245. Los visitantes

Lucas Codesido

 

En Jaén, al filo del amanecer, la niebla se posa como una manta húmeda sobre los olivares, esos campos de arbolitos vigorosos, cuyas ramas bailaron por siglos al compás del viento. Los más viejos en el pueblo, hombres de manos callosas que atesoran historias de sol y sudor, aseguran haber visto a los Luminares, unas criaturas de cuerpo tembloroso y corazón traslúcido, recorriendo los senderos. No recuerdan si esos seres descendían del cielo o emergían de las profundidades. Sí, que aparecían en silencio, flotando como ánimas del campo y sus dedos de luz acariciaban las cepas, destilando el zumo dorado que brotaba como un sol líquido. Bebían unas gotas del preciado elemento y un instante después reverdecían los pliegues de su piel esmeralda. Ese ritual les permitía sostener la frágil existencia de su universo despoblado, pero también conectar con las memorias de esta tierra: bodas olvidadas, amores ardientes, cosechas perdidas en guerras no contadas, lamento de las piedras. Quienes tienen la suerte de probar el néctar de los olivares de Jaén, juran que mientras este ingresa al organismo, sienten latir un murmullo de vida incesante, tan cercano y auténtico que resulta imposible distinguir si es recuerdo o profecía.

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