289. Una fiambrera de aluminio
El día se le presentaba frío y gris, como la estantería metálica desconchada que tenía delante con botes con cerezas en aguardiente, miel oscurecida por el tiempo, paquetes de fideos y botecitos de especias caducados, pastillas de caldo endurecidas y decoloradas que aún conservaban un leve olor a hueso enranciado, amarillentas velas retorcidas, cajetillas de cerillas a espera de ser utilizadas antes de humedecerse y perder su utilidad. papel de horno y de plata aparentemente imperturbables, platos y fuentes de loza arrinconados hacía años.
A su izquierda colgaban dos espeteras con peroles de diferentes tamaños, tapaderas encajadas de la única forma posible, sartenes y lecheras que no se utilizaban hacía décadas y habían quedado olvidadas hasta como pasto de cuentos y milongas. Y el bidón galvanizado que guardaba el oro líquido recolectado por la familia había sido sustituido hacía años. Primero por garrafas de plástico de cinco litros compradas en el supermercado y luego por botellas de litro que más que oro parecían agua avainillada.
En el suelo vio orzas con solera que seguían desprendiendo olor a engañifa aun llevando lustros sin contener comida alguna. La manteca las había impregnado de un olor antiguo del que no podían liberarse ni con el mejor lavavajillas y lejía juntos. El Ministerio de Sanidad había ido decretando leyes que prohibían el sacrificio de cerdos en centros urbanos y, lo que supuestamente significaba un mayor control sanitario de la población, había acabado con tradiciones milenarias y había engordado los bolsillos de grandes empresas cárnicas.
En la esquina vio la mesa que solía aguantar la primera televisión que tuvieron en casa, una que emitía programas en blanco y negro en unas cadenas nacionales que cada noche cerraban su programación con una carta de ajuste, y que tenía tan mala sintonía que a veces colocaban una aguja de tejer hincada en una patata a modo de antena para ayudar a la deseada sintonización. Recordó las películas de folclóricas que con sus trinos daban liviandad a sus vidas; series como Raíces u Holocausto en las que quedaban patentes las miserias humanas; los combates de boxeo en que los rostros se desfiguraban tanto que llegaban a provocarle pesadillas; partidos de fútbol multitudinarios en los que los aficionados gritaban y derramaban sus propios infortunios; una niña pecosa de gruesas trenzas rojizas que paseaba por el mundo con su caballo y su mono sin el ojo avizor de un padre pirata más interesado en encontrar tesoros que en cuidar de su hija; una casa perdida en la pradera en la que unos protagonistas, que de tanto verlos le resultaban más cercanos que sus propios familiares, contaban sus desventuras; una niña que vivía con su abuelo entre ovejas correteando por los Alpes acompañada por su perro san bernardo, Niebla, y cuidaba a Pichi, un pajarito que había encontrado herido y que emigró cuando se recuperó; un niño italiano que viajaba con su mono a Argentina para reunirse con su madre superando todas las dificultades que encontraba en el camino; una abeja inquieta que le hacía ver la importancia de vivir en consonancia con los amigos y la naturaleza… No había reparado en ello antes, pero aquella mesa, un tablero antiguo de realite con dos patas metálicas, ahora aguantaba objetos sin orden ni concierto: túperes de diferentes tamaños, un tostador, un plumero colorido de plástico, un tamizador y una bolsa llena de camisetas raídas o apolilladas convertidas en trapos de limpieza. A su lado dormía un mueble de cocina desvencijado con una vitrina que, más que mostrar una ordenada cristalería de ajuar, apilaba vasos de diferentes tamaños encajados entre sí, con una alacena superior cuya mayor funcionalidad había sido servir de despensero farmacéutico de la dueña de aquella casa, y una inferior en la que algunos objetos inutilizados se codeaban con varios cachivaches pendientes de ser apretados o atornillados.
Del techo pendían unos ganchos en los que antaño habían colgado jamones que más que de cerdo parecían de caballo, y que se habían adaptado hacía décadas a la ligereza de los cordeles deshilachados que sujetaban grandes ollas de porcelana remachadas.
Allí estaba, asomada a la puerta inferior derecha del mueble que no se dejaba cerrar. Cuatro bordes rayados: verde, azul, gris plateado y rojo, y una tapadera descolorida. Una fiambrera práctica y longeva.
