24. El fruto heredado
Pareciera que el olivo poseyera pulso propio. En cada diástole asfixiaba el suelo que lo sostenía; en cada sístole, entre noviembre y enero, nacía de sus placentas pulpa morada.
Impermeable a la lluvia, como el abuelo, emitía consuelo en el arrebol del atardecer. De su regazo yo mismo recogí perlas mientras otros lo apuñalaban al ritmo del fandango valdepeñero, entonado por aquella garganta consumida por el habano:
Quítate, niña, ese luto
que me da fatiga el verte
guárdalo para sí cuando
de mí se acuerde la muerte.
Las manos, de arrugás, le parecían espigas, decía, pues llevaba el trabajo en las entrañas, ulcerosas como las grietas del tronco roído. Aquéllas, endebles, temblaban sobre una hoja al término de la jornada, enterrada con tiento como una promesa entre las sufridas raíces. Nada se había de cuestionar sobre tal pintoresca costumbre.
Desde la sombra de la leña podía adivinarse su figura. Su envergadura se camuflaba entre las ramas flotantes del primero las noches que arreciaba la tormenta, fundiéndose ambos en una sintonía ajena al resto. Cuando regresaba, hundía los callos en agua caliente, apesadumbrado ante el roce de sus articulaciones astilladas. Era un ritual que yo mismo heredé junto a su condición, pese a que él parecía depauperar con mayor celeridad.
No obstante, pronto decayó su rostro con la enfermedad del olvido. Selló sus labios con la viscosa savia del árbol, entornó su mirada arcillosa y rancia. Aspiraba con tanta angustia que consumía el aire, tanto que hubimos de encerrarlo en su habitación, condenado entre la vida y la muerte.
Pasó el primer invierno. Dejaba bajo su puerta gachas cálidas y espesas, en espera de que asfixiaran la desgracia del enfermo, si bien bebía del néctar con el aplomo de un joven. Pasó un segundo solsticio. El olivo continuaba dando a luz, pero, ésta vez, dejaba a sus hijos morir entre la tierra. Preferí alimentarme de su gracia y ceder las migajas que ofrecía la vecina al abuelo, hasta que, la misma Noche de San Antón, rehusó el plato.
Que Dios me perdone si llega a leer esto, pero celebré su fallecimiento sin apenas acritud. Vendería su cuerpo al suelo a cambio de una plata tan fina que encandilara a la vieja vecina, que enamorara su vientre tanto como para pensarme de su descendencia.
De repente, cruzando el umbral, una exhalación de tormenta desvalijó mis intestinos, provocándome arcadas. Olía a putrefacto. Su cuerpo, helado y traicionero como el hinojo, pues aún poseía alma viviente, me devolvió las náuseas entre espasmos nauseabundos. Habló desde la garganta, entre gruñidos y estertores: era una fiera indefensa batiéndose con la parca.
Nada pude comprender, aún así. Creció en mí la furia, como si mis entrañas de madera hubieran ardido con su aliento mugriento, arrepentido de haber fantaseado con el calor del afecto ajeno. Sentí entonces que de mis hígados brotaban termitas que se alimentaban de aquél que las había engendrado.
Vomité sangre junto al olivo. Lo castigué con mi descomposición, esperando que se lamentara de mí, que se llevara el cadáver pululante de mi casa, que me devolviera un hogar. Éste latió. Una y otra vez, bajo mis pies, tembló con amargura. Arriba y abajo, tirándome al suelo. Hundí mis dedos en su lecho en busca de su garganta y fue, en su lugar, una batiente carne caliente con lo que dieron mis manos.
Un corazón. Tal vez el del abuelo. Tomé entre mi pulso el vigor del olivo. Chorreaba de él aceite puro y brillante. Lo envolví y corrí al mercado. Aquéllo podría cambiarlo por amparo. Incluso podría conseguir un par de reales: ¿quién no querría el fruto de de la miel nacarada, del amarillo puro, del oro sagrado?
Antes de que pudiera siquiera alcanzar de nuevo la salida, sin embargo, interrumpió su pálpito. Uno tras otro, el resto de olivos quedaron pálidos. Enmudecieron. Vertieron sus aceitunas al campo y éste se las tragó con ímpetu, sediento de venganza.
Me había engañado. Había renegado de sí mismo, arrebatándome mi vida en el camino. Quise reprochárselo al abuelo. Decirle que aquella herencia infame me dejó huérfano y maldito. Nadie querría a un pobre, menos aún si había matado la fuente de alimento del pueblo. Pero, en cambio, dí con una talla de madera carcomida sobre una mugrienta colcha. Fue sencillo imaginar que aquel corazón era ajeno al árbol: pertenecía, por tanto, al niño que en un pasado lo hubo gestado. Ahora, lejos del resguardo que lo había conservado, había puesto fin a su recuerdo.
Así pues, mi piel comenzó a desgajarse junto a la suya, escamándose y agrietándose, contaminándome con la vejez. Acuchillé el cielo con alaridos que desplegaron una tormenta de enfermedad, manchando los tejados con ácido.
Los pocos aldeanos que vagaban por la cosecha fueron convertidos en cenizas antes siquiera de poder escapar a tales lágrimas pecadoras. Fui testigo de decesos macabros a medida que se amontonaban los despojos de carbón apagado.
