234. El olivo de la loma
En aquel silencioso lugar reinaba la nada, el horizonte parecía extenderse hasta el infinito y mirases hacia donde mirases solo se veía una extensión de pastos amarillos. A primera vista, todo era triste y decadente, y era fácil dejarse llevar por la sensación de estar en un páramo baldío o en un desierto. Solo una cosa rompía la monotonía del paisaje por encima de la nada inmensa y aburrida: sobre una tímida loma, destacaba la figura de un imponente olivo. El olivo era viejo, tanto, que se retorcía sobre sí mismo y desde su privilegiado lugar, un poco más alto que el resto de tierras, podía divisar todo. Aunque, ¿qué era todo si no había nada?
Aquel olivo no estaba allí porque el azar así lo hubiera deseado. En tiempos remotos, alguien se tomó el tiempo y la dedicación de sembrarlo, cuidarlo y podarlo delicadamente hasta darle forma justo en aquel lugar. No solo a él, porque el olivo de la loma, o mejor dicho, la loma del olivo, como ahora nombraban a aquel sitio, fue un gran olivar. Alrededor del olivo habían estado sus hermanos fuertes y altivos llenando el aire de polen dorado en la primavera y de untuoso aceite el otoño.
Al olivo aún le parecía oír la algarabía de hombres, mujeres y chiquillos recogiendo sus frutos, compartiendo jornadas eternas de sol a sol mientras miraban al cielo cada vez que escuchaban grullas por encima de sus cabezas. Melancólico, añoraba las varas golpeando sus ramas, ¡con lo que le había molestado en el pasado recibir aquellos palos una y otra vez hasta dejar su copa sin aceitunas! Ahora ya nadie se acercaba por allí a recogerlas, iban cayendo poco a poco a los pies de su tronca, alimentándolo de nuevo.
Aquel cambio en su vida sucedió de repente. Un buen día, sin previo aviso, se dejaron de oír las voces humanas y los ladridos de los perros. Después, llegaron sonidos metálicos y aterradores, estruendos que hicieron temblar la tierra y que arrancaron de cuajo a sus hermanos. Él fue testigo de aquella tragedia. Primero, los desarraigaron del suelo como el que arranca una patata, luego, fueron desmembrados y troceados, todos ellos mezclados fueron amontonados en una enorme montaña de maderos y, finalmente, se los llevaron en viejos camiones. Fue entonces, cuando los camiones dejaron de verse a lo lejos, el instante en que el olivo se percató de lo que pesaba el silencio. Ya no escuchaba el viento entre el mar de hojarasca que antes lo rodeaba, ni los cantos de los pájaros, ni el crujir constante de las ramas. Ya solo hubo silencio y no brotó ni una lágrima por ellos.
Esta segunda vida del olivo de la loma sí fue fruto del azar. Quizás su impresionante porte allí arriba, sin ninguna otra copa que lo ocultara, sirvieron para mover la compasión de alguien que lo dejó en pie, pero claro está que un solo olivo no hace un olivar. En esta segunda vida, el olivo presenció cómo a su alrededor fueron apareciendo y desapareciendo cultivos de diferente índole. Primero llegaron los girasoles, el futuro combustible; más tarde fueron pistachos, pues iban a superar la producción de otros países lejanos donde había una larga tradición en su cultivo. Al tiempo, llegó la lavanda. Esto sí agradó a nuestro olivo, pues reaparecieron muchos insectos, y con ellos, regresaron algunos grupos de abejarucos que le alegraban el verano con sus chillidos y sus piruetas. Pero el mercado del perfume también debió colapsar, las lavandas fueron arrancadas y, finalmente, ya no hubo quien plantara nada, pues la tierra había quedado muerta a sus pies.
Fue por aquel tiempo cuando el olivo de la loma entró en un letargo difícil de describir porque explicar lo que siente un árbol cuya percepción del tiempo, la vida y lo que le rodea es tan diferente a lo que sienten los humanos, hace casi imposible poder ponerle palabras. De alguna manera, el olivo decidió dejar de sentir hacia fuera, de preocuparse de lo que percibían su corteza, sus ramas o sus hojas. Se concentró en cómo fluía la savia en su interior y cómo se desarrollaba su lento crecimiento de dentro hacia afuera. Ya no le interesaba cómo los líquenes que le cubrían avivaban sus colores cuando la lluvia los empapaba, ni cómo su floración le dejaba un aspecto algodonoso que antes le divertía, ni cómo los frutos se mantenían diminutos y, con las primeras aguas otoñales, se hinchaban mágicamente llenándose de aceite. Cualquiera que se acercara a él pensaría que era una escultura en vez de un ser vivo. Así de profunda era su tristeza.
No está claro si lo que pasaron fueron años, lustros o décadas, pero una tarde de primavera, el estado de aletargamiento del olivo terminó. Una sensación conocida lo despertó de su modorra, era el miedo. El mismo que circulaba entre sus hermanos y él mismo cuando fueron masacrados, pero esta vez el miedo provenía de un pequeño perro que comenzó a ladrarle una y otra vez, clavado a unos pasos de su tronco, muy tenso y con la voz agrietada por el propio terror que sentía.
