242. Abuelas
Clara tenía la costumbre los domingos por la mañana de ir a desayunar a casa de su abuela Paqui. Lo había hecho desde pequeña; primero, iba con sus padres; luego, a medida que se iba haciendo mayor, iba algunos días sola, hasta que empezó la universidad y entonces ya iba ella por su aire, fuera domingo u otro día de la semana.
—Abuela, ¿cómo puede ser que estén tan buenas estas torrijas? —preguntó Clara mientras desayunaba con un hambre de elefante.
—Puede ser porque tu abuelo heredó unos olivos bien cuidados, los amó y los cuidó, como lo hace tu padre. Están tan buenas porque están hechas con el aceite de nuestra familia. —contestó su abuela Paqui.
Era una pregunta que se repetía semana a semana y que tejió una complicidad entre Clara y su abuela.
A media semana Clara no se encontró muy bien, le dolía la garganta y al final se notó que tenía las anginas inflamadas. No dudó en visitar a su abuela.
—Abuela, me tendrás que romper las anginas; no me encuentro muy bien. —dijo Clara mientras cogía la aceitera y se sentaba en el sillón de la cocina, a la espera de que su abuela estuviera lista para romperle las anginas en la muñeca.
Paqui, con su seriedad habitual, empezó a darle un masaje cada vez más fuerte hasta que encontraba las anginas y las rompía. A Clara le parecía que todo se arreglaba y enseguida se encontraba mucho mejor, pero era en la mañana siguiente cuando se despertaba fresca como una rosa y totalmente recuperada.
Al día siguiente Clara estaba contenta y se fue a comer a casa de su abuela. Cuando llegó, Paqui ya tenía lista una ensalada con tomate, la preferida de Clara. Le gustaba que estuviera aliñada con mucho aceite de oliva, así le quedaba el jugo del tomate para mojar pan y chuparse los dedos.
No hizo falta que Clara le dijera que ya se encontraba bien, pero Paqui vio que Clara tenía los labios un poco agrietados. Cuando terminaron de comer, antes de marcharse a trabajar, le dijo:
—Clara, ponte un poco de aceite en los labios que te dará brillo y te ayudará a curar estas grietas. —Gracias, Abuela —dijo.
Clara apreciaba un montón los consejos de su abuela porque en un momento tenía solucionados todos los problemas.
Domingo fue a desayunar y le contó a su abuela que el sábado siguiente tenía la boda de una amiga suya del pueblo. Clara ya había terminado la universidad, estaba trabajando y vivía independiente. Ella y la mayoría de sus amigas estaban prometidas. Y en breve se iba a casar una de ellas.
Paqui recordaba perfectamente el domingo que le enseñó el anillo de prometida, que le había regalado Juan; para su gusto le quedaba un poco pequeño. Era un domingo lluvioso, pero la cara de felicidad de Clara iluminaba toda la habitación. Paqui tenía sentimientos enfrentados; por un lado, estaba contenta porque su nieta había encontrado alguien a quien querer y con quien formar una familia; pero, por otro lado, sabía que su nieta no necesitaba un hombre para vivir la vida libre, plena e independiente que ella no había podido tener. Cuando Clara era pequeña era cuando más era evidente esta contradicción.
Tanto le decía:
—Clara, lo que tienes que hacer tú es estudiar para poderte defender sola en la vida.
—Clara, y empieza a ser hora de que aprendas a cocinar y llevar una casa.
Clara siempre le respondía:
—A ver, abuela, tienes que decidirte: ¿estudio o cocino?
Paqui entonces se ponía pensativa, no tenía respuesta.
Clara tenía capacidad para hacer lo que se propusiera, pero también tenía la edad de formar una familia y parecía que había encontrado a la persona perfecta. Como la mayoría de sus amigas y conocidas.
