220. El Concilio de los Oficios Olvidados
Tras revisar el ruedo, ya sin aceitunas, agarró la espuerta por ambas asas y caminó a la siguiente. Aprovechando la liberadora verticalidad estiró los músculos de la espalda, que respondió con quejidos vertebrales. Suspiró.
Oliva a oliva.
Pensó, a modo de distracción, en la merienda que le aguardaba. Había comprado queso fresco de la Angustias y estaba deseando poder hincarle el diente. Antes de que los rayos de sol se atrevieran a asomar por el mundo y mucho antes de que la casa cobrara ecos de pasos y voces, ella ya había preparado la merienda para la trupe: véase, Paco, su marido; los dos mayores, Miguel y Francisco; su nuera Antonia; su nieta (y tocaya) Águeda, una chiquilla de diez años; y sus progenitores, Andrea, que le sacaba siete décadas a la peque (70+10) y Pedro, que le añadía tres años a la suma anterior (70+10+3). Había sido cuidadosa en las porciones, pues debería alcanzar también para mañana. Tenían que aprovechar los próximos días soleados, lo había anunciado la mujer del Tuerto, que muy pocas veces, más concretamente su dolor de huesos, se equivocaba. Pasado mañana quedaba muy lejos todavía, ya apañaría alguna otra cosa. Salivó al imaginar el pan empapado en verdoso aceite, con un tomate estrujado, un buen trozo de queso, y al final, unas cuantas aceitunas negras: verde, rojo, blanco y negro.
Incluso en su cénit, el sol no lograba calentar la mañana invernal. Águeda se sopló en los entumecidos dedos mientras hincaba la rodilla derecha en la húmeda tierra. Situó la esportilla de esparto unos pasos por delante, muy cerca del troncón. Llevaban tres días sin poder recoger—como Dios manda—por una intermitente e inoportuna lluvia que había empapado la porosa tierra de la finca. Peor aún, el viento había hecho el trabajo de los vareadores y había tirado al suelo los rebosantes y ennegrecidos frutos de la cosecha tardía. A mediados de febrero, la aceituna lucía lustrosa sin apenas alpechín. Las pieles a punto de reventar legitimaban el refrán de su padre: “Hasta enero, el aceite se queda en el madero”. Por eso, había que darse prisa y sacar tajada del buen tiempo, frío, pero buen tiempo. Sus dedos ágiles recogían las víctimas de ese Febrerillo el loco que venía años sí, otros también. Cuando sus dos manos abarcaban una almorzá, con maestría de años, la lanzaba y rellenaba un poco más el hondo capazo.
Aceituna a aceituna.
Minutos después, lanzó una mirada de reconocimiento y asintiendo, dio por terminada la oliva. Se recolocó y estiró la sufrida espalda. Suspiró.
Si Águeda hubiera tenido acceso a una universidad y si hubiera estado familiarizada con el trabajo de un fisiólogo ruso de apellido Pavlov que empezaba a sonar con fuerza en el mundo académico de 1930, época en la que transcurre esta historia, quizás habría reconocido la creación de una asociación pavloviana entre terminar una oliva y suspirar. Sin embargo, al no ser capaz de ponerle nombre o quizás simplemente por tradición, ella mascullaba para sus adentros: una más. Pero, cuando estaban de remate, cuando pronto terminarían la campaña, vamos, cuando el optimismo inundaba su corazón pronunciaba orgullosa, en voz alta: una menos.
Optimista latían sus sensaciones, por lo que se encontraba en proceso de vocalización externa para liberar la “u”, cuando vio algo tan inusual que en una especie de anti-sorpresa (si tal cosa existiera) la cerró.
Un hombre, con sandalias de cuero y una toga blanca, caminaba distraído por el ondulante terreno. Miraba al suelo, luego al cielo y, a veces, posaba su mirada en los olivos, como si de un cuervo se tratase, mientras entrelazaba sus dedos con las ramas. Iba bien afeitado y muy limpio, sorprendentemente decoroso para aquel lugar tan proclive a las manchas de aceitunas, barro, sudor y dolor.
—Buen hombre, ¿necesita usted ayuda? No parece ser de por aquí —gritó Águeda.
El hombre fingió que era la primera vez que la veía. Sin alterar el ritmo, caminó hasta ella.
—Buenos días, buena mujer. Y sí, agradezco su ofrecimiento. Abusando de su amabilidad, ¿podría usted acompañarme en un corto paseo para que conversemos?
