218. La luz en los olivares

María Requena Castañol

 

Nunca se va del todo la luz en los olivares.

Al anochecer, la aceituna, avara, atesora los abundantes rayos de sol todo alrededor del hueso, en carne prieta que reclama el esfuerzo para conseguir su preciado jugo, vareo y almazara, atrojado y molienda, para extraer un caudal que ha sido lumbre de hogares de roca y adobe, alimento de generaciones, impulso de civilizaciones.

Termina el día, y los que tanto se han afanado vuelven al hogar, a sacudirse el polvo denso, el olor espeso y los dolores ásperos de la jornada.

Todavía hay ánimos, sin embargo, para departir en filandón sobre los acaeceres de la mañana, mientras el fuego hace brillar las caras sudorosas, y el claro de la arena y la cal de las casas reflejan la luna, tranquila en la noche.

Nunca se va del todo la luz en los olivares.

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