211. Suave como el aceite
– Mamá, ¿sacasteis ya las redes y las varas? – preguntó Alicia al entrar en el salón.
-Sí, está todo listo, así podemos empezar mañana temprano. Comenzaremos con los olivos de la parte de arriba y nos vamos acercando a la casa. Este año están bastante cargados, necesitaremos todas las manos disponibles. – Contestó Lucía a su hija mientras colocaba el libro que había terminado de leer en la estantería.
– Ya, pero estarán las manos de siempre. Jaime no creo que venga, siempre tiene alguna excusa del trabajo y Cris estará también muy ocupada con las chicas.
– Cris me dijo que vendrían las tres. Las niñas tienen puente y no están de exámenes, dice que querían pasar el fin de semana aquí.
– Pasar el fin de semana no significa coger aceitunas, tus nietas madrileñas son demasiado finas para eso.
– Anda, tonta, ya verás como nos echan una mano, ya aprendieron el año pasado a coger las aceitunas de las redes.
– Bueno, bueno, ya veremos…
-Tu padre y Andrés se dedicarán al vareo y nosotras a las redes, como siempre. Beatriz se queda en casa con el bebé pero dice tu hermano que vendrá más tarde a comer. Si viene Jaime, mejor, tendremos otro con la vara.
-No te ilusiones, que ese ya sabes que solo viene en Navidades a comerse el turrón y llevarse las garrafas de aceite. Me voy a la cama, mamá, que mañana será un día duro. Dile a papá que llevo yo también mi coche por si bajamos alguna caja de aceitunas al lagar por la tarde. Hasta mañana. – Se despidió Alicia.
– Hasta mañana, hija; descansa.
Todavía no había amanecido cuando Alicia llegó a la casa de la finca, por mucho que madrugara, sus padres siempre lo hacían más; entró en la cocina y sonrió al percibir el aroma de bienvenida, un puchero de café recién hecho la invitaba a desayunar. Bebió el café, se puso los guantes y salió en busca de sus padres que ya estaban colocando las redes en los olivos cercanos al pozo.
-Buenos días, ¿no ha llegado Andrés? – preguntó a sus padres.
-Sí, ha ido a por las cajas y las varas. Vamos a tener buena mañana, ni una nube hoy -contestó su madre mirando al cielo.
-Sí, pero hace un frío de narices- protestó Alicia ajustándose el pañuelo que llevaba al cuello.
-Ali, ya verás que pronto entras en calor- dijo Lucía con una sonrisa irónica.
-¿No me digas? Qué graciosilla se ha levantado hoy mi madre. Papá, no te pases vareando, deja a Andrés que dé a las ramas más altas que tú ya no estás para estos trotes.
-Estoy bien, no te preocupes, además tu madre ha venido cargada con una tonelada de paracetamol- bromeó Tomás.
La mañana transcurrió tranquila y provechosa, los olivos estaban bien cargados de aceitunas y la destreza de los vareadores facilitaba que cayeran sobre las redes. Se notaba el trabajo previo de la poda y la selección de las ramas porque los frutos caían sin apenas hojas sueltas lo que facilitaba a las mujeres su recogida sobre las redes. El sol tibio de diciembre empezó a calentar con menor timidez y los recolectores pudieron quitarse las chaquetas y trabajar más cómodos. Entre quejas y risas los cajones iban llenándose y hacia el medio día ya tenían media docena completa. Estaban tan ensimismados en su tarea que no oyeron el sonido del coche que acababa de llegar.
-Abuela, ya estamos aquí, llegaron los refuerzos- gritó una niña de diez años que corría hacia el grupo.
-Y bien altas y fuertes que vienen estas chicas madrileñas- venid que os dé un beso e id a saludar al abuelo que está allí con el tío Andrés.
-Ya nos hemos puesto los guantes para ayudar. – Mostró la segunda niña, un par de años mayor.
-Ea, pues mirad, aquí hay una red llenita de aceitunas que tiene vuestro nombre, Alba e Inés- les dijo Alicia a sus sobrinas después de darles un abrazo. ¿Y vuestra madre? ¿Ya se ha rajado?
