288. Del alfar al cielo

Eduardo Lacambra Calvet

 

Llegó mi hora. A mis pies los restos de miles de ánforas llamándome para que me una a ellas en un eterno y gozoso descanso. Y no tengo miedo. Ninguno. Solo alegría por haber tenido una vida intensa, placentera, con muchas aventuras en las que he conocido mundo, mucho mundo, y en el que he podido descubrir lo bueno y lo malo que de él se puede esperar. Es para estar contenta.

Yo no soy una ánfora cualquiera, ¡soy una ánfora olearia!, en pie orgullosa sobre el monte Testaccio de la excelsa ciudad de Roma, capital del Imperio Eterno por gracia de los dioses, reposando digna tras haber cumplido eficazmente la prestigiosa misión de contener ese precioso y dorado líquido que es el aceite de oliva, nuestra adorada pareja desde el feliz momento en que sereno nos elije como el vehículo que llevará sus dones a cualquier lugar del Imperio.

¡Qué bello es este peculiar monte! Parece increíble que esté formado por los restos fragmentados de todas mis queridas hermanas que gráciles me precedieron, y donde los humanos con afecto las destinan tras haber cumplido su encomiable tarea.

Y no dejan de llamarme, me reclaman, me piden insistentes que ocupe mi lugar entre ellas… y tiemblo, y les correspondo con el íntimo deseo de percibir en mi curtido cuerpo el martillo que me descompondrá en múltiples pedazos, y que me permitirá fusionarme en el monte con ellas.

Pero también repentina surge de mis entrañas una arcillosa lágrima aceitunada, preñada de mil imborrables y hermosos recuerdos de mis lejanos orígenes en la provincia senatorial romana de la Bética. Memorias que también, como comprenderéis, son de mi querido señorial aceite. Y eso me hace profundamente feliz.

¡Qué lugar y qué nacimiento tuve!, fue en un alfar muy próximo al nacimiento del bellísimo y caudaloso río Betis, un lugar agraciado por la divinidad, os puedo decir que hasta de vez en cuando oía sus aguas correr, no os imagináis, un indescriptible lujo.

¡Y qué olor!, no sabéis lo maravilloso que era, el aroma a oliva lo impregnaba todo, es dulce y agradable, y te abraza con su etérea solidez al tan sabio y retorcido árbol que generoso la produce, abundantísimo en el entorno del ingenioso alfar donde me modelaron, y en el que había algún ejemplar que fue plantado, ¡imaginaros!, por fenicios y cartagineses. ¡Tela!

Por si fuera poco, afortunadamente para mí, este abrumador aroma aun se podía matizar con otros igualmente intensos, y, a veces, delicadamente complejos, que surgían del rural y prístino paraje en que me críe, permitiéndome experimentar goces que es increíble que un Creador haya imaginado. Si me permitís, a Él, ¡gracias!

Quizás el más destacado de ellos, y que he de decir que marida maravillosamente con el de la oliva, es el surgido de unas vides que feraces brillaban en unas villas que rodeaban orgullosas el alfar. Y en esas villas, como podéis suponer, además de disfrutar de las turgentes uvas, hacían vinos.

No sabéis como tiembla la marca que grabaron en mi cuello al nacer, la noble palabra JAEN, cuando rememoro la brisa impregnada de los efluvios provenientes, bien del prensado de las uvas, o bien de la fermentación, lenta y consistente, de los frutos de la vid.

Es ahora, cuando estoy en el Monte Testaccio, ya al final de mi existencia, cuando puedo valorar la fortuna que me acompañó en mi nacimiento. No solo disfruté del fragante aceite, mi fiel compañero, sino de otros indescriptibles aromáticos placeres.

He de confesaros que uno de mis preferidos es el de los animales. Para mí es una verdadera gozada el olor de las fabulosas granjas que tanto prosperan en esta tierra bajo la eficiente administración de los habitantes de la Bética, la cual, por cierto, se emplea para llevar el simpar aceite hispano a todos los confines del mundo civilizado, donde orgullosa diré que es valorado, por su inmejorable calidad, como insuperable.

¡Qué os voy a contar!, a mí que soy fiel testigo de cómo una humilde oliva bética al nacer acaba siendo perfumado aceite ofrendado al dios Mercurio en la capital imperial. ¡Realmente impresionante!

