254. El silencio de los olivos

Andrea Gregor Rueda

 

El tren iba despacio por las colinas de Jaén. El mar de olivos que se extendía hasta donde alcanzaba la vista era lo que Elena veía desde la ventanilla. Las primeras luces del alba trazaban largas sombras entre los troncos torcidos, y en ese silencio de la mañana sintió una rara impresión de que los árboles la observaban. No era simplemente una bióloga; había tomado la decisión de trabajar en La Dehesilla porque, cuando era pequeña, oía las historias de su abuelo, que trabajaba como jornalero en los olivares. Él acostumbraba a decir que los olivos tenían memoria, y que cada corte de hacha y cada gota de lluvia se quedaban en sus raíces como memorias.
«Las raíces callan, pero no se olvidan», escribió mientras apretaba el cuaderno de campo que tenía en su regazo. «Sin cuidado, no hay eternidad». 

El todoterreno que la recogió en la estación tenía un olor a aceite viejo y a tierra mojada. Carlos, el gerente, la recibió con una sonrisa pragmática y un firme apretón de manos. Le mostró con un gesto de orgullo los olivares mientras se desplazaban por las sendas de tierra.
—Aquí el tiempo no pasa —comentó—. Estos árboles han estado en pie durante siglos.
Elena se quedó callada. En una curva del trayecto, observó que las primeras lluvias de otoño habían arrastrado una capa de tierra y que había dejado al descubierto raíces delgadas y pálidas, parecidas a venas expuestas. Se agachó con discreción y recogió una muestra utilizando su espátula. Aun después de la tormenta, el suelo continuaba polvoriento.

La granja de La Dehesilla se ubicaba entre colinas suaves. Era una combinación de lo antiguo y lo moderno: muros encalados, prensas de piedra antiguas al lado de decantadores brillantes de acero. Existía un museo pequeño que contenía fotografías amarillentas de generaciones de trabajadores de aceitunas y herramientas viejas. Los fines de semana, los autobuses de turistas llegaban. Se sentían atraídos por la experiencia: pasear entre los olivos, degustar aceites y sacarse fotos con los árboles centenarios.
Elena tomó su rol de guía de ciencia. Habló acerca de las raíces profundas que podían buscar agua a varios metros de profundidad, de la manera en que las hojas reflejaban la luz para soportar el calor y del hecho de que el olivo había estado presente con las civilizaciones del Mediterráneo por miles de años. Lo hacía con una calma apasionada, deseando que alguien, aunque fuera uno solo, entendiera que el auténtico milagro no era el aceite dorado en las copas de cata, sino la delicada estabilidad que mantenía esa tierra viva.
Cuando los visitantes se marchaban por la tarde, Elena sola caminaba por los olivares. Las hojas, que brillaban con la luz del ocaso, eran agitados por el viento. En ocasiones, cerraba los ojos y apoyaba la frente en los troncos más antiguos. Decía que sentía un rumor, una leve vibración, como si el árbol le revelara sus secretos. En esos momentos, el vasto horizonte de olivos ya no le parecía eterno; lo percibía vulnerable, como un viejo que oculta su fragilidad bajo la dignidad de los años.

Durante uno de esos paseos, se encontró con don Isidro. Estaba sentado bajo El Patriarca, el olivo más viejo del lugar. Era un anciano de ojos grises y barba escasa, que tenía en sus manos un bastón de madera tan curtido como las suyas. —Antes —le dijo sin mirarla— la tierra olía a vida cuando llovía. Ahora huele a polvo mojado. Elena se sentó junto a él. La luz del sol caía en oblicuo, tiñendo de cobre las ramas torcidas. —Afirman que el olivo todo lo soporta —dijo. Don Isidro soltó una breve risa sin alegría. —Aguanta mucho, pero no la soledad. Si le quitas los bichos, las hierbas y el agua, queda solo; y la soledad mata despacio.

Elena, con el paso del tiempo, anhelaba la compañía del anciano. Él le narraba relatos de los inviernos en los que las crecidas de los ríos fertilizaban el suelo, de las primaveras cubiertas por flores silvestres y del zumbido de las abejas que antes poblaban las plantaciones de olivos. Frecuentemente decía: —El olivo no se protege con urgencia. Muere en silencio.
Los turistas continuaban llegando, por otro lado. Muchos acudían en busca de un espectáculo rural: fotografías entre las hileras perfectas de olivos, paseos en calesa y atardeceres con una copa de vino y una rebanada de pan untada con aceite verde. Algunos prestaban atención a Elena cuando les decía que el olivar requería tanto del suelo como el suelo de los árboles. Sin embargo, la mayor parte de ellos sonreía educadamente y se apresuraba a la cata.

