279. Sombras en la campiña
El primer recuerdo que guardo de mi existencia es la luz. Nuestra tierra era seca y desnuda. Con el tiempo aprendimos a alzar copas frondosas y la campiña se trasformó en pedazos llenos de sombras, un refugio donde los hombres podían parar a respirar. Bajo estas ramas han descansado generaciones enteras: llantos, enamorados, campesinos cogiendo aceituna… ¡hasta disparos hemos tenido! Disparos que dejaron cicatrices en nuestras cortezas, cuando hermanos se enfrentaron entre ellos en una lucha amarga sin sentido.
—Bernardo. ¿Otra vez con tus memorias? —interrumpió Albano con voz burlona—. ¿Con quién hablas ahora?
—Con nadie y con todos —respondí—. Estoy contando nuestra historia. ¿Tanto te molesta?
—Hombre, molestar no. ¿Pero a quién le va a importar la historia de un viejo olivo? Yo prefiero recordar cosas alegres: las bodas bajo mi sombra, la música, el vino, los bailes… ¡Qué tiempos aquellos!
—Hablas como si fuera un viejo cascarrabias. ¡Pero no pienses que tus ramas brillan más! ¡Eres tan viejo como yo! Debe ser tu savia. Por ella corre el deseo de la juventud que se niega a madurar.
—¡Bah! —exclamó Albano—, será que no me gusta llevar encima el peso de los siglos.
Un murmullo somnoliento gruñó desde más allá.
—Siempre discutiendo. Y yo apenas logro mantenerme despierto.
—Calla, Dormilón —dijo otra voz, fresca y verde. Era el olivo de la linde, un jovenzuelo curioso que se pasaba el día haciendo preguntas—. ¿Por qué le dais tantos derechos al viejo?
—Juventud insolente —gruñí, con cierta dignidad.
—Insolente no. Curioso. Si no fuera por mí y por mis hermanos os hubierais quedado petrificados hace siglos.
Entonces, Albano salió en defensa del olivo de la linde.
—Déjalo que hable, hermano. Porque sean ochenta años más jóvenes que nosotros no quiere decir que no tengan derechos.
—¡Qué derechos ni derechos! —contesté—. Los olivos no tenemos derechos. Somos lo que quieran nuestros amos.
—Eso serás tú. Yo sí tengo derechos, ¡y muchos!
Entonces, desde abajo, con su vocecilla lírica, se oyó a la amapola:
«Antes todo era polvo y sed,
un horizonte sin canto.
El sol se bebía los charcos.
Nacimos para morir deprisa,
Cubrimos de rojo esta tierra
Bernardo, ¡habla!
y da sentido a mi existencia».
En este pedazo de tierra hemos crecido los olivos más viejos, centenarios ya, testigos de la luz que nos vio crecer. Era la misma luz y el mismo suelo. Más allá de la linde, levantan sus copas árboles de no más de treinta años. Mis hermanos suelen acusarme de creerme mejor por haber soportado más estaciones. ¿Acaso no otorga el paso del tiempo cierta nobleza? ¿No es la vejez del tronco y las raíces una forma de autoridad? Es curioso como mi hermano torcido, el de la derecha, a pesar de su avanzada edad, tiene la savia inmadura y el espíritu rebelde. Siempre me contradice cuando abro mis ramas para expresarme. Parece deleitarse con ello. Así es Albano.
A mi izquierda se yergue Dormilón. Árbol de copa generosa, sí, pero de escasa voluntad para dar fruto. Es el que da menos kilos de aceituna en cada cosecha. ¡Y no es la naturaleza la que le niega la abundancia!, es su propia pereza. ¡Con lo contento que se pone nuestro dueño cuando viene a vernos al llegar la primavera! Siempre sonríe al ver las ramas cargadas, y coge una muestra… ¡una ramilla! Se la lleva bien contento, para enseñársela a su mujer y a sus hijas. Jamás toma una de Dormilón, sus aceitunas carecen de lustre.
Como decía, antes de que Albano me interrumpiera con sus burlas, mis hojas han visto pasar generaciones enteras de la familia de los Liébana. Así se llamaba el campesino que nos plantó con sus propias manos. Porque aquí, donde hoy no habita nadie, había una pedanía viva, con su propia escuela, su iglesia y hasta su taberna. Un lugar humilde, sí, pero alegre.
Las familias eran próximas unas a otras, cosidas por lazos de sangre. Lo más lejano que se encontraban por estos parajes eran primos segundos. Entre ellos se querían, se casaban y multiplicaban su descendencia bajo nuestras sombras. Lo mejor, no lo olvidaré jamás, era el cuidado que nos prodigaban: como si en nosotros se sostuviera la vida entera de este lugar, el sentido de su día a día.
Hace bastantes años se marcharon a un pueblo más grande buscando horizontes más amplios. Desde entonces, vienen poco por aquí, lo justo para asegurar los cuidados que garanticen nuestro fruto y arrancarlo en tiempo de faena. ¿Y qué decir ya de los nietos de Juan de Dios, ese campesino que nos acariciaba con manos pacientes? Partieron a grandes ciudades atraídos por promesas más brillantes que la campiña. Ni su sombra hemos vuelto a ver. Las caricias se transformaron en azotes. Ahora las máquinas nos sacuden y nos dejan exhaustos.
