241. Aceite entre imperios

A Portela

 

A la orilla del Nilo, bajo el dios Sol, crecían los olivos. Se decía que la mismísima Isis me había entregado a los hombres, y era tan digno que ungía el cuerpo de los faraones.

En la Antigua Grecia llenaba las ánforas panatenaicas, como el oro que se ofrece a los victoriosos. Los primeros médicos me usaban como sanación.

En Roma no solo alimentaba a los guerreros: iluminaba sus caminos y perfumaba los cuerpos en las termas, mientras las amadas esperaban en el hogar.

Oro líquido que nutre el alma y el cuerpo.

Desde al-Ándalus hasta el Nuevo Mundo crucé océanos en ánforas y esquejes. Enraicé en América, donde mi sombra empezó a crecer junto a nuevas lenguas y costumbres.

Hoy sigo vivo en las manos que varean el olivo y en cada pan que se moja en mi verde espesura.
Soy aceite de oliva, memoria líquida de los pueblos. He visto imperios nacer y caer.

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