22. El aceite de los sueños
I
Desde el Cerrillo de la tía Manuela, el campo brillaba como un espejo herido. Cientos de placas fotovoltaicas se alineaban en perfecta geometría, atrapando el sol sin descanso. Aquel terreno, que una vez fuera tierra fértil y aromática, ahora era una planicie estéril de metal y silicio.
Valentín Catena lo contemplaba desde la verja oxidada, apoyado en su bastón de almendro. Tenía setenta y cuatro años y los ojos del color del humo. En su rostro, curtido por el viento y las pérdidas, aún brillaba algo parecido a la esperanza.
El campo había sido de su familia durante generaciones, exactamente desde 1784. Antes de la instalación solar, crecía en él un olivar que se extendía como un mar verde y plateado donde los peces eran conejos entre olivares. Valentín recordaba el zumbido de las abejas, el canto de los mirlos, los nidos de la tórtola y la tronconera que les traía de niño el mulero Juan Panocho, la madriguera del conejo, del jabalí, de la comadreja y la risa de su padre hincando el arado unido al ubio que tiraba la mula Capitana al amanecer.
Pero todo eso había desaparecido hacía doce años, cuando su hermano menor, Manuel, —más práctico que romántico— vendió la finca a una empresa de energía renovable. “Es el futuro”, dijo entonces. “Lo ecológico, lo rentable.” Y firmó con una sonrisa el contrato que desposeyó a la tierra de su memoria.
Valentín, que siempre fue marino, no se opuso con suficiente fuerza. Su esposa estaba enferma por entonces, y la vida apretaba desde muchos frentes. Pero desde que ella murió, cinco años atrás, algo comenzó a crecer en él como una raíz terca: un deseo extraño de redención, de volver a empezar, de sanar las heridas de la tierra… y también las suyas.
II
No fue fácil. Los directivos de Solaria, S.A XXI, la empresa propietaria del campo, lo miraron como si estuviera loco cuando pidió comprar de vuelta la finca. Rieron. Pero el tiempo cambia las circunstancias. El terreno había rendido menos de lo esperado y una nueva ubicación en Lopera prometía más rendimiento por menos inversión. Tras meses de trámites, hipotecas y venta de casi todo lo que poseía, Valentín firmó el contrato.
Volvió a ser dueño del campo de sus bisabuelos. Un terreno cubierto de estructuras metálicas, cables enterrados y una tierra adormecida, sin sombra ni canto de grillo.
El primer día que entró en la finca, caminó descalzo por la tierra seca. Le habló en voz baja. La llamó “vieja amiga”, “hermana olvidada”, “madre dormida”. Lloró, sin avergonzarse.
Y entonces soñó.
Soñó con olivos, muchos. Gordos y retorcidos, como los de antes. Soñó con niños corriendo entre los troncos, con aceitunas cayendo a mantas, con aceite virgen goteando de una prensa manual. Soñó con lo que había sido… y con lo que podría volver a ser.
III
La retirada de las placas fue costosa y agotadora. Nadie quería ayudarle. Los vecinos lo consideraban un excéntrico, un viejo con nostalgia. ¿Sustituir energía solar por olivos? “Está loco, al revés del mundo”, decían en el bar del pueblo. Él, pensaba en su interior: “ los marineros miramos al cielo para orientarnos, vosotros, agricultores, para insultarlo si no llueve o si llueve porque es demasiado o a destiempo”.
Pero Valentín no se detuvo. Vendió el cobre de los cables. Reutilizó los marcos de aluminio como tutores para los jóvenes árboles que pensaba plantar. Cada día, al amanecer, se presentaba con su vieja azada y un termo de café. Daba órdenes a los operarios contratados como si aún tuviera treinta años.
—La tierra no está muerta —decía—. Solo está triste.
Y trabajaba junto a ellos.
A los tres meses, el campo era de nuevo tierra pura. Seca, empobrecida, pero libre. Valentín contrató a un agrónomo joven, que le explicó que necesitaría al menos dos años para recuperar su fertilidad plena. No le importó. Tenía tiempo. No para ver el fruto de todos sus esfuerzos, quizás, pero sí para sembrarlo. Analizaba la tierra, las hojas recogiendo muestras dando una vuelta en círculo a olivos de distintos parajes como si acariciase el pelo de una hermosa mujer, pues pensaba que si no sabes que eres diabético, seguirás tomando azúcar.
—Hay árboles que se plantan sabiendo que será otro quien goce su sombra —le dijo una tarde a su nieta Candela, que lo visitaba los fines de semana desde la ciudad. “ Al olivo y al potro, que lo cuide otro”- respondió Valentín recordando el refrán escuchado en el pueblo que se desangraba en su exilio a Cataluña los meses de verano.
