233. Pan con aceite y sal

Rubén Ballestar Urbán

 

Siempre almorzaba lo mismo: pan con aceite y sal. Yo me sentaba a su lado, debajo del olivo, y devoraba mi bocadillo de chocolate. El viento frío de noviembre se colaba por la pernera de los pantalones. Las nubes corrían veloces sobre la sierra. Algún conejo despistado salía de su madriguera y cruzaba el campo como un rayo. El olor del vino de su bota se mezclaba con el de la tierra, y él me permitía echar un trago sólo si le prometía que no se lo contaría ni a la abuela ni a mamá. 

Él vareaba y yo le ayudaba a mover las mantas de un árbol a otro. Con las manos rastrillaba las ramas que él iba podando. La piel de mis dedos se agrietaba, y brotaba alguna gota de sangre. Si, por accidente, me tropezaba con las mantas y pisaba alguna aceituna, ya podía prepararme para una buena reprimenda. 

Ahora es mi nieto quien viene a ayudarme a mí a coger olivas los domingos. Se sienta a mi lado sobre la tierra, me suele pedir que le deje probar un poco el vino, y siempre me pregunta por qué sólo almuerzo pan con aceite y sal.  

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