271. Única en el mundo

Ana yo

 

Como cada amanecer con los primeros rayos de sol, antes de que el calor se volviera insoportable, el anciano se dirigió hacía su plantación con paso lento pero firme. Caminaba despacio porque llevaba sobre sus espaldas el peso de los años y, para no tropezar con las piedras del camino, se apoyaba en un viejo cayado. Lo había labrado con sus expertas manos, algunos años atrás, después de encontrar un ronco caído lleno de nudos y algo curvado que la tormenta había arrancado de la tierra. Desde el momento que lo tuvo entre sus dedos, supo que algo le unía a ese trozo de madera. Sin embargo, no sospechaba que iba a convertirse en su amigo inseparable, el mejor aliado en el que apoyarse en los largos paseos hasta las parcelas alejadas del pueblo y, el único guardián, de sus más profundos pensamientos. Con la caída del sol, durante varios meses, tras finalizar el duro trabajo de campesino, se había sentado en una pequeña silla junto al hogar y tomando entre sus robustas piernas, el leño salvado de la quema, lo había ido dando forma con su navaja bien afilada. Silencioso y paciente, talló despacio la madera áspera que se fue transformando en un hermoso bastón reluciente, Al final, aparecieron varias vetas que iban serpenteando la superficie como si fueran finos riachuelos de savía. En la empuñadura, con detalle y esmero, esculpió una rama de olivo con varias aceitunas que decoraban las iniciales de su nombre y de los apellidos de sus antepasados. Al darle por terminado, lo sostuvo entre sus manos satisfecho por el resultado obtenido. Lo movió en el aire y comprobó que era ligero como una pluma. Durante un tiempo, estuvo apoyado contra la pared acompañando a las escobas pues, al principio no lo usaba demasiado, pero desde que los años se fueron acumulando y consiguieron encorvar su espalda, no era capaz de dar ni un solo paso sin él.

En el pueblo, se habían acostumbrado a ver aparecer su silueta contra el horizonte junto con el característico resonar sobre las piedras de la madera que sostenía su enjuto cuerpo. Era su seña de identidad igual que el resonar de las campanas oxidadas del destartalado campanario. Entre ambos, interpretaban el eco que anunciaba que el día comenzaba después de finalizar el canto del gallo. Al igual que cada mañana, se escuchó el bastón que golpeaba el suelo seco, marcando el ritmo de sus pasos. Aquel retumbar sobre la leve polvareda, se alejaba de las casas encaladas y envolvía su delgadez con la leve brisa mientras se acercaba a los campos que despertaban al nuevo día.

Nada más divisar las ramas del olivar, estalló en sus oídos el ruidoso canto de las cigarras que, desde su escondite, narraban anécdotas de tiempos pasado. Se llevó la mano a la frente para quitarse las gotas de sudor y sintió, sobre su rostro curtido por el sol, el viento cálido que acariciaba los surcos de su piel. Se atusó con mimo el cabello encanecido que clareaba por la coronilla y alargó sus dedos doblados por la dolorosa artrosis. Con gran delicadeza, pasó su mano encallada por los ásperos troncos retorcidos como si estuviera saludando los viejos conocidos cuyas ancianas raíces se hundían en el corazón del pedregal. Sabía el nombre y la historia de cada uno de ellos, pues llevaban en su familia varias generaciones.

Desde su más tierna infancia, había escuchado las palabras de sus abuelos que narraban la historia de su plantación cuando eran pequeños retoños. De su padre, había aprendido el amor por la tierra y los cuidados necesarios para que, cada árbol, continuase dando sus frutos alejándoles de las enfermedades que les acechaban. Cuando la vida no tenía prisa, había pasado las horas de su niñez buscando mil y una formas de divertirse bajo las hojas verdes, Con otros chiquillos del pueblo, correteaba sin rumbo volando las cometas que improvisaban con cuerdas y telas deshilachadas-En otras ocasiones, se había protegido tras los fuertes troncos para no ser descubierto, al caer la tarde, mientras jugaba al escondite. Incluso, había trepado hasta lo más alto de las ramas de los olivos centenarios para convertirse en un temido bandolero que lanzaba piedras con su tirachinas a los otros bandidos. Allí, bajo el murmullo del cálido viento y el aroma que desprendía la tierra húmeda tras una tormenta inesperada, en su mente imaginaba el futuro lleno de aventuras en países lejanos, pero siempre con la certeza de que volvería a aquel pequeño rincón del mundo, donde las raíces parecían llamarlo por su nombre. Ahora, a la vera de aquellos troncos, los días de travesuras y risas compartidas, acudían a su memoria convertidos en recuerdos imborrables.