Candela tenía 24 años y estudiaba arquitectura. Era de pensamiento rápido y emociones contenidas, como su madre. Pero le gustaban los cuentos de su abuelo, y poco a poco fue quedándose más días, ayudando con la plantación, tomando notas, dibujando en una libreta de tapas negras.
—¿Y si hacemos un refugio entre los olivos? —propuso un día—. Para leer, o dormir, o esperar la lluvia.
—Hazlo —respondió Valentín—. Que sea de madera. Y sin electricidad.
Candela sonrió por primera vez en mucho tiempo.
IV
Los primeros cien olivos llegaron en camión desde Jaén. Plantones jóvenes, de variedad picual. Valentín los miró como un padre mira a sus hijos en la cuna. Cada uno fue colocado con cuidado, con abono, con compost y con una oración en voz baja. Preparaba el desfonde o el subsolado cruzado, a veces el despedregado preparando el drenaje para el invierno y ordenaba hacer el marqueo en tresbolillo
Había leído todo lo que pudo sobre regeneración de suelos. Compostaje, rotación, micorrizas, fertilización o fertirrigación con reacción ácida para evitar la obturación de los goteros. Empleaba el NPK : el nitrógeno y el fósforo en marzo para corregir el descenso hasta septiembre y el potasio en julio, ayudándolos con el ecológico alpechín y orujo. El viejo soñador se volvió estudiante. Su mesa de comedor estaba cubierta de libros, mapas, notas. Ya no veía la televisión. Solo leía y soñaba.
Combatió plagas y enfermedades sin plaguicidas, con insecticidas. El primer invierno fue duro. Una helada temprana mató doce árboles. Lloró por ellos. Volvió a plantar en primavera.
A la gente del pueblo ya no le parecía tan loco. Lo saludaban desde los tractores. Alguno se ofreció a echar una mano. Poco a poco, entre risas y cerveza, comenzaron a ayudarle a restaurar una vieja caseta de aperos que Valentín convirtió en biblioteca rural.
En las tardes, colocaba sillas entre los olivos, y leía cuentos de Machado a quien quisiera escucharlo. A veces eran niños del colegio. A veces solo los pájaros.
V
Un periodista joven de Canal Sur se enteró del caso. Fue a entrevistarlo, intrigado por aquel hombre que desmontó un parque solar para plantar olivos.
—¿No es contradictorio lo que ha hecho, señor Catena? ¿Renunciar a energía limpia para cultivar algo tan tradicional?
Valentín lo miró largo rato antes de responder.
—¿Y quién le ha dicho que el progreso tiene que estar hecho de cristal y litio? El olivo también es energía. Y memoria. Y alimento. El sol da vida, pero no solo a las máquinas. También a la tierra.
La entrevista se volvió viral. Al cabo de un mes, el campo de Valentín era conocido como “El soñador de la Mojonera”.
Recibió cartas. De Argentina, de Grecia, de Japón. Agricultores, profesores, poetas. Le decían que les había recordado que no todo estaba perdido. Que aún había espacio para los sueños en este mundo tan programado.
Valentín las leía cada noche, sentado junto al fuego, con su gato durmiendo en las piernas.
VI
Los olivos crecieron. No todos, pero sí la mayoría. A los cuatro años comenzaron a dar fruto. Pocas aceitunas, pero doradas como el sol viejo.
Valentín compró una pequeña prensa manual. La instaló junto a la caseta. Invitó a los niños del pueblo a ver cómo se hacía aceite. Les habló del sabor, del tacto, de la paciencia.
—No se trata de producir mucho. Se trata de producir con amor.
Ese año etiquetaron las primeras botellas: “Aceite de los Sueños”. Un diseño sencillo, dibujado por Candela. Se vendieron en dos semanas y no había bar en los contornos que no presidiera cada mesa con una botellita para regar las tostadas del desayuno.
VII
Una tarde de otoño, cuando el campo olía a tierra húmeda y las cigarras se callaban temprano, Valentín se sentó bajo su olivo favorito. Era el más alto, el más sabio. Le hablaba como se habla a un hermano.
—¿Ves? —le dijo—. Lo logramos. Tú y yo.
Se quedó dormido allí mismo, con la espalda apoyada en el tronco.
Cuando lo encontraron al amanecer, tenía una sonrisa en el rostro y su sempiterno purillo en la comisura de los labios. Murió como había vivido: junto a la tierra que amaba, soñando con raíces profundas y hojas que cantan al viento.
VIII
Candela tomó el relevo. No solo cuidó los olivos, sino que amplió el proyecto. Creó un centro educativo sobre agroecología y memoria rural. Invitó a jóvenes de toda Europa. Plantó más árboles. Escribió un libro sobre su abuelo titulado «La nueva olivicultura: la luz que dan los olivos».
Y nunca, nunca, instaló placas solares sobre aquella tierra.
Porque entendió que su abuelo no era un loco sino un soñador que quiso decir que el verdadero progreso no está en lo nuevo, sino en lo que no olvidamos.



