21. Mientras yo respire

Sergio Raya Fernández

 

La luz dorada de una tarde de octubre se filtraba entre los olivos centenarios de Torrealmazara. Bajo la copa retorcida del más viejo, una mesa rústica ofrecía copitas azules de cata, pan de pueblo y otras viandas. Daniel, de cuarenta años, auditor de calidad y catador experto, había organizado allí una cata de AOVE. Aspiró el aire cálido y terroso mientras los visitantes se acomodaban. Sonrió y empezó a explicar las peculiaridades de aquel olivo centenario y del aceite que iban a probar. Antes de seguir, vio que el más joven del grupo, un niño de siete u ocho años, se había alejado de sus padres y correteaba alrededor del tronco. Descubrió un hueco en la base del olivo y, riendo, se metió como en una cueva. Al verlo desaparecer en la oscuridad, a Daniel se le heló la sangre. Aquella imagen lo llevó treinta años atrás, a un caluroso final de verano de 1982.

Tenía solo siete años. La furia ciega de su padre borracho le heló la sangre; entendió que esta vez iba a matarlo. El polvo flotaba en hilos dorados en el aire quieto. Ya le había abierto la ceja y la espalda con la hebilla del cinturón, y un puñetazo le partió el labio. Le pitaba el oído de la última bofetada y tenía sabor a sangre en la boca cuando vio a su padre tomar aliento. Sin pensarlo, aprovechó ese respiro y salió corriendo descalzo por la puerta trasera.

Sus pies levantaron polvo en el patio mientras huía hacia los olivares, con el corazón desbocado. Tras él, el grito furioso de su padre retumbó entre los troncos retorcidos.

—¡Daniel! ¡Ven aquí ahora mismo, que vengaaas! —bramaba la voz a su espalda, áspera y cargada de odio—. ¡Como te coja, te mato, te juro que te mato!

El niño no se atrevía a mirar atrás. Conocía bien esa furia: desde que su madre murió, cada noche su padre se emborrachaba y cada botella que estrellaba contra el suelo anunciaba que el monstruo despertaba. Pero nunca le había pegado con tanta saña como en aquella tarde sofocante de agosto de 1982. Ese día, solo y asustado, sintió por primera vez que no sobreviviría. Con los pulmones ardiendo, corrió al olivar. La camisa se le pegaba a la espalda, sudor o sangre, quizá ambas. Tropezó con una raíz y cayó, raspándose las rodillas. Contuvo un gemido. A diez metros vio su olivo: viejo, de tronco ancho, con un hueco oscuro entre las raíces. Su refugio de siempre. Se arrastró hasta él, el corazón desbocado, apenas viendo por las lágrimas y el sudor. Se metió justo cuando oyó los pasos tambaleantes de su padre. Se hizo un ovillo, tapándose la boca para ahogar el llanto.

—Sé que estás ahí, cabroncete… —la voz grave y rasposa de su padre sonó más cerca, llena de veneno, a pocos olivos de distancia—. ¿Crees que no te voy a encontrar? ¡Sal ya de donde estés!

Cada palabra venía con el crujido de tierra y hojas bajo sus botas y el tintineo del cinturón listo para seguir con la paliza. Daniel cerró los ojos con fuerza, deseando desaparecer. El olor de la corteza le llenaba la nariz, la madera áspera le rozaba los brazos mientras se encogía contra el tronco, repitiendo en su mente: por favor no, por favor no… Entonces ocurrió. Oyó un quejido hondo, casi humano, que parecía venir del tronco. La madera crujió y vibró tras su espalda. Abrió los ojos en la penumbra y creyó ver cómo las raíces se acomodaban, cerrando el hueco hasta dejarlo en completa oscuridad. Inmóvil, contuvo el aliento. Sentía su pulso retumbar en los oídos y, mezclado, otro latido más grave y lento: ¿era su imaginación, o el viejo olivo tenía corazón? Afuera, los pasos de su padre se acercaron tanto que oyó su respiración jadeante. Tembló, esperando ser atrapado, pero los pasos pasaron de largo.

—¡Maldita sea, Daniel, sal! —gritaba su padre, ahora con un matiz de desconcierto oculto tras su furia —. Sé que por aquí hay un olivo en el que te sueles esconder, pequeño cobarde… ¡Como te hayas ido con ese vecino, te mato! ¿Me oyes? ¡Te mato a ti y a él también!

