195. Sabores del tiempo

Gabriel Bloch

 

A veces pienso que el verdadero reloj del valle no es el sol sino los olivos. En Huasco las horas no pasan: se decantan. Por eso, cuando acepté volver para hacerme cargo de la almazara de mi abuelo, supe que no regresaba a una casa, sino a una memoria.

 

Volví un lunes en que la camanchaca venía apretando desde la costa. La niebla entraba por el puerto y se iba deshilachando en la ruta hacia Freirina, como si alguien la peinara con paciencia de madre. A un lado, el río con su agua escasa, a veces cansada; al otro, esos árboles viejos que yo recordaba más altos, más sabios, o quizás es que ahora yo los miraba de abajo, aceptando la lección. El cartel oxidado seguía en la entrada: “Almazara Nicolasa – Aceite de Oliva Extra Virgen, Sevillana del Huasco”. Dejé la mochila en el zaguán y me quedé en silencio con los zumbidos de la prensa, el olor a hoja verde recién molida y esa mezcla de metal y fruta que no se parece a nada.

 

—Te demoraste —me dijo la abuela al salir, secándose las manos con un paño—. Los olivos entienden la tardanza, pero no la prisa.

 

No supe si era un consejo o una amonestación; en esa casa las frases siempre servían para dos cosas. La abracé. Se quebraba un poco al caminar, pero sus ojos estaban firmes. Me condujo al patio, donde la prensa de piedra —negra de siglo— dormía a la intemperie, como un animal sagrado que ya no trabaja pero impone respeto.

 

—¿La vas a mover otra vez? —pregunté, tocándole el lomo frío.

—No. Está bien ahí. Recuerda por nosotros.

 

Hay máquinas que procesan; esta, además, recordaba. Era el templo del primer aceite que mi abuelo hizo con orgullo campesino, cuando moler se hacía con los hombros y el producto se medía en cucharadas más que en litros. Ahora, la almazara nueva rugía sin sentimentalismos: acero inoxidable, centrífugas que parecían naves. Todo muy moderno, sí, pero la abuela insistía en mantener la piedra a la vista. “Para que el aceite sepa de dónde viene”, decía.

 

El valle despierta temprano. Las cuadrillas salen como hormigas, los sacos se apilan, las manos se tiñen de savia. La primera semana me dediqué a reaprender el oficio: una cosa es haber crecido entre olivos; otra, dirigir el proceso. Pablo, el maestro molinero, me llevó del brazo como se instruye a un hijo torpe: tacto, vista, nariz. “Mira el color del alperujo; escucha si el decanter canta parejo; huele: picual no, sevillana, esto tiene que morderte la garganta como si te dijera la verdad”.

 

—¿La verdad?

—Sí, hombre —sonrió—. El buen aceite no halaga, despierta.

Supe entonces que el aceite se parece a la gente que lo hace.

 

Llegaron turistas. Un bus con acento santiaguino; una pareja de profesores españoles con cara de emoción contenida; mochileros que venían a “probar lo auténtico”. La Ruta de los Olivos llevaba tiempo trayendo visitas, y nosotros ofrecíamos recorrido por la almazara, cata y almuerzo bajo los árboles. La abuela, que todo lo convertía en historia, recibía al grupo con una afirmación: “Estos olivos llegaron con los españoles hace más de cuatro siglos; algunos han visto sequías, temblores, guerras y gobiernos; han sobrevivido por una sola razón: el valle los necesita”. Yo le agregaba, con pudor de nieto aplicado, datos sobre el suelo, el clima, las variedades y la Denominación de Origen que el valle obtuvo tras años de pelea, como si la burocracia también fuese un molino que hay que hacer girar con paciencia. Los visitantes asentían serios, tomaban fotos, preguntaban por la Sevillana y por qué nuestro aceite picaba tanto al final. “Porque está vivo”, respondía la abuela. Y nadie discutía con ella.

 

La primera tarde de visitas, mientras servíamos pan con aceite y aceitunas partidas, un niño le preguntó a la abuela si los olivos “sentían” cuando los cosechábamos. Yo me apuré a explicar el vareo, la vibración, el manto extendido para que las drupas cayeran sin maltratarse. La abuela, en cambio, lo miró con una seriedad nueva.

