25. La orza de aceitunas rajadas
La Viña era una finca familiar con más de mil olivos heredada por la dote que recibió en el matrimonio al casarse con Clotilde, la primogénita de Sebastián Orellaba.
Clotilde era muy joven y hermosa, quizá demasiado, el día en el que se casó con él, y lo hizo, más que por enamoramiento, por no contradecir a sus padres, tan exigentes con las tradiciones y el qué dirán. Les profesaba, además de un profundo respeto, un intenso y verdadero cariño. Tenía los labios dibujados en un rojo apasionado, y la mirada ámbar de sus ojos reflejaba todo un mundo por explorar. Millones de hilos de seda dorada le cubrían la cabeza y ella se los peinaba primorosamente en una trenza recogida. Las manos, sus manos, mariposas en continuo vuelo que acariciaban con finura todo cuanto podían tocar.
Desde que nació, Clotilde tuvo cierta propensión a padecer vahídos y percibir en sus venas que se le aceleraban los impulsos del corazón sin motivo aparente. Donde más se le notaba era en la sien derecha, en la que la vena que la cruzaba vibraba con tal intensidad que parecía que se le iba a reventar.
Por esa razón el médico, de tanto visitar la casa, se había hecho uno más de la familia ya que se pasaba día sí y día no atendiendo a Clotilde a petición de Sebastián, que no la dejaba de observar ni un segundo, temiendo constantemente que le fuera a ocurrir algo malo, que se le fuera a parar de repente la sangre y dejara de vivir. Y eso Sebastián, el padre de Clotilde, no lo podría soportar después de haber perdido a su otra hija, a Juana, tan joven y tan hermosa, cuyo recuerdo le flagelaba y le corroía el alma. Temía en sus adentros que Clotilde, la única hija que le quedaba, hubiera heredado la mortal enfermedad que dejó sin vida a su otra hija, a Juana. Por eso había intimado tanto con el médico, para tenerlo siempre dispuesto ante cualquier atisbo del más mínimo malestar.
Los serones de esparto los jornaleros los traían cargados en los tres burros que José, el capataz y encargado de la finca, había conseguido prestados el día anterior en un trato en la barra del bar El Aguilucho mientras tomaba, entre las volutas de humo espeso de los cigarros de tabaco negro, unos chatos con otros labriegos a los que les prometió compensar el préstamo de los animales con algún contrato temporal en la finca cuando llegara el momento de necesitar manos para la recolección de la aceituna.
Las siete orzas –Clotilde, profundamente religiosa, tenía verdadera obsesión con el número siete al que consideraba sagrado– ya estaban preparadas en el patio, a la sombra fresca de la parra, para recibir los frutos negros del campo que acababan de llegar. Una vez llenas y aliñadas pasarían a la bodega los días precisos y necesarios antes de que se pudieran comer.
Al descargar los serones en la puerta de la casa, el aroma profundo de la tierra preñada de olivares viejos inundó, en un repentino abrazo generoso, todas las estancias y llegó a la sala principal, en la que se encontraba Clotilde ensimismada en el bordado de un pañuelo que quería regalar a la Virgen de los Dolores por el día de su festividad. Era un pañuelo de hilo finísimo de Holanda y le estaba bordando unas lágrimas en forma de aceitunas diminutas con hilo de plata alrededor de un sol, bordado también en oro viejo, que desprendía un resplandor inusual.
A Clotilde, con los sentidos expectantes, le dio un vuelco el corazón al oír entre las voces una más profunda y sonora, la de José, el capataz y encargado de la finca. Sí, le dio un vuelco el corazón sin poderlo evitar y eso que el médico le había prohibido llevarse emociones fuertes.
El médico, don Fructuoso –tenía un nombre que nadie podía pronunciar sin que se le pintara una sonrisa picarona en los ojos–, era un hombre sombrío, con cara de supositorio (como si los supositorios tuvieran cara) y de pocas palabras que a Clotilde nunca le gustó porque estaba pendiente de ella en cada movimiento, pero como era el único médico que había en la comarca y además muy amigo de su padre, no tenía más remedio que aguantar su mala cara puntiaguda, sus consejos, y tomarse sin rechistar sus medicinas porque de lo contrario se enteraría de inmediato Alonso, su marido, y éste tenía muy mal enfadar.
