274. El viejo olivar
Tengo un olivar. El olivar que planto mi abuelo ayudado por los 9 años de mi padre.
Aún faltaba para la guerra civil, las primeras aceitunas conocieron el “heroico alzamiento nacional”
Eran y son 200 olivos que permanecen firmes desde aquello, bueno, la posición de firmes actual ahora es menos erguida, tiende a una inclinación de la que podría decirse que es querencia a acostarse. Serán cosas de la edad.
Aquellos primeros frutos de los adolescentes olivos percibieron en su mundo olores a pólvora y ruidos de bombas. Debieron pensar que así era el mundo. Luego, eso terminó afortunadamente, aunque creo que todavía no se han repuesto totalmente del susto porque a pesar de lo burlones que pueden parecer los retorcidos troncos, cuando pasa por su cielo un avión bajo parecen temblar. Luego se les pasa.
Bueno, los olivos desde esas fechas fueron creciendo, sobre todo engordando. Mi padre también creció y engordó. Mi abuelo no. Mi abuelo era un tirillas.
A mi abuelo se le antojó hacer en medio del olivar una pequeña casa de aperos. Contenía un fuego bajo con un poco espacio para sentarse o tumbarse alrededor y una cuadra para dos mulas con sus dos pesebres. En esos tiempos, aunque el olivar no estaba lejos del pueblo no podían ir venir a diario ya que las velocidades de las mulas eran moderadas y se perdía mucho tiempo en el camino si se pretendía pernoctar en el pueblo para volver al mismo sitio a seguir trabajando el día siguiente.
La pequeña casa aún existe, pero sin pesebres y ese sitio que era para las mulas, ahora está lleno de trastos. Esos que no quiere tirar nadie, pero nadie los quiere en su casa.
Mi abuelo falleció hace ya unos años, pero me consta que conoció los olivos adultos en un mundo ya sin mulas y sin bombas. La ausencia de bombas estoy seguro que a mi abuelo le alegraba, no tanto la ausencia de mulas. Él siempre hablaba de las mulas que había tenido, de cómo trabajaba con ellas, de cómo se llamaban, etc.
Unos años antes de que falleciera mi abuelo nací yo, los suficientes para recordarle a él y las historias que contaba. Nací en enero en plena recolección aceitunera. Fue un año de mala cosecha, es decir poca aceituna, según me contaron mucho después. Puede que ese enero yo fuese lo más productivo. Bueno, eso debió parecerle a mis padres en ese momento. De todas formas no pudieron elegir ni un año con más aceituna ni que yo me hubiera quedado donde estaba.
Un año después, en la siguiente recolección, y ésta sí que fue buena, hubo tanta aceituna que hasta a mí me tuvieron que llevar al olivar, no iba a quedarme solo en casa, aunque según me contaron era un estorbo continuo. Eran mis primeros pasos y parece que era muy torpe y con pisar una aceituna me daba de morros con el suelo y a llorar, por lo que me tenían que llevar a la casita al calor de fuego. Allí se me pasaban los males en los brazos de mi madre.
Lo de la torpeza no se me ha ido, pero lloro menos.
Con los años, los olivos fueron engordando y retorciéndose, mis padres haciéndose mayores y yo creciendo.
Parece que la torpeza de mis primeros pasos se hizo extensiva a los ambientes escolares que en principio fue un colegio de monjas. A mí no me gustaban y creo que yo tampoco a ellas. Cuando les hacía alguna faena, siempre según su criterio, me ponían un lazo rosa en el flequillo y me paseaban con mi babi por la clase de las chicas, en esos tiempos muy bien diferenciadas la de las chicas y las de los chicos. Yo pasaba mucha vergüenza pero me hacía el machote no mirándolas a ellas, ¡que se fastidien! Pensaba yo, pero, la procesión iba por dentro. Después tocaba esperar que se me pasase el sofocón. De todas maneras, al día siguiente volvía a parecerle aquellas brujas que había hecho otra faena digna de paseo entre chicas con lazo rosa y babi de la mano de la hermana Pilar, así se llamaba la bruja que me tocó en suerte.
Aprendí poco. Aprendí que las monjas y yo no nos tenemos simpatía, a lo mejor, la razón la tenían ellas, no les guardo rencor, es más, reconozco que no debí ser un chico fácil.