 

—Los olivos no sienten como nosotros, hijo —dijo—. Pero se acuerdan. Si los tratas bien, el aceite luce diferente. El árbol no se defiende: agradece.

 

Yo la miré sorprendido. En su voz había algo más que anécdota: un credo. Y pensé que tal vez el valle necesitaba más religiones así: hechas de agradecimientos.

 

El año corrió con la lógica de las cosechas: poda, flor, cuaja, envero. Llovió poco, como siempre, pero la camanchaca hizo su trabajo de monje: trajo humedad mansita, la dejó dormir en las hojas, la devolvió al aire antes de que se acalorara el día. Los viejos del valle insisten en que el aceite del Huasco no se explica sin esa niebla que sube desde el mar para bautizar cada amanecer.

 

Una tarde se hizo noticia: Payantume había ganado otra medalla afuera. La abuela encendió la radio como si viviera en 1972; el locutor hablaba de concursos con nombres italianos, de oro, de “sevillana del Huasco” y “amargor elegante”. La abuela me apretó el antebrazo.

 

—¿Ves? No estamos locos —dijo—. El mundo entiende cuando el valle se pone serio.

 

Hubo celebración humilde: empanadas de queso de cabra, tomates de la parcela y aceite en jarrita de vidrio. Pablo abrió una botella de blanco y brindamos bajo el olivo mayor, ese que la abuela llamaba “El Fundador” porque según el abuelo había visto llegar a un bisabuelo, a caballo y con una rama de olivo amarrada a la silla, trayendo desde la costa una promesa en verde.

Yo no lo dije en voz alta, pero sentí orgullo. No ese orgullo de vitrina, sino el que da el oficio bien hecho, cuando una cuadrilla completa aprende a leer el mismo color, a oler el mismo matiz, a discutir con argumentos si el corte va más temprano o más tardío. El valle, por un rato, respiró un poco más alto.

 

No todo fue fácil. Llegó una sequía fea, de las que endurecen las manos. Los estanques bajaron como si alguien hubiera abierto un desagüe invisible; el río se quedó quieto un par de semanas, y las hojas mostraron su cara opaca, esa que nadie quiere ver. Aprendimos a regar de noche, a estirar el agua como quien estira una herencia. Un par de turistas nos preguntó si valía la pena seguir haciendo aceite en un valle que parecía andar con sed. La abuela, que escuchaba detrás de los árboles, se adelantó con su paso corto.

 

—Si el valle tiene sed —dijo—, más vale la gota. Y si la gota vale más, hay que cuidar mejor la rama que la recibe. Esto no se acaba: se afina.

 

Pablo me miró por encima de su vaso de aluminio. Había aprendido a traducir a la abuela: donde otros escuchaban mística, él leía plan de manejo.

 

Las noches de verano bajábamos a la costa por la ruta nueva. El Humedal de Huasco Bajo respiraba con su idioma de aves; en la playa, los jóvenes hacían música con botellas y tambores; a veces, pescadores viejos nos regalaban historias de cuando el puerto era una sola rumba de ida y vuelta. La almazara conversaba con el mar: eso sentía yo. El aceite no solo nace del árbol, sino del lugar entero que lo hace posible.

 

El primer grupo grande de oleoturismo del año llegó a fines de agosto: una universidad de Santiago, curso de patrimonio gastronómico. Venían con cuadernos, cámaras y preguntas. Los llevamos a cosechar las primeras filas bajas, les mostramos cómo separar hoja, rama y fruto; después al molino, y finalmente a la sala de cata. Puse tres copas azules: un blend de la zona central; un arbequino del sur; y nuestro Sevillana del Huasco, verde y obstinado como un adolescente. Les pedí oler, describir, anotar. Una alumna de pelo rizado, lentes gruesos, dijo: “El primero es amable; el segundo, dulce; el tercero me muerde y me gusta”. La abuela sonrió como quien confirma una ley.

 

—El buen aceite te despierta —repitió Pablo.

