244. Tierra y alma
“¿dónde duermen los muertos?”
“Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados”
Daniel 12:2
¿Qué cosa ay más hermosa, más amable, ni que más próspera sea que la salud, pues es causa que la vida se passe graciosa y aplaziblemente, y cada uno pueda con ella exercitar su oficio; sin la cual ni el sabio acierta, ni el bueno obra, ni el capitan govierna, ni el oficial exercita su oficio?
Sevillana Medicina
Año 1545 publicada por el licenciado Nicolás Monardes.
Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente, y aquellos que duermen en Jesús resucitarán en su Segunda Venida. Sancho dirige la ofrenda hacia un público inexistente con toda la fe que arranca de sus entrañas, si cabe de esta vez con más pasión y sentir que nunca. La cita le ha salido con franqueza, es creyente, tanto que tiene toda la certeza que ha sido recogida en el más allá como sólo el altísimo sabe, por eso queda tranquilo.
El cuerpo ha de volver a la tierra después de echar su último aliento, mas no es fácil abstenerse del dolor cuando encima de la mesa de faena está un ser dechado de virtudes. Una persona bella por dentro y aún más lo fue por fuera. Madre de tres hijos de escasa edad, Samuel, holgazán y dormilón como una marmota antes de primavera, Nicolás fiel espejo de su madre, inquieto y responsable, y Violeta, de apenas unos meses que todavía no se tiene en pie, sin contar a Saulo que había fallecido de viruelas dos años antes del día de autos. Todos ellos, uno por uno arrancados con dolor de las entrañas de una esposa fiel y obstinada en el cuidado de su progenie, y para más inri su cuñada Sara. Sancho la tuvo siempre en alta estima. Pero ahora tal como está, para nada le es de buen grado recordarla de tal guisa. Con el cuerpo abierto y lisiado que no iba a ser ya sanado; pero darle un último aliento antes de volverlo a la tierra es agasajarlo con cierta esperanza.
El acebuche u olivastro es un árbol de mediano tamaño, primigenio de todas las especies de olivo, silvestre e indómito, tal circunstancia no le otorga la facultad de ser mortífero de necesidad, eso porfía Sancho. Que dicha veleidad capaz de dar el sustento tuviere al mismo tiempo licencia para provocar el óbito. Es un árbol fornido, cierto es, que posee un tronco derecho con corteza lisa cuando es joven, áspera, y tirando a agrietada y escamosa cuando se hace viejo. Su flor es tan blanca y pura como pequeña y de una sola pieza. Sancho conoce su nobleza como la palma de su mano, la podría describir con todo detalle. Tubo cilíndrico, largo como el cáliz, y corola plana y dividida en cuatro hendiduras ovaladas y algo cóncavas. Dos estambres opuestos apoyados sobre la corola y guarnecidos de anteras amarillas. Tiene en su haber un solo pistilo que se eleva del fondo del cáliz. Su estigma está divido en dos por la cima, y el cáliz, que es de una sola pieza y pequeño, está divido en cuatro segmentos. Las flores le brotan de los encuentros de las hojas, y están dispuestas en espigas o racimos sostenidos por un péndulo común. Esas mismas flores cocidas y curadas hacen un tristel1, aunque sencillo y demasiado humilde, a Sancho bien le sirve para salir airoso cuando hay que formular una lavativa mansa. Con malvas y manzanilla, de cada uno un manojo, y sal y arrope, lo que le hiciese falta, ésta es buena receta para el principio, para los enfermos que acuden a su botica y cuyo mal padecido sea un vientre hinchado, apenas sirve para que comiencen a echar los primeros humores.
Hay que estar vigilante al fruto y a la variedad del olivo. Si la semilla está expuesta al oriente, y la florescencia cuaja con una fuerte insolación o muy recalentada, el embrión queda marchito tempranamente quemando las florecillas, por lo que hay que desecharlo inmediatamente para cualquier tipo de tisana. Si por el contrario ha sufrido el efecto del frío y la helada hay que observar muy detenidamente a las florecillas, por si éstas están demasiado tostadas o de un color oscuro, tampoco servirían para la confección del brebaje que fuese menester, ya que procuran el efecto contrario, dan un sabor amargo y hacen padecer al vientre del enfermo más que sanarlo, y las purgaciones se vuelven en contra. También hay que prestar miramiento para no confundirlo con el olivo negro o de Andújar, de cuerpo robusto y tenaz pero afogado y maltratado en exceso. Sufre un daño desmedido pues precisa aporrearlo continuamente para que se desprenda del fruto, y sale la flor agriada, porque también asoma herido el pedúnculo, y a su vez las ramas. Es por tal motivo que el fruto germina de mala calidad y todo queda inservible para cataplasmas, tisanas para producir el vómito, o cualquier tipo de molienda para producir vaciamientos o purgaciones.
