222. Lo que cuenta el paladar

Diego Paredes Salmerón

 

     Ahora, en este preciso instante, alcanzo a comprender la riqueza de la historia que me has contado, que me sigues contando, esa que comenzó hace años en aquellas tierras lejanas de Oriente y que ahora ha llegado hasta aquí. Puedo percibirla en cada matiz, y siento que me pertenece a mí también. Quizá, de igual forma, ahora se trate de mi propia historia…

Fuimos varios los que nos desgranamos de aquel lugar de días cálidos y noches frías, de luz atrevida como pocas, asiento de antiguas civilizaciones. No fue fácil aquella separación del tronco que nos vio nacer, que nos ayudó a crecer, no fue fácil dejar a todos los nuestros en aquellas sagradas tierras. En ese mismo momento comprendí, y a la vez temí, aquella aventura que se presentaba ante nosotros, difícil pero necesaria, esa que nos haría viajar a lo largo de todo el Mediterráneo hasta encontrar nuestro asiento definitivo. Éramos los elegidos; a pesar de la incertidumbre, así debíamos sentirnos. Paso a paso, mientras contemplaba cómo todos los nuestros se empequeñecían con cada metro recorrido, esos que nos separarían definitivamente, comencé a ser consciente del reto y el destino que me aguardaba. Dejábamos para siempre la tierra de nuestros padres, de nuestros abuelos, de nuestros hermanos, para buscar nuevas fronteras, nuevos climas, nuevos objetivos. La proximidad del mar hizo que esa primera sensación de angustia, que esa inicial incertidumbre, fueran disipándose un poco. El aroma del salitre me anunciaba su presencia, y pronto ya pudimos contemplar reflejado en cada uno de nosotros el brillo de lentejuelas que a miles vestían de gala su rizada superficie azul, esa la de los infinitos horizontes. Ese mar repleto de historia, el que nos ha hecho ser como somos, el que nos ha enseñado a responder ante los embates de la vida, de la propia naturaleza a la que pertenece, a la que todos pertenecemos, nos esperaba con una especie de sonrisa instalada en su rostro, acariciando con suavidad los contornos de la pequeña bahía donde embarcamos.

No resultó sencilla la travesía en aquellas bodegas tenebrosas y vetustas, calientes y malolientes. No fue fácil retener la arcada y el mareo al que a veces nos veíamos sometidos, sobre todo cuando en las cercanías del mar Egeo nos acercamos a esas costas que separan la línea imaginaria que lo delimita con el Mediterráneo, que en el fondo y en la forma no advierte diferencia alguna, pues son nominaciones de índole únicamente humana que no alteran ni un ápice su verdadera esencia. Esas líneas divisorias, esas ansias por etiquetarlo todo, por delimitarlo todo, fronteras que solo existen en la mente del hombre, no son así en la propia naturaleza, que no entiende de nada de eso, antinatural para ella en su propia esencia. El mar, ese mar que es el mismo aquí y un poco más allá, se agitaba encrespado, casi como si le pareciera inadecuada nuestra presencia allí.

Ante nosotros, el primero de los desembarcos. Sí, era cierto que no todos llegaríamos a ese lejano lugar. Muchos se irían quedando por el camino, y habríamos de sentir la soledad y la nostalgia de su ausencia, pero así estaba dispuesto y no cabía más que aceptarlo. Los primeros se bajaron en el populoso puerto de El Pireo, cerca de la legendaria Atenas, esa que apenas se podían intuir desde allí a lo lejos envuelta en una harinosa calima. Otros lo hicieron un poco más adelante, en la bella Siracusa, la de los vestigios romanos, tras sentir antes en ese lugar del Mediterráneo Central los movimientos ceñudos de otro repentino oleaje, alto y espumoso, feroz y pertinaz. Por un momento pensé que todo se acababa allí, que acabaría muriendo en aquel lugar tan lejano a todo, hasta de la propia voz de mi espíritu. El mareo y el miedo resultaban una terrible combinación que hacía pensar que nada de esto merecía la pena. Recordé los poemas homéricos de La Odisea, acaso llegué a sentirme como Ulises, quizá hasta pudiera acabar desterrado durante años en alguna isla solitaria, no necesariamente la de Ogigia, ni viviendo esas grandes aventuras que solo existen en los libros. Quizá, pensé, pasaría demasiado tiempo sin poder llegar a mi Ítaca, el lugar soñado. En este viaje no había cíclopes, ni cantos de sirenas, ni argucias y tretas. Para eso existen los libros, para sacarnos de este realista, lineal y por lo general decepcionante discurso de la vida, quizá para mostrarnos otra visión de la misma, esa realidad que tantas veces, envueltos en los velos aburridos de las rutinas, no somos capaces de apreciar.

