236. La confesión

Álex Lillo

 

Mi nombre es Camila Sánchez y tengo cuarenta y ocho años. Vivo en un pueblo, que cada vez pinta más a ciudad, del centro de Jaén, donde ejerzo como profesora de Lengua y Literatura Española en un instituto de secular solera. Mi situación sentimental la marca una soledad tan aceptada como bien llevada.

Mis orígenes, corroborados por mis rasgos faciales, se remontan a una remota aldea del centro de Perú, donde vine al mundo en un sitio en el que las mínimas condiciones vitales pasan de largo. Poco más aportaré salvo que, por falta de medios de mis progenitores naturales, fui entregada en un hospicio de Cuzco, pasando entre los cuidados de pequeñas misioneras de túnicas blancas, crucifijos y rosarios mis primeros tres años de existencia.

El periplo entre las religiosas acabó con la recepción de una autorización gubernamental aprobando el permiso para mi dación en adopción. Cuando la madre Teresa leyó aquella letra académica embutida en un sobre pisado con una signatura oficial, no pudo dejar de entusiasmarse ante el horizonte de oportunidades que se vislumbraba. También alguna lágrima transparente surcó las arrugas de sus viejos mofletes por la inminente marcha. La carta, escrita con un protocolo impecable, marcaba mi futuro en España. Yo, ajena a estos tejemanejes de adultos, me dedicaba a pintar con lápices de colores y a obedecer a las monjas que me criaban con tanto esmero y cariño, apurando, sin saberlo, el último par de meses en la tierra andina. Aún tendría la ocasión de soplar las velas de mi cuarto cumpleaños rodeada de hábitos y rezos.

Corría en el calendario la mitad de agosto cuando una mañana, de rayos esplendiendo entre las líneas horizontales de la persiana del dormitorio, me despertaron unas atropelladas carreras por el pasillo de acceso a mi pequeña alcoba. El revuelo era tal, que la vigilia nació irremediable. Sor Teresa acentuó el caos al entrar como un elefante en una cacharrería y descorrer los cerrojos que se ocupaban de trancar la ventana, permitiendo que los haces de luz coparan las cuatro paredes encaladas. Su voz, menos amable que de costumbre, me invitó a levantarme:

-Vamos arriba. Hoy es un día muy importante y necesito que todo salga bien -no sé si por los años o por la excitación, parecía faltarle el resuello para vocalizar correctamente. Secundé su orden sin dilación, mientras ella abría el armario y metía mi ropa en una maleta de asa nacarada y filos raídos, que a saber los años de servicio que tendría.

Según la versión monjil, me recogería una familia española. Ellos se encargarían de que mi vida se impregnase de la felicidad que cualquier niña merece. Una sensación contrapuesta surcaba mi cuerpecillo, entre el miedo a lo desconocido y la alegría de poder tener un hogar, como la gente de mi edad. La espera en un banco de madera del patio porticado tornó en interminable. El desayuno había sido lo liviano que los nervios, condimentados con una media sonrisa bobalicona, me permitían, mientras Sor Teresa no paraba de hablar sola y de vagar de un lado a otro con unas prisas y unos braceos que rompían su egregia parsimonia.

Cuando la sirena denunció que habían tocado el timbre de la calle, un ejército de pajarillos de múltiples estirpes revoloteó alborotado sobre el cielo más inmediato. Al volver la quietud, se oían voces risueñas provenientes del final del pasillo principal, donde apenas se esbozaban varias siluetas imposibles. Siendo mi curiosidad infantil irrefrenable, decidí ir a destapar mi futuro. Corrí por el pasillo oscuro, igual que tantas veces, hasta donde se reunían el coro de hábitos y un joven matrimonio que no dejaba de sonreír ante los parabienes de las monjas. Al advertir mi presencia, se hizo un silencio entre los mayores. Sor Teresa, como perfecta maestra de ceremonias, me dedicó unas palabras que pretendían ser lo más lisonjeras posibles:

-Carmen, te presento a los que serán tus padres. Ellos han venido desde muy lejos para que seas feliz y estoy segura de que así será. Eres una niña muy buena y te mereces lo que está por llegar -mis cuatro años apenas articularon palabra, más allá de una mueca arrebolada que debió de advertirse entre todas las paredes de piedra enjalbegada del vetusto edificio.

-Hola Carmen, yo me llamo Ana. Eres muy bonita – la mirada, desde dentro de sus gafitas, era limpia. Casi sin terminar su presentación, me abrazó y me regaló una ristra ensalivada de besos en la mejilla.

