237. La llama de la esperanza
Hay tradiciones netamente modernas, importadas a través del cine y la literatura y absorbidas por generaciones ávidas por ludificar otros festejos propios, mucho más vetustos y severos. Pero el origen de otras, por el contrario, se pierde en la noche de los tiempos. Se trata de costumbres y ritos de nuestros ancestros que han sobrevivido al paso de los siglos. Algunas de estas son toleradas e incluso asimiladas por los cultos imperantes en cada época para mantener satisfechas las necesidades primigenias del rebaño y que este no se disgregue. A veces, su vigencia va y viene, como flemáticas mareas, y, cuando parecen ya desterradas para siempre, reviven vigorosas merced a un hecho aislado que obliga a rescatarlas del olvido.
Es eso lo que aconteció después de que el contingente francés apareciera en Begíjar aquella mañana de octubre de 1812 sorprendiendo a sus habitantes. En julio, el duque de Wellington, al frente de un combinado de soldados españoles, ingleses y portugueses, había aplastado a las tropas del mariscal Marmont en los Arapiles, y aquello supuso el inicio de la retirada de los franceses del sur de España. Sin embargo, entrado el otoño aún restaban reductos de tropas napoleónicas en algunas zonas de Andalucía, reacias a dar por perdida la región. Lo que resultaba inaudito hasta entonces era su presencia en el pueblo, que, por humilde, carecía de relevancia estratégica. Por eso precisamente los guerrilleros habían buscado refugio en sus entrañas.
—¿Veis? Ya lo sabía yo. Andan registrando casa por casa. Nos huelen los cabrones —anunció Serrano, visiblemente aterrado.
—Y no traerán buenos humos —añadió Garrido—. Es lo que tiene que los «atrasados» de los españoles les hayamos dado para el pelo.
—Pues que se jodan, que nada se les había perdido aquí.
—Bueno, ya está bien. Con lamentaciones y juramentos no vamos a salir de esta.
El que había hablado era Julián Molina, el hombre al frente de ese grupo de cinco milicianos. El ubetense, cuarentón achaparrado, olivarero por obligación y cazador por devoción, había destacado por su letal puntería entre los guerrilleros adiestrados por el comandante Hermenegildo Bielsa y ascendido hasta la categoría de leyenda tanto entre los hombres del duque de Montemar como entre la Junta Superior de Defensa del Reino de Jaén. Su currículo lo tachonaban múltiples y variadas hazañas contra el ejército invasor, desde secuestros de aprovisionamientos a asesinatos estratégicos de oficiales y encarnizadas emboscadas. Precisamente, la última de las acciones de él y sus hombres era la que había provocado aquella batida que los tenía cercados en el sótano de esa vivienda vacía al este del pueblo: el asesinato a las afueras de Úbeda del capitán Dubreuil, segundo al mando de las tropas francesas remanentes en la zona, y de cinco de sus soldados. Molina creía haberse asegurado de manipular sus huellas lo necesario y de disponer las suficientes pistas falsas como para encauzar las posibles represalias hacia el norte, pero alguien de la zona los debía haber visto llegar al pueblo y cantado La Marsellesa a los franceses a cambio de dinero o, más probablemente, su vida.
—Matilde dice que son al menos treinta hombres —continuó—. Se han instalado en el torreón y la tienen a ella de sirvienta y a su hermana de cocinera. Ayer estuvieron registrando las viviendas al oeste del pueblo. A alguno le han metido más de una hostia para que hable. Y a un zagal que se pasó de patriota y les mandó para su casa, le dieron medio palmo de bayoneta.
—Vaya hijos de perra —dijo Garrido, negando con la cabeza.
—Bueno, normal: es la guerra. El chaval sobrevivirá, parece ser, pero alguno de ellos, de los que probaron el otro día el acero de tu navaja, no tuvo tanta suerte, Garrido.
El aludido se encogió de hombros y mostró una sonrisa desdentada y orgullosa.
—Lo cierto es que pocos saben que estamos aquí abajo —prosiguió Molina—, y los que lo saben, no han cantado; la prueba es que seguimos vivos. Pero no tardarán en encontrarnos si no hacemos algo.