—Estoy recogiendo, es que no lo ve —arrugó la frente y se ciñó la espuerta airada—. Si necesita algo dígamelo, tengo faena y no soy mujer de perder el tiempo.
—Tranquila, su tiempo no lo perderá. La necesito para algo muy importante.
—No creo ser yo persona de cosas importantes.
—Usted es ideal —y, al pronunciar la última palabra, amplió su sonrisa.
—Ande, lárguese con sus cuentos a otra parte y no moleste. ¿Anda borracho?
—No se preocupe, cuando terminemos todo volverá al momento de antes de esta conversación —y extendió su brazo con la confianza de un veterano pintor que enseña su obra maestra por enésima vez.
El movimiento reveló algo inquietante.
El mundo estaba en silencio. No había golpeteo de varas, ni tarareos, ni frases gritadas tipo ‘tira del pico pa’rriba’ o ‘pues esta ya está’. Ni siquiera el trino lejano de los pájaros. Las varas estaban congeladas en el aire, al igual que los hombres que las esgrimían. Comprobó con asombro que Paco (que justo se había quedado a medias de un estornudo) se inclinaba, con la boca muy abierta hacia el suelo, al mismo tiempo que contraía todos sus músculos de la cara. Feísimo. A su lado, su nuera parecía una tortuga que intentaba alargar su cansino paso a ras de la tierra. Todo se tornó estático; incluso la suave brisa había dejado de mecer los tallillos de las ramas.
—No se preocupe, volverán a su estado, se lo prometo. Me gustaría pasear y conversar con usted.
Águeda quiso gritar, pero la voz del extraño poseía un efecto sedante que transmitía templanza y sabiduría, como si vinieran de un sitio muy profundo en las huellas de la historia.
—¿Quién eres?
—Sólo un hombre con un gran error que enmendar.
—No lo parece —y alzó la vista al cielo— ¿Eres Jesús? ¿Dios?
El hombre sonrió con malicia.
—Bastante líos tengo yo, como para meterme en triángulos amorosos. Soy un filósofo. ¿Sabes lo que es un filósofo?
—Gente con fortuna y tiempo para pensar pamplinas.
—¿Y por qué cree que pensamos en pamplinas?
—Para labrar y cultivar la tierra seguro que no. ¿Qué les ha hecho? ¿Es un embrujo?
El hombre se acercó hasta ella y la agarró con suavidad del antebrazo.
—¿Le importa si caminamos? Cuando terminemos de hablar, todo volverá a la normalidad.
Águeda comenzó a andar por toda respuesta.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando esta tierra?
—Toda mi vida.
—¿Son suyas?
—De mis padres, pero las recogemos toda la familia.
El hombre apuntó a una mujer mayor sentada en una silla de esparto.
—Mi madre, Andrea.
—¿Qué hace?
—Rebuscar la limpia.
—¿Cómo?
—Ve esos tallos rotos, son las ramas quebradas. Ella se encarga de comprobar que no quede ninguna aceituna.
—¿Y quedan muchas?
—Ninguna aceituna se puede desperdiciar.
—Efectivamente. ¿Qué edad tiene?
— Ochenta años.
—¿Y no debería estar descansando en casa?
—Ya descansará cuando esté muerta.
—¿Y usted lo ha conocido?
Águeda negó con pesadez.
—¿Y qué ha conocido?
—El trabajo y mi familia.
—¿Le hubiera gustado conocer algo más? Por ejemplo, el mar.
Volvió a negar.
—¿Qué más me da el mar? Un charco grande y redondo. Bastante suerte tengo con mis olivos que son míos. Mi familia trabaja de sol a sol, pero vivimos de lo nuestro y no dependemos, gracias al cielo, de la avaricia de ningún señorito. Si viera usted en el pueblo.
—¿Qué vería?
—Mucha gente honrada, buena y trabajadora, explotados como bestias, peor incluso. Los perros de caza y sus caballos comen mejor. Y eso es muy injusto.
—¿Y qué es la justicia para usted?
—Se ve que no ha dado un palo al agua en su vida.
—Palos físicos, muy pocos. Palos intelectuales unos cuantos. Y de esos me alabo. ¿Usted se alaba?
—¿Alabarme por qué?
—Por el buen trabajo que hace.
—Mis tareas, nada más —se sacudió tierra de las manos.