-Yo soy José – mientras me sonreía, sacó una preciosa muñeca de trapo de detrás de su espalda con la misma facilidad de un mago y extendió su derecha para regalármela. Aquel detalle era un sueño para cualquiera.

Acabadas las presentaciones, Sor Teresa nos invitó a acompañarla hasta la capilla, apenas conformada por un pequeño altar con una imagen de la Virgen del Pilar, un cuarteto de bancos de madera y varios cirios configurando una recatada iluminación. Allí unió sus manos, de manera que las puntas de los dedos se fusionaban, en un síntoma de concentración y recogimiento, y empezó a emitir una oración que, siendo apenas perceptible para los demás, llenó la sala de respeto y de la introspectiva meditación de los presentes.

El viaje y el encuentro con mi nueva vida acuñó sensaciones encontradas. La adaptación, aun facilitándoseme todo lo necesario, estaba preñada de la añoranza a las beatas, al calor de los rezos espirituales y hasta echaba de menos la legión de moscas que me molestaban en las tardes peruanas. Para mitigar la saudade, escribía cartas con dibujos que supongo que llegarían a sus destinatarias.

Mi nuevo linaje era bastante normal. Mamá llevaba el papeleo en una almazara, que en mi cortedad yo desconocía lo que era, y papá se dedicaba a las labores inherentes del molino, donde estaba la propia casa familiar. El negocio pertenecía al abuelo Juan y estaba rodeado de infinitos olivares que escalaban un repecho, coronado por un olivo de cornezuelo centenario tras el que se escondía el sol en su ocaso, y un interminable valle por el que los meandros del Guadalquivir serpenteaban su cauce.

El abuelo Juan mostraba una peculiar y complicada personalidad. Mantenía una frialdad de mirada patentando la sensación de que nadie le caía bien. Como preso de una dipsomanía no tratada, nunca se sabía qué tocaba ese día, llenando la relación de inquietos sobresaltos, como los que mantienen las espumas de las olas embravecidas con los roquedales de los acantilados. Cuando estaba bien era agradable, pero al volver la moneda sus estridencias rozaban la crueldad más infame. Con el paso de los años y por una viudez mal sobrellevada, las sombras de carácter irían ganando terreno y convirtiéndole en un ser aborrecible y digno de mantenerlo a distancias prudenciales:

-Espero que sea la última vez que apartas la garrota de mi sillón – sus palabras, inoculadas con voz potente, producían un efecto de veneno letal, mientras mamá corría a reponer la situación antes de que el conflicto fuese a mayores. A veces podía advertir una rojez en los ojos de ella, interpretada como consuelo ante la tiranía, aunque su discreción mitigaba la sensación de rendición.

Cada atardecer, cuando los vivos colores se extinguían en un horizonte que se tintaba con tonos más ocres, se veía el lento caminar cochinero del abuelo Juan, ayudado por su inseparable amiga de palo, ascendiendo con lentitud el repecho que culminaba el olivo de cornezuelo. Una vez allí, se sentaba en un pedrusco de un par de metros de alzado, una especie de dríade casada eternamente con aquel árbol, al que se le habían hecho unas muescas para facilitar el acceso a su cumbre. Mientras él se alejaba de la casa, un remanso de paz parecía atravesar el vano de la puerta principal y hasta los pajarillos canturreaban con otra alegría. La única que mostraba una indiferencia bien llevada era Atenea, una enorme mole peluda a la que le gustaba tumbarse a la sombra hasta la hora de masacrar la gazuza de sobremesa. Ambas cosas las hacía como si fuera por última vez y no existiese mañana detrás del anochecer.

Mi relación con el abuelo no mejoraba la de los demás. Él se mostraba distante y llegué a entender que nunca había aceptado mis orígenes ni la forma en la que me había convertido en miembro de la familia, aunque reconozco que el desprecio era mutuo. A veces, espiaba los encuentros con su frondoso amigo y le escuchaba hablarle:

-Estoy harto de todos. Mi hijo está ciego con la tonta de su mujer y la niñata me da la impresión de que se va a acabar pareciendo a ella. ¿Qué será cuando yo falte aquí? Veo que estás cuajando una buena cosecha de mis aceitunas favoritas. Al menos, tú nunca me fallas, viejo amigo.

Oyendo el monólogo, empezaba a pensar que el abuelo era un orate sin remedio que, con un ropaje viejo y cazcarriento, aspaventaba con los brazos, mientras el árbol, con sus hojas lanceoladas de diferente verdor en cada cara y acostumbrado al espectáculo, no le haría ni caso. Para optimizar el tiempo, colocaba una discreta manganeta, remendada en algunos tramos, entre olivos que se ocupaba de los incauto pájaro que se arrimasen, mientras él, clavando sus brillantes ojos en la red y como un lobo negro hambriento, se relamía de éxito.

