262. Alma

Tete

 

“ALMA”, así reza la etiqueta de la botella de vidrio de exquisito diseño de aceite de oliva virgen extra ecológico. “Categoría superior”, sigue, “obtenido directamente de aceitunas y sólo mediante procedimientos mecánicos”. Leo torpe, con dificultad, mientras la giro suavemente para ponerla a contraluz. En ese momento, el verde intenso, ceroso, de la aceituna reciente de principios de noviembre, como por arte de magia se transforma en grana, color más propio de la aceituna de enero o finales de diciembre, como si en un instante hubiera madurado el fruto en la botella. Siguiendo las instrucciones de mi nieta, no abuso de la luz, y la devuelvo a un saquito de esparto que la opaca para que no pierda propiedades.  Me ha dicho que son los poligonoles, polimelones, poliflemones o algo parecido. No ando muy bien del oído últimamente. De todas formas, no sé muy bien qué quiere decir con eso, solo que es algo muy bueno para la salud. “Menudo descubrimiento” pensé cuando me lo dijo. He llegado a esta edad con una salud de roble porque nos hemos hartado de pan con aceite cada día. Solo me falla eso, el oído, pero es herencia de mi abuelo, que no solo se hereda el parné.

Por lo demás, estoy ágil como una gacela, no hay quien me siga el paso andando. He ido a los pedazos de tierra a patita, con zancada firme y ligera, desde bien temprano, que había que aprovechar bien el día. En temporada de recogida, agarraba los mulos que transportaban los sacos de aceituna frenando mi acelere para no maltratar al animal, que bastante hacía ya. En verano, tocaba ir a vender las hortalizas de la huerta a Bujalance, cruzando la frontera de la provincia de Jaén. Un día de ida más el tiempo que durara la venta en el mercado, otro de vuelta. Llevaba un mulo hasta arriba de duraznos, cebollas, tomates y berenjenas.

Ahora a los caminos les han puesto nombre, “Vías verdes del aceite”, cuando el sendero transcurre por trazados donde discurría la vía del tren, atravesando zonas de olivares de la provincia hasta llegar a la vecina Córdoba, uniendo poblaciones de gente como yo, humilde, trabajadora y consciente del valor de la tierra.  Por estas vías los ves correr enjutos, como antaño yo lo estaba, pero sin borricos hasta las trancas. Pasan en bicicleta perfectamente ataviados con vestimentas apretadas y colores vistosos o simplemente paseando con la tranquilidad de que no se encontraran con ningún vehículo a motor.  Yo me retrotraigo a mi juventud cuando los veo y me imagino liviano de ropa y calzado tirando de picardía buscando las trochas para llegar antes al cortijo, tan reventado como ellos, pero con más hambre. Entonces, un mendrugo de pan bien untado de aceite verde como las ovas, restregado con un tomate de la huerta, no necesitaba de más adornos ni filigranas para alegrar el paladar.

Recuerdo el día que, con una azada hice el intento de cavar el primer hoyo donde alojar el primer plantón. Era un arbusto pequeño, debilucho, casi raquítico. Por aquel entonces tenía diez años y un hambre atroz, estábamos en la posguerra. Mi padre me dejó solo en el pedazo y se fue a vender. Tardé varios días en hacerlo, hasta hundirme un metro en la tierra, apenas podía ver por encima de mi cabeza. Seguí sus instrucciones que no hubo de repetir más de una vez. Me destrocé las manos, pero no mi amor propio, que pudo más. Todavía me duele cuando las miro. No olvidaré nunca aquellos días, abandonado a mi labor, sin más compañía que las perdices o los conejos que se dejaban ver entre matojos. Ese fue el primero de los cincuenta que siguieron en un pequeño pedazo de tierra de regadío que aún conservo con enorme cariño.

De vez en cuando pago a un vecino para que me lleve al pedazo de tierra, “La Vega”, se llama. Todos andan muy ocupados con la empresa, no quieren que conduzca y menos que ande por tramos ahora de carretera. Y lo entiendo, no crean que soy un insensato. Me deja allí y pasa a recogerme a eso de las once, que el calor no le conviene a mi cabeza, según dice mi doctor. Me siento en una vieja hamaca que tengo escondida bajo un tronco o me tumbo bajo su sombra, como entonces lo hacía, sobre la tierra, a expensas de que la Marcela se enfade conmigo y me regañe al verme llegar con las espaldas llenas de piedrecillas.

