247. El último abrazo

Azucena Fernández Alba

 

Hoy sí que estás torcido, viejo amigo. Como yo, que ya ni el bastón me endereza. Te miro y me parece que te encoges, que te haces sombra a ti mismo. O será que me estoy achicando yo, que ya no me queda ni voz para gritarles a las nietas que no se suban a tus ramas.

Me he sentado aquí como tantas veces, pero esta vez es distinto. Hoy no vengo a descansar. Hoy vengo a despedirme. No sé si de ti, o de mí. Quizá de los dos.

¿Te acuerdas de cuando me escondía entre tus raíces para que no me llevaran? Tenía dieciséis años y más miedo que hambre, que ya es decir. Me tocó el bando de los rojos, como quien saca la papeleta equivocada en la tómbola. No entendía nada, solo sabía que Ángela, mi novia de entonces, me había dado un beso en la mejilla y me había dicho “vuelve pronto”. Y yo me fui sin saber si volvería.

Tú lo viste todo. Me viste marchar con la chaqueta grande y los zapatos prestados. Me viste volver con los ojos llenos de cosas que no se pueden contar. Ángela me esperó. No sé cómo, pero me esperó. Cuando volví, tenía las manos más fuertes y la mirada más honda. Pero en vez de ir a verla, me fui con los amigos a celebrarlo. A beber vino barato y a gritar que habíamos sobrevivido. Ella se enteró. Y se enfadó. Me dijo que si había tenido tiempo para brindar, también lo tenía para buscarla. Me costó semanas que me perdonara. Pero lo hizo. Porque Ángela tenía el corazón grande y la paciencia de quien ha esperado demasiado.

Nos casamos bajo tu sombra, ¿lo recuerdas? Mi madre colgó una sábana blanca entre tus ramas y dijo que eso bastaba para hacer iglesia. No hubo cura ni anillos, pero hubo promesa. Y tú fuiste testigo.

Desde que era mozo, tú guardabas mi secreto. Entre tus ramas escondí un peine de hueso y un espejito redondo. Me acicalaba allí, a escondidas, antes de que llegara Ángela. Me peinaba el flequillo, me alisaba la camisa, me miraba en ese espejo como si pudiera convencerlo de que yo era digno de ella.

Un día, Ángela lo descubrió. No dijo nada al principio. Solo sonrió, esa sonrisa suya que no se sabía si era burla o ternura. Y al día siguiente, cuando fui a buscar el peine, encontré junto a él una pastilla de jabón casero, envuelta en un trozo de tela. Olía a lavanda y a casa. No me dijo nunca que la había puesto ella, pero yo lo supe. Porque solo Ángela sabía que yo quería gustarle, pero no sabía cómo.

Desde entonces, ese rincón entre tus ramas quedó consagrado. Nunca lo dije en voz alta, pero tú lo sabías. Era nuestro escondite de amor, de vanidad y de ternura.

Luego vinieron los años de silencio. De varear aceituna con las manos heladas, de hacer aceite como se hace la vida: lento, espeso, sin garantías. Tú y yo nos entendíamos sin palabras. Yo te podaba con cuidado, tú me dabas sombra y aceituna. No necesitábamos más.

En la posguerra, cuando el hambre apretaba y los estómagos hacían ruido, cocíamos patatas a la lumbre mientras recogíamos aceituna. Las pelábamos con las manos sucias, las partíamos con navajas que ya no cortaban, y las guisábamos con lo que hubiera: un poco de ajo, algo de pimentón, si había suerte, un trozo de tocino. Y sabían a gloria. Porque el hambre convierte cualquier cosa en manjar, y la compañía en familia.

Claro que también hubo días para la risa. Como aquel invierno del 47, cuando la helada quemó la mitad del olivar y un vecino dijo que aquello no era hielo, sino un ataque del mismísimo demonio. Yo le contesté que, si el demonio tenía tiempo para venir a fastidiarnos los olivos, es que en el infierno debían tener poco trabajo. Nos reímos, aunque por dentro sabíamos que ese año habría menos pan. Ángela lloraba, no por los árboles, sino porque sabía que habría que estirar el aceite con más agua de la que querríamos. Yo le prometí, bajo tu sombra, que mientras quedara una rama viva, no nos faltaría aceite. Y así fue. Con aceitunas que parecían canicas, hicimos un aceite áspero, oscuro, que sabía a invierno y a tierra. Pero era nuestro. Y eso bastaba.

Mis hijos nacieron entre cosechas. La mayor, que siempre fue más sensata, llegó un día de niebla, cuando el aceite aún olía a verde. Los otros tres vinieron después, uno tras otro, como aceitunas en racimo. Aprendieron a caminar entre surcos, a trepar por tus ramas, a jugar a esconderse entre los olivos. Yo les contaba historias al pie de tu tronco. Historias que podían ocurrir, pero que no habían ocurrido nunca. De princesas que se escondían en almazaras, de dragones que dormían bajo la tierra, de aceitunas mágicas que curaban el alma. Y ellos me escuchaban con los ojos abiertos y la boca llena de pan.

