento Gutiérrez, a la vez que se incorporaba y se frotaba las manos para intentar limpiarse los restos de barro de los dedos.
-Por favor cabo indique al operario de la máquina que detenga la misma, baje y le acompañe, al igual que al encargado de la empresa. –ordenó la sargento al cabo Sanz.
El cabo se dirigió hasta el vehículo donde estaba el encargado y en la lejanía, pude intuir el saludo militar protocolario. Al minuto, con una señal, el encargado indicó al operario que parara la máquina y se acercara. El cabo, el encargado y el operario avanzaron por la camada de olivos y en un par de minutos llegaron a la altura del camino donde nos encontrábamos.
-Señores: A requerimiento del Sr. Arco, nos hemos personado porque al parecer se ha extraído un trozo de piedra que, al parecer, contiene unas inscripciones. Por protocolo, debemos acordonar la zona y paralizar los trabajos mientras se llevan a cabo una serie de averiguaciones. Ruego lo trasladen a sus superiores. Mientras tanto, la maquinaria queda inmovilizada.
-Nosotros venimos a trabajar, no entendemos qué está pasando. ¿Quién nos va a pagar estas horas? -Contestó el encargado con gran irritación.
-Lo siento, lo que estamos llevando a cabo es lo indicado en nuestros procedimientos. Le insisto en que comunique al promotor de la obra que los trabajos se paralizan temporalmente. Deben abandonar la ubicación hasta nueva orden. –contestó la sargento Gutiérrez.
El cabo Sanz abrió el maletero del todoterreno, sacó un rollo de cinta de balizar y comenzó a acotar el terreno.
-Por favor, debemos salir todos hacia la entrada del camino, pues se va a proceder a precintar la entrada a la finca. -Conminó la sargento Gutiérrez.
Tengo que reconocer que me invadió una cierta sensación de alivio. Por un lado, se habían interrumpido los trabajos, aunque fuera de forma temporal, pero, por otro lado, crecía dentro de mí la curiosidad de saber qué era aquello que se había descubierto, qué significaban aquellas letras, esa GEMINA.
-Les recuerdo que está prohibido acceder a la finca hasta que no se aclare el tema que nos ocupa. Les advierto pueden ser encausados si rompen el precinto y contravienen nuestra orden. Ruego nos acompañen hasta el puesto de mando del cuartel para formular la preceptiva denuncia, en este caso, por parte del Sr. Arco, y ustedes en calidad de representantes de la empresa, o bien, sus superiores, si lo consideran conveniente. –Indicó la sargento Gutiérrez.
Monté en mi coche y me dirigí hacia el cuartel de la Guardia Civil, y mientras conducía conecté el manos libres y llamé a mi primo Rodrigo:
-Buenas Rodri, ¿te pillo bien?
-Sí Felipe, estoy ahora tomando un café. –contestó mi primo.
-Rodri, han parado el arranque.
– ¿Qué dices?, ¿Qué ha pasado? -Contestó Rodrigo.
-Lo que oyes. Estaba allí presente en la finca del abuelo, y, en uno de los agujeros recién excavado, ha aparecido una losa.
– ¿Una losa? ¿Y por eso han parado? –Preguntó sorprendido Rodrigo.
-Te cuento: He visto la losa y me he dado cuenta que había una especie de letras grabadas. He limpiado un trozo y ponía GEMINA.
– ¿GEMINA, eso qué es?
-Ni idea, pero voy ahora para el cuartel para poner una denuncia. Mira que si es una especie de yacimiento arqueológico o algo de eso. Esta gente no tiene escrúpulos, si yo no hubiese estado allí, lo mismo lo destrozan y no se entera nadie de nada.
-No sé, me parece un poco peliculero todo, pero bueno, a ver qué pasa. – contestó Rodrigo.
-Ya estoy llegando, luego te llamo al medio día y te voy informando.
-De acuerdo, quedamos en eso, llámame en cuanto puedas.
Aparqué en la puerta del cuartel, subí las escaleras me encaminé hacia el arco de seguridad. Dejé las llaves en la bandeja junto con el móvil, con la sorpresa de que, al pasar por debajo, sonó la alarma.
-Debe quedar algo metálico en el bolsillo, por favor, deposítelo en la bandeja. -me indicó el guardia de puerta.