José, el capataz, era un joven alto y musculoso, de ojos profundamente verdes, como si tuviera prisioneros en sus pupilas todos los olivos de la tierra que trabajaba sin descanso.
Siempre olía a campo.
Le sonreía la vida y él, generoso, se pasaba los días canturreando, sin letra precisa, canciones de amor. Estaba asalariado cuidando las tierras de Alonso. Lo contrató junto con otros jornaleros a los pocos días de recibir la herencia de la finca por el matrimonio que contrajo con Clotilde, y estaba muy contento con él porque le era fiel y leal.
La casa era grande, con habitaciones espaciosas y muy bien iluminadas. Tenía, además de las habitaciones, bodega, dos cámaras, patio, tres cuadras y un corral en el que las gallinas, con su habitual algarabía, disfrutaban llenándolo de colores con la música incansable de sus cacareos. «Menos mal –pensaba Clotilde a menudo– que tengo otras manos que me ayuden con tanto quehacer diario, que yo sola no podría ni hacer la mitad».
José, el capataz, mientras Clotilde pensaba en la fortuna de haber nacido en una familia bien situada, continuaba dando órdenes a los que iban con él para que no se perdiera ni una sola de las aceitunas que traía, tesoro tan sagrado en aquella tierra bendecida. Uno de los burros, nervioso, seguramente en celo, empezó a rebuznar de una manera que daba lástima el pobre animal y, ante su agitación, José temía que echara por tierra la preciada carga que llevaba. De ahí su afán por descargar deprisa los serones.
Clotilde, protegida por los visillos que cubrían los cristales, espiaba a escondidas y rebosaba su pecho de una felicidad reconocida pues siempre que tenía cerca a José sentía el mismo desasosegado placer. Con la respiración agitada, la gargantilla de aguamarinas que lucía en el cuello estaba a punto de estallar amenazando con llenar el suelo con sus lágrimas azules.
El canario, de un amarillo chillón, en su jaula siempre reluciente, colgada de una viga en un rincón del portal, cerca de la puerta entreabierta, ante tanto ruido de voces y rebuznos, no paraba de cantar haciendo malabarismos imposibles con sus trinos y gorjeos.
Daba la impresión de que él también se estaba empezando a enamorar.
A lo lejos, en el corral, el gallo, altivo y altanero, dueño y señor de su harén, presumía cortejando a las gallinas –habría unas cuarenta o más– lanzando triunfales kikirikís, que mostraban a todos su arrogante autoridad.
José miró hacia la ventana como si tuviera el presentimiento de que alguien lo observaba y Clotilde se sintió morir ahogada de calor al ver aquella mirada esmeralda buscando la suya ambarina. El canario, más amarillo si cabe, no paraba en su trinar. Clotilde se tuvo que sujetar apoyando sus manos en la pared para no caer al suelo y delatar su presencia furtiva ante el incipiente desmayo que dejaba sin sangre su cabeza, porque toda ella era ahora corazón latiendo al galope de mil caballos desbocados.
Pero la vino a salvar la llamada apresurada de uno de los que estaban terminando de descargar el último de los serones.
–José, venga, que ya hemos terminado. Vamos a darnos prisa y devolvemos estos burros a su corral, que se pasan las horas y yo ya estoy cansado de toda la faena del día –le reclamó el más joven, un mozalbete al que le empezaba a despuntar un ejército peludo sobre el labio superior.
–Vamos, hombre, que todavía nos queda un rato de luz y da tiempo a pasarnos por el bar y tomarnos unos chatos –insistió el más mayor, al que le decían de mote “Antonio, el Cicatriz”, seguramente por la marca que le atravesaba de arriba abajo la mejilla derecha–. Vamos, hombre, que aquí ya no nos queda por hacer ná.
–Vete tú delante, que tengo que darle cuentas a don Alonso, y ya sabes que no le gusta dejar para mañana lo de anotar en su libreta los jornales de hoy –le contestó José con pocas ganas sin dejar de mirar a la ventana.
Clotilde estaba a punto de dejar de suspirar pensando que aquel hombre podía entrar a su casa de un momento a otro.