Bueno, volvamos al relato, que me disperso como buen aceite, había un par de granjas próximas que nos hacían sentir sus efluvios de forma habitual. Cuando el viento soplaba en una dirección favorable era realmente intenso, pero aun sin serlo, siempre sentíamos su presencia.

¡Y qué olor!, a veces te abrumaba, fuerte, poderoso, pero olor a vida, a carreras y juegos de los carneros y terneros que alegres pastan en verdes prados, y que viven tranquilos y seguros en compañía de los humanos, y que luego muchas veces acabarán formando parte de su dieta junto con el jugo de las olivas que contenemos nosotras, y qué tan sabroso es cuando se emplea para cocinar o sazonar sus magistrales guisos. ¡Cuánta sabiduría en tan dorado líquido!

Pero hay otro penetrante olor en las granjas que despierta mis sentidos, el generado por la acumulación de restos orgánicos ganaderos. Siento que expresan la arrolladora alegría de haber sido previamente poderosos alimentos que conformaron los tejidos animales con los que se expresó la chispa vital de la creación.

Luego serán el abono que tanto ayuda al humano a disponer de abundantes vegetales, los cuales, entre otros usos, aportarán la energía precisa para darnos nuestra ovalada forma, tan valorada por nuestro oleico compañero de vida.

¡Ay!, no sabéis como me ha emocionado recordar tanta maravilla… pero no me detendré más, aunque os podría contar mil y un detalles adicionales, siento como poderosa me embarga la memoria de mi nacimiento, ese acontecimiento tan especial que acontece a cualquier entidad que aparezca en este hermoso planeta Tierra.

Tiemblo solo de pensarlo, ¡uf!, no podéis imaginar lo que es sentir como unas manos de estos increíbles seres que tanto nos acompañan durante nuestra larga vida, los humanos, iban dando forma, lentamente, y con amor, a mi cuerpo.

Giro tras giro me observaba y cada vez me veía más atractiva, con una panza realmente estupenda, sensual y terrenal, suave y cuidada, acabada en una punta roma, que luego me enteré, era para darme estabilidad y agarre a la arena o paja que depositaban a mi pie cuando me transportaban en carretas o barcos.

Alegres escalofríos recorrían mi arcilloso cuerpo al formarse esas ondulantes curvas tan atrayentes para los egregios aceites de mi amada tierra natal, Hispania. ¡Qué prometedor!, ¿no?

Y os diré que este era solo el principio de mi creación, no sabía lo guapina que me iban a poner. Ahora os cuento.

Observé gozosa como me añadieron, mientras estaba aun húmeda, un estilizado cuello en mi parte superior, encima del cual modelaron un delicado borde donde me podía abrir feliz al exterior, y finalmente, de remate, y para que no faltase nada, unas asas preciosas.

Vamos, un auténtico figurín, atractiva para cualquier aceite. ¡Qué contenta estaba!

Y me puse más alegre cuando marcaron en mi cuello una palabra para indicar mi origen, JAEN, que es el acrónimo del inteligente comerciante Julius Aurelio Ergo Nobilis, pero que todo el mundo identifica con mi olivarera tierra natal, y de la que tantísimo he presumido. Sé que está mal jactarse, ¡pero no puedo contenerme!

¡Y todavía me quedaban fantásticas sorpresas!, ¡qué os creéis!

Después de haber sido modelada de esta hermosa y útil forma, a mí, y a seis de mis hermanas, nos metieron en un horno de alfarería, ¡qué bien se estaba ahí!

Con mucho cuidado para que no nos deterioramos, pues aún éramos muy endebles, nos depositaron en su interior para que nos endureciéramos adecuadamente, lo cual nunca dejaré de agradecer, pues blanditas como estábamos antes no íbamos a poder viajar a ningún sitio con nuestros inseparables aceites.

La experiencia fue muy agradable, ¡qué calentitas estábamos!… no sabéis lo fabuloso que es percibir como este ambiente tórrido modifica tu esencia para ir perdiendo poco a poco la maravillosa agua con la que previamente posábamos en la tierra como húmeda arcilla, e irnos sintiendo, de forma lenta y gradual, cada vez más estables, consistentes y capaces de enamorar hasta el más reticente zumo de oliva.

De verdad, fue una experiencia fantástica. Si mis lectores son arcillas aun reposando quizás en el lecho de un río o en un feraz prado, os recomiendo de corazón: ¡no os la perdáis!, sé bien que me entenderéis pues vuestro corazón es de bendita tierra como el mío. Y si hay sabios olivos, decidles a vuestros frutos las maravillas que les esperan para que se acicalen adecuadamente.

