256. La última cosecha
Contra el paisaje abandonado se alzaba frondoso el último olivo. Doña Carmela, como la conocieron alguna vez los que se despidieron de ella antes de irse, era la última persona que quedaba. Si no fuera por la confianza con que las paredes, de vez en vez, cuando ella arrojaba su propio nombre al aire, se lo regresaban como eco, no estaría segura de llamarse doña Carmela. Todas las casas del pueblo, cansadas de soportar en silencio la soledad del mundo, se fueron dejando caer poco a poco, hasta que sólo quedaron escombros. Rápidamente, la naturaleza fue recobrando terreno y de los escombros se alzaron muros verdes.
En cuanto la gente se fue, el olivo, la casa y doña Carmela no tardaron en tejer una relación simbiótica. La casa, compadecida por su dueña, no se rindió a las inclemencias del tiempo. Lloviera o tronara, en los días más secos, con los vientos más fuertes, la casa seguía de pie con lo que uno, si creyera que la casa siente o piensa, podría llamar estoicismo o lealtad. Aunque el paisaje verde se cubría de pasto, arbustos y plantas, la tierra quedó tan dañada que sólo le quedaban fuerzas para mantener un árbol: el olivo. Escondido detrás de la casa, se asomaba por encima del tejado para ver llegar el sol y recibir, de noche, a la luna. Doña Carmela, con los años que cargaba, ya no podía irse del lugar donde pasó toda la vida, por más irreconocible que ahora le pareciera. El pueblo, así desbaratado como había quedado, seguía siendo suyo y de nadie más. Paseando entre los escombros, trataba de reconstruir en la memoria las esquinas y las puertas, las paredes, las ventanas, pero de tanto esforzarse, todas le parecían la misma casa; todas, las mismas calles. Pero ese amasijo de recuerdos, pese a todo, era lo único que le quedaba, y se aferró a él con todas sus fuerzas, como quien sostiene entre sus manos la cosa más preciada, o como quien quiere, con las manos, detener el agua del río.
Sin más necesidades, entre ellos, cada uno a su manera le brindó al otro lo necesario para prosperar en el desamparo de la tierra. Pero como el tiempo es tiempo y pasa, después de tantos años la casa ya no daba para más. Ahí donde se extendía una pared lisa se asomaban grietas tímidas; de los techos de madera caían hilitos de polvo desvencijado; las bisagras de las puertas chirriaban como aves heridas; y las ventanas, cansadas, permanecían cerradas. Doña Carmela pronto lo sintió en los huesos, que se le juntaban de más; en la cabeza, que sin previo aviso le tumbaba la mirada al suelo; en el pensamiento, que a su voluntad le controlaba las ideas, le borraba los recuerdos y le comía las palabras de la boca; en las noches, que se le hacían eternas; y en los días, indistinguibles.
El olivo fue el último en dar testigos de su fin. Cada invierno, doña Carmela podaba las delicadas ramas del olivo con esmero. Sin embargo, este año apenas pudo con la mitad. Como si estuviera decidido a no renunciar a nada de sí mismo, las ramas se endurecieron tanto que hasta las más pequeñas le hacían soltar gotas del esfuerzo. Cada mañana, doña Carmela también le revisaba, cuidadosamente, todas las ramas en busca de insectos. Antes, si le encontraba en total dos o tres por día eran muchos; ahora, como si los bichos ya lo supieran o lo sospecharan, no aparecían menos de cinco o seis por rama. Los tres sabían que el fin estaba cerca, pero aún quedaba una última cosecha.
Soportaron, como pudieron, el duro invierno, que cubrió de nieve cada hoja del olivo. La casa, como si no estuviera prendida la chimenea y las ventanas cerradas, se estremecía y se dejaba atravesar por corrientes de viento helado que cortaban como cuchillas en la piel de doña Carmela. Hasta que un día, el sol hizo de la nieve agua y ésta se escurrió por entre las hojas del olivo que, rejuvenecido con los rayos de la primavera, con un nuevo impulso de vida, arrojó sus primeras flores. En un abrir y cerrar de ojos, se cubrió, una vez más, todo de blanco. El olivo gozaba de sus prendas nuevas. La casa, desde la ventana, con un miedo nuevo que nunca había sentido antes, vio cómo las olivas verdes se volvían violetas. Doña Carmela, sobándose las rodillas, sabía que el tiempo no se iba a detener y se puso manos a la obra.
