250. El ruido de la moto

Pepito Leonardo

 

Mamá se ponía muy nerviosa cuando eran las dos de la tarde y papá no había regresado de la viña. El campo distaba unos cinco kilómetros de Basilipo y hacía el recorrido en moto. Desde que se jubiló este era su entretenimiento diario. Aunque le decíamos la “viña”, no solo producía uvas, sino que también sembraba patatas, tomates y otros productos de la huerta. Incluso nos daba unas brevas buenísimas en verano y, por supuesto, al ser nuestro pueblo el principal productor del mundo de aceitunas de mesa (especialmente de las variedades de manzanilla y gordales) no podían faltar los olivos. La pequeña finca albergaba once estacas.

El mimo que ponía en su cuidado se hacía extensivo a todos los productos, y para ello hizo un esfuerzo ingente, titánico y descomunal para construir un pozo. Le llevó muchos meses su ejecución, y lo realizó solo, sin ayuda de nadie y con unos instrumentos de lo más primario. Y lo importante es que lo consiguió. Se sentía muy orgulloso de su obra y cada vez que alguien iba allí se lo enseñaba, explicándole cómo lo había logrado.

La terminación del pozo le permitió construir un sistema de goteo que abarcaba toda la viña y todos los productos que se cultivaban. Había tubos y grifos en toda la parcela. El índice pluviométrico de Basilipo corresponde al clima mediterráneo continental y no siempre las lluvias se portan igual todas las épocas. Años anteriores, antes del pozo, y cuando la lluvia no era muy agraciada las uvas se resentían. Estaban escuchimizadas y con un tamaño por debajo del normal. Es verdad que en la linde de la viña había un riachuelo y a veces con cubos de agua remediaba un poco la catástrofe climática, pero no era lo mismo que ahora, con su sistema de riego personalizado.

Él no distinguía entre unos productos y otros. Para él todos eran importantes, pero hay que reconocer que las estacas de olivos eran su ojito derecho. Y, no hay que esconderlo, también le traían por la calle de la amargura. Para que en el otoño pudiese ver los olivos cargados y, amén de dejar un retén para preparar aceitunas en casa, poder llevar estas al molino o a las fábricas de aceitunas de la localidad, había detrás un trabajo arduo, meticuloso y no exento de dificultades. Era tal el cariño que les tenía, que en muchas ocasiones se abrazaba a ellos, uno a uno, para insuflarles su amor.

Hacer las cabecillas a los olivos era fundamental. Aquí se esmeraba de lo lindo. No se conformaba con ir arrancado las hierbas a mansalva, sino que usaba un cuchillo muy afilado para que aquellas que se resistían al estirón pudiesen ser doblegadas. Lo mismo le ocurría con el desvareto. Como las estacas eran un poco viejas, esto hacía que la poda de las varetas le requiriese más tiempo. No se trataba de un trabajo muy difícil, ya que en esta parte del año solo tenía que retirar las que molestaban y no aportaban ya nada a este árbol de la familia de las oleáceas.

Sin embargo, para el limpiado de los olivos tenía que pedir ayuda. Aquí se necesitaba una persona experta en la materia para que todo quedase listo y los olivos presentasen una cantidad importante de aceitunas para finales de octubre o principio de noviembre. A veces, algún amigo, que conocía bien el tema, si tenía tiempo, le ayudaba, pero en otras ocasiones si estaba muy ocupado tenía que recurrir a un profesional de pago. Aunque no era muy grande el precio a pagar, si echaba los cálculos el tener esas once estacas no le traía cuenta. Solo, cuando los olivos estaban muy cargados en la temporada de recogida, podía decir que le salía lo comido por lo servido.

No obstante, en el caso de mi padre eso era lo de menos. Los ingresos familiares en general nos permitían ese lujo, porque más importante que sacarles rentabilidad a los olivos era el hecho de que él estuviese entretenido, que cada mañana, al levantarse, no tuviese que decir aquello de y hoy qué hago.

El ruido de la moto nos quitaba la angustia de saber por qué papá aún no había llegado, cuando, si no ocurría algo extraordinario, a eso de las dos menos cuarto ya solía estar en casa. Mientras mamá, después de santiguarse mil veces, empezaba a preparar la mesa, cualquiera de nosotros le ayudábamos a subir la moto por los dos escalones que tenía nuestro dintel. Antes nada. Mamá no concebía que empezásemos a comer si la moto aún no había rugido.