-Ya estoy aquí, listilla- saludó Cris que se acercaba poniéndose los guantes.
-Bienvenida, princesa. Puede, vuesa excelencia, postrar las rodillas cuando lo desee- bromeó Andrés desde un árbol más alejado.-Anda que no estáis tontos los dos, si yo estoy más fuerte que vosotros, tres días de gym por semana, fijaos en mis bíceps- rio señalando su brazo.
-Acero pa los barcos, casi igual el fitness que estar aquí doblada colocando redes y cogiendo aceitunas, anda releva a mamá que ya estará cansada. – Contestó su hermana señalando el montón de aceitunas que faltaba por recoger en esa red.
-No estoy cansada pero sí tengo que irme a hacer la comida, así que os dejo en armonía, no riñáis y llenadme esos tres cajones antes de ir a comer. – Lucía se quitó los guantes y se encaminó hacia la casa.
-Mamá, asa las chuletas y los torreznos en la lumbre- gritó Andrés
-¿Chuletas? Mamá, recuerda que soy vegetariana- apuntó Cris arrojando una aceituna a su hermano.
-Que sí, que hay para todos, tengo un pastel de calabacín para ti y haré una buena ensalada. También he comprado un pan de maíz para Alba.
-Entre celiacos y tontacos, estamos listos- se burló Andrés mientras golpeaba con firmeza la vara sobre las ramas ganándose otro lanzamiento de aceituna esta vez de su sobrina Alba.
-¿Va a venir Jaime?- preguntó Cris a Alicia cuando su madre ya se había marchado.
-¿Qué dices? El señor estará en una convención de inteligencia artificial o algo así- murmuró Alicia. – Venga, dale, que aquí no hay más manos.
Eran las dos y media cuando los recolectores dejaron los aperos, se quitaron los guantes y acudieron a la llamada de Lucía que ya tenía preparada la mesa junto a la lumbre de la cocina.
-¡Qué bien huele, madre! – se acercó Andrés dándole un beso.
-Pues si para ti es este jugoso pastel de calabacín…- se burló su madre señalándole la fuente sacada del horno.
-Ni de coña, eso para la madrileña que igual se atraganta con la carne. – replicó Andrés mirando a su hermana.
-Te estoy oyendo- gritó enfadada Cris- No tienes ni idea de lo que es comer saludable
-¿Tú no dices que vas al gimnasio? ¿no te ha dicho que hay que comer proteínas?
-Ay, estos ignorantes, como si las verduras no tuvieran proteínas…
-Dejad de pelearos ya, lavaos las manos y a la mesa, que no se enfríe la comida. – interrumpió Lucía la discusión de sus dos hijos.
-Sí; por cierto, mamá, voy a llevarme unos trozos del jabón casero, les di a probar a mis compañeras del bufete y les ha encantado- gritó Cris desde el baño.
-Abuela, ¡estás asando castañas! – Alba estaba entusiasmada e Inés ya se había quemado un poco las manos al intentar coger una del plato.
-Pues claro, pero esas son para el postre. – Se apresuró Lucía a apartar el plato cubierto por un paño.
-Después del flan, ¿no? – La miró su nieta menor con ojos de súplica.
-Sí, después del flan. – Sonrió Lucía atusando el pelo de su nieta Alba.
-Andrés, ¿al final vendrá Bea? – preguntó Alicia a su hermano que estaba picoteando unas aceitunas guisadas.
-Sí, estará al llegar, me ha puesto un wasap, ya tenía a Álvaro preparado.
-Genial- respondió Alicia transmitiendo la ilusión de todos por ver al pequeño de la familia.
En ese momento sonó el claxon de un coche que se aproximaba a la casa, Andrés salió para ayudar a su mujer a sacar la sillita del bebé que venía dormido.
-Hola, le he dado la toma justo antes, a ver si se queda dormido el ratito de la comida. – dijo Bea dándole un beso a Andrés.