Antes de que se volvieran negras, doña Carmela recolectó todas las olivas que pudo. Con su canastita colgando de la mano izquierda, tomó una por una, de cada rama, de todo el árbol. Al arrancar cada oliva sentía como si arrancara, dentro de ella, algo de sí misma; como si fueran pedazos de su vida que de a poquito se le fueran yendo. Y no pudo evitar soltar, por cada oliva, una lágrima al suelo. Las acomodó en la canasta con su amor infinito para que no se aplastaran. Las llevó a la cocina, les quitó toda la tierra y las enjuagó en el lavabo, una por una.
Una vez limpias y secas, las pasó a una piedra de granito que era de la abuela de la abuela de su abuela. Con otra piedra, más pequeña, las aplastó poco a poco hasta volverlas una oscura pasta homogénea. Esa pasta, en esa piedra, le hizo pensar a Doña Carmela de dónde viene, en sus ancestros, en el linaje de mujeres que sobre esa piedra han visto pasar su vida, tantas vidas. Y se sintió tan pequeña, se sintió tan niña. Por eso, no pudo evitar sentir una ausencia en el pecho cuando arrojó la última aceituna y, al triturarla, ésta dejó de serlo para siempre. En ese momento, tomó conciencia de la irreversibilidad absoluta del tiempo y de las cosas, de cómo todo, de alguna manera, se vuelve una pasta con el peso del tiempo que todo lo diluye. Y pensó en los escombros reverdecidos, en las calles deslavadas, en el cielo infinito.
Volcó con cuidado la pasta en un recipiente grande de madera. Con una pala, también de madera, la batió con lentísimos movimientos circulares por una hora. En ese tiempo, hipnotizada por el ir y venir de la pala y de su mano, por el flujo perpetuo de la pasta, imaginó un río eterno, como un camino tendido sobre la vida y después de la vida. En él, se imaginó flotando libremente, y aquí, adentro de la casa, se le fue a dibujar una sonrisa intempestiva, de otro tiempo, de otro lugar, que iluminó todas las paredes y, por un instante, todo el mundo.
Doña Carmela tomó un trapito viejísimo, le puso una pequeña porción de la pasta batida y con ambas manos lo aplastó sobre una vasija de vidrio para extraer el aceite. Momentos del tiempo, encapsulados en cada gota, eternos por un instante, se iban a diluir al fondo de la realidad cuando se estrellaban contra la vasija. Entre ellos, alcanzó a verse de niña recorriendo el monte de la mano de su padre; esperando bajo las sábanas el beso de su madre; yendo a la iglesia con el repicar de las campanas; llegó a ver a su esposo descansando bajo la sombra del olivo y a ella misma, en la misma sombra, recordándolo con amor; pudo ver, como nunca antes, en toda su amplitud, las montañas y los bosques, el cielo infinito. Para cuando terminó, gota a gota, toda la vida se le había escurrido ya de las manos. Fue entonces cuando la casa se empezó a caer.
Con el primer rayo de luna, ladrillo a ladrillo, las paredes se fueron desprendiendo de sí mismas cuando doña Carmela extrajo la última gota de aceite. El olivo fue desprendiéndose de cada hoja como quien se despide de un buen amigo o lanza un beso al aire. En cada susurro de los ladrillos, en cada retumbar de las hojas, se notaba un gesto del destino, como un mensaje oculto que deseaba ser descifrado, como si dijera a gritos que el tiempo y el recuerdo son algo pesadísimo que se derrumba en la fragilidad del presente. Los tres, a su manera, se fueron despidiendo de la vida, del tiempo.
Con el pudor de la muerte, ninguno se atrevía a ver al otro, hasta que el olivo, aterrado, le lanzó una mirada tímida a doña Carmela. Cuando ésta volteó, el olivo se sacudió de golpe varias hojas, como estremeciéndose, como agradeciéndole en silencio por todo. La casa, más introvertida, sólo atinó a abrir sus ventanas para que el viento le acariciara los cabellos blancos. Un escalofrío tibio le recorrió la espalda a doña Carmela. El aire le arrancó de los ojos las lágrimas que le empañaban la mirada, llevándoselas como polvo en el viento.
Mientras tanto, en la vasija, el aceite se separaba del agua. El aceite, trascendente, se elevaba como buscando al cielo; el agua buscaba abajo la tierra para fluir como río.
El olivo, afuera, se quedó sin hojas. La casa, entera, quedó en escombros. Doña Carmela, adentro, quedó agua..quedó aceite.
Y del recuerdo, apenas asomándose, un pequeño brote verde iluminaba la tierra.