Se pasó, en un acto reflejo, la mano por la cabeza para arreglarse el pelo y arrancarse de la frente los negros presagios que le apretaban las sienes, y salió de la habitación como alma despavorida buscando refugio en la cocina para aparentar que estaba ocupada en encender una lumbre que justificara su afán.
Sin embargo, en su azoramiento, no supo o no pudo encontrar las cerillas, y la leña se quedó sin prender. Por eso se sentó en la única silla que había en aquella cocina recogida y luminosa. Sintió una punzada de dolor en el centro de la frente y un ahogo en la boca del estómago que la dejó sin respiración.
Alguien estaba llamando en el llamador de bronce –una mano cerrada de la que solo sobresalían los nudillos relucientes– de la puerta de madera labrada de la entrada de la casa. Y una voz reconocida, la voz infinita y poderosa de José, el capataz, reclamando a Alonso, el marido de Clotilde y dueño y señor de aquella casa, siempre ausente del hogar.
Alonso no estaba y era ella la que tendría que abrir y atender la llamada de José.
Pero sus piernas no le respondían y su corazón se llenaba de sangre, glóbulos de colores, blancos, rojos, invisibles, entrando en tropel por unas arterias diminutas a punto de colapsar. No podía moverse de su sitio, estaba como anclada a aquella silla maldita que le aprisionaba sin piedad. Sintió que la sangre se le espesaba y todo su cuerpo se le quedaba atrapado en una densidad parecida a la densidad del aceite.
–Señor, don Alonso, las aceitunas ya están descargadas y listas para llevarlas a donde nos diga –la voz portentosa se coló por la puerta entreabierta y llenó de luz toda la casa.
Sin embargo nadie contestó, no hubo respuesta a su petición. Después de unos minutos de silencio total, el eco se diluyó escaleras arriba buscando un interlocutor.
Ya iba José a cerrar la puerta cuando desde el fondo de la casa creyó oír la voz de la señora, como él la solía llamar, pronunciando con dulzura su nombre.
–José, no te vayas, que ahora mismo salgo para atenderte –las palabras, apenas pronunciadas, se le clavaron en las pupilas.
Los minutos, antes eternos, ahora se atropellaron en un torbellino del tiempo atemporal, con el ansia en la garganta de poder ver y sentir cerca a aquella mujer por la que suspiraba en sus entresueños más profundos, en esos instantes en los que se puede pecar de placer sin sentir la culpa hiriente de tocar lo prohibido.
Así, en esa espera inmediata, apareció Clotilde con su andar vacilante para sacarlo del ensimismamiento y forzarlo a enfrentarse a una realidad tantas veces imaginada.
–Pasa, hombre, no te quedes parado ahí en el portal, pasa y siéntate aquí en el sillón, que yo me sentaré en el otro frente a ti –lo invitó a entrar con un gesto de la mano que a José le resultó sugerentemente sugestivo–. ¿Te preparo algo para que te refresques? Mi marido, Alonso, va a tardar bastante en regresar y mi padre tampoco está.
A José se le pararon los pulsos en las venas. Para disimular, desvió la mirada al reloj que llevaba en la muñeca derecha como queriendo ver la hora y palideció. Las manecillas del reloj hacía unos minutos que también habían dejado de girar. Intuyó que era una señal de los dioses. Se puso primero amarillo, después, como una exageración de la naturaleza, pasó al morado casi negro, el mismo color de las aceitunas que acababa de descargar, y se echó a sudar. Y a Clotilde, escondida detrás del ámbar de sus ojos, no le pasaron desapercibidos esos cambios de color.
Entró como de puntillas, no fuera a ser que el ruido de sus pisadas enturbiara el encanto mágico del encuentro tantas veces soñado en las veredas del olivar, y sus ojos verde aceituna brillaban como lo hacen los luceros en las noches oscuras de los meses de calor.
El canario, con el color subido, parecía que se iba a asfixiar con los trinos sostenidos sin pararse ni un instante a respirar. Era un aviso, pero ellos, en su arrobada felicidad, no supieron comprender por qué el animal se empeñaba a cantar lo más fuerte que podía.