-Lo dudo porque con el alboroto que hay…, ve que ya llevo yo al niño- respondió su marido sacando el portabebés del asiento de atrás.
Beatriz se encaminó a la casa y saludó a la familia. Las niñas corrieron a ver a su primo que Andrés acomodó en la habitación de al lado, les hizo con el dedo sobre los labios el gesto de silencio a sus sobrinas y enchufó el comunicador.
-Vamos a dejar que duerma un ratito y así comemos tranquilos- susurró a las niñas- Luego jugaremos con él.
Los comensales estaban ya sentados a la mesa, salvo Lucía que no paraba de sacar viandas y de asegurarse de que todos estaban ya bien acomodados.
-Ay, suegra, creo que todavía no se me han quitado los antojos, pero qué ricas te quedan las patatas- dijo Bea saboreando una crujiente patata frita.
-Es este aceite, niña, que las deja doraditas y sabrosas. Oye, qué tal tu pecho, ¿te das las gotitas de aceite?
-Sí, mano de santo; se me han curado las grietas y ya no me sangran los pezones. Me echo unas gotas después de las tomas y genial.
-No sabía que eras curandera, mamá- se burló Cris
-No hay que serlo para saber que el aceite de oliva es muy bueno para la piel.
-Papá, este año que te etiqueten las garrafas como Bayer o algo así- rio Alicia- que tu esposa la venderá en la farmacia.
-Será mejor que mi esposa la siga usando para sus platos, que están deliciosos- contestó Tomás mientras untaba un trozo de pan en la salsa de los filetes.
Lucía miró a su marido con cariño y observó la estampa familiar alrededor de la mesa. Cristina estaba aliñando su ensalada con un buen chorro de aceite; las chicas, como su abuelo, hacían barquitos de pan que empapaban con la salsa; Inés también se había acostumbrado al pan de maíz de su hermana y lo compartían. Andrés saboreaba los torreznos mientras su mujer, Beatriz, no dejaba una patata frita en el plato. A pesar del cansancio de la jornada de trabajo, todos parecían alegres y muy, muy hambrientos. Lucía pensó que tal vez Alicia tuviera razón, no había mejor bálsamo que ese aceite de oliva que tanto les costaba obtener pero que se convertía en amalgama de la familia a través de los platos y los momentos compartidos.
Después de la comida, se sentaron en torno a la chimenea; Lucía no permitió que le ayudaran a fregar los platos y les dijo a sus hijas que hicieran el café. Cuando Alicia se sentó en el sillón más próximo al fuego sintió el cansancio y el dolor de espalda que hasta ese momento aún no había notado.
-Mamá, voy a tomar uno de esos paracetamoles que has traído- me duele mucho la espalda.
-Pasaré una ronda, no te preocupes, dentro de un par de días ya no notarás el dolor, solo duele el primer día- sonrió su madre ofreciéndole el blíster de los analgésicos.
-Curandera y oráculo, si es que tengo una madre…- se burló Alicia, tomando el paracetamol y recostándose en el sillón con la taza de café caliente en sus manos. – Papá, ¿llevamos ya esta tarde las cajas al lagar? – preguntó a su padre con un tono que imploraba la negativa.
-No, tranquila, las guardaremos Andrés y yo y cuando tengamos más hacemos el viaje en los coches, tengo que poner el remolque en el mío.
Andrés ya tenía a Álvaro en brazos que miraba extrañado a su alrededor y se reía con las carantoñas de sus dos primas. Antes de que Lucía se sentara a tomar el café, se abrió la puerta apareciendo el mayor de los hermanos.
-¡Jaime!¡Qué sorpresa! – se emocionó Lucía al verlo- pero si no nos has avisado de que vendrías- dijo abrazándose a su hijo.
-¡Cómo no voy a venir! Sin mí esta cuadrilla no termina de coger la cosecha.
-Ya vino el listo- protestó Alicia que a duras penas se levantó del sillón para saludar a su hermano- Sí que me sorprende que estés aquí, te hacía en Alemania.
– Alemania no, hermanita, recién llegado de Italia.