En fin, continuemos con el relato, aprovechemos ahora que el Monte Testaccio está tranquilo, y los recuerdos se agolpan incesables mientras contemplo Roma acompañada por el rítmico cantar de los grillos y de los aromas oleicos.

Sigamos pues. Después del intenso, tórrido y sano baño de calor en el horno, nos llevaron a reposar a un almacén ubicado en el alfar. ¡Qué apetecible era tras tanta fuerte emoción!

Al cabo de unos pocos días, cuando vieron que nos habíamos enfriado convenientemente, recibimos un inesperado regalo, pues nos aplicaron una sustancia impermeabilizante bien aromatizada en nuestro interior por medio de una suave esponja. Sé que nuestras futuras parejas aplaudirán cuando nos conozcan al vernos sin fisuras. ¡Y gracias por tan estupendo masaje!

En ese momento yo ya por fin me sentí completa y acabada. ¡Y qué magnífica presencia tenía! Elegante, reluciente, y bien dispuesta a acoger amorosa a un bendito aceite en mi abombado interior. ¡Qué ilusión!

Pero ahora me tocaba esperar paciente en el almacén, donde os diré mi vida transcurrió feliz, siempre entre amenas charlas entre cerámicas, cuya temática, como podréis comprender, estaba siempre centrada en conocer más al protagonista de nuestros sueños.

Hablábamos mucho con las estilizadas ánforas vinateras. Eran pocas y muy elocuentes (quizás por el líquido que iban a contener), y nos hicimos excelentes amigas. Taimadas especulábamos con las futuras experiencias que compartiríamos con nuestros respectivos acompañantes, cuya amistad es bien sabida.

En una esquina estaban las tejas y ladrillos destinados a la construcción, fuertes y orgullosos, quizás porque sobre sus espaldas iban a soportar las elevadas cargas que aparecen frecuentemente en las almazaras. Reconozco que su voz seria y profunda nos sobresaltaba e impresionaba.

¿Y qué decir de la loza destinada al uso doméstico con sus tan bonitas formas?, había poca pues el alfar no estaba diseñado para elaborarlas. A mí me atraían las relacionadas con el aceite, como las útiles lucernas, cuyo enérgico combustible procede de olivas maduras, o los platos, con sus elegantes relieves, y cuya superficie iba a ser frotada con ajo y generoso jugo de aceituna para empapar delicioso pan.

Pronto a mí y a mis compañeras de hornada nos bautizaron con los eternos nombres de las siete colinas de Roma, el Palatino, Aventino, Capitolino, Celio, Esquilino, Quirinal y Virinal. Pero sin tardar, con esa alegría tan particular que se da en esta tierra, y que os digo no he encontrado en otras regiones que he visitado durante mi larga vida, nos pusieron apodos.

Os contaré los de mis dos mejoras amigas, Quirinal y Virinal. Y el mío, claro.

A Quirinal, que soñaba con ser compañera de un aceite que le llevase a tener una vida llena de lujo y placeres, le apodaron, claro, Baco, mientras que a Virinal, que repetía incesante que ansiaba una pareja oleica que le permitiera mezclarse con todo tipo de gente, la apodaron Pavimentum, y a mí, que repetía que con mi zumo de oliva quería conocer grandes villas, me apodaron Peristilo, la estancia central donde se desarrolla la vida doméstica de estas edificaciones. En fin. Lo llevábamos con humor.

Y siempre lo pasábamos bien, rodeadas de amigas, jugando y bromeando, y especulando sobre quién sería el aceite que nos iba a acompañar en nuestras aventuras. Las ánforas olearias somos así. Simples.

Aunque en determinadas situaciones pasábamos miedo. Os cuento. A veces al almacén traían unas vasijas finamente decoradas y unas jarras de vidrio preciosas. Eran hermosas, pero nos asustaban, y mucho, al decirnos que los humanos nos iban a utilizar como dianas para probar su puntería con piedras, y nosotras, sabiendo lo aficionados que son los romanos a los juegos de gladiadores y a las competiciones, nos lo creíamos. ¡Qué horror, hacerse añicos sin conocer a ningún pretendiente! En fin, bromas pesadas. Afortunadamente no aconteció así.

