26. Olivia y la aventura del aceite mágico

Tania María Rojas Santana

 

Olivia era una niña curiosa de ojos brillantes y cabellos color aceituna, que vivía en un pueblo cercano a la costa rodeado de olivares donde los árboles de esta clase de cultivo eran los reyes. Le gustaba en las tardes frecuentar el corazón de un valle bañado por el sol, donde la tierra roja se mezclaba con el verde plateado de las hojas del olivo. En ese lugar los árboles no eran olivares comunes ¡Eran olivares mágicos! Para ella parecían ancianos sabios, retorcidos y llenos de historias. Cada otoño, estos regalaban a la niña y a todos los vecinos  unas aceitunas brillantes de las que se extraía un tesoro ¡El aceite de oliva! Había un olivo en particular donde bajo su sombra, ella al visitarlo, se recreaba en un picnic por ser éste centenario y tener sus ramas retorcidas como brazos extendidos al cielo, éste en particular era testigo de incontables historias y sucesos que permanecían en la memoria de los pobladores, los habitantes del valle lo llamaban “El abuelo del olivo”. Cada año los olivos en general regalaban a los ciudadanos todos sus beneficios, los que la niña sin dudas quería descubrir en un encuentro fantástico que serviría como recuerdo para toda la vida.

Un día, Olivia escuchó a los abuelos del pueblo hablar sobre el Olioturismo.

—¿Olio…. qué? —pensó Olivia.

Le explicaron que era como invitar a la gente a conocer la magia del olivar, a descubrir el mundo secreto del aceite de oliva desde el olivo hasta la mesa, cómo se hacía el delicioso aceite y a disfrutar de sus sabores. Entonces la niña se emocionó tanto que decidió organizar desde su poca edad y experiencia un Olioturismo muy especial para los niños de su pueblo. Como protagonistas ellos llevarían la fantasía a la cultura sobre el paisaje que los rodeaba salvaje y natural. Ella quería ser guía de Olioturismo, una palabra nueva y llena de misterios. Lo llamó la aventura del aceite mágico.

Salió entonces en busca de su lugar favorito para en forma de ritual pedir consejos al árbol centenario, y bajo sus ramas se llenó de ideas. Luego de observarlo por largas horas como a un guardián del tiempo se nutrió de sus secretos, de sus técnicas y cultivos y principalmente de sus rituales sagrados que unían a la comunidad con este árbol ancestral.

La historia fue contada por un cultivador que notó a la pequeña ansiosa pero muy interesada.

—Las manos de estos abuelos obreros que ves a tu alrededor —intervino el anciano ante la mirada curiosa de Olivia— y las historias de este valle, se cuentan a través de las manos curtidas por el sol que aprendieron a injertar los olivos salvajes para obtener aceitunas más grandes y jugosas. Te podemos enseñar si lo deseas a reconocer los diferentes tipos de aceitunas y a probar el aceite para apreciar su sabor único.

Luego de compartir los abuelos sus conocimientos con Olivia, esta se marchó. Al día siguiente regresó al lugar con un gran grupo de amigos:

—¡Bienvenidos a la aventura del aceite mágico! —exclamó con sus pulmones llenos del frescor del campo.

Les enseñó a acariciar los olivos con suavidad como si les contaran un secreto, a tocar los troncos rugosos para sentir la fuerza de las raíces y a oler las hojas frescas. Les explicó que los olivos necesitaban mucho sol y agua para dar buenas aceitunas. Luego, les mostró al grupo cómo se recogían las aceitunas. ¡Algunas eran verdes, otras moradas, y todas parecían pequeñas joyas que brillaban con el sol!

—!Los ven!  —les habló en voz alta como si quisiera que su voz se escuchara en todo el universo— son como abuelos muy sabios que necesitan de total cuidado y cariño para regalarnos sus mejores frutos. Además en su recorrido, la incansable niña los llevó a otros olivares cargados de frutos, les mostró las aceitunas, pequeñas bolitas verdes, moradas y negras que colgaban de las ramas como caramelos. Con cuidado las recogieron, usando unos peines especiales que naturalmente sus compañeros no conocían, para no dañar el olivo y jugaban a buscar tesoros escondidos al mismo tiempo que aprendían de esa hermosa labor de generaciones y generaciones.

Después se unieron al grupo de abuelos y fueron a la almazara, el lugar donde las aceitunas se transformaban en aceite. Terreno donde las aceitunas se limpiaban primeramente para ser molidas. Allí, una máquina gigante que a Olivia en particular le recordaba a un dragón bueno de sus libros de cuentos favoritos, trituraban las aceitunas hasta convertirlas en una pasta oscura con la textura perfecta. Estaban en presencia del proceso mágico  donde todos en armonioso silencio observaban cada paso con los ojos bien abiertos. Esa pasta se extendía sobre un disco y se prensaba con fuerza ¡Y de repente! ¡La magia surgía! Un chorro de oro líquido salía de la prensa haciendo cumplir su expectativa en la aventura del aceite mágico. Un jugo, un sabor, una nueva experiencia se apoderaba de ellos.

