20. El hueso de la madre

Edgar Bazterrica

 

Al principio nada tendrá sentido —y tú sabes que debe ser así—. El mundo entero parecerá confabularse para mantener oculto un acto oscuro, infantil y a la vez sagrado. Las sábanas, largas, hediondas y claras como la luna, seguirán húmedas, candentes como el tacto de tu piel.

Entre las arrugas percibirás un leve vaho agrio, un rescoldo de leche materna que nunca debió sobrevivir a tu infancia. Ella —la llamarás mujer para proteger el pudor que aún te queda— se habrá levantado antes del alba, como siempre, a prepararte el desayuno. Es su rito de iniciación diaria, un conjuro doméstico que te acompaña desde hace treinta y dos años.

Seguirás jadeando, todavía impregnado del deseo: encanto puro de la vida que ella misma sembró en tu carne. Te vestirás sin esmero, ocultando la erección menguante a un universo que no puede juzgarte; sin embargo, te sonrojará pensar que esos mismos muslos fueron suyos cuando apenas gateabas.

Te asomarás a la ventana del cuarto esmeralda y el mundo se te revelará vasto, vacío, tan ancho y mudo que volverás a sentirte mínimo. Poco importante.

—¡Carlitos, ven a desayunar! —Tronará su voz desde las entrañas de la casa, un piso más abajo.

Carlos Florencio Fuentes Cortázar. Ese será tu nombre, heredado, hermoso. Esbozarás una sonrisa socarrona y ocultarás tu vergüenza, aunque ella —lo sabes— ya ha visto todo, ya lo ha tocado todo.

Bajarás. Y, mientras atraviesas los pasillos angostos y aceitados de sombras, recordarás un cumpleaños remoto: veintidós lunas después de tu destete tardío, cuando ella te untó el pecho con aceite verde para “que crecieras fuerte”. El mismo aceite que hoy resbala por las paredes, que impregna las vigas y los retratos, que engorda a la coneja y disuelve los maullidos lejanos de los gatos que ella detesta.

Sobre la mesa, ella depositará un periódico amarillento —ese que relee todo el día como si fuera un misal— y el desayuno: café negro, pan tostado empapado en aceite espeso, casi resinoso. El titular rezará: Felipe Montero aparece muerto entre los olivares de Donceles, calle 815. Leerás en voz baja, como si cada sílaba fuera dictada por un ser que solo tú puedes oír. El beso tibio de ella se estampará en tu nuca. Sentirás la humedad de su aliento, mitad café, mitad clorofila aplastada.

Debajo de la noticia, leerás ese anuncio: Concurso al mejor aceite de la colonia —premio: trece mil euros. una oferta de esa naturaleza no se lee todos los días. Lees y relees el aviso. Parecerá dirigido a ti, a nadie más.

—Son trece mil euros… —susurrarás.

—Treinta y dos años juntos merecen algo mejor —responderá ella, con esa voz grave que aún te arrulla.

—Nuestro olivar es el mejor entre las colonias —concederás, como quien acepta una orden.

Entonces ella se echará hacia atrás. Su vestido largo, verde marino, ondeará con el viento que entra por la ventana; el tejido rozará tus labios y sabrá a savia. No verás su rostro —jamás te está permitido—, pero recordarás sus pechos pesados de leche, el mismo verdor que destellaba en el corpiño cuando, siendo un niño-grande, bebías de ella mientras el aceite goteaba desde la rama de olivo que ella agitaba sobre tu cabeza.

Comprenderás que todo esto ya ha ocurrido: el periódico, la cifra, el aceite, el temblor en tu vientre. Que cada mañana se repite la misma danza, y cada noche la misma liturgia. Porque el aceite es más que alimento: es lubricante del rito, es memoria líquida, es la sangre verde que conserva intacto el hueso de ella.

—Era más hermosa de joven —dirá ella.

—Sí, Rita.

—Aura Consuelo —dictará, cortante—. No Rita. No habrá más Rita.

Aceptarás con pena, disonante y perdido. Te incorporarás: tu café seguirá donde ella lo dejó; sabrá a hígado y a carne tibia. Tomarás el frasco. Ella exhalará un “hummm” grave que hará vibrar la penumbra del cuarto esmeralda, mientras su hermosura prohibida permanece a salvo en la oscuridad. El aire desprenderá un hedor floral, enjambres de esencias dulces y podridas. No escucharás su respiración, solo el crujir remoto de la madera devorándose a sí misma.

