227. Me habló la olivera
La vi por primera vez durante la visita a la casa que unas semanas después iba a comprar, solitaria, en un rincón de la parcela, imaginé que alguien la plantó muchos años atrás quizás con esperanza, quizás como promesa o quizás solo para rellenar un rincón del jardín y luego la olvidaron, porque los humanos olvidamos hasta lo que amamos. Era una sola. Una olivera, aislada, sin más arboles a su alrededor, solo hierbajos creciendo a sus pies. Se alzaba con la dignidad de quien no espera los cuidados ni las miradas de nadie.
Pregunté al propietario actual si sabía la edad de la olivera, dijo desconocerlo, cuando compró el terreno y construyó la casa ya estaba.
Imaginé la olivera durante esos días de trajín viendo cómo se iba modificando todo a su alrededor, soñando que a partir de entonces la cuidarían los humanos, temiendo que la arrancasen o que plantasen alguna compañera, pero nada de eso ocurrió, la arrinconaron.
Había algo en ella —algo que no podía explicar con palabras ni con lógica— que me hizo decidir comprar esa casa y no otra, y junto a la olivera pregunté al dueño de la propiedad cuanto pedía por ella. Me pareció excesivo, otras viviendas que había visitado constaban mucho menos, intenté que rebajara el precio, argumenté mi oferta por un importe inferior, y mientras hablábamos apoyé mi mano en el tronco de la olivera, ese tronco retorcido, ancho, lleno de nudos y grietas, tenía la textura de la tierra misma. Había líneas en su corteza que parecían escribirse solas, como si cada año dejara su huella de marcharse, Entonces noté que me hablaba, me decía que era capaz de vivir sola, que sus raíces eran profundas capaz de alimentarse en la más profundo de la tierra, pero que, cuidando sus ramas, podándola cuando tocaba, quitándole los chupones, mimándola, me daría sus más hermosos frutos.
No sé por qué lo hice. Tal vez buscaba un lugar donde sentarme debajo de la olivera y protegerme de los rayos de sol de la tarde que la rodeaba como si solo existiera para iluminarla a ella.
Y la compré, compré la olivera con una casa y una parcela incluida.
Tarde semanas en volverla a ver, un primer contrato de compra venta, los trámites, el papeleo, la cita con el notario, todo se alargó más de la cuenta. Pero al fin llegó el día en que fui propietario de una casa con olivera.
No soy botánico, ni campesino. Solo un hombre que un día compró una casa con una olivera sola en mitad jardín.
Tengo que confesar que me olvidé de ella durante muchos días, seguía abandonada en el fondo del jardín, sola como siempre, con los hierbajos crecidos durante la lluviosa primavera creciendo más altos que nunca a su alrededor. Sirva como justificante de mi olvido el tener que arreglar la casa a mi gusto, arreglar pequeños desperfectos, pintar, compra de nuevo mobiliario, etcétera y todo esto mientas tenía que seguir con mis obligaciones en el trabajo.
Pasó casi un año, fue a mediados de abril cuando en una mañana de un sábado, con el cielo limpio y radiante que queda después de una noche de lluvia y algo de viento, salí al jardín, los arreglos de la casa se habían acabado, pero al ver la selva con que se había convertido todo, me desmoroné ¡Cuánto trabajo! Paseé por el terreno hasta que llegué a la olivera, me senté a su sombra, aunque no era mucha. Las ramas viejas, finas y arqueadas, parecían manos de un anciano levantadas al cielo, como si aún pidieran algo.
Las hojas, pequeñas y alargadas, tenían ese verde polvoriento que por un lado es gris, por la otra plata. Entre las ramas viejas crecían las jóvenes dispuestas a llegar hasta las estrellas, sus hojas con un verde más brillante, como queriendo llamar la atención al igual que un pavo real levantando la cola para atraer a la pava. Todas, nuevas y viejas se movían con el viento como si cuchichearan entre ellas.
Sentado apoyado en su tronco levanté la vista i la observé largo rato. Su tronco firme y retorcido se dividía en tres ramas y de estas salían nuevas ramas y nuevas hojas. Hojas que dejaron de cuchichear entre ellas para hablarme a mí.
-No te preocupes por mi – Dijo la olivera – llevo más de un siglo aquí, si la primavera es lluviosa formaré las yemas y mis pequeñas flores aparecerán a lo largo de mayo, En mayo y junio también necesito algo de lluvia, para que te pueda dar gran cantidad de frutos, estos frutos crecerán durante el verano casi siempre suelo ser seco, pero no te preocupes recogeré al agua acumulada en el subsuelo, aunque tampoco me vendría mal alguna lluvia algún día durante esos días de calor extremo y de esa forma te daré una gran cosecha, pero si no ocurre nada de eso viviré, al igual que he hecho durante años, soportando años secos, demasiado calurosos, tormentas, granizos o heladas.
