268. El vigilante del olivar

Colum Leguina

 

Amanece. El aire lleva un aroma dulce y suave, y con cada batir de mis alas siento cómo el día despierta a mi alrededor. Coincido con las abejas en estos primeros vuelos: guardianes diminutos de las flores que un día serán aceitunas.

En algunos olivos ya comienzan a dibujarse los frutos verdes, y yo, pequeño vigilante del campo, me adentro entre los árboles milenarios, aprendiendo a descifrar sus secretos. Cuando las aceitunas dejen de colgar de las ramas, emprenderé mi viaje hacia otros paisajes, hasta que la nueva floración me reclame de vuelta, junto a pájaros e insectos, para custodiarlos otra vez.

Mientras tanto, el sol calienta la tierra, y los agricultores recorren el olivar con paso atento, admirando y cuidando el proceso, como lo hago yo desde el aire. Así, en este paisaje eterno que acompaña a esta tierra desde los fenicios, mi historia se entrelaza con la del olivo, con el aceite que brotará de sus frutos y con la memoria de quienes lo cultivan. Y todo vuelve a empezar, como cada primavera en el olivar.

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