La voz sonaba justo al otro lado del tronco, pero al parecer no lo veía. Daniel escuchó a su padre dar vueltas, maldecir, alejarse y volver. No supo cuánto tiempo pasó; quizá minutos, pero le parecieron horas. Afuera, los gritos se hicieron distantes hasta apagarse. Solo entonces soltó el aire contenido. Tenía la cara empapada de lágrimas y las piernas entumecidas. Permaneció encogido en la oscuridad del hueco, incapaz de moverse. El viejo olivo lo había escondido. Lo había protegido de la furia ciega de su padre, del mismo modo en que, años atrás, su madre lo envolvía entre sus brazos para que no viera ni oyera los golpes que le daba. Se durmió, agotado. Cuando despertó, el hueco del olivo se había abierto de nuevo. ¿Lo habría soñado todo? A lo lejos escuchó voces nuevas llamándolo por su nombre. No eran gritos de ira, sino voces agitadas de preocupación: la del vecino, temblorosa; la de una mujer desconocida, firme; y la de un guardia civil dando órdenes de búsqueda. Los servicios sociales habían llegado al fin, tal como el vecino había prometido. Asomó la cabeza, aún con el susto en el cuerpo. A unos diez metros vio a varias personas avanzando entre los olivos: el vecino, con la escopeta al hombro, guiaba a una señora de gesto serio (seguramente la asistente social) y a dos guardias civiles. De su padre no había ni rastro; tal vez, al ver llegar a los agentes, había huido a esconder su propia miseria. A Daniel, en ese instante, eso ya no le importaba. Salió gateando del hueco. Las piernas entumecidas apenas lo sostuvieron y, al intentar incorporarse, un dolor agudo le atravesó la espalda magullada; gimió sin querer.

—¡Aquí, aquí está! —gritó el vecino al escucharlo, echando a correr hacia él.

Daniel se apoyó en el tronco para no caer. Sentía que todo a su alrededor daba vueltas. El vecino llegó hasta él con preocupación en los ojos y lo aferró por los hombros con manos temblorosas. Tras él, la asistente social se llevó las manos a la cara al ver el estado del niño. Daniel supo entonces que estaba a salvo. Nunca más volvería a aquella casa ni estaría a solas con su padre. Exhausto, se dejó caer finalmente en los brazos que venían a rescatarlo y cerró los ojos.

Treinta años después, Daniel respiraba en cortos jadeos al recordar aquella huida. Un sudor frío le perlaba la frente y le temblaban las manos. Se tocó la cicatriz en la ceja, recuerdo de la hebilla del cinturón de su padre. Un murmullo inquieto lo sacó del recuerdo.

—¿Está todo bien? —preguntó alguien al ver su expresión.

La madre del niño tiraba de él para sacarlo del hueco. El pequeño, ajeno al drama en los ojos de Daniel, salió enfadado.

—Ten cuidado, campeón —dijo con voz amable—. Es un buen escondite, pero podrías hacerte daño.

La madre lo tomó en brazos y se disculpó.

—No se preocupen… —musitó Daniel, esforzándose por sonreír—. De pequeño yo también solía esconderme ahí.

Los visitantes rieron suavemente, pensando que bromeaba. Daniel no añadió nada más. Apenas podía creer lo que acababa de revivir en su mente; el pulso aún le latía con fuerza. Desde que los servicios sociales se lo llevaron de aquella finca en 1982, no había vuelto a ver a su padre… hasta el año pasado. Uno de los turistas, intrigado, preguntó con curiosidad:

—¿Así que usted creció en esta finca? ¿Sus padres se dedicaban al olivar?

Daniel vaciló. Su familia había vivido y trabajado allí décadas atrás, pero la historia era mucho más amarga de lo que imaginaban. Asintió.

—Mi padre trabajó estos campos —dijo en voz baja.

El murmullo se apagó al notar su tono. La mención de su padre despertó un torbellino de emociones y entonces Daniel recordó con dolor la última vez que vio a su padre vivo, un año atrás, en la residencia.

Aquel día se detuvo frente a la residencia, en la vieja almazara de piedra. Se quedó aferrado al volante con un nudo en el estómago. Durante años había soñado con enfrentarse a su padre, soltarle toda la rabia, mostrarle las cicatrices. Pasó muchas noches ensayando palabras llenas de rencor.

Pero al entrar en la sala común y buscarlo con la mirada, sintió algo inesperado: duda. Lo vio al fondo, encorvado en la silla de ruedas, diminuto y con la mirada perdida mientras un celador intentaba darle de comer.

