261. La voz de mi tierra

Lizerd

 

Cada octubre, Lucía volvía a Baeza, al mar de olivares de su infancia, donde los olivos centenarios susurraban secretos al viento. Allí, entre el verde plateado de las hojas y el aroma terroso de la aceituna recién caída, el tiempo parecía detenerse.
Pero ese año era distinto: volvía como guía del oleoturismo, justamente en la fábrica frente a su antigua casa. No para recoger aceitunas, sino para contar su historia.
—Cada olivo tiene un siglo en las raíces —decía a los visitantes, mientras caminaban entre hileras perfectamente alineadas—. Y cada gota de aceite, una vida entera de sol, tierra y espera.
Les mostraba el molino, la almazara antigua, el proceso dorado que convertía el fruto en oro líquido. Degustaban pan con aceite nuevo, miraban al horizonte teñido de ocre y verde, y entendían que no era solo turismo: era memoria, cultura y sabor.
Esa tarde, mientras el sol se rendía tras las colinas, un niño le preguntó:
—¿Y tú por qué vuelves todos los años?
Lucía miró los olivos.
—Porque aquí aprendí que la tierra también tiene voz. Crecí con ella. Y no quiero olvidarla.

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