—¿Y cuáles son sus tareas?
—Cuidar de los míos.
—¿Y de usted?
—Los míos son lo primero.
El hombre asintió y guardó silencio. Parecía que no era la primera vez que escuchaba esas palabras.
—¿Quién ha preparado hoy la comida de los suyos?
—Yo.
—¿Quién ha preparado hoy la ropa de los suyos?
—Mi madre, mi nuera y yo.
—¿Quién ha limpiado la casa antes de salir?
—Mi nuera me ha echado una mano.
—¿Y en el campo qué hace?
—Nosotras recogemos las aceitunas caídas.
—¿Ella también?
El hombre señaló a la más pequeña que inmóvil lanzaba un puñado de estáticas aceitunas que parecían ensartadas con invisibles alfileres en el aire.
—Desde que era así de chica —y se golpeó suevamente en su cadera—. ¿Podré echarle unas aceitunas a la espuerta?
—Es su finca, pruebe —dijo complaciente.
Se acercó a la manta rebosante de aceitunas y tallos. Agarró un par de puñados, que para su sorpresa, las pudo coger sin problema.
—Le damos una peseta por cada cuatro espuertas —se excusó—. Para que se compre algún caramelo duro.
El hombre la observó con admiración e imitó el gesto de Águeda. Depositó con cuidado otro par de puñados.
Espuerta a espuerta.
Continuaron caminando unos minutos rodeados del más asombroso silencio.
—¿Qué tiene su padre alrededor de sus pies?
Águeda dibujo una tierna sonrisa.
—Se dedica a calentarnos cantos rodados para que no se nos queden frías las manos.
—¿Le duelen?
—Me arden del frío y me queman del roce. Sin embargo, lo peor es la espalda, aquí —se señaló las lumbares—. Todo el santo día agachándome y levantándome. Agachándome y levantándome. Es horrible.
—Me lo imagino. Tiene que…
—Pobre infeliz. No se imagina lo que es recoger aceitunas, créame.
—¿Por qué usted no varea?
—¡Válgame el señor! ¡Qué cosas dice! Eso siempre ha sido cosa de ellos.
—¿Y por qué?
—Es así. Hay trabajos de hombres y otros de mujeres. ¿Por qué tanta pregunta?
—A los filósofos nos gusta preguntar. ¿En qué piensa mientras trabaja?
—Si he traído queso suficiente para todos, que hay que poner los pimientos a secar, que tenemos que gastar la mermelada de mora que hicimos el verano pasado, que si tengo que ir a casa de la Engracia a por huevos y leche para la niña o cuánto jarabe para la tos le queda a mi madre…
—¿Qué futuro se imagina?
—Este. ¿Qué más quiero?
—¿No quiere algo diferente?
—¿Diferente? ¿Cómo qué?
—No lo sé, piénselo. Tenemos todo el tiempo del mundo —y le sonrió cómplice.
El mundo con quietud es extraño, como una bestia sin hambre. La vida se sumerge en capas de templanza que se desperezan desorientadas al igual que las edades geológicas. Sin la urgencia de la supervivencia, la vida se torna hostil, o más bien, impropia, parece otra, y en realidad lo es. Una sin nombre ni forma. Una esencia desterrada por atávicos dioses por ser demasiado cruda, violenta, arcaica, fundamental.
Águeda buscó con la mirada las tumbas de su abuelo y de su abuela, enterrados bajo el gran olivo. Tantas otras generaciones de labradores se habían quedado orbitando en eternas jornadas de campo para acabar alimentando de callos y huesos machacados el terreno que con tanto esfuerzo cuidaron. Para acabar igualmente sin nada. Porque, he aquí, en el caso de la familia de Águeda, una rara avis de éxito, de una familia humilde y pobre que consigue su propio terreno. Un homenaje al sueño americano, que tiene tanto de sueño, como los americanos de americanos. Nada.
Las historias de los pobres son duras y crudas, y la mayoría seguirán siendo duras y crudas.
Campaña a campaña.