Daniel avanzó lento, como en un sueño. A cada paso se agrietaba la coraza de odio. El corazón le latía rápido, pero no era miedo… ¿compasión, pena? La imagen temible no encajaba con lo que veía.

El anciano volvió la cabeza con lentitud. Sus ojos apagados tardaron en enfocar al hombre alto frente a él. Y en esa mirada lechosa pareció encenderse una chispa de reconocimiento… y de temor.

—Papá… —susurró Daniel, y al pronunciar esa palabra sintió que la voz se le quebraba.

El anciano abrió la boca, pero de sus labios cuarteados no brotó sonido alguno, apenas un balbuceo ininteligible. Un hilo de papilla le resbaló por la barbilla y el celador se apresuró a limpiarlo con una servilleta. Los ojos del viejo seguían fijos en los de Daniel, y poco a poco se fueron humedeciendo. En ese instante él notó sus propios ojos anegarse y sintió cómo toda la rabia que le había lastrado la vida durante tanto tiempo se derrumbaba por dentro, como un castillo de naipes al primer soplo. Aquel hombre empequeñecido y tembloroso, incapaz de sostener una cuchara, ¿qué sentido tenía reprocharle todo el veneno acumulado? El que tanto daño le hizo ya no existía; solo quedaba una sombra, consumida por rencor y alcohol. Por un instante, Daniel recordó a su padre sonriendo junto a su madre en un día feliz. Entendió que no todo fue violencia desde el principio, que también hubo amor antes de perderse y volverse un monstruo. Con un sollozo contenido, Daniel tomó con cuidado la mano huesuda de su padre. Estaba fría y temblorosa, y la envolvió entre las suyas. El anciano se estremeció; sus ojos mostraron dolor y arrepentimiento. No hicieron falta más palabras. Daniel entendió al fin cómo liberarse del odio que lo consumía.

—Te perdono, papá —murmuró en un susurro apenas audible que resonó en la estancia como un eco liberador.

El anciano cerró los ojos. Una lágrima solitaria se perdió entre sus arrugas. Quizá ya no podía hablar, pero apretó débilmente la mano de Daniel, más elocuente que cualquier palabra. No supo cuánto tiempo estuvo allí, junto a la ventana, en silencio. El sol doraba la estancia cuando el anciano se quedó dormido con semblante sereno. Daniel se despidió en voz baja, prometiendo volver.

—¿Señor?… Disculpe… La voz tímida de una visitante lo trajo de vuelta.

Daniel parpadeó, algo desorientado, notando el silencio y las miradas curiosas.

—Lo siento, estaba recordando algo —dijo, pasándose la mano por la frente. Inspiró hondo y se obligó a volver al presente, a las copitas azules y al murmullo expectante del grupo.—. Como les decía, este olivo tiene más de trescientos.

Los invitados volvieron a prestar atención, aunque Daniel aún sentía el corazón encogido. Señaló las copitas azules y explicó el proceso tradicional. Contó cómo se habían cosechado esas aceitunas de madrugada y se llevaban al amanecer a la almazara para hacer un aceite fresco y aromático. Poco a poco, su voz recuperó firmeza al describir el proceso del AOVE. Uno de los visitantes, quizá sin mala intención, se agachó y arrancó una pequeña hierba al pie del olivo, sacudiendo la raíz antes de tirarla. Al verlo, Daniel sintió una punzada: esas raíces desgarradas le recordaron los troncos de olivos arrancados que había visto hacía poco. Sin querer, su mente conectó aquel gesto con otro recuerdo reciente.

Poco después de visitar a su padre, la madrugada del 3 de octubre, lo llamaron: había muerto mientras dormía. Daniel asistió al entierro, con solo el párroco y dos enfermeras, y cerró el nicho con sus manos. No sintió alivio ni tristeza extrema; solo paz y un último «adiós, que Dios te perdone». Se había acabado. Al salir del cementerio condujo sin prisa hacia el Paraje Umbrío, entre filas de olivos listos para la próxima cosecha. Vio carteles de un futuro Parque Solar y troncos arrancados con las raíces al aire. Un estremecimiento le recorrió al ver la madera partida. Fue entonces cuando se prometió comprar ese terreno, costara lo que costara.