Mari aspiró aquella mezcla tan curiosa de olores, como si llenando sus pulmones de aquella mezcolanza volviera a ser una niña. Y comprendió que el olor del aceite la había abrigado desde antes de nacer, desde el mismo momento de su concepción. Su padre había trabajado en una almazara y su áurea estaba impregnada de orujo y alpechín.
—Mamá, ¿por qué te has traído ese chisme? Estas llenando la casa de cosas que no sirven para nada.
Un pellizco estrujó su estómago y unas lágrimas inesperadas se asomaron a sus ojos. ¿Un chisme? ¿Había dicho un chisme? Definitivamente aquella joven tenía mucho que aprender.
Vivía en una casa nueva y llevaba meses mudando objetos útiles: un armario zapatero, dos sofás, un frigorífico…, como si trasladando aquellas cosas mantuviera un pedacito de sus padres con ella, no porque se negara a aceptar que la vida era un pasillo largo y eterno que todas las personas debían abandonar antes o después, sino porque aquellos objetos representaban el esfuerzo de sus progenitores y todos los compatriotas que habían sido niños de la guerra, que habían sobrevivido a la escasez de una posguerra, y habían enarbolado el esfuerzo como la mejor bandera para avanzar. Esfuerzo diario y constante que batallaba con la casualidad.
—Mamá, ¿no crees que deberías dejar de traerte cosas de casa de los abuelos? Esto va a terminar pareciendo un anticuario —insistió la joven.
La miró con una comprensión infinita. Ella también pensaba que acumular objetos, fuese por avaricia o por necesidad, no traía más que enfermedades.
La vida era muy simple, lo había aprendido al enfrentarse al dolor. La Tierra giraba imparable, y en sus movimientos de rotación y traslación les mostraba el Sol y la Luna cada día. Lo que la gente hiciera entretanto era decisión suya. Pero algunos objetos tenían vida propia. La nostalgia empujó dos lágrimas que la delataron. Recordó a su madre llenando aquella fiambrera con cascos de tomate, aceitunas, naranja, pimiento, cebolla y huevo duro; aliñándola con sal y aceite, y preparando una tortilla de espinacas. Ese era el menú de aquellas jornadas de trabajo en el olivar. También añadía al bolso un trozo de tocino salado y morcilla seca para los comensales más comilones. Suspiró. ¡Habían pasado tantos años!
Ellos solían empezar la recolecta de aceituna a finales de diciembre para aprovechar las efemérides y hacer un buen trabajo en familia, pero nunca sabían hasta cuándo se alargaría la temporada de recogida pendientes como estaban del tiempo. Si llovía y la tierra se empapaba, el barro les impedía trabajar y, si hacía mucho calor, la tierra se convertía en una manta pinchuda que agujereaba las rodillas de las mujeres que recogían las soladas de aceitunas desperdigadas.
Los días de campaña comenzaban muy temprano para sus padres. El uno iba atando en el portaequipajes de su bicicleta fardos inmensos, piquetas añosas y tostadas por el sol, y sacos salpicados de lunares morados de jugo de aceituna que la costumbre había inmortalizado. La otra colocaba con gran maestría en el bolso los diferentes recipientes llenos de comida, la engañifa casera en papel de estraza, la bebida que ayudaría a bajar aquellos manjares y la fruta que tomarían a la postre. En una talega pequeña que adaptaba en cualquier rincón metía algunos mantecados de los preparados para las fiestas navideñas.
Poco después se levantaban los vástagos. Los más mayores eran más colaboradores. Mari, la más pequeña, poco participaba en la parafernalia aceitunera. Se limitaba a vestirse y tomarse un vaso de leche que parecía alargarse y convertirse en una cubeta a juzgar por los minutos que tardaba en vaciarlo.
— ¿Aún no has terminado? —preguntaba su madre inquieta—. ¡Dios santo! Todos los días igual. ¡Tardas tanto! ¡Y si te estuvieras comiendo un bocadillo, lo comprendería! ¡Pero un simple vaso de leche que tendrás en los pies cuando lleguemos a los olivos!
No tomaba más que un vaso so pena de vomitarlo porque su estómago se negaba a trabajar tan temprano.
Cuando todo estaba listo, caminaban unos tres kilómetros, a veces cinco, para coger las aceitunas que les proporcionarían aceite para todo el año.
