273. Miel del olivar

Mac Paz

 

El ambiente abandonó su silencio sepulcral y el viento comenzó a sintonizar una suave melodía soleada, entrando en escena una abnegada trabajadora de ágiles movimientos conectados a través de la gravedad y el espacio-tiempo.

De sable y gualda ataviada iluminó el escenario con una sonrisa, que es el abrazo que reconforta el espíritu, el faro que dirige a los navegantes en la noche más sombría. Surcaba las rutas aéreas alrededor del vergel cultivado, revoloteando próxima al perfil de una ramita que admiraba el cielo a base de acuosos diamantes vivaces en honor a sus frutos caídos, entre los inigualables arrumacos de un agricultor que siempre trató de amar a sus retoños en intensidad, porque la muerte no es el final, sino una metamorfosis de sinople luminiscencia.

Y como solo la naturaleza es capaz de formar un anfiteatro al alba, donde el más pródigo tiempo acude solícito sobre el viento de las miradas, con un cortés murmullo etéreo de un segundero que ojalá luciese eterno, aquella abeja ofreció un laborado beso tangible y rugiente de polen a una nívea flor en florescencia, juntando así sus conciencias en un solo corazón.

 

A aquellas vestidas de verde

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