253. Inolvidable

Manuela Cámara Peragón

 

Al principio nadie lo creyó. La farmacia Sánchez, en Jaén, anunció que había logrado convertir aceite de oliva en «memoria líquida»: una sustancia que, untada sobre la piel, fijaba cualquier experiencia para siempre. Bastaba una gota en la frente para que ningún detalle se borrara: contraseñas, rostros, fechas, palabras exactas. La noticia se propagó.

 

En meses, la farmacia vendía frascos diminutos con etiquetas verdes y doradas. Los padres los usaban para que sus hijos recordaran las lecciones; los jueces para que testigos no olvidaran; los amantes para que la pasión no se diluyera. La ciudad se transformó. La gente dejó de escribir, de fotografiar, de pedir perdón: nada se perdía, nada se borraba.

 

Pronto llegaron las consecuencias: Discusiones interminables porque cada palabra quedaba registrada. Reconciliaciones imposibles. Los niños no superaban traumas. Nadie quería dormir, temían soñar y recordar para siempre. La ciudad se llenó de memorias perfectas y personas agotadas.

 

Tras el puente de agosto la farmacia cerró. Al forzar la puerta una noche, sobre el mostrador encontraron un cuenco vacío y una nota aceitosa: “El olvido es también un derecho”. Desde entonces, el aceite vuelve a ser solo aceite. Pero nadie que lo probó olvida lo que ocurrió.

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