Clara y su abuela hablaron de la boda y de los diferentes vestidos que se podría poner para ser la invitada perfecta. Tenía muchos vestidos bonitos, lisos, estampados, anchos, estrechos… Como era una boda de día, se decidió por traje con dos piezas en color violeta: en la parte de arriba, una blusa ceñida y luego una falda con vuelo hasta la rodilla. Doña Paqui no se olvidó de recordarle que la semana antes se pusiera aceite de oliva en las piernas para que el bronceado se viera aún más bonito.
Clara hacía tiempo que no utilizaba el aceite de oliva como hidratante, pero la verdad es que iba estupendamente. Mientras se frotaba las piernas, se acordó de cuando su abuela, después de la operación de apéndice, le masajeaba la cicatriz. Le decía que era para que no se adhiriera. Clara entonces no entendía nada, solamente sabía que su abuela la cuidaba. Pasados los años, debería tener razón porque casi no se le notaba el corte en la barriga.
El jueves antes de la boda, Clara se quería probar el conjunto que había escogido, para tenerlo todo a punto y no tener sorpresas de última hora. ¡Menos mal! La cremallera no subía ni bajaba. Como tantas otras veces había hecho, volvería a recurrir a su abuela. Como ya sabemos que doña Paqui tiene solución para todos los problemas, nos podemos imaginar que también tendría un remedio para este.
Clara llamó a su abuela explicándole la situación para que, al llegar a su casa, ya tuviera preparado todo lo que necesitaba para arreglar la cremallera. Cuando Clara llegó, Paqui no tenía nada especial encima de la mesa.
—¡¡¡¡Abuela!!!! —gritó Clara.
—No tenemos mucho tiempo, ¿no has preparado nada?
—Abuela, que llevo la blusa limpia para arreglarla, ¿qué haces en la cocina?
Doña Paqui se lavó las manos tranquilamente y cogió un trapo de cocina limpio. Se dirigió al salón, donde tenía la máquina de coser y los otros aperos de costura, aunque no los iba a necesitar. De hecho, no hubiera hecho falta que Clara hubiese ido hasta su casa, ya que el remedio en esta ocasión también lo tenía Clara en su casa. Pero, en el fondo, a doña Paqui le gustaba que Clara la visitara y le satisfacía serle de ayuda. Doña Paqui se untó el dedo con un poco de aceite de oliva y lo pasó por la cremallera; así esta se engrasó subiendo y bajando sin la menor resistencia. Clara sonrió.
—¡Abuela, el aceite es tu mayor aliado!
La boda fue preciosa; la celebraron en una finca dedicada al oleoturismo. Mientras los novios hacían las fotografías entre los olivos, los invitados hicieron una visita guiada por el museo temático del olivo y el aceite. Explicaron la diferencia entre los distintos tipos de aceite y el proceso real de obtención del aceite de oliva virgen extra.
Luego realizaron una cata de aceites de distintos tipos, colores y olores. El que gustó más a Clara fue el aceite de la luna llena. Este aceite es el que se obtiene del prensado en frío de las aceitunas recolectadas durante la noche de luna llena anterior al inicio de la cosecha. Pero el que realmente sorprendió a todos los invitados fue el aceite con un toque de oro. Clara pensó en su abuela cuando vendían sus propiedades extraordinarias, que ya tiene por sí mismo el aceite de oliva, sin necesidad del oro.
La comida fue estupenda, todo un manjar de reyes. Lo que más le gustó a Clara fue el postre. Una revisión moderna del pan con aceite de oliva y chocolate. Pero lo más diferente e innovador lo probó en el aperitivo. Pan con jamón ibérico y perlas de aceite de oliva virgen extra. Fue toda una explosión de sabor; Clara lo conocía bien porque todo el aceite que utilizaban en su casa era aceite de oliva virgen extra. Al masticar el aperitivo, explotaban las perlas y el aceite se degustaba en toda su expresión.