No está presto Sancho en deliberar las variedades de olivos en el preciso instante que le ocupa, no tiene urgencia, la premura es dar alivio y exponer la virtud al cuerpo maltrecho de su querida y mala aventurada Sara. La infortunada que yace en la trastienda de su botica no fue precisamente lo que ansiaba en el momento de hallar la muerte. No era su flor o pedúnculo del robusto acebuche, era su fruto carnoso, de hueso con una sola celdilla, y cáscara lisa, verde al principio y morada después, algo morena, oscura o negruzca según los estados de madurez. Con hueso de madera muy dura pero que encierra a la vez una almendra dulce.
El excelso fruto que saca del hambre a su preciada estirpe, puestos a ser exactos, tampoco fue el culpable de su truncada suerte. Fue la gallardía en toda su expansión. De raíz muy larga y guarnecida, corteza amarilla tirando a oscura y sembrada de manchas redondas prominentes y de un color menos azaroso. Por mor de esas raíces fuera de tierra, el preciado acebuche hubo adquirido cierto grueso y elevó naturalmente el cuello de la raíz, y en el collado que formó, que casi nunca llega a descollar, fue a tropezar Sara. En la madera dura que sobresale del mismo suelo, que por desgracia del destino, fue topar su cabeza junto con el abdomen, que abrió en canal en el mismo instante provocando la muerte sin apenas darle tiempo a echar un pequeño clamor en forma de despedida.
Fue Pedro, su bienquerido esposo, el que se la depositó a su hermano ya muerta y abierta, para que dispusiese de su cuerpo con aceites y melindres o lo que él buenamente tuviese a su disposición aún sabiendo que era de botica y de dolencia, mas loado sea Dios que por lo menos tope alguien que tenga misericordia. Pedro, pastor y porquero, que se encontraba a su vera sacudiendo las ramas con una hermosa palizada para que soltara la acebuchina y que las cabras comieran las que Sara dejaba inservibles, acudió enseguida en su auxilio. Pues ella, a poca distancia, andaba a las buenas para transformar en aceite, y a las medias ruines en otro cesto para el sustento de los cerdos. En mal momento que los designios del altísimo fueren inescrutables, pues el acebuche de marras no pudo dar tanto de sí. En forma de seto vivo para alimento de las cabras, palizada para su vareo, acebuchina para el sustento y muerte involuntaria. Sin contar con el susto de las cabras y las ovejas para una buena temporada al verse despojadas de su dueña de tal forma trágica.
En esas andaba Sancho, en cómo diablos aprovechar el acebuche en un cuerpo ya finiquitado, ya puestos a continuar con las maneras de cerrar el círculo, no sea que por su tropiezo la cuitada Sara no reposase en el sueño eterno. Ya que los muertos que viven saben que han de morir, aunque los muertos nada saben, ni tienen más paga, porque su memoria es puesta en olvido, entristecido y con el corazón turbado, su deseo infinito es infundir aliento a las puertas de la nueva ciudad. ¿Mas cómo? Por tan excelso boticario se tenga él mismo en estima, es de los que sanan o alivian, por lo menos sacar el mal del que adolezcan, no del saber catapultar o rebullir entre las sombras de la muerte precisamente.
Recepta diacatolicon2 para conservar la salud y expulsar la enfermedad. Es su principal menester. Todo lo que fuere para dar consejo físico, pues de lo espiritual sea lo que el altísimo tenga a su buen ordeno. Otrosí para limpiar la sangre y la cólera. No solamente hacer baldeo de la afección, también purgar mansamente la flema en épocas de aires húmedos, antes de que el signo de Aries haga calentura y comience el sol a ponerse más derecho sobre las cabezas. Polvo laxativo con hojas de sen y ruibarbo, agua laxativa con matalauva cocida en olla de barro. Medicina modificante contra los cuatro humores3 con raíz de hinojo, perejil, apio y espárragos y con cardo corredor. Para soltar la cámara y para tirar las ventosidades del cuerpo y contra la tos también tiene remedio con caldo reposado de gallo viejo o gallina.
