185. El viaje que huele a aceite virgen

Cándido Canalejas

 

La tarde caía, una pequeña lluvia invadía la atmosfera de la ciudad. Irati y Julen llevaban apenas unas semanas casados cuando recibieron el regalo más curioso de todos los que habían llegado a sus manos tras la boda: un sobre. No era un sobre con dinero, ni una invitación a una cena lujosa, ni mucho menos un vale para un centro comercial. Dentro había una tarjeta de diseño sencillo, en la que se leía: “Tres días de vacaciones en un lugar de España”. Solo tenían que decidir el destino y reservar. Así de simple.

Enseguida comenzaron a soñar. Irati imaginaba playas escondidas de Ibiza, esas calas de postal donde el mar se confunde con el cielo. Julen, más práctico, pensaba en la comodidad de un balneario de cinco estrellas, donde no tuvieran que preocuparse de nada más que de dejarse mimar.

Otra opción que les rondaba la cabeza era pasar unas noches bajo el cielo estrellado del Teide, descubriendo los misterios del firmamento. Cada noche se sentaban frente al ordenador, navegando por páginas de turismo, viendo fotos y leyendo comentarios. Pero ninguna opción les terminaba de convencer del todo. Todo les sonaba a lo mismo: lujo, descanso, turismo prefabricado.

Una de esas noches, ya cansados de dar vueltas entre portales de viajes, apareció ante ellos un anuncio diferente. No tenía colores chillones ni fotos de playas. Era un texto breve, acompañado de una imagen sencilla: un olivar infinito, con los troncos retorcidos de los olivos iluminados por la luz dorada de un atardecer. El mensaje era directo: “Si quiere vivir una experiencia rural, no lo dude. Nosotros se la proporcionamos”. Irati y Julen se miraron. “¿Y si…?” dijo ella, con una sonrisa pícara. “¿Y si nos lanzamos a algo distinto, algo que no tenga nada que ver con lo que hacemos en vacaciones?”. Julen asintió. La idea les picó la curiosidad, y por unanimidad, sin pensarlo demasiado, decidieron que esa sería su aventura.

Era el mes de septiembre, y decidieron que el puente de la Constitución sería ideal para hacer Oleoturismo, ese mismo día reservaron su escapada. Así comenzó el viaje que nunca olvidarían.

Llegaron a un pequeño pueblecito de Jaén al caer la tarde. El paisaje les dejó sin palabras. Nada de rascacielos, nada de asfalto, nada de semáforos. Solo colinas suaves cubiertas por un manto plateado de olivos que se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Cada árbol parecía un anciano sabio que había visto pasar generaciones. El aire era fresco, con un aroma vegetal desconocido para ellos, mezcla de tierra húmeda, hojas y leña.

Desde el pueblo los trasladaron a la almazara donde se alojarían. Se encontraba a unos cinco kilómetros, en medio de los olivares. La construcción era robusta, con paredes encaladas y vigas de madera. Allí se respiraba tradición. La habitación donde se instalaron era cómoda, aunque muy sencilla, la misma que durante años habían usado los jornaleros en campaña. Irati pasó la mano por la colcha de algodón áspero, y Julen sonrió al ver el mobiliario de madera maciza, sin lujos, pero lleno de autenticidad. Esa primera noche, tras una cena casera con aceite de oliva en cada plato —desde las ensaladas hasta el postre de bizcocho bañado en aceite dulce—, se durmieron temprano, arrullados por el silencio profundo del campo.

Al amanecer del primer día, un gallo los despertó antes de lo previsto. Los caseros ya los esperaban con ropa de campo preparada: botas resistentes, guantes y chalecos cómodos. Aún con el rocío en las hojas, caminaron hasta los olivares acompañados de los vareadores. Hombres y mujeres curtidos por el trabajo, que los recibieron con bromas y sonrisas. “Hoy vais a conocer lo que es el campo de verdad”, les dijo uno de ellos, entregándoles una vara.