—¿Y qué pasa con los aliados? ¿Con las tropas de Smith? —preguntó Martos, el más joven y único begijense del grupo—. Tienen que andar cerca. Los franceses saldrán escopetados en cuanto les huelan.
—No. Cerca solo hay otras milicias, y no tengo ni idea de dónde pueden estar. Y de Smith, lo último que sé es que andaba todavía por Granada —explicó Molina, circunspecto—. Si estuvieran cerca, quizá podríamos mandar a alguien a avisarlos, pero para entonces pueden quedar días, incluso semanas.
—Somos pocos. Podemos largarnos sin hacer ruido, por la noche —sugirió Garrido.
—No sé, puede que sea la única salida, sí, pero la noche anterior han montado controles en todas las salidas del pueblo. Le han dicho a Matilde que se lo cuente a todo el mundo: toque de queda estricto; como vean algo moverse, disparan primero y luego preguntan. Y quien dice que yo soy buen tirador no tiene ni idea; los malditos franceses sí que lo son, y más con esas armas que gastan.
Y no andaba errado el líder del grupo: hasta seis intentos de abandonar el pueblo frustrados aquella noche. Al fin y al cabo, los franceses eran la élite militar de la época, y habían sido adiestrados en todo tipo de estrategias, entre ellas, las necesarias para cercar a conciencia una población. Una y otra vez se toparon los guerrilleros con vías custodiadas, con las salidas a los olivares hábilmente iluminadas con hogueras y antorchas, zonas expeditas en las que serían blanco fácil de los fusiles 1777 franceses. Cuando rayaba el alba, cerca estuvo Serrano, presa de la desesperación, de abandonar el sigilo y liarse a tiros con los cuatro franceses que bloqueaban el camino a Baeza. Afortunadamente, Molina fue capaz de abortar a tiempo su impulso y pudieron regresar, aún sanos y salvos, a su escondrijo.
—De mañana no pasa que vengan; solo les queda el este del pueblo —anunció Molina, que acababa de recibir, asomándose por la trampilla del sótano, el parte diario de Matilde de labios de Toñín, el muchacho que hacía de correo.
—Pues o salimos esta noche o estamos bien jodidos —sentenció Garrido.
—No. No vamos a salir —sentenció el líder. Los otros cuatro milicianos lo miraron desconcertados y este les ofreció las explicaciones que exigían sus ojos—. Lo he estado pensando… En las calles, o en campo abierto, somos presa fácil: son más, mejor armados, pertrechados y entrenados. Pero aquí adentro… —dijo barriendo con la mirada el techo del sótano—. Esta casa será nuestro fuerte. Las batidas las hacen grupos de no más de ocho o diez hombres. Si les disparamos por las ventanas cuando los tengamos encima, nos llevamos a cinco de golpe si nos coordinamos bien y tenemos suerte. A alguno más, si tardan en encontrar cobertura: tenemos armas de sobra y munición suficiente para volver a tirar sin recargar. Después de eso, las tornas estarán más igualadas… Y sin posibilidad de recibir refuerzos, quizá hasta se lo piensen mejor y pongan pies en polvorosa.
Los demás milicianos no apuntaron nada, no preguntaron nada. Solo permanecieron sentados cabizbajos, seguramente imaginándose los mil y un desenlaces posibles de aquel plan. La mayoría, y hasta Molina debía reconocerlo pese al optimismo que debía irradiar a sus hombres, aciagos. Solo Martos, al cabo de unos segundos, se atrevió a quebrar el denso silencio:
—No perderíamos nada por probar antes una cosa…
El joven begijense comenzó a narrar su estrategia batallando contra la vergüenza que le exigía callarse. Pero, efectivamente, ¿qué tenían que perder? Había recordado una tradición de su pueblo, casi olvidada, pero que de niño había visto practicar a sus abuelos.
—Encender una lamparita de aceite y encomendarnos a Dios… Ese es tu plan, ¿chaval? ¿De verdad? —le espetó Garrido, que esperaba sin duda alguna salida algo menos espiritual.