No fallan los ungüentos para aceitar el vientre y el espinazo a los infectados que no pueden tomar por la boca, tomemos por ejemplo a criaturas con lombrices o hinchazón del cuerpo, en la noche cuando se echaren que es cuando los bichos trabajan la buba con más frenesí. Un poco de aceite de oliva, cuatro onzas para ser precisos, zumo de calabaza y cebolla albarrana y ciclamen. Cera amarilla, media libra, aceite violado, cuatro onzas, hiel de vaca una, y cera amarilla, media libra. Para abrir el apetito, el arrope de granadas fuerza a la boca del estómago y da ganas de comer además de esfriar la cólera, o por el contrario para el estreñimiento, el almíbar de zumo de membrillos y agua rosada con azúcar blanco cada uno una libra también es válido para endurecer el corazón. Pero nada sabe de atender muertos, como mucho embadurnar el cuerpo, es lo único que le acaece en forma de abridero para ser recibido en el más allá, pues nada quedó documentado en sus escrituras de botica para restaurar o reconstruir un cuerpo ya fallecido para ser velado luego, y exponerlo en condiciones de ser admirado como si ningún mal hubiese sufrido. Para eso están otros, los que embalsan y secan al muerto, pero del único que tiene conocimiento está a más de cuatro mil varas, y entre el ir y venir por la sierra tortuosa, de seguro que los bichos fabrican los huevos en el cuerpo agradecido de su cuñada.
Con malvas y hortiguilla muerta, más manteca de vaca y aceite violado, en forma de emplasto, Sancho comienza a untar los pies de su apocada parienta. Con sumo cuidado, trozo por trozo de la exigua anatomía, que ni dos palmos en vertical ocupaba cuando estaba viva, mas en frío y en horizontal dos horas largas tardó con el ritual el exhausto Sancho. Por el derecho y por el revés, lustroso y oloroso así lo dejó, que tampoco necesitó aporrearlo, por mucho que ni sintiera ni padeciera ya, y tan limpio y condimentado lo dejó si tal fuera una aceituna de olivo picholín, que en adobo y en aceite son de las más sabrosas que Sancho tiene conocimiento.
Alguna licencia entremedias se hubo tomado, con un poco de semiente de apio, agua de rosas y violetas, flor de alcohela4, y miel espumada, todo bien emplastado entre los sobacos y por debajo de los pechos con sumo cuidado, y todavía con más ahínco en las ingles, primero por dentro y luego por fuera, y ya paró de moler más el cuerpo, todo lo cual para extraer la posible pestilencia que de seguro en breve tuviese lugar, pues lleva dos días encima del tablero su Sara querida mientras que él se exprimía los sesos en como diantres salir del atolladero.
Sea el hecho que de sangría o purgaciones ya nada tuvo que extraer, pues toda la sangre había quedado bajo los pies del olivastro, haciendo más liviana la tierra que lo tiene asentado. La misma que ha de recibir el cuerpo de su cuñada como última morada, puesto que su aliento ya expirado a la tierra ha de volver, eso tiene por seguro Sancho. Mas si Sara supiere que la muerte le hubo sobrevenido por culpa del robusto olivero, bien se serviría del ojo por ojo y diente por diente, que ella también era muy de cumplir con los designios del altísimo, y con eso de hacer justicia retributiva.
Es pues hora de cerrar el círculo, mas le semeja ya demasiado servirse de la madera del acebuche de marras, que bien dura y presta para hacer el ataúd que ha de guardar el cuerpo que él mismo le dio fin. Que Pedro disponga de cabeza si ha lugar, que él gustoso después de lavarse las manos del aceite y los emplastes, presto estaría de ayudar a tirar el olivastro para tal condición.
1Tristel:(Arc. De cristel, ídem). m. Lavativa o ayuda.
2Diacatolicon: m. Med. Electuario purgante que se hacía principalmente con hojas de sen, raíz de ruibarbo y pulpa de tamarindo. N. de la A.
3Los cuatro humores, Según la teoría hipocrática los cuatro humores eran la sangre, la flema, la bilis amarilla y la bilis negra, que determinaban la salud de una persona. N. de la A.
4 Alcohela: Nombre dado a plantas diferentes como la Cichorium endivia, y Borrago officinalis,, ambas de simiente negra y flores azules, confundidas entre si y llamadas también escarola, endivia, achicoria y borraja N de la. A



