280. Vía de escape

Araceli Fernández Cuenca

 

El sol apenas había comenzado su jornada laboral en Jaén cuando las gentes ya pululaban por los barrios.

En el bulevar los bares no daban abasto. En el Parque del Bulevar, no en el de los sueños rotos. El viejo Joaquín Sabina, también jienense, experto en la ciencia de los sueños truncados. La vida, que a veces te come. ¡Qué se lo cuenten a Isabel! Que sabe de sueños rotos.

Emigrante retornada desde Londres vuelve a transitar por aquel parque tras seis años probando suerte en el extranjero. Mejorar el inglés fue su objetivo, el sector servicios su destino, ya fuese despachando pollo frito en una cadena o sirviendo café para llevar en otra.

El idioma lo aprendió a base de experiencias, y ahora vuelve con la idea de hacer uso de tan preciado bien en cualquier sector globalizado dónde ella pueda tener cabida.

Absorta en el vaivén de la ciudad, con los ojos escaneando cada esquina, finalmente una cafetería llama su atención. La sintonía y el movimiento del lugar formaban parte del espectáculo. Las tazas tintineaban ansiosas por dar albergue al café de la mañana, los cuencos de olivas se servían de dos en dos. Mientras las tostadas gratinadas, los ochíos y los hoyos de aceite y cacao bailaban entre los brazos de quiénes también trabajaban en el sector servicios.

Isabel calmó su hambre en aquel local, su hambre de pan y de costumbres. Tras coger fuerzas continuó su camino al compás de la cinética activada por la cafeína.

Desde avenida Andalucía emanaba un río de vehículos mientras las personas se sucedían unas detrás de otras por las aceras. Entre la marabunta de caminantes con sus propias historias Isabel llegó a la plaza de las Batallas, lugar en el que había quedado con Safa, una vieja amiga de la infancia, y con Antonio, colega del instituto.

Tanto Safa como Antonio también habían decidido en el pasado empaquetar su vida con pertenencias y expectativas trasladándose a grandes ciudades en las que forjarse un futuro de provecho.

Safa cruzó Despeñaperros para instalarse en Madrid y abrirse camino como actriz. Después de tres años llamando a puertas y devorando ahorros recientemente tomó la decisión de volver a Albanchez, lugar donde nació y en el que aún le queda familia. Vuelve a abrazar a su familia, originaria de Marruecos, pero establecida en el pueblo después de un decalustro. Regresa de nuevo al lugar que la vio crecer, con la maleta y los sueños rotos, buscando cobijo, familiaridad y raíz.

Antonio corrió mejor suerte a simple vista. Si hubiese que describir a Antonio con una sola palabra esa sería tendencia. Sus redes sociales hacen apología de la vanguardia: el último móvil, las últimas zapatillas de moda, gafas de sol, corbatas, raquetas de pádel, videojuegos, perfumes, viajes, óperas, … Él emigró a Alemania con el proyecto de formar parte del equipo humano de una de las grandes tecnológicas con sede en el país. Después de cuatro años sin ver el sol, ha vuelto a Torres y lo hace con hambre, hambre de cercanía, de contacto, de presencia.

Isabel estaba nerviosa ante el reencuentro, se abrió paso entre el conglomerado de personas llegando puntual a su cita.  Allí, estaban, Antonio, con una gorra estrambótica, y Safa, con su pelo azabache inconfundible y ensortijado.

Al verse todo se ensordeció, sintieron un hueco raro, ese tipo de pellizco en las entrañas que denota entre miedo, alegría y nostalgia por el pasado y anhelo por un futuro incierto, puro sehnsucht alemán. No habían perdido en contacto digital, pero el “real get in touch”, el tocar el olor de la piel, hacía años que no lo compartían. En aquel silencio callado sólo en sus cabecitas resonaba la pregunta: ¿serían las mismas personas que se fueron aquellas que se reencontraban?

Las dos jóvenes y el muchacho se abrazaron fuertemente. Tras la rueda de reconocimiento y los tocamientos públicos dignos de una bienvenida pusieron rumbo a su aventura dominguera.

—Esto parece Jaén en San Lucas —dijo Safa con el desparpajo que la caracteriza —¿Recordabais Jaén así de abarrotada? Aquí no cabe ni el bigote de una gamba.

—Pues ya veréis lo que hay más para abajo, Peñamefecit está petao —añadió Antonio, cerrando la cremallera de su mochila —Bueno, veremos a ver si la ruta esta que habéis escogido no está desierta —mira a su alrededor —Aunque pensándolo bien, ojalá que sí.