 

Luego caminamos entre olivos viejos. La abuela se detuvo ante uno al que yo llamo El Torcido: tronco de bailarina cansada, copa amplia, raíces que parecen manos abiertas. Les contó que hay árboles en el valle con más de tres siglos, que llegaron con soldados, curas y comerciantes, que sobrevivieron al desierto gracias al río y a la niebla, y que ahora el país les reconocía una Denominación de Origen, como a quien finalmente le entregan su cédula después de años de explicar de dónde viene. Los estudiantes aplaudieron, sin saber si ese gesto pertenecía a la academia o a la devoción.

 

Esa tarde, después de lavar las copas y apagar el molino, la abuela se quedó mirando la prensa de piedra.

 

—Mañana la vamos a mover —dijo.

—¿No habías dicho que estaba bien ahí?

—Ahora recuerda demasiado. Hay que darle otra memoria.

 

No discutí. Llamé a dos vecinos para que nos ayudaran. Entre cuatro levantamos la rueda con palancas y sudor, la giramos medio metro y la dejamos descansar. Un acto mínimo, casi ridículo. Pero al día siguiente el patio parecía otro: el sol caía distinto, el recuerdo se acomodaba. La abuela, satisfecha, dijo que el aceite de esa jornada saldría “con más canto”. Y así fue: más verde, más picor, una nota a hoja de tomate que a mí me pareció música.

 

El valle también guarda sombras. De chico escuché de polvo negro, de chimeneas que enferman el aire, de decisiones tomadas muy lejos que caen sobre nosotros como un balde. Aprendí a no olvidar mientras no me detenía a odiar. Con el tiempo comprendí que defender un olio no es solo lograr una medalla o una denominación, sino exigir que el lugar donde nace sea vivible. En la última asamblea de productores, alguien leyó una carta del sindicato de pescadores pidiendo apoyo contra nuevas descargas en la bahía. La abuela pidió la palabra.

 

—El aceite huele a hoja verde —dijo—. Cuando el valle huele a otra cosa, lo perdemos.

 

Esa frase quedó estampada en el acta como se estampa un sello en la etiqueta: no por adorno, sino por identidad.

 

Un día, llegó mi hermana desde Copiapó con sus dos hijos. Hacía años que no nos veíamos sin prisa. Los chicos corrieron entre los árboles, recogieron aceitunas caídas como si juntaran canicas. Hicimos una comida grande: pan amasado, queso, tomates, aceitunas sevillanas partidas, y aceite, siempre aceite. Ella me miró a media tarde, cuando la luz se afina, y dijo:

 

—Nunca pensé que te ibas a quedar.

—Yo tampoco.

—¿Por qué entonces?

 

Podría haber dicho “por la abuela”, “por el valle”, “por los olivos”. Dije:

 

—Porque aquí el tiempo tiene sabor.

 

Se río de mi cursilería. Pero luego se quedó en silencio, masticando pan con aceite, y entendí que me perdonaba la frase porque el sabor la defendía mejor que cualquier argumento.

 

A fines de temporada, la abuela me pidió acompañarla a Huasco Bajo. Fuimos temprano; la camanchaca aún coronaba los cerros y el Humedal hervía de vida. Caminamos por el borde de La Playa Grande. Ella quería “ver el mar con aceite en la lengua”, dijo. Llevó una botella pequeña y dos vasos de plástico. Sirvió un dedo en cada uno y brindamos mirando el horizonte. La abuela le dio un sorbo, luego otro, cerró los ojos, respiró por la nariz.

 

—Hay un amargor de buena noticia —dijo—. Eso siempre deja ganas de volver.

 

Volvimos por la ruta costera, subiendo hacia Freirina con la radio prendida. Anunciaban turistas para septiembre, “la fiesta del aceite”. La abuela apagó la radio a la mitad de la frase, como si fuera un mosquito. El valle necesita visitas, sí, pero no circo. El aceite se explica con silencio y pan.

 

La noticia mala llegó sin gritar: la abuela sintió un cansancio que no sabía explicar. Se sentaba bajo El Fundador y se quedaba mirando hojas, horas. Fui con ella al consultorio; el médico habló de cosas serias en voz baja, como si el volumen pudiera sanar. La abuela, terca, pidió volver a casa sin medicinas que marearan su ritmo.

