285. Donde habla el olivo

Catalina Beleña Martínez

 

Carmen bajaba cada mañana al pie del olivo con la lentitud que imponen los años y la serenidad que da la costumbre. Su bastón dejaba una línea irregular en la tierra polvorienta, como si cada día dibujara un camino nuevo hacia el mismo destino. Allí, en mitad del campo, se alzaba un olivo centenario. Sus ramas retorcidas parecían brazos en alto, su corteza resquebrajada guardaba la memoria de los siglos. Carmen lo contemplaba como a un viejo compañero de vida, porque lo era: aquel árbol había visto pasar más de tres generaciones de su familia y aún permanecía firme, como una promesa de eternidad.

 

El aire de Jaén, seco y claro, olía a tomillo y a aceite fresco, porque cerca quedaba la almazara de San Bartolomé, donde todavía se prensaba el fruto que resistía en estos campos. Cada gota de aceite virgen extra que allí nacía llevaba la marca de la tierra, el sol y la paciencia de quienes lo trabajaban. Carmen lo sabía mejor que nadie: había crecido con ese aroma en la piel y en la memoria.

 

—Buenos días, abuelo —susurró acariciando el tronco rugoso—. Hoy también he venido a escucharte.

 

El olivo no respondió con palabras, pero el leve crujido de sus ramas pareció un saludo. Carmen sonrió. Hacía tiempo que había aprendido a interpretar esos sonidos como un lenguaje propio: el idioma del olivo. Un idioma que no se escribía en papeles ni se enseñaba en escuelas, sino que se aprendía con la paciencia de los años y el silencio del corazón.

 

Aquel día no estaba sola. Popareció Lucía, una joven investigadora que recorría la provincia recopilando historias para un proyecto de oleoturismo. Llevaba una mochila ligera, botas nuevas y una grabadora en la mano. Cuando llegó a la altura de Carmen, se detuvo y sonrió con timidez.

 

—¿Usted es Carmen? Me dijeron en el pueblo que usted cuida de este olivo… el más viejo de la comarca.

 

—¿Cuidar? —respondió la anciana encogiéndose de hombros—. Yo no lo cuido. Es él quien me cuida a mí.

 

Lucía sonrió y encendió la grabadora. Pero Carmen le hizo un gesto con la mano.

 

—No, niña. Aquí no se graba. Aquí se escucha.

 

Lucía, sorprendida, guardó el aparato y se sentó a su lado bajo la sombra generosa del árbol. El frescor la envolvió: el sol era inclemente, pero bajo aquellas ramas todo parecía más suave, como si el olivo supiera regular el calor y proteger a quien lo buscara.

 

—Mi abuela decía que cada olivo tiene alma —explicó Carmen—. Que lo que le contamos, lo guarda. Y que un día, cuando ya no estemos, alguien podrá escuchar esas voces si aprende a mirar con el corazón.

 

La joven asintió, intentando absorber cada palabra.

 

Carmen comenzó a recordar. Le habló de su infancia, de cuando corría entre hileras interminables de olivos y el campo era un mar verde sin fin. Contó cómo las cuadrillas de hombres y mujeres vareaban los árboles en invierno, cantando coplas para espantar el cansancio. El sonido de las varas golpeando las ramas aún resonaba en su memoria, mezclado con las risas, con los cántaros de agua fresca y con el olor a aceituna recién caída.

 

—¿Y el aceite? —preguntó Lucía.

 

—El aceite era nuestra sangre. No había nada que no se hiciera con él: la comida, las lámparas, los remedios. El aceite de Jaén no era un producto: era nuestra vida. Mi abuela decía que una gota de picual podía curar un disgusto si se ponía sobre un trozo de pan. Y yo me lo creía, porque cada bocado sabía a hogar.

 

Lucía anotó mentalmente la frase: el aceite de Jaén como sangre y remedio.

 

Carmen habló de los niños del pueblo jugando a esconderse entre los troncos, de las mujeres extendiendo mantas para recoger la aceituna y de los hombres compitiendo por llenar el primer capazo. Recordó las bodas celebradas bajo la sombra de los olivos, con ramos verdes como adorno y con aceite nuevo rociado sobre hogazas de pan como símbolo de bendición.

 

—Una boda sin aceite era como un verano sin sol —aseguró con una sonrisa—. El aceite lo unía todo.

 

Lucía la escuchaba con atención, sin atreverse a interrumpir. Pensaba en cómo traducir esas imágenes al lenguaje de un reportaje, cómo hacer sentir a los lectores lo que ella misma estaba sintiendo ahora: que el olivo hablaba de verdad, aunque sin voz.

 

Carmen se levantó despacio y se acercó a las raíces. Con las manos empezó a remover la tierra en un punto preciso. Sacó de allí una cajita de madera envuelta en un paño. La abrió con cuidado y dentro apareció un frasquito de vidrio con aceite dorado.