-¿Has estado en Italia?¡Qué capullo! – dijo Cris- El internacional no se priva de nada.
-No lo sabes bien, no sabes qué bistecca alla fiorentina he comido- contestó Jaime gesticulando con las manos al modo italiano
-Eso, eso, bistecca, un exquisito plato vegetariano- se burló Andrés mirando a su hermana Cris.
-Pero nada que ver con tus platos, mamma– aduló Jaime a Lucía- no sabes cuánto echo de menos tu caldereta.
-Pues para conseguir esa caldereta, ya sabes lo que tienes que hacer- le señaló Alicia haciendo el gesto de varear.
-Hermanita, no lo dudes; además he traído algo que te va a flipar- guiñó un ojo a su hermana.
-Sorpréndeme…
-Un vareador eléctrico, ya veréis la diferencia.
-¿Eléctrico o de gasolina? – preguntó Andrés- yo he visto utilizar uno de gasolina y parece bastante pesado.
-No, este es eléctrico, lleva una batería pero es más manejable. Ya es hora de que esta familia tradicional abra las puertas a la tecnología.
Lucía miró a su marido que hizo un gesto de aprobación con cierto matiz de resignación. Los tiempos cambiaban y serían los chicos quienes tendrían que hacerse cargo de la finca a su manera.
-Habrá que probarlo- se dirigió Tomás a su hijo.
-Eso, eso, todavía quedan un par de horas de sol, anda guapito, coge el trasto tecnológico y a darle- bromeó Alicia dirigiéndose a su hermano.
-No bonita, ahora voy a sentarme, a tomar un café con mi familia, a meterme con mi hermana pequeña y a saborear algún dulce escondido que tenga mamá. Y tú hasta mañana tendrás que esperar para comprobar la eficacia de mi vareador, pero no tardes en venir porque a lo mejor cuando llegues ya están todas las aceitunas en el suelo.
-Pues será perfecto porque así mi querido hermano Jaime pasará el día conmigo recogiendo las aceitunas de las redes-continuó la ironía Alicia.
Lucía, que ya había sacado el dulce escondido, unas perrunillas de aceite, las preferidas de Jaime y aptas para su hija vegetariana, ofreció a su hijo la taza de café y se sentó junto a él. Ahora sí estaba toda la familia. Lamentaba el divorcio de Cris pero veía a las niñas bien y su hija también parecía ya recuperada. Pocas veces tenía la oportunidad de estar con todos, cada uno de sus cuatro hijos tenía ya su propia vida, afortunadamente todos gozaban de buena salud y, a pesar de la distancia, todos eran conscientes del apoyo inquebrantable que siempre tendrían en su familia. Lucía sentía cierta añoranza por los años pasados cuando sus hijos correteaban en ese mismo campo y su máxima preocupación era curarles las heridas constantes de sus rodillas, pero la nostalgia no eclipsaba la satisfacción de verles como adultos honestos y haberles transmitido los valores de su familia. Las disputas pueriles entre hermanos formaban parte de la dinámica divertida fraternal y solo era el reflejo del amor que se tenían. Lucía pensó nuevamente en el valor de la tierra, más allá del material que en su caso se limitaba a la provisión de aceite doméstico, la pequeña finca heredada de sus abuelos le regalaba gratos momentos como estos de reunión familiar y alegría. Cada año, los días de recolección de las aceitunas honraban la memoria de sus antepasados a través de la esperanza en el futuro de sus descendientes.
– Mamá, ¿sabes que los italianos tienen una expresión muy bonita sobre el aceite? – interrumpió Jaime adivinando los pensamientos de su madre. – Ellos dicen “andare liscio come l’oleo”, “ir suave como el aceite”, que significa que todo va bien, sin problemas. Ya verás como nuestra recogida de aceitunas andrá liscio come l’oleo.
– No faltaría más, gracias al invento diabólico que ha portato mio fratello. – apostilló Alicia sacándole la lengua a su hermano.
– Ir suave como el aceite. Eso es lo que quiero yo para vosotros- sonrió Lucía.