Deduje que debía ser la hebilla del cinturón. Me lo quité y volví a pasar por el arco. En este caso no sonó. Dentro, la sargento Gutiérrez, ya en su puesto, y delante de la pantalla del ordenador me pidió mi documento de identidad. Me fue preguntando por aquello que había visto. En media hora tomó la declaración y firmé la denuncia.
-Usted ya puede irse. Vamos a proceder a recabar mayor información a los representantes de la empresa. –Me indicó la sargento Gutiérrez.
-Gracias por todo, ¿me informarán de lo que vaya pasando? -pregunté.
-No se preocupe, posiblemente se requerirá su presencia en los próximos días. Que tenga un buen día. –se despidió la sargento con gesto amable.
Llegué a casa y apenas tenía gana de comer. Tomé una ducha y bebí en varios tragos una cerveza fría del que cogí del frigorífico. Mientras tanto, en el telediario, la noticia atroz de que otra bomba de Israel había matado a 8 niños en una escuela en Gaza. Apagué la tele, cabizbajo y contrariado. Ya en silencio, hice una recopilación de todo lo que había acontecido en la finca. No podía olvidar lo de aquella inscripción… GEMINA.
Pasaron varios días, y el viernes por la mañana recibí una llamada de una voz que al instante me resultó conocida.
-Buenos días. ¿Sr. Arco?
-Sí, dígame. -contesté.
-Soy la sargento Amalia Gutiérrez. ¿Puede personarse en el cuartel? Tenemos novedades. Estoy aquí de turno de mañana hasta las 15 horas.
-Por supuesto, intentaré estar allí en una hora aproximadamente.
-De acuerdo, pregunte por mí al guardia de puerta. –me indicó la sargento.
Tenía pendiente una reunión con un cliente, pero la llamada de la sargento hizo que cambiase de planes. Cogí el móvil y llamé:
-Sr. Contreras? Soy Felipe Arco. Perdone, pero me ha surgido un imprevisto y no voy a poder asistir a la reunión de las 12. ¿Podemos aplazarla?
-Sin problemas, el lunes estoy de viaje, pero podemos quedar para el martes a media mañana. –contestó el Sr. Contreras.
-De acuerdo, le aviso y concretamos. Muchas gracias por su comprensión. -respondí aliviado.
-Nada, nada, no se preocupe, posponemos pues el encuentro. ¡Espero que no sea nada! –respondió el Sr. Contreras de forma vehemente.
Me dirigí al cuartel, aparqué en la puerta y entré en aquel portal que ya me parecía casi familiar. Esta vez tuve la precaución de quitarme el cinturón, y el arco no sonó. Coincidió casualmente que el guardia de puerta era el mismo de la otra vez. Me indicó que pasase con un gesto de aprobación. Avancé por el pasillo y dí dos golpes con los nudillos en la puerta del despacho e de la sargento Gutiérrez.
-Adelante, pase. –conseguí oír la voz ya conocida de la sargento Gutiérrez.
-Buenos días, ¿Se puede? –pregunté.
-Pase y siéntese, voy a llamar a una compañera. – contestó la sargento Gutiérrez.
Me senté. Mientras que volvía la sargento, miré el móvil. No tenía red. Pensé que sería debido a esos inhibidores de frecuencia que suele haber en los cuarteles, comisarías, etc. por el tema de seguridad.
Un par de minutos después entró en el despacho la sargento Gutiérrez acompañada de otra agente de uniforme.
-Bueno, ya estamos por aquí. Le presento a la teniente Isabel Espadas. Es la jefa del departamento de protección del patrimonio de la jefatura provincial.
Le estreché la mano a la vez que miré fijamente sus facciones. Era una mujer de unos cuarenta años, de talla media, de ojos marrones y media melena castaña y rizada, de rasgos endurecidos y mejillas anchas. Pude reconocer las 2 estrellas de seis puntas en la divisa.
-Sr. Arco, le hemos citado para informarle de las acciones que se están llevando a cabo referentes a su denuncia.
-Ustedes dirán. Les confieso que tengo bastante curiosidad. -contesté.
-La pieza descubierta ha sido analizada por expertos de nuestro departamento y se ha extraído una información muy valiosa. –respondió la teniente Espadas.