Isabel no añadió nada. Miró a los cerros que se dibujaban en el horizonte, mientras algo le decía que aquel camino iba a ser distinto a cualquier otro.

Iniciaron el viaje en coche, entre semáforos y bocinazos consiguieron escapar de la ciudad. El bullicio se quedó atrás como un mal recuerdo mentalmente descartado. Al cabo de unos minutos comenzaron a atravesar las hileras infinitas. Olivo tras olivo parecieran no acabar nunca. Troncos retorcidos al igual que viejos que aguardan con voto de silencio el momento de alzar la voz con un recuerdo que brote de nuevo de sus ramas, inclinadas, como si hicieran una reverencia a su paso.

—Ojito con los olivos, que nos vigilan —bromeó Antonio.

—Eso decía mi abuela “ojito con los olivos, que por la noche se recargan de aceitunas para al alba mofarse de las rodillas de las jovenzuelas” —Comentó Safa.

Isabel escuchaba a sus acompañantes sin atender demasiado a la conversación. No sonreía, la situación le parecía una oda a la melancolía. La pérdida de la esencia, la raíz, la huida de lo conocido hacia ninguna parte concreta. Sus pensamientos eran quiénes la disociaban del presente. Pensaba en lo irónico del analogismo que existía entre la idea de quedar para hacer una ruta en bicicleta sin un destino concreto y el concepto de sus vidas actualmente. Aquí estaban de nuevo, acompañándose en el camino sin tener claro hacia dónde dirigirse, pura acción poética.

Detuvieron el vehículo en Torredonjimeno, estacionando delante de una vieja casa de cuyo tejado sobresalía una amalgama de hierbajos. Ese tejado era el único lugar de toda la construcción dónde parecía albergarse algún tipo de vida.

La localidad entera permanecía callada, las ventanas entornadas vigilantes, como si todo el mundo se hubiera escondido de repente.

—¿Dónde está la gente? —preguntó Antonio.

—Pues te contestaría que sulfatando —bromeó Safa —pero teniendo en cuenta que está el cielo color panzaburra y que en Jaén olía a galletas deberían estar como mínimo en sus casas —observa extrañada a su alrededor —el paradero de estas gentes también es toda una incógnita para mí.

En la quietud del entorno bajaron las bicicletas del vehículo para comenzar el sendero.

El chirrido del hierro al rodar sobre la grava era la banda sonora de aquel thriller psicológico.

La Vía Verde del Aceite se desplegaba como una cicatriz grisácea sobre la piel rojiza de la tierra. Aquel asfalto irregular y agrietado en medio del campo sellaba las antiguas vías del ya fusilado Tren del Aceite, ferrocarril que unía Linares con Puente Genil. Fantasmagórica ruta de lo que hay quiénes llaman oro líquido. Vías que ahora sirven de escape dando cobijo a quiénes se atreven a adentrarse a descubrir su esencia.

Pedalearon en silencio al compás del rechinar de las ruedas. A los dos lados, mantos color verde oliva cubrían el paisaje. Las figuras que emanaban de la tierra observaban sin descanso, como un ejército paciente.

—Ea, pues aquí vamos tirando —dijo Safa, intentando sonar optimista.

Su voz sonó entrecortada, como si el aire no quisiera devolverla, víctima de la agitación cardiovascular que acompañaba al pedaleo.

Así hicieron la primera parada deteniéndose junto a un caserío abandonado. El viento jugaba a entrar por las ventanas de aquellos lastimados muros, quejándose a su paso, como si de un cante hondo se tratase.

—El aire habla —susurró Isabel.

Antonio bajó la vista al suelo, reseco y duro.

—Lo mismo es que canta por San Antón —dijo —ya sabes que la tierra cuando está seca pide agua, aunque sea aullando.

Aquel comentario consiguió que Isabel sonriese por primera vez en lo que llevaban de recorrido. Le hizo gracia al recordar algo relacionado con su última participación en la carrera Nocturna de San Antón.

Tras coger fuerzas continuaron esa huida hacia ninguna parte, sin cuchillo que les persiguiese detrás, dejándose tan solo llevar por el viento. El aire olía a una mezcla de ajo y aceituna pisada. Atrás quedó el dulce olor a galleta que vaticinaba tormenta.