Salí al exterior con prisa, buscando enfrentarme al alma maligna del olivo. El abuelo me concedió su impermeabilidad y, con ello, su arrojo. Sin embargo, no hizo falta lamentar ni prometer. El destino, escrito desde el principio en aquellas hojas enterradas, me abrazó y hundió en su desconsuelo.
Tomé coraje para desprenderme de la última parte libre de mi ser, aquella semejante a la recogida, antes siquiera de que pudiera marchitarse junto al resto de mis órganos, y lo planté como ofrenda, entre mares de amargor que ensuciaban los frutos colgantes.
Al principio no lo aceptó. Su indiferencia me provocó tal desesperación que escupí raíces que pudieran coserse al venoso tejido. Incluso pasó por mi cabeza enterrarme en su útero, de vuelta al origen, al calor de la Tierra Madre.
Fue entonces cuando cayó una aceituna. La tomé y la saboreé. Era arena que se fundía al tacto con el paladar. Otra. Cayó por mi garganta como piedras rechinantes. Otra. Tal vez otra. Tantas que, al despertar, la garganta se me había secado como un océano de polvo. Las sábanas, agridulces, con el odor de quien ha guardado la muerte. Las vetas de la piel envejecidas. La mirada torpe y enmohecida. Un suspiro de alivio y un roce al pecho. Vacío. Un sacrificio en silencio.
***
- Dos garrafas.
Entre el toletole del mercado, las vecinas claman por una botella del prometedor ámbar. Es fácilmente promocionado: ungüento milagroso contra rozadoras de la labor; remedio infalible contra la infección y la enfermedad; condimento inocente y fórmula de la eternidad.
Al frente del precario puestillo, de toldo del color del rocío, deambula un anciano de cartón como un títere desvalido. Su mandíbula es una gruesa pieza móvil que tintinea con el movimiento, haciéndose pasar por un prestidigitador que elabora los mejores hechizos, no sólo con su cosecha, sino que ha logrado petrificarse en el tiempo en un ataúd con forma de cuerpo.
Ha conseguido poco más de un jornal. Como no tiene descendencia, pone a hervir una olla de agua y vierte preciadas esquirlas de ajo. Poco más allá necesita para sobrevivir un viejo acorazado en un caparazón mezquino de veta de árbol. Se prohíbe deleitarse, además, con el fruto de su olivo, pues tomaría de su propio sabor. ¿Para qué, si en cada respiración florece una semilla dentro de él?
Después, reposa las falanges en el hervidero para que le alivie el lacerante crepitar. Ojalá pudiera gastar sus riquezas en una nueva piel, joven y humana. Ojalá vibrara el timbre con la agonía de un nieto, un muchacho a quien delegar el cuidado del olivo.
- Si me concede el honor de servirle como un lázaro, no ciego, pues conservo ambos ojos –si bien carezco de pierna derecha–, ¿promete usted dar de comer a mi familia y al susodicho?
Podría haberse negado. Acabar con el sufrimiento de una generación de degenerados, renegar de la tradición. Nadie lo obligó a ofrecer las monedas al chaval –que pecaba de ingenuidad, pues se conformó con unas pocas que engatusaron su mirada de grajo–. Y, sin embargo, prefirió condenarlo al cuidado del laberíntico poblado.
El anciano enfermo poco después. Olvidó tragar, respirar y beber. Se convirtió en una criatura desvalida que lloraba lágrimas de aceite, que engrasaba sus huesos en salmuera, que limaba sus dientes con leña sobrante. A diferencia de su antecesor, hubo de continuar el quehacer: labrar, arar, varear y agradecer al olivo que lo había honrado con su calostro acendrado.
Pronto, aún así, llegó el momento de ceder su posición al muchacho víctima de la hambruna, que se convirtió en esclavo del campo. Las piernas del grandevo sufrían tal estasis que se tornaron oscuras y candentes, tan inflamadas que se adivinaban de ellas sacos de coágulos de resina.
Fue el turno de esperar a la muerte y enseñar al joven a negociar. Si bien el primero le prohibió catar el fruto del árbol sin procesar –la naciente aceituna–, el deseo del pequeño era vehemente. Alimentarse de su don era una tarea ardua: ceder a los vecinos, acostumbrados a acumular su opulencia, mientras éste se lamentaba trabajando. Por ello, no lo culpó cuando sintió que no eran las migas –nutrido, imitaba las palabras de su abuelo, como una vagante tórtola idiotizada por el bochorno– las que asfixiaban su cuello, sino la rabia del muchacho, deshabituado a la escasez.
Sus manos apretaban, pero esta vez del firmamento no cayó venganza sino estacas. Atravesaron el pulso del abuelo, el cráneo del niño y el sacramento heredado. Escupió el suelo las olivas, libres de amos cualesquiera, ante los dichosos ojos de los pobladores, que culparon al milagro del vareo, en tanto que se desvanecían los restos del olivo amargo.
Una última exhalación, un ápice de coraje, al término de una maldición. No fue sino un final inconcluso, impreciso. Sin pruebas y sin remedio, se contó posteriormente esta narración a los trabajadores codiciosos para prevenirlos de la tentación de vender su cosecha al hambre, pero ni siquiera es posible afirmar su certeza. ¿Qué podría haber de cierto? ¿Qué es verdadero en un pueblo olivarero cuyo oro formó colinas, pasto amarillo y néctar salado, y que aún vive del regalo de un ancestro castigado?