Asentí con la cabeza, ansioso de saber qué cosas podía deparar aquel descubrimiento.
-Esa pieza se ha identificado como una estela funeraria romana del siglo I. Era una inscripción que se ponía al pie de una tumba, y hacía referencia a la persona fallecida, lo más parecido a las lápidas actuales. –prosiguió la teniente Espadas.
– y lo de GEMINA, ¿qué es?
– La pieza contiene una inscripción en latín que se traduce en “Gemina, esclava de Decius Publicius Subicius, muerta durante el parto»
– ¿Una lápida de una mujer que murió durante el parto? –Contesté sorprendido.
-En efecto, y parece ser que va más allá. Estamos ante el descubrimiento de un asentamiento romano del siglo I.
– ¿Me está diciendo que existe un yacimiento romano en esa finca? –Pregunté con total asombro a la teniente.
-Todo indica que es así. Habría que confirmarlo mediante un estudio arqueológico pormenorizado, realizar nuevas excavaciones, catalogar los hallazgos, etc.
-Esa finca ha sido de mi familia durante más de cien años, pero nuestros padres la vendieron y ahora iba a convertirse en una planta fotovoltaica, por ello estaban arrancando los olivos.
La teniente Espadas abrió un dossier con funda de plástico que tenía a su derecha y, con voz grave me contesto:
-El tema está en que no se va a poder ejecutar el proyecto de planta fotovoltaica, ya que la ley protege el patrimonio cultural y debería quedar todo en el estado actual, es decir, la finca con sus olivos y si fuese preciso, habría que erigir un pequeño centro de interpretación de todo aquello que se descubra.
– ¿Quiere decir eso que no van a poder arrancar los olivos de la finca? –pregunté.
-En principio debe ser así. –contestó la teniente de forma tajante.
Sorprendido mientras me despedía de mis interlocutoras, esbocé una sonrisa. Salí del cuartel con un estado de euforia que hacía tiempo que no experimentaba. Monté en el coche, arranqué y de inmediato conecté el manos libres para llamar a mi primo Rodrigo.
-Rodri voy en el coche. ¿Puedes hablar?
-Dime Felipe, ¿qué sabes?
-Tengo un notición que contarte.
-Venga, venga, no me tengas en ascuas.
– ¿Sabes?, No van a poder arrancar los olivos
– ¿Qué dices?, pero, ¿Eso cómo va a ser? –espetó Rodrigo sorprendido.
-Cálmate Rodri, te cuento: Como sospechaba, debajo de los olivos de la finca parece ser que existe un asentamiento romano, y me han dicho que legalmente para protegerlo, hay que mantener el entorno tal y como está.
– ¿Me dices que no van a poder poner las placas?
-En efecto, no pueden arrancar los olivos del abuelo.
-Creo que deberíamos juntarnos todos los primos, y como poco celebrarlo. Queda tú con tus hermanas que yo llamaré a mi hermano para contarle.
-Rodri, calma. No echemos las campanas al vuelo tan pronto. Esta gente tiene mucho poder y no me extrañaría que se salieran con la suya. Tienen a políticos y jueces comprados. Es como luchar contra Goliath.
Me despedí de Rodrigo con la satisfacción de haber conseguido una pequeña victoria, pero consciente de que aún quedaba mucho para ganar la guerra.
Tiempo después se confirmaron los hallazgos en la finca de olivos de mi abuelo. Existía un asentamiento romano del siglo I que permaneció sepultado y protegido durante siglos. Posteriormente fue una finca de tierra de labor que adquirió mi abuelo Juan Arco, a finales del siglo XIX.
Actualmente, la finca se conserva tal y como la concibió mi abuelo Juan Arco. Sólo una pequeña construcción, de color blanco y forma rectangular, en la parte inferior de la colina destaca sobre el verde grisáceo del bosque de olivos. En ella, a través de una pequeña ventana, allá al fondo, se distingue la silueta de una losa, colocada de forma vertical en la que se distinguen unas letras grabadas: G, E, M. I, N,A.
Quizá el espíritu errante de Gémina, que no pudo superar el parto donde dio la vida a su hijo, quedó atrapado entre los olivos, cuidando la tierra y velando por aquellos que habían trabajado y sufrido en ella.