La faena comenzó pronto. Les enseñaron a golpear suavemente las ramas para que las aceitunas cayeran sobre las mantas extendidas en el suelo. Al principio, Irati y Julen se torcían las muñecas, sin mucho acierto, pero pronto le encontraron el ritmo. Cada aceituna que caía era como un pequeño logro. El sol empezó a calentar, y los novatos descubrían el esfuerzo físico que se escondía detrás de algo tan cotidiano como una botella de aceite en el supermercado.

A media mañana hicieron un alto. Bajo la sombra de un olivo viejo, extendieron un mantel y compartieron comida: pan candeal, queso curado, embutidos, aceitunas aliñadas y, por supuesto, aceite fresco para mojar. Javier nunca había probado un desayuno tan intenso. Irati entre risas, confesó que jamás habría imaginado que trabajar tanto podía abrir así el apetito. Las conversaciones con los vareadores giraban en torno a las cosechas pasadas, a los refranes del campo, a historias de infancia. Era un mundo que la pareja desconocía, pero que les acogía como si fueran de allí de toda la vida.

Al caer la tarde regresaron a la almazara, cansados pero felices. El cansancio tenía un sabor nuevo: el del esfuerzo compartido. Esa noche celebraron con una barbacoa al aire libre. Carne a la brasa, verduras asadas, vino de la tierra y canciones improvisadas alrededor del fuego. La pareja bailó entre desconocidos que ya se sentían amigos. Mirando las llamas, comprendieron que estaban viviendo algo único: no eran turistas, eran parte de una comunidad, aunque solo fuera por unos días.

El segundo día amaneció con la misma rutina, pero con una emoción distinta. Esta vez ya sabían usar la vara, colocar las mantas y recoger el fruto. Participaban con soltura, riendo y compitiendo entre ellos por ver quién lograba llenar antes el cesto. El sol de diciembre les acariciaba el rostro mientras trabajaban codo con codo con los campesinos.

Por la tarde, llegó el momento esperado: trasladar la aceituna a la almazara. El tractor cargado avanzaba lentamente, mientras el grupo lo acompañaba orgulloso. Una vez dentro, la magia comenzaba. Observaron con fascinación cómo las aceitunas recién recolectadas se volcaban en las tolvas, cómo las hojas se separaban, cómo el molino trituraba el fruto entero. El aire se impregnó de un aroma fresco e intenso, una mezcla de hierba recién cortada y almendra. Veían cómo el mosto oleoso se convertía en un chorro espeso, verde brillante, que parecía oro líquido. Javier no pudo evitar decir en voz alta: “Esto es el verdadero oro negro de la tierra”.

Pero ahí no terminaba la experiencia. El maestro aceitero, un hombre de manos fuertes y mirada serena, les explicó que antes de la modernidad, la molturación se hacía con enormes piedras cilíndricas que giraban lentamente sobre las aceitunas. Y aunque hoy en día se usan sistemas más avanzados, en aquella almazara todavía conservaban una antigua prensa de piedra para mostrar a los visitantes.

Con una sonrisa, les preguntó si querían ayudar a colocar las piedras en su sitio. Irati y Julen dudaron un segundo, pero enseguida se animaron. No imaginaban cuánto pesaban aquellas moles. Entre risas y esfuerzo, colaboraron con los trabajadores para situarlas, y el contacto con aquella maquinaria centenaria les transmitió un respeto profundo por quienes, durante siglos, habían trabajado sin descanso para obtener el aceite.

Cuando la piedra comenzó a girar sobre la aceituna, el sonido era hipnótico. Un rumor grave, constante, que parecía marcar el pulso de la tierra. Poco a poco, la fruta se transformaba en una pasta densa, de un color verde oscuro, y el aire se impregnaba de un aroma intenso a hierba fresca y almendra. Irati cerró los ojos para memorizar ese instante. Julen murmuró: “Aquí la historia no se cuenta, se escucha y se huele”.

El maestro les explicó que aquella pasta debía batirse con paciencia, sin prisas, para que el aceite pudiera separarse del alpechín y conservar todas sus propiedades. Les mostró cómo se recogía en capachos de esparto, apilados unos sobre otros para que, con la presión, comenzara a brotar el primer mosto oleoso. Irati metió un dedo con timidez y probó una gota. La intensidad del sabor la sorprendió: era fuerte, picante, con una energía que parecía recién nacida.