Albano se agitó ante tanta nostalgia, como si el viento le diera cuerda.
—¿Y qué quieres, Bernardo? ¿Para qué sirve un olivar más que para dar aceituna? Si yo pudiera también huiría lo más lejos posible de esta campiña. Aquí solo hay tierra seca y silencio.
La voz fresca del árbol de la linde se alzó curiosa.
—Vosotros al menos habéis visto algo distinto. Vivisteis aquella época. A nosotros nos plantaron cuando ya todo estaba en ruinas: casas derrumbadas y techos caídos. Me cuesta imaginarme cómo sería la alegría de un baile, la música… o las risas —sus hojas nuevas temblaron—. Desearía ver la plaza llena de gente, y no este silencio que nos rodea.
Entonces, Dormilón con su voz perezosa, añadió.
—También vivimos una guerra.
—¡Hombre! ¡Ya habló Dormilón! —exclamó Albano—. ¡Cómo no! Siempre para decir algo malo. Alegría, Dormilón. Alegría.
—Este Albano no cambia, no sé de dónde saca tanta fuerza —repliqué.
—Pues no voy a estar todo el día lamentándome como tú.
—La guerra. Ah, la guerra. Ese recuerdo aún arde en mi corteza. Nunca olvidaré el día que apareció Juan de Dios después de que lo dieran por muerto. Parecía que la tarde había contenido el aliento. Bajaba desde lo alto de la colina, con el rostro endurecido, mientras su sombra se alargada sobre la tierra por la luz del ocaso. Su forma de andar era solemne. Pero no la solemnidad de un héroe, sino la de aquel que ha sobrevivido y que nunca pidió marcharse. Se encontró con un niño que estaba pastando cabras y le preguntó de quién eran los animales. El zagal, sin levantar los ojos, respondió: «de Paquita, la viuda». Juan de Dios alzó la voz, con lágrimas en los ojos, y dijo: «entonces estas cabras son mías».
Se hizo un silencio, interrumpido por el murmullo de las ramas con el paso del viento.
—El niño echó a correr —continuó Bernardo—, tropezando por las laderas, gritando como un poseso: «¡Juan de Dios ha vuelto, Juan de Dios ha vuelto!». Nunca olvidaré ese clamor. ¿Lo recordáis, hermanos?
Albano, que tantas veces vestía de burla todo lo que decía, habló con voz extrañamente contenida.
—Sí, yo lo vi. Una ráfaga misteriosa agitó nuestras hojas, como si nosotros también pudiéramos aplaudir su regreso.
Desde el suelo se alzó la voz aguda de la amapola, trenzada en versos:
«También lo vi yo,
alegría en la ladera:
un hombre regresa,
una viuda que deja de serlo,
un hogar que resucita».
—¿Pero tú estabas? —preguntó con ingenuidad el olivo de la linde.
Albano soltó una risa seca.
—¿Cómo va a estar? ¡Si apenas lleva unos días aquí!
Y, tras un breve silencio, cambió el tono de voz y preguntó:
— Hermanos. ¿Qué creéis que va a ser de nosotros?
Aunque no me complace oficiar de aguafiestas ni anticipar desgracias, contesté con un suspiro.
—Albano, nos queda poco. Pronto seremos hierro negro.
—¿Hierro negro? ¿Qué es eso? ¿Qué es hierro negro? —preguntó el de la linde, abriendo las hojas con asombro.
—Pues eso, ¡hierro negro! ¿Para qué quieres saber tanto? Vive en tu ignorancia pueril —replicó Albano a regañadientes.
—¿Pueril? ¿Qué es pueril? —balbuceó el joven.
Entonces, le aclaré, con la experiencia del que ha visto siglos pasar y sabe que nada es eterno.
—Hierro negro son esas placas brillantes que llaman solares. Las están poniendo en esta tierra, donde hemos crecido. Dicen que dan energía, que su valor es mayor que el aceite que guardamos en nuestra carne. Nos arrancan para sembrar esos aparatos.
Guardé silencio un instante, y continué con voz grave.
—Al fin y al cabo, hermanos, cuando una semilla florece, algo se pierde. El progreso se paga con nuestras raíces, y lo que ayer fue cosecha, mañana será desierto alumbrado. Cambiarán muestra savia por cables y nuestras sombras por espejismos.
El de la linde, con sus jóvenes hojas verdes, se agitó sorprendido:
—¿De verdad? ¿Vosotros creéis que va a pasar eso? Pues será vuestro dueño. ¡El nuestro nunca nos va a arrancar!
Albano, con risa amarga, dijo:
—¡Ay, muchacho ingenuo! Todos los amos son dueños mientras le rente. A rey muerto, rey puesto. Y si tienen que venderte te vas al viento.
—Eso pensarían los que nos plantaron… que nunca nos iban a arrancar. Y ya ves. Sus casas son ruinas y sus nombres polvo. Ningún amo es eterno, ni siquiera nosotros lo somos. Solo la tierra permanece.
Albano, que estaba atento a lo que su hermano Bernardo decía, contestó:
—Pero, sin nosotros, esta tierra nunca será la misma.



