240. La luz de nuestra tierra

Inma Pellicer Niclós

 

Estamos todos reunidos, en la sala central de la base, desafiando la helada oscuridad de la noche polar, para celebrar la Navidad.

Nos han preparado para no ver ni un atisbo de luz en meses, pero no para superar la añoranza de nuestra tierra. 

Al entrar en la sala, los aromas que se mezclan en el aire penetran en nuestros sentidos y nos recuerdan quiénes somos. Cada uno ha aportado lo que ha recibido de casa: turrón, mazapanes, jamón… 

—Aquí, en la inmensa soledad del Ártico, nos esforzamos por responder a los desafíos del conocimiento científico —proclama el director en su discurso—. Pero, ¿cuál es la pregunta más importante que debemos hacernos?

Se ha hecho un silencio respetuoso, esperando que él mismo respondiera. Pero, de repente, se ha oído una voz desde el fondo de la sala.

—¿Alguien ha traído aceite de oliva? —ha preguntado—. Y si es virgen extra del bueno, pues mucho mejor.

Ante las carcajadas que ha provocado, ha añadido con emoción:

—Solo necesitamos una botella. Para poder mirarla, y ver los rayos del sol de nuestra tierra en su interior. Así, sentiremos que no está tan lejos.

 

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