Sentía su corazón palpitar con fuerza, como si quisiera decirle que clamara aquellas palabras ocultas y enterradas por generaciones pretéritas. Estaban agazapadas en su garganta y ella se empeñaba en sepultarlas con excusas despóticas y obligaciones rancias. Sentía la mano del filósofo en su codo. Era suave y fina; no como la de su Paco, áspera y rugosa, casi lijosa de tanta vara, escardilla y hacha. Contempló las suyas y aunque las habitaban otras heridas, en el fondo no había gran diferencia. Las de su madre, la de sus hijos, incluso las de su querida nieta serían igual de callosas. Todas las manos de los pobres se parecen, pensó. Su corazón latía furioso. Mirando el gran olivo que custodiaba los huesos de sus ancestros, finalmente respondió.
—No quiero cargar con tanto.
El hombre tenía clavada la vista en el cielo despejado.
—¿Quieres conocer el mar?
Águeda negó con la cabeza.
—Me da miedo.
—¿Miedo?
—Tiene que ser…—se mordió el labio buscando la palabra.
—¿Me acompañaría a verlo?
—El mar está lejísimos.
—Cuando tienes a un demiurgo de tu parte, no tanto —y le guiñó un ojo.
Una oscuridad absoluta los engulló y enseguida los escupió en una playa de fina arena. Antes de abrir los ojos, Águeda ya escuchó el rumor de las olas. Era un sonido envolvente, lejano y, al mismo tiempo, atronador. Abrió los ojos con suavidad, saboreando el aire salado para descubrir una hermandad azulada. El mar parecía fundirse en el cielo, o quizás fuese el cielo el que jugueteaba en la inconcreta línea del horizonte. Seguro que todo aquello no podía ser más que un sueño.
—¿Sientes miedo?
Varada frente al mar, Águeda se liberó del viejo temor de su imaginación, de una opresión y de una angustia disfrazada del negro de la noche. Una lágrima rabiosa, otra un poco más dulce. No recordaba la última vez que había llorado. Quizás nunca había llorado desde que se convirtió en mujer.
Negó con la cabeza.
—No es un charco grande, es algo… —siguió sin encontrar la palabra precisa.
—Mira, ya están llegando el resto —y el hombre señaló hacia un punto de la playa.
Águeda miró en aquella dirección y distinguió a más hombres de túnica blanca y sandalias, caminando junto a mujeres de vestimentas diversas.
—Por ahí viene mi alumno Platón, con una sirguera.
—¿Qué es una sirguera?
—Son mujeres que se dedican a remontar barcos por la ría de Bilbao arrastrándolos con cuerdas.
—¿Por qué no tiran los mulos?
—Ellas son más baratas.
Águeda asintió con resignación.
—¿Y los hombres?
—En las fábricas.
—En unos años, las homenajearán con una hermosa estatua. Quizás podamos conseguir una estatua para vosotras, las recogedoras. Al lado de la plaza nueva de la catedral de Jaén. Quedaría divina.
—¿Una estatua? —repitió sin comprender.
—La jefa, mira —le advirtió el hombre.
Una mujer con túnica violeta bajaba descalza por una pequeña loma, dando la espalda a un templo de columnas blancas y alargadas.
—Creo que está contenta, parece ser que por fin hemos hecho bien nuestro trabajo.
Entonces, como si estuviera orquestado, una treintena de parejas de hombres y mujeres alcanzaron un pequeño anfiteatro de piedra. Se sentaron y aguardaron. Las mujeres se miraban tímidamente entre ellas, buscando una respuesta. Los hombres asentían sonrientes. Todos parecían salidos de un sueño. La mujer tomó la palabra:
—Estimadas compañeras, soy Diotima, y os agradezco enormemente vuestra presencia hoy aquí. Venís de lugares y tiempos diferentes, algunas compartís época, otras no. No obstante, a todas nos une un alto cometido. Estos iluminados —y señaló al grupo de hombres— son filósofos de gran nombre: Platón, Aristóteles, Sócrates, Parménides, Tales, Heráclito… que han incurrido en un pequeñísimo olvido. Nos borraron de sus grandes pensamientos y desterrado de gran parte de la vida. Hoy nos reunimos aquí para redimir su grave error que lleva siglos atormentándonos. Perdonad que os nombre por vuestra piel y no por vuestra alma, que me está velada todavía: sirgueras, mariscadoras, comadronas, amas de casa, astronautas, enfermeras, aguadoras, poetisas, científicas, maestras, recogedoras —y miró a Águeda con una gran sonrisa—. Quiero que contéis cómo es vuestra piel y también vuestra alma. Para que estas grandes mentes hagan bien en corregir su visión del mundo. Doy por inaugurado El Concilio de los Oficios Olvidados.



