277. Mis olivos

Lunes

 

Una reproducción de un cuadro de olivos de Vincent es el único pedazo de cielo, de naturaleza y de luz que veo desde mi oficina sin ventanas. Luego de despertar a los chicos, vestirlos, prepararles el desayuno y dejarlos en la escuela a las 8:30, tengo que llegar aquí a las 9:00, fresca e impecable como si todo fuera un pase de magia. De vuelta en casa, después de darles la cena y acostar a los niños, vierto en el cuenco de cristal que heredé de mi abuela un poco de mi aceite de oliva. Contemplo sus reflejos dorados y me embarco en su aroma, mojo un trozo de pan, girándolo como un velero que recorre las orillas del Mediterráneo y el sabor me transporta a los días de mi niñez en Andalucía, jugando entre los troncos retorcidos de esos árboles que aprendieron a desafiar el tiempo. Y renuevo mi promesa de terminar la maestría y de tener una oficina con ventanas.

Y de llegar un día a dirigir mi propio estudio.

Y de seguir siendo mujer.

 

        

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