Clotilde se dejó desvanecer en el aire y, al simular caer, apoyada en el brazo del sillón, unas manos fuertes, poderosas, diligentes, la vinieron a coger antes de que el cuerpo terminara de derrumbarse sobre el asiento tapizado en verde agua del acogedor sillón.
El aire olía a aceite negro, el mismo olor que emanaba de las orzas destapadas a la espera de recibir las aceitunas, negras también, que en su interior, en silencio, se debían macerar.
José se apresuró a apretar contra su cuerpo el de Clotilde, desmayado y ausente, para que no llegara a dañarse y sintió su corazón galopando por las eternas llanuras del placer tan soñado.
Así, abrazados los dos en ese instante buscado, no fueron capaces de oír el silencio prematuro del interior de la jaula que, como una premonición, anunciaba un desvarío –el canario, ahora de un amarillo pálido, acurrucado en un rincón, había dejado de cantar.
Voces confusas se colaron de repente en el zaguán provocando un sobresalto en el corazón malherido de amor profundo de Clotilde.
Nadie esperaba que fuera Alonso quien entrara en el portal, y mucho menos que viniera acompañado de Sebastián, su suegro. Discutían acalorados sobre la última cosecha del olivar.
Clotilde, en su desmayo fingido, arrancó en llanto desconsolado. José, el capataz enamorado, no supo qué contestar.
Las miradas se cruzaron entre todos los presentes hiriendo el aire como cuchillos. No hubo palabras, solo un portazo descomunal.
*** *** ***
Clotilde no volvió a pisar la calle, ni siquiera pudo asomarse por detrás de los cristales de las ventanas, que desde ese día permanecieron cerradas.
Desde ese funesto día, el único día de su vida en el que sintió de verdad el amor, la única luz que le estuvo permitido ver fue desde el patio de la casa rodeado por las tapias del corral.
Y así, resignada, se encerró en sus aficiones. Bordar pañuelos y paños para el altar mayor de la iglesia, y rajar aceitunas negras para llenar las orzas de la bodega. Cada lágrima, una aceituna más.
José desapareció y no se le volvió a ver nunca más. Su nombre, maldecido por Alonso, nadie en la casa lo quiso volver a pronunciar.
Sebastián se murió con el corazón ahogado entre la pena y la tortura a poco de la tragedia.
Ahora Clotilde, envejecida y ausente, tiene manchadas las manos y huele siempre a aceite de tanto rajar aceitunas negras y ponerlas en las orzas para macerar, y los ojos los tiene pintados con el tornasol dorado de la siesta en el olivar de tanto mirar por encima de la tapia por ver si en la lejanía, entre los surcos polvorientos y los troncos arrugados de los olivos viejos, pudiera volver a ver a su José de su alma, al que jamás nunca nadie le pudo hacer olvidar.
Desde hace meses yo voy a verla para darle la comunión y algo de consuelo, pero apenas me habla. Me da pena verla así, tan aislada, tan ausente. Lleva semanas sin quererse confesar porque dice que hace mucho que su alma ya dejó de pecar. Se limita a suspirar y a canturrear canciones sin letra definida. Alguna vez deja de cantar y me mira como si estuviera iluminada para decirme: «Esta me la cantaba mi José». Y en su mirada acuosa percibo que ella sabe que yo conozco todos sus afanes y desvaríos, que ella sabe –y su intuición no la engaña– que Alonso ha ido desahogando en el confesionario todo su dolor y rabia cada domingo antes de la misa mayor para descargar sus culpas, las propias y las ajenas, y poder recibir libre de pecado la comunión y que ha sido él, Alonso, quien me pidió hace tiempo que venga a visitarla y darle la comunión.
Y entonces, como si ella se compadeciera de mí, saca de la orza que siempre tiene a su lado un cazo repleto de aceitunas negras y de lágrimas oscuras y me da a probar sus tesoros negros, como ella las llama, y un pedazo de pan con aceite.
Yo cojo y me llevo a la boca alguna por mostrar agradecimiento y, cuando voy a dejar el hueso en el plato, se me queda mirando con ternura para después susurrar: «Otra lágrima que se va. Ya me quedan menos para dejar de llorar».