Mientras tanto, los jornaleros compartían anécdotas de cuando, de niños, acompañaban a sus padres a la almazara. Contaban cómo las noches de molturación eran también noches de convivencia, donde se cantaba y se contaban historias mientras las piedras giraban sin descanso. Irati y Julen escuchaban fascinados: no solo aprendían sobre un producto, estaban entrando en la memoria viva de un pueblo.

El capataz les permitió ayudar a embalar uno de los primeros litros extraídos en recipientes de barro, tal como se hacía antiguamente para conservarlo. El tacto frío del barro, el brillo verde del aceite al deslizarse dentro, la sensación de estar haciendo algo útil… Todo les hizo comprender que aquello no era una simple demostración turística, sino una experiencia auténtica, un puente con el pasado.

Cuando terminó la molienda, la pareja estaba extenuada, con la ropa impregnada de olor a aceituna triturada. Pero lejos de quejarse, sonreían con orgullo. Irati le dijo a su pareja: “Esto no se vive en un hotel de cinco estrellas”. Y él respondió: “Ni en una cala de Ibiza. Esto es nuestro tesoro”.

Esa noche, al regresar a la habitación de jornaleros donde se alojaban, miraron las manos manchadas de aceite y tierra. Les parecían una medalla invisible, un recuerdo imborrable. Comprendieron que habían formado parte, aunque solo fuese por unas horas, de una tradición milenaria.

La mañana del tercer día fue diferente. Los anfitriones habían preparado una jornada especial en la almazara. No se trataba de trabajar, sino de aprender. Les mostraron cómo separar el aceite virgen extra, cómo medir su acidez, cómo distinguir matices en el color y el aroma.

Participaron en una pequeña cata, probando el aceite en copas oscuras para concentrarse solo en el sabor. Ella cerraba los ojos y describía notas de hierba, de tomate verde, de almendra. Julen asentía, sorprendido de descubrir un mundo sensorial desconocido.

Después vino el maridaje. El capataz les enseñó cómo el aceite realza cada alimento: unas tostadas con ajo, un poco de jamón, una ensalada fresca, incluso un bizcocho esponjoso preparado con aceite en lugar de mantequilla. Cada bocado era un descubrimiento.

Como broche final, embotellaron su propio aceite en pequeñas vasijas de cristal oscuro, etiquetadas con la fecha y el nombre de la almazara. Ese sería el recuerdo tangible de la experiencia, pero el verdadero recuerdo lo llevaban en la memoria.

De regreso a su ciudad, la pareja miraba por la ventanilla del coche los olivares que se extendían infinitos. Se prometieron volver, no como turistas, sino como amigos de esa tierra. Al día siguiente, en la oficina, mientras sus compañeros hablaban de centros comerciales y escapadas al extranjero, Irati y Julen compartieron su experiencia. Contaron cómo habían trabajado, comido, reído y aprendido con la gente del campo. Explicaron lo que habían sentido al probar el primer chorro de aceite virgen. “Eso sí es turismo”, dijo Julen con firmeza. “Nosotros hicimos oleoturismo, y la felicidad, las vivencias y la alegría de ese fin de semana no se pueden igualar”.

El relato no es solo una historia personal, es una invitación. Porque el oleoturismo no se parece a ningún otro viaje. Es un turismo auténtico, con raíces, que conecta al visitante con la tierra, con la tradición y con las personas. Es caminar entre olivos centenarios, escuchar historias de quienes viven de ellos, sentir el peso de la vara en la mano, saborear el aceite recién nacido. Es descubrir que detrás de cada gota de oro líquido hay siglos de cultura y valores que permanecen intactos.

Quien se adentra en esta experiencia no solo visita un lugar: lo vive. Se lleva consigo un recuerdo imborrable, un aprendizaje que transforma, un respeto nuevo por la tierra y sus frutos. Y en Jaén, cuna del aceite de oliva, cada viajero encuentra la oportunidad de formar parte,

 

 

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