La mayoría de los que partimos hace ya muchos días, o eso me parecía a mí, llegamos a la antigua Cartagonova, la del puerto natural más bello que pueda verse entre las aguas límpidas del Mediterráneo. Acaso el punto de partida hacia la tierra prometida. Allí nos bajaron y desde allí emprendimos viaje, largo y agotador, hasta las altas tierras interiores de Andalucía, bajo el sol y la sequedad durante el día, bajo la humedad y el frío durante las noches. Pronto la calidez de sus campos, el embrujo de su historia, se apoderaron de mí. Los efluvios marinos habían tornado sus aromas celosos en olores rotundos, suaves, en aromas de tierra seca, árida, alimentada por los surcos de la tradición. La primera vez que alcé la vista y vi la interminable extensión de aquellos campos, la marcial disposición de aquellos olivares llenando colinas y valles, dibujando sobre la ondulada tierra trazos redondeados preñados de vida, no pude sino emocionarme al recordar a los míos, allá ahora en aquellas lejanísimas y desordenadas tierras, ya algo difusas para mí. No pude sino sucumbir al apretado nudo de la nostalgia, al sabor levemente amargo del recuerdo de lo que se va desvaneciendo poco a poco.

No podía decaer. Ahora era yo el responsable de mantener el prestigio de nuestra estirpe, de ser el que representara siglos de sabor y trabajo en aquellos campos, el que comenzara a andar un nuevo camino, a escribir una nueva historia, a labrar un esperanzador futuro. Habría de sentirme un privilegiado por ser uno de los elegidos de entre tantos. Quizá aún no era consciente del todo.

El mar de olivos se extendía ante mis ojos, ondulado como un suave oleaje pero firmemente arraigado a la tierra. Todo estaba perfectamente delineado en aquellos parajes que se perdían hasta donde alcanzaba la vista; filas, cuadrículas, columnas, diagonales, la geometría en aquel lugar parecía alcanzar una milimétrica perfección. Los montes redondeados donde la paciencia es la principal de las semillas, mostraban siempre, fuera la época del año que fuera, la fuerza de sus ancestros, la misma que ha perdurado a lo largo de los siglos y que hoy todos nosotros seguimos manteniendo. Muchos otros como yo vinieron de aquellas mismas lejanas tierras, y entre todos hemos conseguido, con el discurrir del tiempo, el enraizamiento único en estos campos de Jaén. Jornaleros y jornaleras, manos callosas y espíritus revueltos, ricas historias de cánticos y desgarros entre los troncos robustos, de amores y desamores bajo los ramajes retorcidos, relatos de lealtades y traiciones, de vida y muerte. Duras jornadas de trabajo bajo el sol, bajo el calor, bajo la lluvia o el viento, tragando tierra y sudor, en busca de ese tesoro que aquí habita, ese que necesita del riego impávido de la calmada espera para ser extraído, que necesita de esa esperanza que viste de verde las ramas, la tierra, el propio espíritu del hombre.

Muchas cosas he aprendido durante todos estos años. Muy atrás quedan ya los recuerdos cubiertos de polvo y telarañas de los míos. Aun sabiéndome un elegido, todavía albergo esos mismos miedos de entonces, esas dudas sobre qué me deparará el destino, esa presión de saber si habré estado a la altura del empeño. No seré yo quien diga todo ello, otros serán los que juzguen y dictaminen si ha merecido la pena mi presencia aquí, si tan largo viaje a través del Mediterráneo, si tanto tiempo echando raíces, han dado los frutos esperados. Ha llegado la hora, el momento de la recolección, el ordeño, el vareo… Ay, ojalá fuera así. Odio las máquinas, temo esas atroces vibraciones que todo lo sacuden, acaso soy un sentimental, acaso prefiero agarrarme  a lo de siempre, a lo de antes, lo que me contaron mis abuelos, mis padres… Todo está cambiando ahora, todo sucede con prisas, ruidoso, violento, tecnificado, veloz, sin poso alguno, con exagerados aspavientos, como si se les acabara el tiempo…