Al terminar el banquete, después de la comida y antes del baile, los novios pasaron por todas las mesas a saludar a los invitados y obsequiarles con un detalle del enlace, en su caso una botellita de aceite de oliva con un escrito de agradecimiento por parte de los novios.
A continuación, Clara y sus amigas ayudaron a la novia a prepararse para el baile en unas estancias que tenía a su disposición la novia. Le recogieron la cola del vestido, le revisaron que los pendientes estuvieran bien cerrados y le arreglaron el pelo. Con ellas también estaban las primas de la novia; una de ellas ya tenía un bebé, que, por cierto, se hizo notar, ya que no paró de llorar hasta que su madre utilizó un remedio natural para calmarle la irritación del culete, esparciéndole un poco de aceite de oliva, manteniendo así la hidratación de la piel que está en contacto con el pañal y aliviándole la sensación de escozor. Cuando la novia estuvo preparada, salieron hacia el baile, que terminó cuando la novia tiró su precioso ramo.
Lo cogió Clara, toda una suerte. Quedaron unas fotos fantásticas, ya que los colores del ramo, de rosas blancas y ramitas de olivo, combinaban a la perfección con los ojos verde oliva de Clara. Realmente, Clara estaba guapísima; con quien casi no se había hecho fotografías era con Juan. De hecho, había estado toda la noche con sus amigas, pero no recordaba mucho de Juan desde después del banquete.
Terminaron la boda en las fiestas del pueblo. Clara llegó muy contenta, pero la alegría le duró poco. Vio a Juan con otra chica. Enseguida se fue a dormir. Se fue a casa de su abuela; no tenía ganas de ponerse a conducir. No lo pensó, pero realmente era mejor despertar en casa de su abuela; por la mañana Clara no hubiera tenido fuerzas para ir a visitarla y, sin lugar a dudas, necesitaría uno de sus remedios, aunque esta vez no tenía claro que la solución fuera fácil.
A Clara le hubiera gustado que la fiesta se hubiera terminado en la finca de oleoturismo y haberse ido hacia su casa con Juan, a la mañana o quizá ya al mediodía, visitar a su abuela y explicarle lo fantástica que había sido la boda y enseñarle el ramo que había cogido. Su amiga María no tenía la culpa, pero el ramo terminó en los contenedores de las fiestas. Clara no quería tener nada que le hiciera pensar en Juan.
Al levantarse por la mañana, Clara hacía muy mala cara; tenía todo el maquillaje esparcido por la cara de tanto llorar. Cuando su abuela la vio, le dijo:
—Buenos días, Clara, ¡¡¡qué cara llevas!!! Mejor ve a desmaquillarte y luego me explicas cómo fue todo. Toma un algodoncito con aceite de oliva, que no hay nada mejor para quitar el maquillaje y cuidar la piel al mismo tiempo.
—Abuela, no me importa el maquillaje, ni la cara que tenga. Sollozó Clara.
—¡Solo quiero quitarme el anillo de prometida! Gritó Clara antes de explotar a llorar.
Cuando estuvo un poco más calmada, Clara le explicó a su abuela que durante toda la boda casi no vio a Juan y luego se lo encontró en las fiestas del pueblo con otra chica. Lo suyo había terminado; ahora tenía los dedos hinchados y el anillo de prometida le apretaba demasiado. La estaba asfixiando el alma. Doña Paqui fue a por su remedio habitual.
—Clara, ponte un poco de aceite de oliva y enseguida te resbalará el anillo. —dijo Paqui con la misma sonrisa que tenía cuando ayudaba a Clara a rehacerse de alguna caída poniendo aceite en el golpe para que no le hiciera tanto daño.
—Venga, Clara, vamos a desayunar y verás qué eficaces son las torrijas con aceite de oliva para que pronto también se te empiece a resbalar todo lo que tenga relación con Juan.
Así fue como Paqui consiguió dibujar una sonrisa en la cara de Clara. No hay mal que no se pase con un poco de aceite de oliva.