También, aparecían en su memoria las imágenes de su adolescencia cuando descansaba a la sombra de las tupidas copas, sosteniendo en sus brazos el cuerpo esbelto de alguna joven que le robaba el corazón en las fiestas del estío, Durante la noche, el aire se llenaba de aromas embriagadores y el sonido de la música lejana se mezclaba con la risa contenida por miedo a ser descubiertos. Acariciándose con manos temblorosas, se sentían ajenos a la melodía de la orquesta que animaba a bailar a los más mayores que hacían malabares para esquivar a los niños que correteaban arriba y abajo. En el refugio de la noche, la brisa susurraba palabras de amor y en la penumbra se buscaban los besos ingenuos y, al mismo tiempo, apasionados Aquellos instantes sencillos y las miradas sinceras tenían más valor que cualquier promesa.

Precisamente, al finalizar un verano en el que las hojas reflejaban la luz como si fueran diminutos espejos volando en el aire, la conoció a ella. Era una desconocida que apareció envuelta en el aire fresco del alba. Su silueta se abría paso por la niebla junto a los olivos. El joven tomó su taza de café caliente para espantar el sueño y el frío, antes de calarse su gorra y enfundarse en la chaqueta que le había tejido su madre. La divisó a través del grueso cristal empañado de la ventana. Primero, creyó que era una visión porque seguía somnoliento, y para despertar, se restregó los ojos. Sin embargo, cuando volvió a parpadear comprobó que no había desaparecido, sino que continuaba caminando entre los árboles torcidos por los años. En ocasiones anteriores, se había visto atraído por otras recolectoras, pero ninguna le había cautivado de esa manera.

No comprendía porque le llamaba tanto la atención aquella figura. Como hipnotizado llegó hasta el olivar donde se organizaba el trabajo. Había varias cuadrillas que llegaban al pueblo para la cosecha de la aceituna que cambiaba de color con la entrada del otoño. Algunos habían comenzado a extender las grandes mantas y otros se repartían las largas varas con las que agitar las tupidas ramas. Todavía no había máquinas que ayudasen con las labores del campo y todo el proceso se realizaba a mano. Ella esperaba de pie junto un olivo pequeño que, nunca, había dado frutos y que, la familia, se planteaba arrancar del suelo al finalizar la temporada Estaba en el centro del olivar y, nadie, sabía porque seguía en la plantación si, nunca, se había obtenido cosecha del mismo. Ella había dispuesto la manta alrededor del tronco y le tendía una vara. Se fue aproximando como si estuviera movido por un resorte interno que, ella, manejaba a su antojo. Trabajaron juntos todo el día, mirándose en silencio, envueltos por el zumbido de los vareadores sintiendo una especie de energía que fluía entre ellos. No llegaron a rozarse bajo la lluvia de aceitunas verdes, moradas y negras.

De rodillas, separaron las hojas de los frutos y llenaron varios cestos antes del mediodía. Bajo el sol abrasador se inició el descanso para almorzar. El joven le tendió un trozo de pan con embutido y tocino que, ella, rechazó con un leve movimiento de cabeza. Su pelo flotó en el aire y aspiró un aroma desconocido pero embriagador. Pronto, retomaron el trabajo para continuar llenando cestos y sacos. Como ruido de fondo llegaba el golpe seco de la vara, las elucubraciones sobre el precio del aceite, el cotilleo sobre matrimonios, embarazos y defunciones. Al comenzar a ponerse el sol, sintió por primera vez, las manos doloridas y el cansancio en su espalda. Escuchó como las cuadrillas se alejaban. Cesaron las risas de los niños y los cantos que acompañaban a los jornaleros. Con el último rayo de sol alguien pronunció su nombre. Pero, no respondió. Continuaba embobado, contemplando el rostro nacarado de la desconocida que, en ningún momento, había dejado de brillar. Asombrado, descubrió que no había ni una gota de sudor en su cara y que, las pupilas de sus ojos, tenían el color verde de la oliva. Iba a preguntarle como aquello era posible cuando, ella, tomó la última aceituna de una rama. La estrujó con sus manos y comenzó a deslizarse un líquido dorado por sus delicados dedos. Con un rápido movimiento, se mojó la comisura de la boca con unas gotas. Luego, se aproximó despacio y le besó, delicadamente, los labios. El joven cerró los ojos para disfrutar del momento y todos los sabores se mezclaron en su boca. Junto al amargor y el picor en la garganta halló matices frutales y olores de flores. Era como si toda la naturaleza estuviera contenida en aquella lágrima de aceite. Al despegar sus párpados, contuvo el aliento. Estaba solo. La buscó desesperadamente. Era noche ciega cuando abandonó el olivar. Creyó que la encontraría al día siguiente. Pero, jamás, volvió. Solo le dejó el recuerdo de aquel beso y un pequeño olivo que, nadie, recordaba cuando había sido plantado y que dio una partida de aceite única en el mundo.

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