Volví la mirada hacia arriba, hacia sus ramas y pasó por mi mente la idea absurda de que ella me estaba mirando también. No con ojos, claro. Pero con presencia.
Como cuando sabes que alguien te ha comprendido sin hablar.
Me había dicho que tenía más de un siglo, o eso me pareció oír a pesar de que las oliveras no hablen, ¿era verdad? Las oliveras mienten con el tiempo: parecen viejas desde jóvenes, y eternas desde siempre. Pero ella era distinta, había crecido sola y había aprendido a quedarse quieta en ese rincón del jardín esperando que nadie la arrancara.
Pensé en todo lo que habría visto desde antes de que se construyera la casa e incluso antes que se formara el barrio, tormentas, sequías, guerras, niños jugando, amores escondidos. Hombres y mujeres que recogieron sus frutos sin mirarla. Pájaros que la habitaron y se marcharon. Moscas del olivo atacando a sus frutos, cochinillas comiéndose sus hojas, hongos incrustados en sus ramas y hojas. Inviernos que se alargaban, primaveras que no llegaron,
Si la olivera había aguantado todo eso ¿porque me iba a hundir por cuatro hierbajos? Me levanté las nuevas fuerzas que me había dado y me dirigí a un centro de jardinería. Volví a casa cargado con un cortacésped, azada, tijeras de podar, insecticidas, antihongos y otros utensilios que me recomendó el empleado del centro.
Con la azada esponjee la tierra alrededor de la olivera cuidando de no dañas las raíces visibles emergían de la tierra como venas cansadas, pero firmes, luego eché abono, con las tijeras de podar corte algunas ramas, no soy jardinero, pero la olivera con susurros me iba indicando cuales le sobraban, luego fumigué sus ramas y hojas con insecticidas y fungicidas.
A los pocos días la olivera me dio las gracias extendiendo las ramas más altas hasta el cielo como si quisieran atrapar la luz y sus hojas se tornaron de un verde aún más brillante e intenso.
Pese a los cuidados ese año la olivera no dio casi frutos, la primavera se puso en contra, no llovió, el verano llegó con demasiada fuerza.
Un anochecer de un día de finales de septiembre, después del trabajo diario, cruce el patio y me senté al pie de la olivera, parecía triste, como si quisiera pedirme perdón por no haberme dado frutos, y en ese rato, entendí algo que me costaría semanas poner en palabras: que hay árboles que no están ahí para dar sombra, ni fruto, ni madera.
Están ahí para recordarnos cómo estar. Solo estar. Sin pedir, sin huir, sin brillar. Respiré hondo. Me levanté, la abracé y al instante sentí dentro de mí la fuerza de la savia que corría por el interior de mi árbol.
Desde aquellos días ha pasado mucho tiempo, años con lluvia, años con calor, inviernos fríos, y ella sigue allí imperturbable, para ella no pasan los años, ya parecía vieja de joven y las nuevas ramas que aparecen cada año en primavera hacen que esa vieja parezca joven. Cada año recojo sus frutos, sean muchos o pocos, y los llevo al molino para lavarlas, molerlas, triturarlas y prensarlas hasta convertirlas en una pasta que al presarla sale el apreciado aceite de oliva. Al cabo de unos días vuelvo al molino a recoger el producto, depende de si ha sido un año seco o del grado de madurez de las olivas, pero el resultado suele ser de un litro de aceite por cada diez kilos de aceitunas.
Cuando vuelvo a casa con mi aceite en un garrafón de cristal, lo primero que hago es ir a enseñárselo a mi olivera y le doy las gracias.
Fue hace tres años, cuando como cientos de veces hacía, estaba sentado al pie del árbol mirando sus ramas, algunas de las ramas no crecían en su copa, salían del pie de la olivera,
-Es como si tuvieras un hijo – Le dije.
-Mis hijos son las aceitunas, aunque es difícil que de ellas nazca un olivo – Contestó
La miré, y comprendí que quería, cogí un par de brotes, otro de ramas tiernas, otro de ramas semi-lignificadas y otro de ramas lignificadas y los plante en macetas, logré que enraizaran tres que trasplanté cerca de la olivera.
Desde uno de los ventanales de casa miré al jardín, a la derecha mi amiga la olivera y a su lado y en línea recta sus tres hijas, y me di cuenta que el cuadro quedaba descompensado, para quedar perfecto en la izquierda habría que plantar una olivera ya grande.
Hoy, veintidós de septiembre de 2025 he abierto la ventana que da al jardín, ha llovido, una débil brisa ha limpiado el cielo, hay un gran contraste de verdes, las de las hojas de mis olivos y el verde del césped, Las oliveras pequeñas me saludan moviendo sus ramas, las grandes les cuesta, sus ramas aguantan una gran cantidad de aceitunas que dentro de poco se convertirán en aceite.
Me siento feliz.
Gracias, olivera vieja, por obligarme a comprar la casa.