-Para el próximo mes recogeré tus aceitunas. Le diré a Antonio que me acerque las escaleras y aliñaré tus frutos hasta convertirlos en manjares de dioses – al acabar la frase se volvió hacía el infinito mostrado por su otero y soltó una carcajada que se difuminó en los confines del paisaje. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de adolescente e intenté escabullirme entre las camadas para mantener en el anonimato mi quehacer. Sabiendo las dificultades articulares que le adornaban, sería fácil que no me viera.

Los días se iban sumando al calendario y el abuelo Juan no sentía el mínimo atisbo de contrición por sus actitudes. Por mi afición, no sé si correcta, de escuchar conversaciones privadas supe que les había cortado el grifo del dinero a mis padres y que, éstos, a duras penas podían llevar una vida digna. Sentía una enorme impotencia al no poder ayudarles e interioricé que mamá maquillaba las preocupaciones detrás de su simpatía.

Una mañana el abuelo estaba más enfurecido que de costumbre y papá estaba con él. Conseguí pillar al vuelo un trozo de discusión:

-Necesitamos dinero. Tenemos varios pagos pendientes y las letras se acumulan. Queremos que Carmen continúe sus estudios en la universidad y es caro. El molino goza de buena salud y no podemos seguir así – Las palabras salían tan lentas que parecían hacerlo empujadas en contra de su voluntad, mientras el viejo hacía vagar su mirada escrutadora a través del ventanal del salón.

-Cuando muera todo será vuestro pero, mientras eso llega, os estoy manteniendo en mi casa. Te daré un cheque para que pagues lo que debes, aunque espero que sea la última vez. No quiero que te acostumbres a pedir.

Papá agachó la cabeza, igual que si rindiera pleitesía a alguna teocracia, y esbozó un “gracias” que casi no abandonó sus labios, mientras el abuelo removía la calderilla de su bolsillo como quien tiene un tesoro que proteger.

Al día siguiente, mamá preparaba un linimento viscoso, con un aroma matizado a aceite de oliva, que debería de sanar los males reumáticos del patriarca. La receta del milagroso ungüento, heredada de la sabiduría ancestral, la esperaba sentado en el butacón desde el que reinaba con mano firme. Papá no estaba y capté que había llevado las escaleras del autócrata a las faldas del olivo de cornezuelo. Debía de haber llegado el momento de su recogida y para eso, como para casi todo, los caprichos del abuelo no toleraban apelaciones, retrasos, ayudas no pedidas o compañías.

Al llegar la tarde, me aventuré a atravesar el camino e inspeccionar el escenario que se había montado junto al último de los olivos, quizás, el más especial de todos los que rodeaban nuestro cortijo. Sobre la enorme piedra que lo custodiaba, la escalera de tres peldaños se apontocaba en las ramas más cenitales del árbol. Asumiendo el riesgo, subí el trío de escalones. La brisa bamboleaba aquellas ramas con un compás rítmico. A mi espalda, un espectáculo visual de contrastes que combinaba todo el valle a mis pies y la nada. Tuve miedo, vértigo, vestigios de una respiración entrecortada y de un corazón acelerado. Bajé y volví a casa.

En varias zonas de la finca se advertía cierto abandono. Algunos olivos se mostraban repletos de chupones que empezaban a camuflar a los centenarios troncos originales, mientras que las camadas, donde debían reinar alopécicos terrones, se peinaban con el verdor de la hierba silvestre, que no tiene reparo en nacer donde mejor le place. Entendía que era demasiada faena para papá que, siendo un incansable trabajador, no era un superhéroe capaz de acapararlo todo.

Tras una travesía alternada de pasos rápidos y trote alocado, llegué a las paredes blanqueadas que circunvalaban nuestro cortijo. El esfuerzo jadeaba mi aliento e intenté que pasas inadvertido. Papá escardaba en la huerta y, acostumbrado a la herramienta, le daba arte al uso del zapapico. La tez broncínea declaraba los rigores de su cotidiana faena y, pareciendo no poder más, el deber de sacar adelante a su familia hacía fracasar cualquier sensación de flaqueza. Enfrascado en la labor, apenas levantó la cabeza cuando pasé a su lado, aunque sí que emitió un ligero gruñido aceptado como saludo.