El sol se asomaba intermitentemente una vez llegaron a Jamilena. El pueblo lucía inmaculado, brillaba, limpio, sin nadie a la vista. Ropa tendida ondeaba en los balcones, puertas abiertas y ni un alma. Sólo unas campanas sonando desde algún sitio oculto, como si estuviesen machacando algo debajo de sus cuerpos.

El grupo de jóvenes se detuvo a sentir las vibraciones de la tierra. Pararon en una plaza sentándose en un banco de piedra a escuchar el murmullo. Isabel pasó las manos por el respaldo para apoyarse mientras se sentaba, advirtiendo que había algún tipo de grabado en aquella piedra: “El aceite es la sangre de la tierra”.

Isabel pasó la mano por las letras.

—Aquí la sangre está quieta —murmuró.

—Pero no está muerta —replicó Antonio.

Safa miraba a su alrededor, inquieta.

—¿Pero, a dónde ha ido toda esta gente?

Nadie contestó.

De Jamilena a Martos el asfalto y la tierra se elevaban, el camino se les hizo aún más cuesta arriba. La Peña se levantaba como una gran guardiana de piedra y en las laderas solo se vislumbraban las copas de los olivos, en filas perfectas, como romanos en formación. Al otro lado, agrupaciones de olivos formaban un toldo, como techo de sombra que protege los secretos de la tierra.

El silencio era tan atronador que hasta los pájaros habían desaparecido.

Cuando llegaron a Martos se percataron de que en algunas paredes se podían observar formaciones de cal: círculos, gotas, espirales. No preguntaron qué significaba aquello, no había nadie a quién preguntar.

—Grrr —el estómago de Antonio rompía el silencio reivindicando atención, cansado de funcionar sin combustible que alimentase su motor.

Isabel buscó sin éxito en su mochila algún chicle o caramelo que le aportase azúcar a su amigo.

Una presencia les alertó. No estaban a solas en aquel lugar, un señor mayor les estaba observando sentado en una silla, escondido a la sombra de un zaguán. No dijo nada, sólo se levantó, atravesó la cortina de tiras que daba acceso a la vivienda para minutos después volver a salir con un plato grande de vidrio marrón colmado de pan.

—El que prueba de esto ya no se olvida jamás —afirmó el señor mientras se inclinaba ofreciéndoles unas rebanadas de pan cateto mojadas en aceite.

Un halo hipnótico de luz dorada que brillaba ante el reflejo del sol protegía a aquel plato.

Las manos de Isabel, Safa y Antonio no lo pensaron ni por un segundo, avanzaron rápidas a la caza del manjar. Pronto aquella mezcla picó en la garganta, algo se despertaba, como si sus voces dormidas, encerradas en aquellos cuerpos en movimiento, se agitasen fuerte desde dentro.

El sol se había abierto espacio entre las nubes, caía oblicuo, adelantando las sombras a la tarde. La ruta siguió hacia Alcaudete. El municipio aparecía entre pequeñas montañas, coronado por su famoso castillo. Al llegar, una vez más las calles habían quedado huérfanas de vida.

El grupo de jóvenes divisó una almazara que seguía oliendo a aceite. Isabel entró en la construcción seguida de Safa y Antonio. Deambularon bajo la atenta mirada metálica de la maquinaria, la cual parecía haberse detenido ayer mismo. En el suelo, un charco de aceite seco aún brillaba como si de luz atrapada en el tiempo se tratase.

De repente, un crujido arriba les alertó. Dirigieron sus miradas a las cintas, inmóviles.

—¿Nos están gastando una broma? —preguntó Safa.

—O nos están poniendo a prueba —contestó Antonio.

Con premura la paranoia se encargó de que continuasen su camino. Salieron de aquella almazara con una sensación de hueco, no sólo corpóreo, sino palpable. Vacío abstracto que invitaba a la reflexión.

El camino se estiraba entre olivares, pasando por túneles oscuros dónde la luz no siempre se dejaba ver.

El movimiento de la goma sobre el asfalto sonaba a alpargata vieja mojada. Isabel sintió que alguien pedaleara detrás. Giró la cabeza a gran velocidad, pero no había nadie.

—¡Ese es el problema, joder! —pensó para sus adentros —Que detrás no viene nadie.

Al salir del túnel el aire se sentía más fresco. Safa respiró hondo.

—Parece que aquí la tierra ha bebido algo de agua.

Antonio señaló el suelo.

—Mirad las marcas en el suelo. No somos las primeras personas que pasan por aquí.