El olivo, aturdido por los ladridos y su pesado despertar, no entendía muy bien qué ocurría. ¿Por qué ese animal estaba allí plantado ladrando sin parar? Y cuando estaba haciéndose a sí mismo esa pregunta, de su propio interior salió un gruñido intenso respondiendo al perro con decisión. ¿Aquello era posible? En este tiempo que había permanecido desconectado ¿había aprendido, sin saberlo, a emitir sonidos? ¿Era capaz de repente de poder comunicarse de una forma parecida a como lo hacían los animales? Desde luego, el olivo no sabía la respuesta, pero lo que estaba claro es que de él salía una voz que tenía atemorizado al can.
Enseguida apareció un hombre joven llamando al perro, subía la loma resoplando y parecía enfadado con el animal. Cuando llegó hasta allí, enganchó una correa al collar del perro y tiró de ella mientras le reñía:
-¡Vamos! ¡Haz caso! ¡Tenemos que irnos de aquí!-. El perro se resistía, estaba fijo mirando y gruñendo al olivo. El joven se enfadó aún más y tiró con mayor determinación de la cuerda: -¿Se puede saber qué te pasa con este árbol? Aquí no hay nada. ¡Vamos ya!_. Dio un fuerte tirón y consiguió que el perro comenzara a caminar, no sin resistirse. Cuando se marchaban, el olivo volvió a gruñir, el hombre miró hacia atrás, en dirección al árbol, y su cara mostró una mezcla de asombro, extrañeza y miedo. Allí no había nada excepto el olivo y juraría que le había hablado, pero no podía ser. Hizo una negación con la cabeza, tiró de nuevo de la correa y hombre y perro se marcharon de forma apresurada. Hubo de pasar un largo rato hasta que dejaron de escucharse los ladridos del perro, el cual debía seguir nervioso.
Cuando reinó el silencio, el olivo sintió más intensamente el despertar de todo su ser. El alboroto lo había devuelto a la vida exterior y ahora comenzaba a percibir sus ramas, sus hojas, los restos de florecillas secas que todavía le quedaban y su espesa corteza, donde experimentó de nuevo el cosquilleo del imperceptible crecimiento de los líquenes. Y descubrió que su tronca se había hecho más robusta y que en un lugar muy concreto, casi donde terminaba la base, se había agrietado y la erosión del viento y el agua había formado un espacio interior donde parecía latir un corazón. Sí, tenía un palpitar dentro, una especie de temblor que, otra vez, volvió a emitir sonidos. El olivo sintió un cosquilleo agradable justo allí y si un árbol puede reír, fue entonces cuando el olivo de la loma lo hizo porque su corazón salió de su agujero y resultó ser una pareja de mochuelos.
Durante el tiempo que estuvo dormitando de tanta tristeza que sentía por aquella soledad, él mismo se había convertido en un hogar para la vida. Sin temor a los mochuelos, que cuidaban de sus polluelos concienzudamente, del lado opuesto del tronco, justo en un pliegue pegado al suelo, unos topillos de campo habían excavado una madriguera entre las fuertes raíces del olivo. Hacía unos días que como por arte de magia, una impresionante oruga de color amarillo intenso y bonitos lunares azules trepaba hasta lo alto de la copa evitando ser vista por los mochuelos. Ahora, la oruga ya pasaba desapercibida en forma de crisálida sujeta a una ramita y pronto explotaría en forma de enorme polilla, un bellísimo gran pavón. Las hormigas correteaban afanosas de un lado para otro entre los pies del tronco y algún pequeño pajarillo había abandonado ya su nido dejándoselo de regalo al olivo entre dos ramas altas.
Despertada de nuevo la sensibilidad del olivo de la loma, comprendió que no estaba solo, aquel paisaje árido escondía en su interior muchos secretos. Las liebres, agazapadas durante el día, le hacían sentir una deliciosa vibración cuando al atardecer se ponían a correr de un lado para otro. Las herbáceas escondían a las rechonchas perdices, cuyos variados reclamos, cuchicheos y chasquidos amenizaban las horas del olivo. Alacranes y saltamontes le hacían visitas de vez en cuando y, ocasionalmente, algún zorro aprovechaba su sombra en las horas más calurosas del día para dormir una siesta.
Los aromas en el aire también le embriagaban. La tierra húmeda de las primeras tormentas estivales, el pasto seco al ser azotado por el viento, la floración de algunas retamas y plantas de tomillo dispersas por los alrededores, y por supuesto, su propia floración.
En un lugar supuestamente muerto y repleto de soledad, la vida brotaba de nuevo de forma a veces imperceptible a los ojos y sentidos poco entrenados, pero el olivo de la loma tenía todo el tiempo del mundo para ir descubriéndola y disfrutándola. Él mismo era vida y generaba vida, o al menos, la hacía más llevadera para infinidad de seres vivos. Su existencia tenía sentido y por ello, a partir de entonces, la loma del olivo se convirtió en un espacio para el culto a la vida y su contemplación, y el olivo, en un símbolo sagrado.