 

—Este lo guardé de la última cosecha de mi marido —explicó emocionada—. Murió poco después, y desde entonces lo conservo como si fuera oro. No por el aceite en sí, sino por lo que significa. Cada vez que lo huelo, vuelvo a verlo sonreír mientras llenaba los capazos.

 

Lucía sostuvo el frasco como si fuera un tesoro sagrado. Lo acercó a la nariz y percibió un aroma intenso, afrutado, con notas de hierba y tomate verde. Nunca había olido un aceite así.

 

—Es… increíble —susurró.

 

—Es Jaén —respondió Carmen con orgullo—. Aquí el aceite no se explica, se vive.

La voz de Carmen bajó un tono, como si sacara de un cofre una historia que todavía dolía.

 

—La guerra —dijo— nos dejó el campo lleno de sombras. A los olivos no les dispararon, pero aprendieron a encogerse con el viento. Mi hermano Mateo escondía garrafas de aceite para quien tuviera hambre, fuese del bando que fuese. Venían de noche; no había colores, solo estómagos. Yo me quedaba junto al olivo con una manta en los hombros. Si oía pasos, tosía dos veces. Si eran muchos, tres. El árbol crujía cuando pasaban, como si contara personas. A veces me parecía que movía una rama para señalar por dónde escapar.

 

Hizo una pausa y sonrió, leve.

 

—No me creas si no quieres. Pero ese crujido… me salvó más de una vez.

 

Lucía no tomó notas. Solo apretó los labios, como quien recibe una confidencia antigua.

 

—Los guardias requisaban lo que podían —continuó Carmen—. Decían que era por el esfuerzo de guerra. Y nosotras, por no ver a los críos con pan seco, aprendimos a esconder el aceite. Lo enterrábamos en tinajas pequeñas, cubiertas de paja, y encima sembrábamos habas. También lo llevábamos en botellas cosidas al forro de las faldas. Si te paraban, sacabas el rosario y les pedías perdón por ir tan apretada. Ellos miraban a otro lado. Nadie quiere pelear con una abuela.

 

Se rió por lo bajo.

 

—Cuando alguien se cortaba —siguió—, aceite y un pañito limpio. Cuando la tos no dejaba dormir, cucharada con azúcar. Para el dolor de espalda de mi madre, aceite templado y masaje en silencio. Y, en cuaresma, las rosquillas. Había una forma de mezclar el aceite con anís que olía a fiesta incluso en los años más oscuros. Tú ponías la masa a reposar y parecía que la cocina respiraba. Eso era la esperanza: una olla de aceite caliente y mujeres contando chistes. Mi abuela decía: “si el aceite sube claro, el día saldrá limpio”.

 

Lucía miró las manos de Carmen: manos de raíz, nudosas, hermosas a su modo. Imaginó aquellas manos templando aceite sobre una vela, ahuecando harina, escondiendo garrafas bajo mantas. En su cabeza, la palabra “aceite” ya no era materia: era un verbo, un gesto, un amparo.

 

—No creas que todo eran suspiros —añadió Carmen, con picardía—. También hubo baile. Ay, si hubieras visto a mi Pepe en la primera Fiesta del Aceite Nuevo después de la guerra… Vinieron guitarras de los pueblos vecinos, se colgaron faroles alrededor del olivo, y el primer chorro de virgen extra lo vertimos sobre una hogaza grande como una rueda de carro. Mi tía la partió y dijo: “que alcance para todos”. Alcanzó. El pan, el aceite, y aquellas ganas de seguir vivos. Bailamos hasta que las gallinas pidieron la vez.

 

Lucía rió. La risa le salió limpia, como quien bebe agua tras una marcha larga.

 

—¿Y esta fiesta sigue igual? —preguntó.

 

—Sigue —concedió Carmen—. Cambió, claro. Ahora vienen cámaras, hay escenario, se anuncian catas. Está bien. Es otra cosa. A mí lo que me importa es que el olivo todavía se viste. Antes le colgábamos pañuelos blancos. Ahora son cintas verdes con letras bonitas. El caso es que nadie se olvide de saludarlo cuando empieza el aceite nuevo. Es cuestión de educación —añadió, con gravedad juguetona—. Igual que al entrar a casa: “buenas tardes”. Pues al árbol, lo mismo.

 

La semana de la fiesta, el pueblo se llenó de gente. Llegaron italianos que sabían pronunciar “picual” con mimo, japoneses que traían cuadernos de dibujo y trazaban hojas con una precisión de relojero, americanos con cámaras enormes, y un grupo de franceses que olían el aceite como si fueran perfumistas. La plaza parecía un mosaico de acentos. En el centro, una mesa larga lucía jarras de barro con aceite virgen extra de Jaén. La luz hacía brillar la película dorada como si tuviera un sol pequeño dentro.

