224. Este árbol no dice más que tonterías
—Este árbol no dice más que tonterías, Om —protestó su abuela—. Por lo menos nos dará buena leña este invierno.
—Dale una oportunidad, yaya —suplicó el nieto con las lágrimas saltadas—. Buscaré un remedio, te lo prometo.
—Algunos árboles se malogran después de viajes tan largos —explicó la anciana—. Les pasa como a los caballos. No es cosa solo del cambio de suelo o del clima. La nostalgia les vuelve locos, se les tuerce el ánimo, se les agria el carácter y nunca vuelven a dar fruto. No hay nada que hacer.
—Pero yaya —balbuceó el chiquillo a punto de desistir al ver la boca torcida con la que su abuela zanjaba cualquier discusión.
—Tienes hasta final de año —la sonrisa del niño se ensombreció nada más escuchar el discurso sin sentido del viejo olivo.
—Soy de un mundo caótico que entre dos aguas habita, donde la razón es poética y el amor brujo y estoico —acertó a decir el aludido.
La abuela les dio la espalda dando un respingo y entró en la casa renegando con la cabeza. Sus palabras resonaban en la cabeza del chico, “no hay nada que hacer”. Pero Om no se rindió, aquella misma tarde sacó de la biblioteca cuantos libros pudo encontrar útiles a fin de librar de la demencia a su nuevo protegido. Cuando llegó a casa cargado de saberes le dio las buenas noches lleno de esperanza.
—Por el cielo va la luna con un niño de la mano y tras un Ícaro errado las golondrinas oscuras —sentenció el lunático árbol.
Pasó la primera semana estudiando pormenorizadamente los alrededores de la casa para encontrar el lugar perfecto donde ubicar al olivo. Creyó encontrarlo en una de las esquinas del patio trasero. Estaba bien orientada al sol, pero al mismo tiempo protegida por dos muros de ladrillo que mitigarían los efectos del frío. Tenía la toma de agua lo suficientemente cerca como para facilitar un riego moderado los meses estivales y lo más importante es que podía verlo desde su ventana.
—Hay un chiquillo santo que juega con pajaritos y clama a su burrito: ¡ay mi Platero blando! —por el gesto que hizo con sus ramas, Om supo que el inconsciente árbol aprobaba la elección.
Tuvo que pedir ayuda a sus tíos para trasplantar el insensato árbol desde el macetón de transporte. Le echaban varios cientos de años, así a ojo, y su volumen por tanto era imponente. Al sacar el cepellón a Om se le empañaron los ojos. Habían sido muy poco cuidadosos en el proceso de manera que se veían raíces principales cortadas impunemente y otras aparecían completamente desnudas, sin protección alguna.
——Rezan versos al olivo de Machado y de Lorca y a enlutadas cebollas les cantan nanas al oído —ambos se reconocieron en el dolor.
La semana siguiente el olivo lucía si cabe aún más mustio y descolorido que antes. Om había estudiado minuciosamente el contenido en nutrientes que había de tener el sustrato con el que cubrió las maltrechas raíces que esperaba recuperasen algo de lustre con el tiempo. La abuela observaba atentamente los tejemanejes del nieto con impostado gesto de desaprobación y un secreto orgullo por su determinación.
—Cuida de no ahogarlo, riégalo solo en época de mucho calor y cuando la tierra esté seca, hunde los dedos en ella y podrás notarlo. La propia planta te lo dice si estás atento, aunque esta anda medio alienada, así que no te puedes fiar de sus palabras ni de su aspecto.
A Om le gustaba que la abuela supervisara tan de cerca sus cuidados, a veces la responsabilidad se le hacía bola y le robaba el sueño. Compartir inquietudes, aun con la parquedad de la señora, le aliviaba el espíritu.
—Dicen que algunos señores llevan sombreros de tres picos y con la pipa el muchachito lleva una corona de flores —al desquiciado árbol parecía gustarle aquella abuela gruñona, aunque no hubiera rastro de reciprocidad.
—Lo que yo te diga, como un cencerro.
A medida que el otoño avanzaba sin señal alguna de fruto verde y mucho menos oscuro, el joven Om empezó a impacientarse y tomar decisiones impulsivas. A su abuela casi le dio un parraque cuando lo vio arrancando los rosales lunarios del patio trasero.
—Pero ¿qué estás haciendo con mis plantas, so bruto?
—Están robándole la energía al olivo, yaya. Se me está muriendo, ¿o es que no te das cuenta?
—No, querido, no puedes dejar el suelo desnudo, las plantas lo protegen del viento y retienen el agua. Y algunas hasta de las plagas. Si arrancas las que hay ahora saldrán otras malas hierbas peores, que no aportan nada. Mira, prueba a replantar estas leguminosas, los tréboles, además, dan suerte. Y no desistas, lo estás haciendo bien —aquellas palabras en labios de su abuela eran todo un dispendio que el niño aceptó de buena gana—.
—Reinan meninas mujeres con mantones de manila repletos de buganvillas y un locuaz perro verde.
—Aunque lo diga raro, tu árbol bizarro está de acuerdo conmigo.