Pero aquel veinticuatro de marzo, ni a las dos menos cuarto, ni a las dos y media ni a las tres se había escuchado ningún ruido. Mamá y todos nosotros estábamos desesperados. La pregunta qué habrá pasado sobrevolaba nuestras cabezas. No sé cuántas veces mi madre se asomó a la puerta, le rezaba al Cristo de la Flagelación, cuya vidriera daba enfrente de mi habitación, y esperaba, como un milagro, que mientras hacía sus oraciones se oyera en lontananza algún ruido, ya conocido por todos, de que papá estaba a punto de asomar su cabeza, su casco y su moto.

Como ninguno sabíamos conducir, lo primero que se nos ocurrió era llegarnos al cuartel de la guardia civil y dar el aviso. Estuvimos pensándolo más de diez minutos y en ese momento papá apareció, como si nada, con su moto en ristre.

-¡Por Dios!, ¿qué te ha pasado, que nos tenías con el corazón en un puño? -le espetó nuestra madre.

-Pero, ¿qué hora es? -preguntó él.

-Las tres y media -intervine yo.

-Nada, que me he entretenido dándole un repaso a los olivos y regando los tomates y las lechugas, que se me ha ido el santo al cielo.

-Y el reloj, ¿no te ha dado por mirarlo? -preguntó mamá.

-¿El reloj? ¿Qué reloj? Yo no tengo reloj. Yo calculo la hora al cálculo. -dijo, haciendo un juego de palabras.

De mi época cuando estuve trabajando de traductor en Nueva York, en Naciones Unidas, le había traído un reloj igual al que yo portaba habitualmente. Un Casio, que tuve que lidiar su precio con un latino, creo que de la República Dominicana, y que se ufanaba de que había mantenido un regateo con un español de España.

-Claro, si soy español, ¿de dónde voy a ser? -le dije en un tono un poco agrio e insolente.

Con el calor de septiembre, todavía quedaba un poco del rayito del sol, pero la sombra de la tórtola menguaba más deprisa. La brisa de las siete de la tarde refrescaba nuestras sienes, ya compungidas de tanto darle vueltas a la cabeza. Los terrones estaban algo secos, ya que la lluvia no había sido muy generosa hasta entonces, y el sistema de regadío tampoco funcionaba. La larga sequía desde el mes de junio había dejado casi seco al pozo. Unos verderones pasaron con celeridad, dejando un pequeño aleteo que nos hizo despertar de nuestra ensoñación. A lo lejos, un pastor daba voces a las cabras para que no se dispersasen por la carretera hacia Basilipo. De pronto, la quietud se apoderó de nuestra viña. Ni rastro de mi padre. La moto estaba en la entrada de la viña, como siempre.

Allí nos acompañaba un retén de la guardia civil y otro de la policía local. Estos se trajeron perros adiestrados que con solo oler algún objeto de la víctima eran capaces de localizarla en un santiamén. A veces las linternas no emitían la luz suficiente para iluminar la viña y se hacía complicado reconocer cada rincón de la finca. La luz iba menguando y la búsqueda se hacía desesperante, sin ningún resultado. Los perros, a los que se les había acercado al hocico varios pañuelos de papá, no obtenían aún éxito en su pesquisa.

No quisimos que mamá nos acompañase. Cada quince o veinte minutos la llamábamos con los celulares al teléfono fijo, el único que ella podía manejar sin equivocación. La acompañaba su hermana y el único hermano soltero que le quedaba. Para calmarla, mi tía le preparaba de vez en cuando una infusión con manzanilla, menta poleo y tila. Oíamos sus sorbos desfallecidos cuando le comunicábamos cómo iba la búsqueda. Las lágrimas no las veíamos, pero sí oíamos sus suspiros de dolor.

Una lechuza apareció en el cénit. El cielo quedó sobrepasado por su canto. Este era triste y no presagiaba nada bueno. Un estertor galvánico recorrió mi cuerpo y el de mis hermanos. Los cuerpos de seguridad del Estado, como profesionales que eran, se conmovieron menos. Todo se estaba tiñendo de negro, como la noche oscura que se presentaba ante nosotros hablándonos en susurros de que nos preparásemos para lo peor. La lechuza volvió a ulular y su canto se asoció aún más a la tristeza que nos embargaba y a los lamentos que estaría emitiendo mi madre en esos momentos.

Al final, todos, como un resorte, fijamos la vista donde la lechuza se había depositado, en la copa de uno de los olivos, a cuatro metros desde donde estábamos. Al pie del olivo, no sé cómo antes ninguno de nosotros nos habíamos dado cuenta, se encontraba esparcido, medio enterrado, el banco para recoger las aceitunas. Hacia lo alto enfocaron todas las linternas disponibles.

Papá se mostraba colgado del árbol y con la aguja del reloj Casio clavada en la yugular. Un chorrito de orina le corría por la entrepierna.

 

 

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