—Ni deberíamos ser las últimas —afirmó Isabel.

Atrás quedaron los troncos que guarda historias de sol y sequía, como arrugas de tiempo. El ambiente húmedo les invitó a continuar. Más adelante se encontraba Luque, que pareciese saludar, vestido de blanco sobre el monte. Las calles de nuevo estaban desiertas. En algunos muros había inscripciones como: “Sigue el verde” o “tu vía de escape”.

Isabel, Safa y Antonio dejaron caer sus bicicletas al suelo para contemplar los confines de la tierra en silencio. Había algo en aquella quietud que no asustaba, sino que se impregnaba de aroma de hogar.

Isabel rompió aquel catártico silencio:

—Este camino no sirve como vía de escape, sino que pretende enseñarnos algo.

Antonio bajó la cabeza en muestra de arrepentimiento a la tierra, mientras preguntaba en voz alta.

—¿Y si lo que nos quiere mostrar es que aquí lo que nunca falta es precisamente lo que siempre nos sostuvo?

Isabel contestó decidida.

—Hemos vuelto, debemos avanzar, lo que no avancemos ahora será tiempo perdida —alzó la vista y continuó diciendo —quizás esto no ha sido una huida, sino un viaje de regreso.

Safa sacó una botellita de aceite de su mochila y la levantó hacia el sol, atravesándola éste y convirtiéndola en un rayo cegador de luz líquida.

—¡CORTEN! —el grito molesto de la directora interrumpe y da fin al plano secuencia. —¿De dónde carajo saca Safa una botella de aceite de repente? ¿Quién ha escrito esto? ¿La IA o una persona? —Se dirige al redactor —¿Enserio? ¿Un rayo cegador de luz líquida? ¿Qué estamos en Dragon Ball?

El silencio toma la escena.

La directora respira, traga saliva y se dirige de nuevo a todo el equipo técnico.

—Este spot publicitario tiene que ser realista, la diputación, la junta, los ayuntamientos, o qué sé yo, nos subvencionan campañas para que los pibes no se les vayan fuera de sus pueblitos. —Mira de nuevo al redactor —Ni las pibas tampoco, ¿entendés? Quieren retener el talento, mantener vivo lo local, lo autóctono, evitar la fuga de cerebros. ¡No subvencionan un anuncio sobre Goku en Silent Hills!

La directora comienza a subir el tono de nuevo mientras mira a una joven practicante.

—¿Vós sabés que es la AGENDA 2030? —la chica, avergonzada, guarda silencio —¿sabés qué significa agricultura, entorno rural, ecoturismo, despoblación?

Vuelve a tomar aire mientras observa atónita al equipo.

—¿Han probado el aceite del bueno ¿verdad? —Pregunta incrédula a la de sonido.

—Rafa, vós sos de Córdoba —afirma mirando al actor que estaba interpretando a Antonio —decime que tú sí que has visitado Úbeda o Baeza.

El actor mira hacia abajo mientras niega con la cabeza.

—La A-4 Rafa, que la tomás y en poco más de una horita estás en cualquiera de estas dos ciudades como dos soles. ¡Qué son patrimonio de la humanidad, Rafa!

Respira hondo, exhala fuertemente, se recompone y vuelve a dirigirse al equipo al completo.

—Está bien, me tienen harta, y esto no puede ser. Ya hace tiempo que tuvo lugar la última convivencia laboral anual. Este año no delego en nadie, este año la organizaré yo —sentencia —Tomamos los autos, rentamos una casa rural para hacer el team building y nos vamos como mínimo de excursión a Sierra Mágina. ¡Se van a quedar a cuadros! A vivir y a respirar aire puro, que a mí desde luego me hace falta, y a descubrir Jaén también.

Tras un breve silencio reflexiona y continúa con el soliloquio.

—Bueno, y tendrán que conocer también la Vía Verde del Aceite, y por supuesto alguna almazara. Van a saber lo que es un aceite de oliva virgen extra auténtico. Oro líquido no ¡Elixir verde fluorescente de los dioses! Intenso, dilatador de las pupilas, las fosas nasales y el paladar. Y después van a volver aquí y vamos a rodar el mejor spot publicitario que se ha grabado jamás ¿Me oyen? ¡¿Qué si me oyen he dicho?! —El equipo asiente con curiosidad —Porque desde luego que no son capaces de escribir sobre lo que no conocen.

Cae el telón.

Y colorín colorado, este cuento debe ser continuado.

 

 

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