194. Memorias de una oliva

Ulises Fernández Terrón

 

Nací colgada de un tallo que me mecía como cuna verde. La rama me enseñaba a escuchar el viento y yo, redonda y pequeña, aprendía a latir despacio. El sol me miraba todos los días con un ojo ardiente y me pintaba de sombras y brillos, como si quisiera enseñarme a ser importante.

Yo quería quedarme allí, pegada a mi madre rama, pero las manos humanas me arrancaron un amanecer de octubre. Fue brusco, un sobresalto en mitad del sueño. Me amontonaron con mis hermanas en un saco oscuro, y el mundo se volvió rumor y peso compartido.

Después vino la piedra que nos trituró. Al principio quise llorar, pero descubrí que en el desgarro nacía otra forma de mí: un jugo dorado que escapaba entre prensas y maderas. No era dolor, era transformación.

Me reconocí en el brillo líquido, extendida en un río de oro que olía a campo, a hojas, a infancia. Ahora viajo en botellas transparentes, y cuando alguien me vierte sobre un pan caliente, siento que regreso a la rama, al sol primero. He dejado de ser fruto para convertirme en luz comestible.

Soy aceite, pero sigo latiendo.

 

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