213. Suave que me estás matando

Fran Buesa

 

Para su cincuenta cumpleaños le regalaron una carísima botella de aceite de olivos milenarios. Nadie lo pudo adivinar, el objetivo de su nueva vida era llegar a los cien años, y para eso había adoptado la dieta Pritikin: nada de grasas, ni una gota de aceite. El obsequio era, pues, tan inútil como regalarle un extintor a un pirómano.

Durante días observó la botella en la estantería con la misma incomodidad con la que se mira un jarrón heredado: demasiado caro para tirarlo, demasiado inútil para usarlo. Hasta que resolvió darle un destino.

Primero vertió aceite en los escalones, brillaban como un anuncio de detergente. Luego pensó en sus botas, las frotó hasta que parecieron recién salidas de una boutique de lujo. Después se miró las manos embadurnadas, tan radiantes que daban ganas de aplaudir para deslumbrar. Entonces se desnudó: se untó los brazos, el pecho, el abdomen. Continuó por las piernas, sin olvidar los genitales, que lucieron como un trofeo recién pulido.

Cuando ya parecía una estatua de cera recién abrillantada, dio un traspié. El resplandor lo cegó, la piel le resbaló contra sí misma y se precipitó por el hueco de la escalera.

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