¡Cómo hermosean!, robustos, cuajados de fruto y de vida. Ya me encargo de que no les falte el agua, a estos no, que no he penado yo tanto para verlos morir arrugados y desprovistos de alegría. La piel pegada al hueso se me quedó cuando terminé, casi raquítico, para abandonarlos ahora como si tal cosa. Los demás los fui cediendo a mis hijos para que bregaran con ellos, pero estos no, son parte de mí mismo. Hemos envejecido viéndonos crecer, brotar, completar ciclos, año tras año. Bonanzas, sequías, hijos, nietos. Hemos visto sucederse regímenes políticos y embestidas de una vida plena no ajena de sacrificios. Y aquí estoy, contemplando paciente la etiqueta del aceite que mis olivos nunca han dejado de ofrecerme. ¡Cómo no va a ser mi alma la que habite en ellos! Porque es el alma lo que habita en los bastos troncos, en las ramas abiertas buscando la luz en primavera, ansiando el agua benefactora del otoño que refresque las resecas hojas, que calme la ansiedad de la tierra por volcar en los frutos todo cuanto reciba del cielo.

– “ALMA” es un buen nombre ¿verdad abuelo? –me sonríe mi nieta mientras espera paciente mi opinión sobre cómo ha quedado la botella.

–Sí, mi niña, casi tan bonito como tú. –Y se queda mirándome expectante a que apruebe el resultado de un trabajo de años.

–Creo que ha quedado muy bien. Me ha recordado a los depósitos de las almazaras que almacenan el aceite para el envasado, pero mucho más refinado y elegante –le digo mientras muevo el cabeza pensativo buscando de dónde he sacado esa idea.

–No era la intención, pero ahora que lo dices puede que lleves razón, un parecido tiene, salvo que no es de acero, es transparente, para que se pueda ver el color tan maravilloso que tiene.

–Y los poli…–me atasco buscando en mi mente la palabra–¡maldita palabreja!, ¿a quién se le ocurriría ponerle un nombre así?, no es una palabra para un hombre de campo. Ya podrían haberle puesto “bondades” o algo parecido, mucho más fácil de entender para la gente de mi edad.

–Polifenoles, abuelo. Ya sé que te cuesta decirlo, pero ahora por lo menos sabes lo que significa, – afirmó sonriendo mientras me miraba a la cara para que le confirmara que estaba orgulloso del producto. Yo bajé y subí la cabeza asintiendo mientras no podía parar de pensar en lo mucho que había merecido la pena tanto esfuerzo y sufrimiento.

–La semana que viene saldrá a la venta, hemos organizado un pequeño acto, lo tenemos todo preparado, vendrás, ¿verdad?  –me dice mientras evita no sin trabajo, que una lágrima se desparrame por su mejilla.

–No lo dudes, mi niña, si Dios me da fuerzas allí estaré para acompañarte– y me quedo de nuevo perplejo contemplando a la criatura, la mujer en la que se ha convertido. No es ambición lo que veo cuando la miro, es decisión, sabiduría, templanza, amor por lo que hace, porque lo hace con “ALMA”.

–Abuelo, cuéntame otra vez la historia de tu vida– me dice mientras arranca con cuidado los jazmines de las macetas del balcón, separando dos montoncitos. Uno, el de las flores abiertas, lo deja caer dentro de mi camisa, y con el otro busca un alfiler y confecciona una moña en forma de flor que me engancha con cuidado en la pechera. Sabe que me encanta el olor a jazmín.

–Mi niña, ya te la he contado mil veces, ¿no te aburres? – le pregunto deseoso de que se siente a mi lado sin moverse un buen rato. Nos tomamos de la mano, luego, despacio y sin darnos cuenta, pasamos a hacernos cosquillas en la palma, como cuando era pequeña.

–Ya sabes que me encanta estar contigo, aprender de tus historias, amar lo que tú amas ¿Cómo podría haber elegido este camino si no? Me has enseñado a valorar, a sentir la verdad de la tierra a comprender cada tiempo del proceso y su importancia. Es más que recoger un fruto, es leer en las hojas lo que precisa la planta, interpretar las señales de demanda cuando el cielo no prodiga la humedad que se requiere y solo queda el rezo desesperado como único asidero a lo que agarrarse cuando la atmósfera no es benévola a tiempo. Pero también he aprendido que si no es este año será el que viene, que, en su fortaleza, con poco vuelve a resurgir, a brillar, a decir ¡aquí estoy!, contigo, a tu lado, porque soy fuerte como tú, porque somos uno, porque ponemos el ALMA en ello.

 

 

 

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