De hecho, tras unos luminosos y divertidos meses, llegó el gran día que todas estábamos esperando. El día que íbamos a conocer al aceite que sería nuestra pareja. ¡Qué alegría y ansiedad teníamos!

Supimos del acontecimiento por el enorme estruendo producido por los carros en que íbamos a ser transportadas a unos cercanos embarcaderos del río Betis, y también por hombres vociferando órdenes unos a otros. A pesar del aparente caos todo se llevó a cabo de una forma limpia y rápida.

Dos hombres ayudados por varas nos levantaron a cada una, y con suma delicadeza nos depositaron en los carros de bueyes sobre una cama de paja. ¡Qué suavecita estaba! Estos humanos no paran de dedicarnos los más exquisitos cuidados.

Y cuando se llenó el carro partimos. En el mío iban felizmente mis dos queridas amigas, Baco y Pavimentum. ¡Qué nerviosas estábamos, se nos salía la arcilla del cuerpo! Nos calmó recorrer los infinitos olivares, y contemplar las espléndidas vides y granjas, respirar el aire puro y disfrutar de la luz solar. Menos mal.

Tras un breve recorrido, pues como os he dicho estábamos cerca del río, llegamos al embarcadero. ¡Cuánto jaleo de carros, de humanos y de mercancías! Se respiraba la alegría de un día primaveral con promesas de viajes y experiencias enriquecedoras.

A nosotras nos fueron descargando con mimo y colocando en una cama de arena en posición vertical, y nos tocó esperar ahí durante unas soleadas horas hasta que llegaron por fin las estrellas invitadas que tanto esperábamos, las carretas conteniendo el mágico aceite con el que nos íbamos, felizmente, a emparejar. Nuestra alegría era indescriptible.

En ese momento los aceites tomaron el mando de la operación, pues ya se sabe que en esta tierra son la majestad, y aprovechando que los humanos hicieron un alegre receso para tomar un refrigerio, nos preguntaron educadamente que queríamos contener. Y luego cada uno, con sus rimbombantes nombres y particular personalidad, tomaron sus decisiones.

Por no empezar por mí, diré que un elegante aceite que gusta de ser utilizado en masajes, ofrendas a los dioses y en usos medicinales, llamado «óleum omphacium», optó por Baco. Mi querida hermana olearia estaba radiante. Iba a tener una vida de lujos y placeres.

«Óleum maturum», que es muy campechano y práctico, y que adora verse convertido en luz en las lucernas ubicadas en las grandes avenidas de las urbes imperiales, eligió, como no, a Pavimentum. Justo lo que ansiaba. Conocer ahí a multitudes. La de cosas que iba a poder contar.

¿Y cuál sería el que se había fijado en mí? Pues fue «óleum flos», que tiene un encanto especial y adora las cocinas para aderezar las mejores ensaladas y preparar delicadas salsas. Saber que mi destino era acabar en una villa del vasto imperio romano hacía temblar mis asas de placer.

Ya os digo, ¡del alfar al cielo!

¡En fin, qué fabulosos recuerdos!, mas ahora os tengo que dejar pues escucho acercarse a un hombre con un enorme martillo, y esto me dice que pronto me reuniré con mis hermanas del monte Testaccio, donde brillará orgullosa la estilizada marca de mi cuello, JAEN.

Creo que ya es hora de acabar mi relato, que espero os haya interesado. Casi os he hablado más del aceite que de mí, suele pasar, mas si curiosos queréis saber más, fácilmente encontraréis a algún apasionado viajero oleico deseoso de contaros nuestras mercuriales travesías, así como nuestra participación en la apasionante vida imperial, con sus venerados dioses, sus impresionantes juegos y sus palaciegas intrigas.

Os aseguro que el aceite es sempiterno protagonista del Imperio, que de hecho se podría denominar perfectamente el Imperio Olivarero Romano, porque sin los olivos y sus frutos nunca se podría haber desarrollado como tan magníficamente lo ha hecho.

En fin, no me queda más que despedirme, el martillo se aproxima para romperme grácilmente en mil fragmentos y así por fin poder unirme felizmente con mis hermanas al monte Testaccio.

Solo puedo decir con el corazón de tierra que tengo: ¡Gracias a la Bética que me vio nacer, a los espléndidos viajes realizados, a las ánforas que me han acompañado en tanto viaje y que amorosas me van a acoger, y al aceite con el que he convivido y que ha dado sentido a mi existencia!

A todos ellos, gracias.

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