Parecía que el corazón de la anciana se estaba ablandando con el gigante extranjero. Pasaron los días. Las leguminosas replantadas aparecían tiernas y frondosas. Las avispas pululaban por los alrededores entre la gran variedad de plantas que tenían en el patio tal vez a la caza de las laboriosas abejas. Pero el olivo seguía igual de pálido y casi gris. Om inspeccionaba las hojas con detenimiento, por delante y por detrás, examinaba el tronco, buscaba posibles heridas. No acababa de gustarle que los insectos lo colonizaran tan alegremente. Desde la impotencia y la rabia, decidió cortar el paso a la fila de hormigas que buscaba dios sabe qué en la copa de su amigo.
—Pero Om, a las hormigas no se las molesta, ¿qué te pasa? No le hacen mal a tu árbol chiflado, se comen a otros parásitos y mantienen la tierra oxigenada.
—Es que he leído que hay moscas blancas que acosan a los olivos, hongos que lo infectan y otro montón de enfermedades casi mortales. Algo tendremos que hacer.
—Está bien, usa el aceite de Neem, y si no es suficiente iremos a buscar caolín —Om no podía ocultar la sorpresa ante el pozo de sabiduría que era su abuela. Dónde había aprendido esas cosas era todo un misterio—. Pero abuela, tú…
—Yo crecí en el campo, Om, nunca aprendí a leer o a escribir, pero me enseñaron a sembrar desde bien pequeña, teníamos una higuera y un baniano, aunque nunca un olivo, es verdad. Lo que sí me trajeron una vez, como oro en paño, fue aceite de oliva para echármelo en el pelo, que me llegaba hasta las rodillas. ¿Te lo puedes creer?
—Verdiales y peteneras las niñas danzan, gitanas, con las mangas bordadas de poemas de princesa —él sí se lo creía—.
Los tres se echaron a reír, asustando a los pajarillos que habían empezado a acomodarse en las ramas fofas del perturbado árbol.
— A veces nos empeñamos solo por capricho o hasta por soberbia en tener a nuestro alcance cosas que no son de nuestro mundo. Y todo no puede ser, cariño.
—Filigranas de plata pintan las guitarras pitagóricas, que resuenan a Segovia, al maestro Falla y a Turina —concordó el olivo—.
En las noches más gélidas de aquel pueblo bajo la sombra de las montañas más altas del mundo, Om preparó una manta de yute para su amigo. A veces hacía guardia frente a la ventana solo para comprobar que el viento no le arrancara un pedazo a su frágil compañero, al que oía desde dentro:
— El marinero en la finca añora el azul Alborán y cuando está en la mar sueña mimosas y encinas.
Terminaba el invierno y Om temía que su abuela cumpliera por fin el ultimátum. El extraviado árbol no daba señales de recuperación, eso estaba claro, pero tampoco se había muerto. Mantenía sin mucho cambio exactamente el mismo porte que cuando llegó.
—Es hora de…—Om interrumpió a su abuela con un acceso de llanto —…de podarlo, querido, necesita más tiempo y yo ya me he acostumbrado un poco a su presencia, no vamos a tirarlo.
—Allí la verdad es doble, la ciencia no se esconde y en los claros del bosque hacen de un clavel puñal —como siempre, el olivo daba la razón a su abuela, lo que empezaba a ser ciertamente molesto—.
Al pobre chiquillo le temblaban las manos. No sabía por dónde cortar para no desgraciar (aún más) a su amigo. Tampoco quería producirle daño alguno. Con esmero fue acariciando todas y cada una de las ramas de su trastornado árbol hasta llegar a las puntas, donde cortaba un par de palmos con cuidado de no hacerle perder demasiadas hojas. Tal vez era el amor que empezaba a cegarlo, pero cuando terminó le pareció que estaba mucho más guapo.
—La muerte siempre aparece en un abrir y cerrar de ojos. Pero a lomos de los leones moros, las ideas sembradas de la parca escapan —aquellas extrañas palabras serenaron al pequeño aprendiz de olivarero—.
El tiempo transcurría como lo hace en la infancia, despacio, denso, impaciente. Pasaron semanas y meses. La rutina sostenía a la pequeña familia que había acogido al olivo. Cuando la faena lo permitía, abuela y nieto se sentaban bajo el dislocado árbol a tardear. Ellos hablaban de sus vecinos y familiares, de los pormenores de la escuela, de la realidad que les abrazaba pegada a la naturaleza.
El olivo, por su parte, les cantaba Segovia, Falla, Turina y Paco de Lucía; hablaba sobre Averroes, Séneca, María Zambrano; citaba a Blas Infante, Carmen de burgos, Clara Campoamor y Victoria Kent; dibujaba a Murillo, Romero de Torres, Picasso y Velázquez; recitaba a Miguel Hernández, Machado, Bécquer, Lorca y Juan Ramón Jiménez. Su enmarañada mente, que nunca se recuperaría del todo, trataba no obstante a su manera de rescatar su añorada tierra del olvido compartiéndola con los seres que tanto quería.
—Desde la torre del oro, combatid el mal ajeno. Mi patria es el mundo entero: andaluces somos todos.
Abuela y nieto miraron hacia arriba y sonrieron al unísono al comprender por fin las sabias palabras de su árbol quizá no tan demente. Solo les hacía falta un poco de paciencia y por qué no, una pequeña dosis de locura para poder comunicarse.
—¿Ves esos racimos de ahí, Om? Creo que le dicen “trama”. Nuestro amigo está floreciendo. Ahora sí, bienvenido a tu nuevo hogar.