Unos marjales estaban orientados al sur y otros al norte, por lo que la maduración y su recolecta variaban. Comenzaban en el haza cuyos olivos permanecían protegidos por higueras y membrillos, continuaban en el que estaba rodeado por un estercolero y una acequia. Después venían los que estaban a pie de las vías del tren, y acababan en el huerto, comprobando que los plantones crecían bien.
No debía tener ella más de cinco o seis años cuando su padre la animaba a trabajar.
—Te doy una moneda de estas por cada cubo que llenes.
A ella le interesaba obtener muchas monedas, no importaba el valor que tuvieran, así que empezaba el día copiando a su madre y hermana presta a llenar el cubo. Pero, cuando veía que la espuerta en la que ellas echaban las aceitunas se colmaba mucho más rápido, la frustración la embargaba y su madre, conmovida por su desazón, intentaba aliviarle el ánimo.
—Coge unas pocas de mi espuerta, hija.
También aclaraba los ramones. Se vio arrodillada en un fardo marrón, rodeada de ramas que al ser golpeadas por las varas habían caído cuajadas de aceitunas verdes que se resistían a desprenderse. Por aquel trabajo también le pagaría su padre.
Al volver a casa pasaban las aceitunas por una zaranda desvencijada que crujía más que los huesos de sus abuelos para hacer saber sus años y recordarles una antigüedad intergeneracional que a veces olvidaban los que la manejaban.
Cuando acababa la campaña ella había atesorado varias monedas. Apenas tendría para comprarse un chicle y una calcomanía, aquellas pegatinas tan coloridas que estaban de moda y se pegaba en la muñeca mojándolas en agua y rascando. Pasados unos días se despegaban dejando un rastro de pegamento ennegrecido por la suciedad que su madre eliminaba diligentemente con un estropajo de esparto.
Cuando las hijas crecieron y ennoviaron, incorporaron a la cuadrilla dos varones, contar con ocho manos en lugar de dos era algo que su padre, un hombre que nunca había escuchado hablar del descanso dominical o las vacaciones, agradecía infinitamente.
Su mente, pensó, se parecía a una película en la que habían quedado impresos diferentes fotogramas. En una ocasión su actual marido, para congraciarse con sus suegros, se había ofrecido a regar a manta un marjal. Cumplió lo prometido y ante la pregunta del sorprendido vecino que le interpeló “¿sabe usted lo que hace, joven?”, él respondió ufano “por supuesto, señor. Estoy regando los olivos a manta. Estoy acostumbrado a trabajar en el campo”. Con el tiempo todos aprendieron que no mentía, pero decía verdades a medias. Su experiencia en parrales y la voluntad que ponía en la vida suplían con creces su inexperiencia olivarera. Y, sobre todo, mantenían su orgullo a gran altura.
El ciclo de la vida siguió su curso y los nietos fueron incorporando experiencias al clan. Risas y regañinas se sucedían por doquier. Sonrió. ¡Qué pequeña estaba su hija cuando intentó huir del tren! Apenas si podía caminar entre tantos terrones. Se le había agarrado al cuello hasta casi estrangularla temiendo que el tren que había silbado al salir de Granada equivocara su rumbo y arrasara con todo. Su corazón desbocado se había acompasado cuando le mostraron la vía y comprobó que los adultos parecían tener la situación encarrilada.
La venta de los marjales de olivos había sido proporcional al envejecimiento de sus padres, y la modernidad había catalizado aquella venta para dar paso a urbanizaciones y autovías.
Aquella niña que apenas bebía un vaso de leche al levantarse había desaparecido. Se preguntó si el sueño recurrente en el que encontraba monedas en una espuerta tendría algo que ver con su padre, como si escarbando en aquel trozo de esparto con asas pudiera encontrar a aquel padre que la animaba a rebuscar olivas o limpiar ramones.
Miró la fiambrera de nuevo y se derrumbó. No hubo consuelo para su alma desnuda.
—Mamá, ¿por qué lloras?
—Por nada. No importa. Estoy tontorrona hoy.
—¿He dicho algo que te haya molestado?
— ¿Tú? No, hija.
Aquella fiambrera era un túper metálico descolorido que ella había decidido conservar a pesar de su poco valor. Nadie podía imaginar que en aquellos veinte centímetros de aluminio guardaba la esencia de su vida.