Ángela me decía que a veces me inventaba tanto que hasta el olivo parecía sonreír. Y yo le decía que era él quien me dictaba las historias. Que tú, viejo amigo, eras un escritor frustrado con raíces.

Pero ahora todo es distinto. Ya no se varean los olivos, se les sacude con máquinas que parecen sacadas de una película de ciencia ficción. Ya no se madruga para recoger aceitunas, se programa. Y el aceite… el aceite ya no huele a casa, huele a supermercado.

Mis hijos dicen que esto no da dinero. Que el campo es para viejos. Que la tierra se puede vender y hacer pisos. Como si se pudiera vivir encima de los recuerdos sin que crujan las paredes.

Me enseñan folletos con piscinas, garajes, ascensores. Y yo les digo que tú nunca tuviste ascensor, pero bien que me elevabas el alma cuando me sentaba bajo tus ramas.

La mayor aún duda. Me mira con esos ojos que heredó de Ángela y me pregunta si estoy seguro. Y yo le digo que no estoy seguro de nada, salvo de que tú y yo hemos envejecido juntos. Y eso no lo entiende ningún plano urbanístico.

A ti no te han puesto prótesis, pero bien que te han injertado variedades modernas. Y sigues aquí, torcido pero firme, como yo. Aunque ya no nos entiendan.

Si te arrancan, que al menos te hagan bonsái y te pongan en el salón. Para que les des sombra mientras ven la tele. Y si me entierran, que sea cerca de ti, para seguir hablándote sin que nadie me mande callar.

Porque tú eres el único que ha escuchado todo sin interrumpirme. Desde que Ángela me dijo que sí, hasta que me dijo adiós. Desde que nacieron mis hijos, hasta que aprendieron a mirar el campo como si fuera un solar.

Tú y yo hemos resistido juntos. A la guerra, al hambre, a las heladas. A los silencios. A las ausencias. A los inviernos largos y a los veranos sin lluvia.

Me acuerdo de cuando la aceituna se recogía con las manos, una a una, como quien recoge promesas. De cuando el aceite se guardaba en tinajas y se compartía con los vecinos. De cuando la tierra era casa, y no inversión.

Ahora todo es prisa. Todo es número. Todo es plano. Y tú, que has dado sombra a tres generaciones, eres solo un obstáculo en el proyecto.

Me duele más eso que la artrosis. Más que la soledad. Más que el olvido. Porque tú no eres solo un árbol, eres memoria. Eres raíz. Eres abrazo.

Mis nietas aún vienen a verte. Se sientan conmigo y me piden historias. Y yo les cuento las de siempre, las que pueden ocurrir pero no han ocurrido nunca. Y ellas ríen. Y tú, aunque no lo digas, también sonríes con las hojas.

Y son ellas ,las que juegan a encontrar los regalos secretos del olivo; el peine, el espejito y algún trocito de jabón que siempre tengo. Se acercan con los ojos brillantes, como si buscaran un tesoro. Y tú, viejo amigo, les guardas piedrecitas pintadas, hojas secas con forma de corazón, alguna horquilla olvidada. Yo les digo que el olivo tiene memoria, que guarda lo que uno le confía. Ellas me creen. Y tú, aunque no lo digas, también sonríes con las hojas.

Me gustaría que mis nietas, y los hijos que ellas tengan algún día, siguieran viniendo a verte. Que te cuidaran como yo lo hice, sin prisas, sin máquinas, con las manos llenas de tierra y respeto. Que aprendieran a recogerte la aceituna como se recoge la vida: sin olvidar lo que pesa. Que se mancharan los dedos con tu savia, que se sentaran a tu sombra a contar historias que podrían ocurrir, pero no han ocurrido nunca.

Y que, cuando prueben tu aceite, sepan que no están saboreando solo fruto, sino memoria. Que cada gota lleva dentro un trozo de mí, de Ángela, de los inviernos largos y de los veranos sin lluvia. Que sepan que tú no eres solo un árbol. Eres casa. Eres tiempo. Eres abrazo.

Hoy te abrazo con los ojos, porque los brazos ya no me responden. Y te pido perdón por no poder protegerte. Por no haber sabido enseñarles que tú vales más que cualquier plano, que cualquier piscina, que cualquier ascensor.

Si te arrancan, que no se les olvide que aquí hubo raíces más hondas que sus cimientos.

Y si yo me voy antes, que me entierren cerca de ti. Para que, cuando el viento sople, parezca que aún hablamos. Que aún nos entendemos. Que aún resistimos.

 

MásQueCuentos
Resumen de privacidad

Usamos cookies en nuestra página web para ver cómo interactúas con ella. Al aceptarlas, estás de acuerdo con nuestro uso de dichas cookies. Ver políticas de privacidad