251. La última linde

Rosario Lara Vega

 

La finca del Malcasao tenía la misma extensión que la rotonda de entrada al pueblo. Era un solar de arcilla seca y agrietada por la sequía, una piel cuarteada, donde lo único que crecía eran malas hierbas entre los olivos. Todas las cosas que le importaban, como su perro Canelo, se encontraban allí. Era su pequeño paraíso, el de su juventud: algo retirado, silencioso, como el fondo de un pozo seco.

 

Manuel se sentó en el suelo, mirando hacia el cielo, con las piernas cruzadas sobre ellas mismas. El anciano era grande, ancho y robusto, con surcos retorcidos en la piel, como la corteza de una encina. Acarició la cabeza de Canelo con sus manos, callosas y arrugadas, que colgaban desafiantes de unas extremidades nudosas. El animal lo miró con ojos cansados. Su pelo, que en otro tiempo fue negro brillante, se había vuelto canoso y lleno de amarilleces.

 

—Maldita modernidad —masculló, mientras sacaba un paquete de cigarrillos del bolsillo de la camisa. Encendió uno y le dio una profunda calada, provocando una tozuda tos bajo la humareda del pitillo. Escupió, con la mirada puesta en el horizonte, volvió a colocarse el cigarro en los labios y estiró las piernas para estar más cómodo. El progreso, pensó, era una enfermedad extraña que se extendía sin piedad, devorando todo a su paso: el olivar, las almazaras, el verdeo. Una plaga silenciosa.

 

Dirigió su mirada hacia el camino, donde no había nadie. Recordó las cuadrillas de temporeros que solían circundar su propiedad, a pie o montados en mulas, el eco de los cantes, los cascos de las recuas. Ahora, en cambio, era extraño ver a alguien por los alrededores. El camino estaba vacío, como un arroyo que se hubiera secado. El humo del cigarro le rajó los pensamientos y sintió que la mala leche le volvía a consumir.

 

Observó la campiña mientras recorría con la mirada su silueta. A pocos metros, un olivar abandonado alzaba sus troncos, testigos de un desprecio que dolía en el alma. Más allá, el terreno se había transmutado en un mar de espejos, anclados como lápidas. El horizonte se había perdido; en su lugar, las chapas abrían hendiduras en las mismas entrañas del suelo. Una multitud de placas solares acuchillaba los terrones, y un segundo cielo de chapa y cristal había suplantado a los troncos. Los olivos habían sido arrancados; solo quedaba silencio, eso que se escucha cuando la vida se ha agotado. Se preguntó si merecía la pena aquel panorama desolador. La tierra se ondulaba bajo el calor que desprendía su manto, erosionado hasta un gris metalizado.

 

Canelo buscó de nuevo las manos del viejo y, aunque no le acarició, movió el rabo en señal de alegría. Estaba junto a su dueño y eso le bastaba. Le lamió una mano con la misma ternura de siempre.

 

El tiempo pasaba lento y, aunque nadie lo esperaba en casa, Manuel notó la soledad de los años. Desde que tuvo uso de razón, había acompañado a su padre a trabajar en aquel olivar. Allí había aprendido todo lo que sabía. No conocía nada más allá de su linde.

Ni siquiera había imaginado una vida diferente a la que tenía, lejos de aquel lugar. Pensó en su madre. La imaginó en el campo, con las gallinas, recogiendo aceituna. Recreó la imagen de aquella mujer diminuta y enjuta, enlutada más de la mitad de su vida, lejana en el pasado, con ese punto de pena y desconsuelo que despiertan los seres desgraciados.

 

A ella le hubiera gustado casarse de blanco, con tacones y medias finas, pero la escasez económica truncó toda posibilidad. Su nueva vida pronto se convirtió en un infierno. Acató el fatalismo de su matrimonio y se volvió invisible para todos. Dejó de usar la vida, con aceptación, ocultando sus miedos, como si el silencio sanara sus heridas. Él nunca la vio llorar. Se volvió testigo de su propia destrucción. En su inocencia de niño, creyó que el silencio era un lenguaje sin palabras. Sonrió, resignado, y se permitió un instante de ternura. Se levantó con esfuerzo, los huesos de las rodillas le crujieron, y un pequeño latigazo recorrió sus corvas.

 

Se encaminó hacia el cobertizo, que se alzaba en un extremo del terreno. Dentro, docenas de herramientas se acumulaban en una esquina, oxidadas y melladas en algunas de sus caras. Sobre un montón de sogas deshilachadas encontró un viejo azadón. Lo agarró entre sus manos y sintió la costura de una enconada cicatriz. Una herida no visible, profunda, adherida a la piel desde aquella noche en la que silenció la vida de su progenitor. Aquel hombre, violento y cruel, marcó su infancia. Nadie en el pueblo se preocupó por su desaparición. Un silencio acordado fue la respuesta a su impunidad. No hubo testigos, salvo su propia madre, quien no fue capaz de volver a mirar su cara. Se acostumbró a ello. Había vivido y sentido el rechazo durante mucho tiempo; se lo impuso como una especie de penitencia, de castigo, y ahora, cuando todo se perdona, la culpa seguía persiguiéndole.