—¡Es aceite de oliva! —gritó Olivia emocionada ante sus compañeros danzando en medio del campo y mostrando su vestido que le había bordado la abuela con las aceitunas que representaban a su pueblo. Su color azul y verde le daba el contraste perfecto al vestido en pinceladas de cielo y follaje.

Los niños probaron el aceite con pan ¡Era delicioso! Algunos decían que sabía a hierba recién cortada, otros a almendra y el resto a manzana verde y jugosa. Ella les explicó que el aceite logrado se guardaba en recipientes oscuros, preferiblemente de color ámbar para protegerlo del sol y poder mantener su sabor y aroma durante todo el año.

Olivia les contó a todos que ese aceite era un tesoro para la salud porque los hacía crecer fuertes y sanos. También les enseñó a diferenciar los distintos tipos de aceite, desde el suave aceite de oliva virgen extra hasta el más intenso, todo eso con la ayuda de los abuelos y de todo el interés que mostraba por saber más y más sobre el tema.

A los abuelos les apasionaba cada año durante la fiesta del olivo compartir sus conocimientos con las nuevas generaciones. Les contaba historias de cómo el olivo había alimentado y curado a su pueblo durante siglos, de cómo su aceite había iluminado sus noches y protegido sus cuerpos. Les enseñaba que el olivo no era solo un árbol, sino un símbolo de paz, sabiduría y prosperidad. Sus usos como cosméticos, cremas, aceites para el cuerpo y toda una gama de beneficios fueron puestos en conocimientos para las nuevas generaciones.

En este año en particular Olivia lo estaba haciendo diferente y especial como el propio aceite.

—Niña curiosa —se escuchó una voz— te contaré a ti y a tus compañeros la historia de lo que le sucedió a ese árbol que tanto aprecias:

Un año, una sequía terrible lo amenazó a perder sus hojas. Los jóvenes desesperados buscaron soluciones modernas, excavando pozos profundos y comprando maquinarias costosas. Pero ninguno de sus esfuerzos dio resultado. Fue entonces cuando la abuela Elena, la más anciana de todo el pueblo, recordó un antiguo ritual olvidado como esos que te he visto hacer bajo el árbol. Nuestros antepasados sabían cómo hablar con el olivo y sabían cómo pedir lluvia y agradecer su generosidad, pero sobre todo sabían ofrecer disculpas a la naturaleza por nuestros errores. Al seguir las instrucciones de la anciana, la comunidad entera se reunió alrededor del veterano olivo del valle y cantaron y bailaron a la luz de la luna y una lluvia suave comenzó a caer, empapando la tierra roja y sedienta para revivir a este árbol en especial y salvar las cosechas. Esa noche fue especial porque en forma de pijamada durmieron bajo el árbol viendo caer las estrellas y narrando historias sobre el campo y los perfectos olivares.

Al día siguiente, para terminar la aventura, Olivia organizó un picnic bajo el abuelo del olivo, al aire libre como le gustaba desayunar desde más pequeña. Adornó el rojo mantel con ramitas de olivo y botellas de diferentes tamaños llenas de este líquido que a los niños tenía cautivado. Todos se deleitaron con ensaladas rociadas con aceite de oliva, ese oro mágico que brillaba bajo el sol, pan con tomate y jamón adornaban también los manteles. Bizcochos y otras delicias hechos con el aceite mágico completaron el sabor que ahora se tronaba dulce y salado.

Desde ese día, todos los niños del pueblo se convirtieron en embajadores del olivar mágico. Invitaban a sus amigos y familiares a descubrir los secretos del aceite y a disfrutar de su sabor único en cada gota, a regocijarse con su sabor  puro y  hablar de sus múltiples usos. Además este aceite mágico es bueno para el corazón, para la piel y para la mente, decía ella nuevamente emocionada al grupo. Estaban maravillados apreciando todo a su alrededor, pero sobre todo el esfuerzo, empeño y dedicación de sus antepasados. Olivia aprendió que para ella hacer Olioturismo no era solo una forma de reconocer el olivar, sino también una manera de compartir la magia y el tesoro que se escondía entre los olivares. Y así el olivar mágico siguió floreciendo, regalando su oro líquido a todos los que los visitaba con curiosidad y amor como el de esta niña del pueblo.

 

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