Al final de la visita, un niño, que probablemente tenía ocho años, la paró y le preguntó con inocencia: —¿Los olivos sienten miedo cuando los talan?
Al inicio, Elena no supo qué contestar. Por último, dijo: «No como nosotros». Sin embargo, perciben cuando el suelo se seca. Saben cuándo se quedan solos.
El padre del niño se rió y dijo en voz baja que esas eran fantasías de los científicos. Elena observó al pequeño y se sintió conmovida al ver en sus ojos un destello de entendimiento.
El primer informe de Elena fue presentado en noviembre. Los datos eran evidentes: el estrés hídrico se intensificaba, los insectos que polinizan disminuían y la tierra fértil se perdía.
—El olivar no soportará si no modificamos la manera de cultivar y manejar el agua —afirmó.

Carlos, quien estaba sentado detrás de la mesa, ojeó el documento con un gesto impaciente.
—Esto no llama la atención de los turistas. La gente viene para desconectarse y divertirse.
—Sin tierra viva —respondió ella tranquilamente— no habrá nada que exhibir ni disfrutar.
Como tantas verdades que nadie quiere oír, la conversación quedó ahí, suspendida.
Hacia finales del invierno, se desató una tormenta enorme en el cielo. Llovió incesantemente durante dos días. Las aguas descendieron desde las colinas, transportando barro, piedras y raíces. Unos cuantos olivos centenarios se desplomaron, desgarrados, con las raíces al aire como costillas arrancadas. Cuando finalmente salió el sol, Elena se desplazó por la tierra arrasada. Halló ramas desgajadas, aves fallecidas y la huella de torrentes en el suelo, como si fueran cicatrices.

Se puso de rodillas al lado de uno de los olivos que habían sido derribados. La tierra bajo la raíz desnuda tenía un olor a humedad y a descomposición. Un gorrión empapado, quieto, yacía a su lado. Elena lo tomó con las dos manos, como si aquel diminuto cuerpo fuera un mensaje. No lloró, pero le fue imposible respirar normalmente debido a que sintió un nudo en la garganta.
En el pueblo, los agricultores registraban las mermas en toneladas de aceitunas. De la tierra erosionada y de los árboles muertos no se hablaba. Se hablaba del incremento del precio del aceite en los bares, como si todo se tratara de cifras.

Poco tiempo después, don Isidro se enfermó. La frialdad y la humedad de ese invierno afectaron sus pulmones. Elena lo visitó en su humilde hogar, donde el aire apenas se calentaba por un fuego tenue.
—Antes —murmuró con voz apagada—, el invierno traía frío, pero no temor.
Elena le tomó la mano, esperando que el calor de su piel fuese suficiente para calmarlo.
—Todavía podemos modificar las cosas —dijo.
El anciano sonrió con los labios resecos.
—Prométeme que no permitirás que estos olivos queden desamparados. No permitas que se conviertan en decoración para los visitantes.
Ella asentía con la garganta apretada. Don Isidro falleció en la mañana de un día con escarcha.

Los vecinos dispusieron ramas de olivo encima del ataúd en el funeral. El olor verde se combinó con el incienso de la iglesia pequeña. Elena se quedó sola al final, después de que todos los demás se habían marchado. Se dirigió a El Patriarca caminando. El olivo anciano continuaba en pie, pero una porción de sus raíces se asomaba a través del terreno erosionado, oscurecidas debido al exceso de agua y al arrastre.
Se hincó a su lado, acarició la corteza rugosa y, por un momento, tuvo la sensación de que algo muy sutil, semejante a un corazón cansado, palpitaba bajo su mano. Extrajo una botellita pequeña de aceite de la última cosecha de su bolso y echó algunas gotas sobre la base del tronco.
—Por ti, y por todos los que todavía luchan —murmuró.

Elena escribió su último informe esa noche. Concluía con una frase que sintetizaba su desvelo: «No heredamos la tierra de nuestros padres; la recibimos en préstamo de nuestros hijos». El olivar no es eterno. «Escuchemos el silencio de sus raíces antes de que no haya nada más que escuchar». 
Le mandó el documento a Carlos. No obtuvo una respuesta.
Al día siguiente, al amanecer, subió al tren para regresar a la ciudad. Observó el mar de olivos bajo la tenue luz desde la ventanilla. Lo que antes se creía inmutable, ahora parecía quebradizo, casi imaginario. Las filas organizadas de árboles le evocaron un ejército cansado.

Pensó en los turistas que continuaban arribando, persuadidos de poder llevarse una botella de aceite con un pedazo de eternidad. Reflexionó acerca de los agricultores que batallaban todos los años con la sequía y con los precios desleales. Pensó en el niño que cuestionó si los olivos tenían miedo, en don Isidro y en el gorrión que no logró resistir la tormenta.
Al empezar a salir el sol, un fulgor dorado cubrió las hojas y, por un momento, todo el paisaje pareció brillar. Elena cerró los ojos y pensó que oía un rumor distante, un murmullo que no provenía del tren ni del viento, sino de las raíces subterráneas que seguían respirando.

Entonces supo que regresaría. No como observadora de la lenta ruina ni como guía para visitantes, sino como guardiana del paisaje, de su memoria y de su porvenir. A pesar de que nadie oía todavía, ella había comprendido que el silencio de las raíces es, en efecto, una invitación.

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