Algunos caen pronto, otros aguantan algo más, pero todos son partes diminutas de un destino señalado y fructífero aunque en esos momentos no lo parezca. El tiempo de la recolección repite rutinas que por muy vistas o vividas no dejan de ser siempre algo demasiado rotundo para mí, incluso siendo uno de esos elegidos. Para eso nos trajeron aquí, para eso vine a estas tierras andaluzas, secas y cálidas, aromáticas y repletas de duende. Todo llegará a buen puerto, lo sé… Pero no puedo evitar la emoción, no puedo evitar que las lágrimas alentadas por el rocío de la noche caigan sobre mí y se posen en esta tierra bendita. Cada año, cuando llega este momento, siento como si se fuera una parte de mí con todos ellos, como si me arrebataran de alguna forma lo que es mío, lo que me pertenece. Sin embargo, como la propia muerte, sé que todo esto es parte del proceso vital, que no puede existir una cosa sin la otra. Unos caen, se los llevan, mueren… otros nacerán, crecerán y alcanzarán su plenitud, es el ciclo de la vida. Ahora llegará la almazara, el proceso para tamizar las impurezas, para eliminar todo lo desechable acumulado durante tanto tiempo y que no es más que la pintura de la condición propia de la naturaleza sobre todos nosotros. En este procedimiento técnico final, por tanto frío y despiadado, han de ser limpiados, eliminados de toda suciedad. Acaso también nosotros mismos, antes que nos alcancen los elementos putrefactos, que alguno que otro hay, quizá esos nuestros propios pecados. Puede ser doloroso, pero todo proceso verdaderamente transformador acaba siéndolo. Solo así, puros, quizá ya libres de la opresión, alcancemos ese estado, ese punto donde no hay más sufrimiento, donde todo es hermoso, tan bello que parece irreal, donde todo es brillante, aromático y sabroso, donde nuestra vida parecerá, de una vez por todas, haber tenido sentido. Quizá entonces seamos verdaderamente ese símbolo de paz, de renovación, de bendición divina, un regalo de Dios hacia el hombre. Tronco, ramas, hojas, fruto… de aquella cepa que fui a este líquido denso, dorado, sabroso… toda una vida. Quizá ahora, ya transformados, seamos más que nunca nuestra esencia más pura, nuestro legado más eterno; ese punto amargo en la lengua, ese picor suave y hasta sugerente en la garganta, Es cierto, entonces, y solo entonces, quizá nuestra existencia tenga verdadero sentido.

     … ¿Acaso ahora, al paladearte, no he vuelto a revivir mi propia vida?

     Sí, se trata de mi vida, esa que de niño dejé allá en los viejos pueblos que enmarcaban el Tigris y el Éufrates. Sí, esa misma vida que cruzó peligrosamente las aguas anunciadas cálidas y serenas del Mediterráneo, también  frías y misteriosas en esas noches terribles de tempestad en las que creí morir. Sí, también sentí el alivio y la magia, el abrazo de esta tierra a la que nunca creí llegar, en la que jamás creí enraizar. Se trata de mi propia vida, esa construida a base de llantos y alegrías efímeras, esa vivida bajo las sombras juguetonas de las ramas retorcidas, esos primeros amores junto a los ásperos troncos grises, esas decepciones desatadas en forma de lágrimas que regaban la tierra seca. Acaso esas jornadas de esfuerzo, de paciente espera, de duras horas de recogida en torno a ellos, a vosotros. Y al fin, ya libre de toda impureza, de odios, envidias, vanidades y tristezas, pasadas a través del tamiz que el tiempo y Dios disponen para cada uno de nosotros, alcanzar ese estado de luz, ese brillo inconmensurable, ese aroma especial, ese sabor único de la libertad, despojado de maldad, desvestido del tacto corrupto de la carne, acaso sometido por el aire invisible y plácido del espíritu, acaso cada vez más cerca de Dios. Ahora lo sé yo también. He visto tu densidad, tu tono dorado y sugerente, tu juego brillante de luces y sombras, tu pureza. Te he sentido en el paladar. He percibido los tonos amargos de la nostalgia, del dolor, de la espera incierta, he notado el picor del sufrimiento, de las dudas, de la falta de fe. Me has dejado con ese sabor inigualable…

     Ahora lo conozco, ahora te conozco, sé quién eres. Me has contado tu historia al saborearte, y he sentido que, con todos esos matices, tu sabor permanecerá para siempre en mí. Ahora siento que tanto tú como yo somos parte de esa misma madre tierra, de esa naturaleza que todo lo rige, de esa fuente de vida que todo lo conoce. Sí, tú eres puro ahora, y yo también. Nuestros caminos han marchado siempre el uno junto al otro y es ahora, al confluir ambos, cuando me doy cuenta que todos, que tú y que yo, somos uno. Hijos de un mismo padre, de una misma madre, de un mismo Dios. Ahora se me ha revelado todo al sentirte en el paladar. Sí, es verdad, nuestras vidas han merecido la pena.

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