 

Una lluvia perezosa despertó el tono amarillento de la tierra, despacio, al tiempo que el cielo se cubría de nubes pasajeras. Ese aroma le gustaba; el olor de la tierra mojada despertó en Manuel cierto placer.

 

De repente, Canelo, que hasta entonces había permanecido quieto junto a él, levantó las orejas y gruñó. El pelaje de su lomo se erizó y comenzó a ladrar con desesperación.

 

—¿Qué pasa, muchacho?  —murmuró, mientras miraba a su alrededor.

 

El ladrido resonó en la finca. El anciano entornó los ojos y escrutó con dificultad las lindes del terreno. Entre las placas solares, dos hombres caminaban despacio, con la torpeza de quien pisa por primera vez una tierra yerma. Intuyó un mal augurio, uno de esos presagios que te asaltan a punto de despertar.

 

—¿Quién será ahora? —masculló con aspereza.

 

Los desconocidos avanzaban hacia él. Uno de ellos, el más corpulento, consultaba el móvil, como si necesitara orientarse en aquel terreno inhóspito.

 

Canelo, nervioso, dejó escapar un gruñido.

 

—Tranquilo —dijo Manuel, sin quitarle la vista a los intrusos.

 

Cuando estaban cerca, el más fornido agitó la mano en señal de saludo.

 

—¡Buenos días! ¿Es Don Manuel Madueño?

 

El viejo asintió, con un brillo de desconfianza en su rostro. La pregunta sonó a formalidad, a una especie de ritual que ya se sabía de memoria.

—Somos de la empresa fotovoltaica que gestiona esa finca. Queríamos hablar con usted.

 

Manuel permaneció callado, inmóvil, indiferente a la presencia de los recién llegados. Uno de ellos, el que parecía más joven, se acercó, justo a su lado, y le extendió un sobre. El anciano lo cogió, con desgana, y lo miró sin abrirlo. Sabía lo que era; llevaba semanas oyendo hablar de ello en la taberna que frecuentaba. El sobre era una oferta, una rendición. Y él no estaba dispuesto a rendirse.

 

— Mi propiedad no está en venta—gruñó mientras devolvía el sobre —. Ya les he dicho que no venderé.

 

— Debería volver a planteárselo— respondió el joven con una sonrisa conciliadora —.

 

La empresa ha adquirido todas las parcelas colindantes y su finca es la única que queda fuera del proyecto.

 

— Y así seguirá mientras pueda sostenerme sobre estas piernas— recriminó el viejo, con exasperación.

 

— Señor Madueño— insistió el otro —, entendemos que lleva aquí toda la vida, pero las cosas cambian. Ya sabe… las renovables son el futuro.

 

—¿Futuro? ¿Tú sabes qué era eso antes de que llegarais con vuestros espejos? — preguntó mientras con un gesto de la mano abarcaba toda la extensión de placas solares —. Ahí estaba el futuro, había muleros, jornaleros. Ahora solo hay tierra estéril, un desierto de cristal. No hay nada.

 

Los hombres se miraron entre sí, incómodos.

 

— La oferta es justa, bastante generosa. Si no vende, pronto podría enfrentarse a una expropiación. La ley nos ampara en estos casos, por el interés público.

 

El anciano sintió un nudo en el estómago. Sabía que aquellos parques fotovoltaicos eran fruto de la especulación: empresas que captaban subvenciones, arrendaban hectáreas a bajo precio y, cuando dejaban de ser rentables, abandonaban las instalaciones dejando la tierra muerta.

 

— Coge el dinero y vete, ¿verdad? — murmuró—. Pero, ¿y los que nos quedamos? ¿Los que tenemos aquí nuestros muertos y nuestros recuerdos?

 

Frunció el ceño. Conocía el impacto de los paneles en la tierra: su sombra perpetua y el uso de los herbicidas la volvían estéril. Con el paso del tiempo, ni siquiera las malas hierbas enraizaban en aquellos lugares. La energía verde acababa con el campo, lo asfixiaba lentamente.

 

Uno de los técnicos suspiró.

 

—Tómese el tiempo que necesite para pensarlo, pero no demasiado.

 

La amenaza estaba implícita, un nudo corredizo se deslizó en aquella advertencia.

 

Manuel se agachó y acarició la cabeza del perro mientras los técnicos se alejaban por el sendero. La rabia y la impotencia lo consumían; detrás de aquellas especulaciones estaban las administraciones, insensibles al impacto que sus licencias provocaban en la comunidad. Miró a su alrededor. Había perdido muchas cosas a lo largo de su vida, pero esta vez no iba a ceder. Mientras le quedaran fuerzas, les plantaría cara.

 

Una brisa cálida se alzó, envolviendo de polvo los paneles. Elevó la vista hacia el cielo, esperando una tormenta, pero esta no vino de las nubes. Al instante, vio las primeras llamas. El viejo cobertizo, construido en madera, se consumía bajo ellas. El anciano fijó la mirada en sus dedos. ¿Había tirado el cigarro sin darse cuenta? ¿O alguien lo hizo?

El fuego se extendió mientras los hombres gritaban su nombre. Él apenas los escuchó, se agachó y tomó un puñado de tierra seca entre sus dedos.

 

—Este es mi lugar—susurró.

 

Poco después, el fuego había alcanzado los primeros paneles solares.

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