287. La cura de los olivos

Juvin

Bajo el olivar jienense, Hugo unta aceite de picual en la cicatriz en mi cadera —un recuerdo del encierro—. Sus dedos trazan círculos suaves como el viento que mece los árboles centenarios.

—Mi abuela decía que el aceite cura heridas que no se ven —susurra.

Cierra los ojos. El aroma a hierba y tierra húmeda se mezcla con el olor intenso del oro líquido.

—En Cuba, el coco sana las raspaduras —confieso—. Pero esto… esto huele a eternidad.

Hugo acerca el frasco a la luz del atardecer. El aceite brilla como ámbar líquido, similar a sus ojos.

—Así son los olivos: dan fruto aunque la vida los doble.

Y entre troncos retorcidos por el tiempo, entiendo que algunas curas no van a la piel, sino al lugar donde guardamos los miedos.

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