A los pocos años de monjas me llevaron a una escuela nacional, tendría siete u ocho, allí tampoco fui un alumno ejemplar, el maestro que se llamaba Don Ángel, tenía sus costumbres. Una era poner en los primeros bancos a los más listos y en los últimos a los torpes. allí estaba yo. ¡lo que faltaba! Yo que me distraía con una mosca, en los últimos bancos todo me venía bien para no atender, así que tampoco aprendí mucho. Pero claro, eso fue por culpa del maestro.
Otra costumbre que tenía Don Ángel era zurrarnos en la rabadilla con una correa que se llamaba Juanita Banana. Nos hacía poner la cabeza entre sus piernas y nos daba tantos correazos en el culo como a él le parecieran suficientes, siempre en función de lo mal que nos portáramos o de que parte de lo que él creía que tendríamos que saber no nos sabíamos. La denominada Juanita Banana estaba muy gastada de años y años zurrando, pero aun con todo su desgaste cumplía bien su función, ¡vaya si la cumplía! Después de los correazos que eran más o eran menos según el «delito» cometido, pasabas un buen rato rascándote en el pupitre. Eso sí, en silencio y poniendo mucha atención a lo que el maestro decía.
Sinceramente creo que no fueron suficientes o no fueron adecuados los castigos porque por lo menos de mí, no consiguieron hacer un buen estudiante. No podría decir si con más o con menos correazos habría sido yo mejor o peor al gusto del mi padre, del maestro o de las monjas. Yo habría estado mejor con alguno menos. Pero eso es puro egoísmo.
Mi padre empezaba a preocuparse por las notas que llevaba y me amenazaba de vez en cuando con llevarme al campo a trabajar. Al olivar ya me había llevado de visita o a comer carne asada en el fuego de la casilla que mi abuelo construyó. No me gustaba ir ni en esas condiciones y me temía que si me llevaba a trabajar como castigo iba a gustarme mucho menos.
Durante dos o tres años la amenaza se quedó en eso, en amenaza, pero tendría yo sobre diez añitos de nada cuando la amenaza fue una triste realidad. Cada dos por tres me llevaba con él a ayudarle. Que si arrancar hierbas, que si recoger leña, que si qué se yo. Él siempre tenía alguna ocurrencia para hacerme trabajar y para incrementar el odio que les iba tomando a los olivos. Él lo hacía por mi bien, por lo menos eso me decía. Lo hacía para que viera cual era la alternativa si no estudiaba. No estudié, pero lo tirria a los olivos, un poco a mi padre y mucha a Don Ángel, éste, Don Ángel se llevaba las culpas de todo cuando yo intentaba dar alguna explicación a mi padre. ¡Pobre Don Ángel!
Pasó el tiempo y mi padre llegó a enseñarme más cosas sobre los olivos, cosas que yo aprendía de mala gana. Mientras él se hacía mayor, los olivos más retorcidos y robustos y yo más adulto. Ahora, yo lo llevaba a él de visita y a comer carne asada en la casilla. A mi padre le encantaba y a mí ya me molestaba menos.
Éste buen hombre que no acertó con su método para hacer de mi un chico estudioso. Debo decir que creo que la culpa no fue de él, no fue su fracaso. El problema era yo, que tenía siempre la mente dispersa en mil bobadas, la mayoría de esas cosas no las confesaría ni aunque me arrancaran las uñas. Actualmente tengo 66 añitos de nada y me sigue pasando lo de la mente dispersa.
Mi padre falleció hace unos años y seguramente Don Ángel también. También él, se llevaría el sentimiento de fracaso a su tumba. De la hermana Pilar no sé nada.
Ahora, jubilado, no solo se me ha pasado el odio que le tenía al olivar, ahora me encanta echar allí mi tiempo libre. Allí, siempre tengo algo que hacer, me gusta atender esos viejos árboles. Es mi sitio de pensar y mi cabeza, que sigue siendo muy distraída no le da disgustos a nadie.
Esos olivos que ahora son míos, no me ponen pegas a nada. Yo creo que por eso me gustan. Es que no llevo muy bien que me regañen y los olivos, muy prudentes ellos, solo manifiestan un poco temblor cuando pasa un avión bajo. A mí nada.
He descubierto hace poco el placer de echar un poco de aceite en un plato con un poco de sal y merendar mojando pan. Una exquisitez.
No obstante, hay algo que me preocupa y es que tengo un hijo con 25 años que viene a ayudarme de vez en cuando con los quehaceres que genera el viejo olivar y siempre viene de mala leche.
No sabría cómo hacer para que lo mantenga cuando yo no esté y que lo cuide con agrado.
No puedo entender cómo puede la gente vivir sin tener unos olivos.