 

El maestro de catas, un hombre de barba corta y ojos de almendra, levantó una copa verde.

 

—Piensen en tomate, hoja de olivo, almendra verde —decía—. Fíjense en el amargor elegante, en el picor que aparece al final, como una nota que despierta la lengua.

 

Los japoneses asentían con respeto. Una señora sacó un pincel finísimo, lo mojó apenas en el aceite y dibujó un círculo perfecto en su cuaderno.

 

—Para nosotros —le tradujo Lucía— el círculo es lo que no termina. Usted pinta la eternidad, señora.

 

La mujer sonrió y se inclinó, agradecida. Los italianos, a su lado, se lanzaron a una discusión amistosa sobre variedades. Hablaban de toscano y de ligur, de frutados distintos, y acabaron brindando con pan y aceite, porque en algo estaban de acuerdo: aquello sabía a honradez.

 

Un americano probó el aceite en crudo, dio un pequeño golpe con la mano sobre la mesa y dijo:

 

—Esto pica. Y me encanta.

 

Lucía iba y venía, traduciendo, escuchando, robando frases que ya sonaban a título. En su libreta escribió: “El aceite nuevo: memoria que chisporrotea”. A veces se detenía junto a Carmen y, sin decir nada, compartían un silencio de complicidad.

 

Al caer la tarde, se organizó una caminata con faroles hacia el olivo de Carmen. Cada persona llevó una vela y una cucharadita de aceite en una concha pequeña. Las guitarras se quedaron un poco atrás, como para no interrumpir. La fila descendió por el sendero y, de pronto, el árbol apareció, alto, vestido con cintas verdes. Lo rodearon sin prisa. Carmen avanzó hasta el tronco, apoyó la palma abierta y murmuró:

 

—Estamos aquí.

 

Cada cual dejó caer unas gotas al pie del árbol. El aceite se hundía despacio, sin prisa, como si la tierra sorbiera un cuento. Alguien empezó a cantar bajito. Otra persona se unió. La canción no era moderna ni antigua, era de siempre:

 

Aceituna menudita,

 

que al olivo le das luz,

 

cuando el campo se enmudecía,

 

tú le pusiste la voz.

 

Lucía sintió un nudo en la garganta. Levantó la vista y encontró los ojos de Carmen, húmedos pero alegres. No era una tristeza de derrota, sino de gratitud.

 

—¿Sabes qué es lo mejor? —le dijo la anciana en voz baja—. Que un día ya no estaré, pero alguien le seguirá cantando. Si no eres tú, será tu libro. Y, si no, la niña de la que no sabemos aún el nombre, la que corre ahora detrás de un farol.

 

Lucía miró a la niña: trenzas desordenadas, manos aceitadas. Le lanzó una sonrisa. Pensó que quizá el futuro tiene la forma de esa risa con las manos manchadas.

 

Esa noche, después de la fiesta, Carmen invitó a Lucía a la cocina. Encendió la lámpara —porque en fiestas, decía, la luz tiene que ser amable— y puso una sartén al fuego.

 

—Migas —anunció—. Con ajos, uvas y un chorreón de aceite nuevo. Esto resucita a un santo y convence a un ateo.

 

Lucía rió. El aceite empezó a brillar en la sartén. El olor llenó la habitación con esa mezcla breve y perfecta de trigo y ajo. Mientras removía, Carmen habló de su juventud: de las noches de verano en las eras, del primer vestido blanco que se manchó de aceite y no se lo perdonó jamás, de un beso robado junto a un granero que olía a aceituna fermentada.

 

—Mi madre me decía: “hija, lo que el aceite toca, lo nombra”. Y es verdad. Este vestido —se señalaba una falda floreada—, si le cae una gota, 20 años después te acuerdas del sitio, del día y de lo que estabas pensando. No hay perfume más chivato.

 

Comieron sin prisa. Carmen soltó un refrán de esos que caen con la exactitud de una sentencia.

 

—Al olivo, viento; al hombre, buen alimento —dijo—. Y otra: cada cual lleva su oliva, pero entre todas hacemos aceite. Apúntalo, que ese es bonito para un libro.

 

Lucía lo apuntó. Pero sobre todo lo guardó.

 

—¿Vas a escribirlo de verdad? —preguntó Carmen—. ¿El libro?

 

—Sí —respondió Lucía, con esa mezcla de vértigo y decisión que tienen los comienzos—. Un libro para gente de aquí y de fuera. Con historias, recetas, canciones. Con mapas, con rutas. Con la verdad de tu voz y la paciencia del olivo.