Descenderás los veintidós peldaños; los maullidos y ronroneos se enredarán en tu oído. Ella no permite lámparas: solo esa mesa donde desayunas, donde jamás se deja ver. Cada travesaño se quejará dos veces; la casa recordará tu peso. Abrirás la puerta posterior.

Bajo los rayos nupciales del amanecer, el olivar te envolverá con su coro de hojas. Los troncos retorcidos alzarán sus frutos; cuchichearán como costuras por romper. Tu padre lo hizo, ella lo hace, tú lo harás hasta el final. Avanzarás guiado por la mezcla de clorofila y vinagre. Entre los surcos emergerán decenas de conejos blancos, inmóviles como tótems. Más allá, gatos famélicos te observarán con ojos de aceite quemado. Reconocerán en tu sudor la savia que los convoca.

Llegarás a la piedra madre —un bloque calizo donde enterraron tu placenta— y te recostarás. El frasco latirá a tu costado como brasa verde. Cerrarás los ojos: el sueño te poseerá sin preguntas, arrullado por un viento que huele a leche rancia y aceituna fresca.

No será almazara: será un cuerpo.

Escucharás zumbidos de moscas, olerás resina seca; un murmullo subirá desde la tierra como salmo fúnebre. El aceite ya no prensará: sangrará. Permanecerás descalzo, con los pies hundidos en la costra tibia que tu familia riega desde hace siglos.

Hace tiempo que los jornaleros se marcharon; cada día alguien debía recoger los restos. No los huesos —no—, sino la savia invisible: rojo eterno, verde esmeralda.

Silencio. Aceite.

A tu lado brillarán los depósitos, las piedras, una radio oxidada. La prensa negra volverá a chillar. Sobre una losa, un plástico amarillento sudará humedad; dentro, el aceite temblará, denso y terco, con el mismo olor que ella exhalaba en sus fiebres: lavanda, ceniza, miedo. Probarás una gota.

Te quemará.

Despertarás al alba; la repetición te reclamará. Subirás la cuesta, cruzarás los surcos; el jugo de las olivas explotará bajo tus botas. En la mano sostendrás ese aceite nuevo, aún caliente, como si palpitara.

Regresarás antes de que el sol hiera el tejado. Empujarás la puerta frontal; el silencio espeso olerá a hojas marchitas. Subirás los escalones, pasarás el corredor, entrarás al cuarto esmeralda.

—He vuelto, Consuelo.

Ella estará allí —o quizá su forma— sentada frente al tocador, envuelta en el vestido verde que se marchita hacia el gris. Su espalda se hundirá, sus hombros se curvarán; el aire a su alrededor pesará menos, como si hubiera cedido un latido.

No la llamarás. Depositarás el frasco junto a la peineta de nácar y la tetera vacía; rozarás su nuca helada y sentirás la piel desmoronarse como cera derretida. Respirarás hondo. El vidrio resonará; una gota caerá —ploc— sobre el mantel, dibujando un eclipse verde.

Entonces sabrás que el ciclo se ha cumplido: que ella se ha vertido toda en ese aceite, que su sangre vegetal la sobrevive. Inclinarás la cabeza, llevarás el frasco a la boca y beberás un sorbo lento. La aspereza del hueso molido arañará tu garganta. Porque el aceite es más que alimento: es lubricante del rito, es memoria líquida, es la sangre verde que conserva intacto el hueso de ella.

Acomodarás el frasco en una bolsa de lino, tomarás las llaves oxidadas de la furgoneta y saldrás a trabajar. No dirás adiós. Ella no lo necesita. El día ya habrá comenzado y los olivos susurrarán con urgencia. Montarás en la cabina, encenderás el motor y el vehículo emitirá un quejido sordo, como de animal viejo que aún obedece.

Avanzarás por la vereda, sorteando raíces, sombras y ramas que parecerán extenderse para acariciarte. Los gatos, los mismos de siempre, te mirarán sin parpadear. Los conejos dormirán entre las piedras, acurrucados como espermas vegetales esperando eclosión. Cruzarás el campo hacia la piedra madre —y allí, mientras el sol se insinúe tímido, te recostarás.

El frasco brillará a tu costado como un fuego minúsculo. Cerrarás los ojos. El sueño te poseerá sin preguntas, arrullado por un viento tibio que huele a aceite y a madre.

Recordarás tu infancia deformada, el último beso que le diste, el primer que no debiste recibir.

El hueso no estará en el campo ni en el osario. Estará ahí, en la masa espesa que se asentó al fondo de la garrafa, un fragmento poroso, pequeño, blanco como un diente de leche. Lo alzarás y sentirás el peso de tu padre, la historia que nunca pronunció, el secreto que ella bebió sola.