—No perdemos nada por probarlo —argumentó—. Lámparas votivas, las llamaban. Servían para rogar favores a Dios y que este escuchara las plegarias. Mis abuelos las usaban cuando alguien enfermaba gravemente, cuando llevaba tiempo sin llover… Decían que ya se hacía aquí desde tiempos inmemoriales. No era entonces una ofrenda a Dios, claro, sino a los dioses que los antiguos adoraban… pero funcionaba igual, me aseguraban. Eso sí, habría que llenar la lamparilla con el mejor aceite, el más aromático… Era importante, me decían. Luego, solo haría falta que alguien la lleve a la iglesia, rece por nuestra salvación y…
—Y Dios mata a los franceses. Un plan magnífico, chaval. De esta sales mariscal —siguió ironizando Garrido.
—No… Yo… no digo que los vaya a matar… pero quizá… no sé, les ordene que se vayan del pueblo… O…
—Brillante, chaval, brillante…
—¿Y por qué Dios iba a expulsar a los franceses? También son cristianos. Y católicos —inquirió Serrano. Este, a diferencia de Garrido, parecía interesado en escuchar cualquier idea que le pudiera brindar una posibilidad, aun remota, de salir de aquel atolladero.
—Bueno… —dijo Martos, consciente de lo precario de su estrategia y ya casi derrotado por los ataques de Garrido—. Yo… En realidad, no digo que vaya a funcionar, solo digo que…
—A ver —terció Moreno, el más callado del grupo—, son gabachos; esos no le caen bien ni a Dios, ni al Espíritu Santo, ni a la mismísima Virgen María.
Hasta el siempre impertérrito Molina esbozó un amago de sonrisa antes de hablar.
—Que lo hagan —concedió—. Que alguien pregunte por el mejor aceite que haya en el pueblo, que llenen una lamparilla con él y que recen ante ella en la iglesia. De ilusión también se vive, qué coño.
El alba despuntaba y los hombres habían abandonado el sótano por primera vez en días. Unos recargaban y ponían a punto sus escopetas de caza, mosquetones y pistolas de chispa; alguno afilaba navajas y Molina trataba de determinar los lugares más estratégicos, junto a las ventanas, para dar la mejor bienvenida posible a los franceses. Pero todos rezaban. Porque rezar más fuerte que los franceses, y no los muros de esa casa o ilusorias prácticas paganas, era realmente, pensaban, la única posibilidad que tenían de salir con vida de allí.
—Viene Toñín corriendo como un demonio —anunció Serrano, ya apostado en la ventana que daba al oeste.
—Pues más le vale alejarse pronto —masculló Garrido mientras cebaba la cazoleta de su pistola—. Aquí se va a desatar el infierno en breve…
Martos le abrió la puerta tras recibir la aprobación del líder de los guerrilleros; podía tratarse de una trampa, pero no se divisaban casacas azules en las cercanías. Aún.
—¡Que se han ido! —exclamó el muchacho haciendo un esfuerzo para hacerse oír entre los jadeos.
—¿Cómo que se han ido? —preguntó Molina. Todos se habían puesto de pie y acorralaban al chaval con sus miradas.
—Los franceses, sí. Han huido con el rabo entre las piernas. Los que quedaban, digo, porque la mayoría han aparecido muertos por la mañana.
Primero se hizo el silencio en la casa. De ese que es necesario para intentar procesar algo que sobrepasa nuestro entendimiento. Después, cuatro de los hombres giraron su cabeza hacia el restante, hacia Martos. Este solo pudo alzar sus hombros como respuesta.
Pepa, la hermana de Matilde, recibió el amanecer escondida en un arcón almacenado entre otros muchos trastos en la segunda planta del torreón. Aprovechó el revuelo que desató la mañana para huir, y no regresó al pueblo hasta varias horas después, cuando estuvo segura de la partida de todos los franceses.
Nunca reveló a nadie que había aderezado la cena de sus comensales, de quienes se había ganado la confianza añadiendo cierta dosis de encanto femenino a su afrancesamiento fingido, con tallos de la bella y mortal adelfa. Al fin y al cabo, podían regresar algún día, como ya hicieron tras su salida en 1808, y demandar su cabeza, así que era preferible mantener su valerosa acción en secreto. Tampoco es que las medallas dieran de comer.
Y la verdad, lo de las lámparas votivas le parecía una tradición preciosa.