En el salón, el abuelo parecía sacar de su memoria una enciclopedia de tacos vociferados, esparciéndola a destajo sobre mamá, mientras chasqueaba el pulgar y el índice de su derecha en un vano intento de calmar la agresividad de sus propios nervios:

-¡Te tengo dicho que no vuelvas a ponerme la leche en una taza que no es la mía!. ¡Llevas años y todavía no te has enterado!. Cuando yo falte, ¿qué será de vosotros? – como si el exceso de conversación le dejase sin resuello, siempre acababa sus frases en un tono decreciente.

-Ahora mismo la cambio – mamá, de constitución hermosa y sonrisa fácil, no cesaba en sus intentos por agradar al viejo, aunque aquello era como dar comida a perro ajeno.

El refresco de la noche, después de un caluroso día, empezó a hacer mella. La luna llena a duras penas plateaba un trocito de firmamento por culpa de un inoportuno rebaño de nubecitas que pastoreaban lo que debería ser un inmenso manto negro zurcido por un ejército de brillantes tachuelas. Tras una cena frugal, nos dirigimos a las habitaciones. Antes de dormir, y enseñada desde mi infancia, era de precepto el agradecer con un rezo la generosidad de Dios. En ocasiones, el cansancio acumulado hacía que no llegase a terminar la oración, aunque creo que Él me lo perdonaba.

Todas las mañanas la garrucha del pozo protestaba al hacerla trabajar y avisaba a los más perezosos para que olvidásemos el seguir acostados. Desatranqué los cerrojos de la ventana de mi cuarto. El sol, asomando tras el infinito linio de olivos, planteaba una iridiscencia que hacía guiñar los ojos que se atrevían a confrontarla. Pequeña como un monigote, vi la figura del abuelo Juan alejándose por la cuesta del camino. Caminaba con la dificultad propia de alguien que se vale con un cayado, pero con su característica terquedad. La peluda Atenea, acartonada por la desidia y la pereza, iba a su par. Me vestí para seguirlos. Mamá estaba de espaldas en la despensa atrojando el aceite de consumo más inmediato en una cántara de lata que debía de tener vistas decenas de cosechas dispares. Salí sin que me advirtiese.

Conociendo que, debido a sus taras físicas, la ventaja que me llevaban era insuficiente, me tomé el trayecto con filosofía. El calor empezaba a menoscabarlo todo. Tras un rato de caminata, vislumbré el olivo del final del repecho. Lucía su esplendor con ese áurea regia que portan los elegidos. Junto a él el abuelo Juan ascendía por la escalera, con sus dificultades propias, a las ramas más altas y empezaba a ordeñarlas. Me acerqué con el sigilo de un felino receloso. Le oía hablar solo. La perra había aprovechado la ocasión para recostarse en la sombra del árbol. Un irreverente viento comenzaba a soplar y la silueta del viejo se mantenía, como un funambulista frágil y vulnerable, frente a la inmensidad del valle que se mostraba debajo. Casi podía tocarle cuando guiado por el instinto propio del desconfiado se volvió y me miró con estupor:

-¿Qué haces aquí? – preguntó con la característica voz agria de cuando algo le incomodaba.

No contesté y rocé una pata de la escalera. Mis ojos hablaban en un clamoroso silencio. Recordé la retahíla cansina repetida por aquel dictador: “cuando yo falte, ¿qué será de vosotros?” y decidí que había llegado el momento de experimentarlo. Husmeando el desastre, la perra ladró y huyó despavorida entre los olivos, mientras yo, activada por un resorte, empujaba la escalera con una fuerza desconocida en mí y la hacía tambalearse. El pánico coloreaba cenicientamente el rostro del abuelo que, perdiendo su endeble estabilidad, desorbitó sus ojos y se despeñó por el abismo como un pesado bulto. Un instante después, mientras el saco de la avaricia se hacía añicos, un golpe seco y nuevamente la nada. Miré para abortar mi curiosidad y distinguí entre hierbajos salvajes el cuerpo inerte del desgraciado.

La versión de la autoridad declararía que el patriarca había sufrido algún mareo que le había hecho caer fatalmente al abismo. Entre el agridulce dolor familiar, Atenea me observaba fijamente: sería mi confidente.

Han pasado más de tres décadas del suceso y aún tengo la sensación de que aquella maquiavélica decisión cimentaría la posterior felicidad de mi familia: papá comandó la almazara haciéndola crecer hasta límites insospechados y mamá fue el auténtico motor en la sombra, la materia gris del éxito. Y nunca más habría voces, menosprecios ni escasez en casa.

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