Lo envolverás en un pañuelo y saldrás. El sol se arrastrará por los surcos como una lengua fatigada. El olivar te mirará con ojos de sombra; cada rama se inclinará apenas, como si reconociera tu paso. Como si fueras tú, ahora, el árbol encargado de guardar lo que no puede cargarse.

En el pueblo —lo sabrás— nadie preguntará por ti. Nadie preguntará por ella. Solo el viento, que sopla entre las rejas, preguntará por su existencia. No la suya. La tuya, dicha en su voz.

Esa noche dormirás con el hueso debajo de la almohada. Soñarás con un campo sin luna, donde todos los árboles llorarán aceite por las raíces. Y Consuelo, vestida de blanco, escarbará la tierra con las uñas, buscando algo que había olvidado.

Despertarás llorando. El hueso, tibio aún, brillará apenas bajo la tela. Afuera, el primer pájaro rasgará el cielo como una herida nueva. El olivar, intacto, exhalará afuera. El mundo, una vez más, empezará de nuevo.

Al principio pocas cosas tendrán sentido —y tú sabrás, como ella, que debe ser así—. El mundo entero parecerá confabularse para mantener oculto un acto oscuro, maduro y a la vez enfermo. Las sábanas, cortas, hediondas y oscuras como la luna, seguirán húmedas, cadentes como el tacto de tu piel: mezcla de sudor, aceite y leche antigua.

Ella estará frente a ti, aun cubriéndose el rostro. Su largo vestido verde —no, ahora más cercano al tono del agua marina— fluirá como colinas de tierra fértil, como surcos viejos que alguna vez recorriste gateando. Su voz saldrá ronca, como si emergiera desde un pozo cavado en tu infancia.

—¿Consuelo? —Preguntarás.

—No.

—¿Rita?

—No.

—Soy ella. Pero espera… estoy exhausta. Volverá. Ella siempre vuelve. Bésame el rostro, solo el rostro —y lo harás, temblando, sintiendo bajo tus labios el calor arrugado de una piel que no debería desearse. Y habrá un nuevo color, una nueva pausa, una nueva forma en su manera de actuar: como si te ofreciera su rostro como altar.

—Sí, mamá.

—Dijiste ayer que nuestro olivar era el mejor.

—Lo es.

—¿Me amas?

—Siempre lo haré.

Ella aceptará y se alejará veloz, como un ave de rapiña perdida entre los cuadros y los velos. Afuera seguirá siendo de noche. Tus pensamientos se hundirán en un deseo espeso, dulzón, como de miel fermentada. Nada importará. Debe ser así. Es un nuevo día, uno importante. Uno aún más turbio y excitante.

Te cambiarás sin esmero, ocultando tus lágrimas menguantes a un universo que no puede juzgarte. Sin embargo, te sonrojará pensar que ella, con su voz antigua y grave, te haya preguntado con esa ternura infantil: “¿me amas?”. Por supuesto que la amarás. Desde siempre. Hasta el hueso. Porque la amas con la culpa, con el espanto, con la certeza de quien ha nacido para repetir un rito.

Bajarás penoso, deslizándote por los peldaños de sombra. Veintidós.

—¡Felipe, ven a desayunar! ¡Se te hace tarde!

Felipe Macías Montero. Ese será tu nombre. Maldito. Oscuro. Lo pronunciarás para ti mismo como quien invoca a un muerto. Esbozarás una sonrisa melancólica y ocultarás tu miedo, aunque ella —lo sabes— ya ha visto todo, ya lo ha tocado todo. Incluso antes de que tú supieras lo que era desear.

Ella habrá preparado tu desayuno: café denso, hediondo, con un dejo a carne de cordero cocida en aceite viejo. Sobre la mesa, habrá un periódico abierto. El titular rezará: Carlos Fuentes aparece muerto entre los olivares de Donceles, calle 815. Lo leerás en voz baja, como si conjuraras tu propio destino. Como si ese nombre también hubiera sido tuyo.

Debajo de la noticia, el anuncio: Concurso al mejor aceite de la colonia —premio: trece mil euros. Una oferta así no se presenta todos los días. Leerás y releerás el aviso. Parecerá escrito para ti. Solo para ti. Como una herencia. Como una orden. Como un eco.

Ella, desde la oscuridad, bufará. Y tú sabrás que nunca se habrá ido. Solo se habrá hecho aceite.

—Son trece mil euros, ¿verdad?

—Lo son, lo son —responderás, hechizado por su voz, por su belleza antigua, vegetal, como la del olivar al atardecer—. Por supuesto que lo son…

 

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