 

—Quiero dormir con el molino despierto —dijo.

 

Esa noche me senté con ella en el patio. Le conté de la prensa que habíamos movido, del grupo de estudiantes y sus ojos atentos, de la niña que descubrió el mordisco del aceite; le hablé de Payantume, de los vecinos, de un productor que quería plantar Leccino por capricho y no por plan; le dije que el valle estaba aprendiendo a decir que no. Ella escuchó con la calma de siempre, y cuando el cielo se puso negro, me pidió la botella de aceite nueva, esa que habíamos decantado la semana anterior.

 

—Ponme una cucharada —dijo—. Quiero que el último sabor del día sea verde.

 

Le di dos. Se las tragó como quien recibe una ternura.

 

—Mañana te toca a ti dirigir la molienda —dijo luego—. Te va a salir con canto.

 

La abuela se fue tranquila semanas después, un amanecer de camanchaca perfecta. La casa quedó llena de cosas dóciles: prensas, frascos, paños, anotaciones a lápiz, un cuaderno con recetas de pan y datos de rendimientos por cuadro. En la última página había una frase subrayada: “El aceite es memoria que se bebe”. No lloré ese día, o quizá sí y el valle se encargó de secarme.

 

Vino gente del pueblo, vecinos, una delegación de productores, un alcalde que habló correcto, turistas que habían conocido su voz. Hicimos lo que se hace aquí: pan, aceite y silencio. Un viejo de Freirina me abrazó como si abrazara a su hermana; Pablo dejó la radio apagada; los chicos de mi hermana corrieron menos. Antes de irnos al cementerio, me aparté al patio y apoyé la mano en la prensa de piedra. Estaba tibia al sol. Le pedí, sin palabras, ayuda.

 

Sigo aquí. Las campañas pasan, el aceite varía de matices, los turistas hacen preguntas que a veces me hacen mejor la respuesta. La almazara ya no es “la de la abuela”, aunque ella sigue en cada frasco que embotellamos con paciencia de copista. Los olivos, como dije, son el reloj que no avanza frenético, sino que decanta. He aprendido a leer una gota: su brillo dice la hora, su mordisco da el clima, su amargor la historia que nadie firmó.

 

Cuando amanece, la camanchaca sube a darnos la mano. Yo salgo al patio, respiro como quien come. Los olivos me devuelven el saludo sin ruido. A veces llega un bus y el guía dice “bienvenidos a la Ruta de los Olivos”, y yo sonrío pensando que no hay ruta más precisa que un sabor.

 

A veces me preguntan si nuestro aceite es conocido fuera. Digo que sí, que el valle tiene sello, que hay premios, que en Italia o Argentina alguien probó nuestra sevillana y escribió “oro” en una libreta. Pero lo que me importa de verdad no cabe en un certificado: es esta manera de estar en el mundo untándolo. Una casa con pan y aceite es menos pobre; un valle con olivos viejos es menos amnésico.

 

Hoy, antes de cerrar, repito un ritual de cosecha: dejo caer una gota en la palma, la huelo largo, la pruebo lento. Pica. Agradece. Despierta. Pienso en la abuela y en su frase viva: el aceite es memoria que se bebe. Y entiendo —de nuevo, como si fuera la primera vez— que mi trabajo no es solo prensar fruta o guiar turistas, sino cuidar el recuerdo para que el valle siga teniendo sabor.

 

Mañana habrá poda, pasado habrá cata, el domingo vendrá un bus de estudiantes y alguien descubrirá el mordisco como si viniera de la luna. Yo les diré que no, que viene del árbol y del aire y de la paciencia. Que Huasco se toma con pan, con silencio y con la certeza de que los árboles recuerdan. Y cuando me pidan un consejo para escribir su reporte, les daré el único que aprendí a fuerza de tardes: no se apuren. El aceite enseña a esperar la hora justa.

 

Al final de la jornada, cierro la almazara y camino hacia el olivo mayor. Le toco el tronco torcido, como se toca el hombro de un viejo amigo, y le cuento en voz baja que hoy salió un lote con canto. No sé si entiende. Pero agradece.

 

Y con eso basta. Porque aquí, en Huasco, el tiempo tiene sabor.

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