Al llegar al viejo olivar de Torrealmazara, aparcó junto al sendero y bajó del coche. El paraje seguía casi igual. En el centro estaba el olivo centenario: su olivo. Caminó hacia él con pasos lentos, disfrutando el crujido de la tierra. El corazón le latía rápido, no por miedo, sino por la emoción de ver a un viejo amigo. Al acercarse, notó el tronco más hueco y agrietado, pero aún vivo y fuerte. Se detuvo frente al árbol en silencio. El hueco entre las raíces seguía allí, como una boca oscura que invitaba a asomarse. Daniel se arrodilló y pasó la mano por la corteza rugosa, con un leve estremecimiento. Recordó al niño aterrado escondido allí tres décadas atrás. Ahora, adulto, miraba desde fuera y por fin se sentía a salvo. Se acercó más al hueco. Por un segundo creyó ver a un niño asustado en la oscuridad, mirándole. Una oleada de pena lo atravesó.

—Ningún niño debería pasar por eso —murmuró.

En ese instante, un leve crujido sonó en las ramas. Daniel se sobresaltó y alzó la vista. No había viento; el aire estaba en  calma. Aun así, juraría que el olivo se había movido. Sonó de nuevo, un chasquido suave y antiguo, como un latido de madera. El corazón de Daniel dio un vuelco. Sintió el impulso infantil de abrazar el tronco, pegar el oído para oír un latido, susurrar gracias… Pero lo contuvo. Prefirió no romper la magia del recuerdo. Sonrió, en paz, acarició el tronco y susurró:

—Gracias.

El olivo permaneció en silencio. O quizá respondió en el idioma secreto de los árboles, con un leve roce de hojas. Comenzaba a oscurecer y era hora de marcharse. Se dio la vuelta y, a los pocos pasos, oyó un crujido y se detuvo. Estuvo a punto de volverse, pero se contuvo; sonrió para sus adentros y continuó hacia el coche. Desde la loma aún veía, entre las sombras del atardecer, excavadoras arrasando fincas vecinas, cortando de un tajo siglos de historia. Seres más antiguos que cualquiera de los que manejaban esas máquinas. Esa noche Daniel no pegó ojo, y al día siguiente pidió notas simples en el Registro y llamó a viejos conocidos para saber quién era el dueño de la parcela del Olivo Guardián, antes de que la promotora solar la comprara.

—¡Qué barbaridad lo de esos parques solares! —exclamó de pronto uno de los visitantes de la cata, al ver hacia dónde dirigía Daniel la mirada ausente—. Están arrancando olivos por todas partes…

La frase se perdió entre un ruido lejano: el sonido de un motor pesado, seguido del crujido seco de madera partiéndose. Daniel apretó la mandíbula. Los demás se miraron confusos, sin saber de dónde venía. Pero él sí lo sabía: excavadoras talando árboles cerca. Se le erizó la piel y sintió rabia y determinación. Recordó la lucha para evitarle ese destino a su olivo. Fueron seis meses de correos, avales y ofertas a contrarreloj. En abril de 2013, la empresa subió la puja tres veces y sus abogados le advirtieron que era una lucha insensata. Pero Daniel persistió y firmó la escritura en plena primavera. Al firmar, sintió el mismo temblor en las manos que aquel día de su huida infantil. El notario pellizcó el papel y comentó con sorna que ningún olivo valía tanto. Daniel se mordió la lengua.

El rugido del motor se extinguió poco a poco en la lejanía. Con un suspiro, se obligó a concentrarse de nuevo en la cata. Procuró sonreír y alzó uno de los vasos azules, animando al grupo a seguir con la degustación. El momento culminante había llegado. Invitó a los presentes a aspirar el aroma del aceite y después tomar un pequeño sorbo, explicando las sensaciones. Mientras describía las notas de tomatera de su AOVE, de hierba recién cortada y de almendras verdes, el tronco del olivo emitió de pronto un crujido, grave y lento, como un corazón de madera que despertara. Daniel alzó la vista; las ramas se inclinaron apenas, y una lluvia suave de hojas cayó sobre los hombros del pequeño grupo.

—Es un olivo muy viejo —se excusó ante la gente, forzando una sonrisa de circunstancia.

Los visitantes guardaron silencio, sin saber muy bien qué había pasado. Daniel, sin embargo, reconoció aquel quejido profundo; era el mismo sonido que había salido del tronco cuando el viejo olivo lo escondió de la furia de su padre. En ese instante lo comprendió con claridad: el árbol le estaba dando las gracias por haberlo defendido del desierto solar. Conmovido, apoyó disimuladamente la mano en la corteza rugosa y susurró una promesa.

—Mientras yo respire, tú también.

Entonces el viento se levantó suavemente, agitando las ramas del viejo Guardián como en un susurro de aprobación. Daniel sonrió, inclinó la cabeza con respeto y se alejó. Sabía que nunca volvería a huir.

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