 

—Hazlo —sentenció Carmen—. Pero acuérdate de no ponerlo todo bonito. Cuenta también las piedras en el zapato. Las manos cansadas. Los años que no llovió. Si solo dices lo que brilla, el aceite sale soso.

 

—Lo prometo.

 

Los días siguientes trajeron visitas más pequeñas pero más hondas. Un hombre mayor se acercó al olivo con una foto en blanco y negro. Se veía a una cuadrilla de vareadores, jovencísimos, alzando las varas como si fueran lanzas de fiesta.

 

—Mi padre —señaló—. Murió sin ver el oleoturismo, pero estaría contento. Ellos soñaron con esto sin saberlo: con que un día alguien vendría a escuchar a los árboles.

 

Una pareja de Barcelona —ella de Jaén, él catalán— dejó a los pies del olivo un tarrito con tierra de ambos lugares.

 

—Para que se conozcan —dijo ella—. Que haga buenas migas.

 

Carmen aplaudió el gesto.

 

—La tierra se habla sin traductor —comentó—. No hay que tenerle miedo a mezclar raíces.

 

Un día, llegaron alumnos de instituto. A Lucía le tocó explicarles cómo leer una etiqueta de aceite, qué significa “virgen extra”, por qué importa el mes de recolección, cómo influye la variedad. Después, Carmen los llevó a tocar la corteza.

 

—Aquí no os pido que no toquéis —se rió—. Todo lo contrario. Tocar para entender. Pero con respeto, ¿eh? Que esto es como saludar al abuelo: con cuidado y mirando a los ojos.

 

Los chicos se quedaron unos minutos en silencio, con las manos sobre el tronco. Uno de ellos, que no paraba quieto, dijo al fin:

 

—Parece… como si vibrara.

 

—Es que vibra —contestó Carmen—. Está vivo. Igual que tú cuando te dan un susto o te cuentan algo bonito.

 

Lucía anotó: educación táctil. Se prometió incluir un capítulo así: tocar para aprender.

 

El último día de la estancia de Lucía amaneció con una claridad de estreno. Había nubes altas que corrían deprisa como ropa tendida. Carmen la esperaba junto al olivo con una botellita en la mano.

 

—Para ti —dijo—. Aceite de este año, picual de olivos viejos. No lo guardes mucho, que lo mejor del aceite es su ahora. Y otra cosa —añadió, como quien se acuerda de un detalle de última hora—: ayúdame a plantar.

 

Trajo un plantón de olivo, mínimo, con hojas de plata nueva. Las dos cavaron un hoyo pequeño, justo donde la sombra del árbol grande caía más espesa. Mezclaron la tierra con compost que olía dulce. Carmen vertió unas gotas de aceite en la palma y tocó las hojas del brote, como bendiciéndolo.

 

—Mi abuela lo hacía así, y a mí me gusta seguir. No porque el aceite sea agua bendita, sino porque recuerda para qué plantamos: para comer, para alumbrar, para curar. Para tener una excusa de volver.

 

Apretaron la tierra con los nudillos. Después, Carmen clavó un trocito de cinta verde en una rama del plantón y dijo:

 

—Bienvenido. Aquí no se está solo.

 

Lucía hizo una foto para la agenda del proyecto. Debajo escribió: Capítulo final: sembrar memoria.

 

—Volveré —dijo.

 

—Volverás —confirmó Carmen—. A los olivos se vuelve. Si no vuelves tú, volverán tus palabras. No hay escapatoria —se rió—. El que prueba, repite.

 

El viento pasó, fresco. El olivo mayor crujió. El plantón, valiente, apenas vibró, como quien escucha su primer cuento.

 

—¿Y ahora? —preguntó Lucía, ya con la mochila puesta.

 

—Ahora vete tranquila —respondió Carmen—. Has aprendido a oír. Eso no se pierde. Y llévate este consejo que te doy de propina: cuando escribas, deja huecos. Que el lector ponga su aceite. Si se lo das todo frito, empalaga.

 

Se abrazaron. No dijeron adiós. Carmen no creía en esas palabras muy grandes, prefería los “hasta luego” que se cumplen. Vio marcharse el coche hasta la curva. Luego volvió al olivo y se sentó. Cerró los ojos. Pasó la mano por la corteza, besó el reverso de su propia mano —un gesto antiguo, robado a su madre— y murmuró:

 

—Mateo, mamá, abuela… está hecho. Lo he contado.

 

Cuando abrió los ojos, el brote nuevo parecía un poco más alto. Seguro que era cosa de su ilusión, pero quién necesita otra cosa cuando la ilusión sabe a aceite, a pan y a sombra fresca.

 

Carmen sonrió tranquila, de esas que no suenan, que simplemente están. En el horizonte, el mar de olivos de Jaén ondulaba como un océano verde. Y allí, donde habla el olivo, el futuro se quedó un rato más, sentado a escuchar.

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